¿Autoorganización o organización dirigente?

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El movimiento de estudiantes de instituto, que se extendió como la pólvora por Francia en otoño de 2026, es obra únicamente de los propios estudiantes. Sin nadie detrás, sin ningún partido ni sindicato moviendo los hilos, solos, como personas mayores. Obligando a todos los adultos, a todas las autoridades encargadas de ellos, a tomarlos en consideración.

El renacimiento de una juventud revolucionaria

Lo han hecho denunciando sus condiciones de estudio indignas y discriminatorias, expresando su sufrimiento material y psicológico, formulando reivindicaciones concretas y pertinentes. Hablando y debatiendo entre ellos, organizándose dentro del instituto, elaborando un discurso comprensible en pancartas y carteles, y pasando después a la acción.

La forma de acción elegida por estos estudiantes rebeldes fue bloquear las entradas de sus centros de estudio. Levantaron barricadas con contenedores de basura, palés de madera, mobiliario urbano, todo lo que encontraban a mano. Un piquete de huelga y movilización, en realidad, que obligaba a mirar lo que estaba escrito en sus pancartas y a discutirlo. Una forma de acción que se extendió por toda Francia en pocos días y se impuso en la actualidad. Con poquísimos medios, de boca en boca, de grupo en grupo, a través de círculos de afinidad y, después, de las redes sociales. Autoorganización de los tiempos modernos, y funcionó.

Ante esta revuelta juvenil, cuya posibilidad se le había escapado a todo el mundo, incluido Laurent Nuñez (ministro, prefecto, jefe de los servicios de inteligencia), el Estado decidió inmediatamente, «como adulto responsable de la protección de sus hijos», no escuchar la voz de los estudiantes en lucha, sino devolverlos al orden y a la disciplina. «Pedíamos poder presentarnos al BAC [bachillerato] y nos mandaron a la BAC [brigada policial anticriminalidad]», respondieron los estudiantes. Con una brutalidad inimaginable, sobre todo tratándose de adolescentes, causando discapacidades de por vida, lesiones y traumas: golpeados, esposados, metidos violentamente en una furgoneta policial y, después, en una celda sórdida de comisaría. Detenidos a los quince años…

Los jóvenes rebeldes consiguieron resistir, no someterse y, por el contrario, responder física, moral y diariamente. Día tras día, sin ceder, animados por la conciencia de las injusticias sufridas, la rabia contra los dueños de sus destinos y las ganas de un futuro deseable. ¡Fuk no future! Ideas compartidas por jóvenes adolescentes de todas partes, en la ciudad y en el campo, motores del movimiento colectivo. Se propagaron rápidamente porque caían en terreno fértil. Con pocos medios, sin grandes tractores, sin dinero, sin una organización central y estructurada. Sin dirigentes, solo personas que dinamizan, experiencias colectivas, autoorganización y coordinación.

La revuelta de los estudiantes de instituto en otoño de 2026, pese al precio pagado en sus propios cuerpos, ya ha obtenido varias conquistas. De inmediato, sin siquiera habérselo propuesto, ha trastocado todas las agendas político-electorales y ha obligado a todos los poderes a mirarlos, a escucharlos, especialmente cuando gritaban para conseguir, por fin, hacerse oír.

La irrupción visual, espacial y sonora de esta revuelta estudiantil muestra claramente que la punta de lanza de los rebeldes son jóvenes procedentes de la historia colonial francesa, que viven en barrios populares desfavorecidos de las periferias urbanas, sometidos desde hace generaciones y cotidianamente a humillaciones, desprecio y exclusiones. Una primera vez, sin duda, en la historia de las revueltas estudiantiles, desde el 68 hasta nuestros días.

La otra característica destacada de este movimiento de estudiantes de instituto es ese grito de rebelión y rechazo del «infantilismo», es decir, de la inferiorización de una persona por razón de su edad. Una discriminación que debería figurar entre las formas estructurales de inferiorización y opresión de nuestras sociedades, como el clasismo, el machismo, el racismo y cualquier otro supremacismo basado en el desprecio de quien mira a otra persona desde arriba.

Porque estos jóvenes se rebelan contra todos los poderes esquizofrénicos que los dominan. Menores ante la ley, sometidos a la autoridad paterna, sin derecho al voto, pero lo bastante mayores para recibir porrazos, resultar heridos, acabar bajo custodia policial o incluso en prisión.

Con su lucha han mostrado y demostrado que tienen muchas buenas razones para rebelarse, que son capaces de tomar las riendas de su vida y autoorganizarse, autónomos como los adultos, sin necesitar a nadie detrás.

¿Detrás?

Para negar que jóvenes de 14 a 17 años puedan tomar las riendas por sí solos, entre ellos, y desencadenar semejante explosión social y política, el Estado y su Gobierno acusaron inmediatamente a «LFI y sus grupos afines de la ultraizquierda» de estar detrás de los estudiantes rebeldes. Una afirmación contraria a toda evidencia, una malicia destinada a desacreditar tanto al movimiento estudiantil como a LFI y compañía. Sin duda los estudiantes en rebeldía encuentran inspiración en luchas y experiencias pasadas, antiguas o recientes, se apropian de ellas y las renuevan. Pero ningún movimiento social es jamás una copia exacta de una experiencia anterior.

Por supuesto, militantes de grupos organizados se entregan en sus lugares de trabajo o estudio a promover debates, críticas antisistema e iniciativas de lucha. Pero la mayoría de las veces esas iniciativas siguen siendo limitadas, la influencia no se propaga, porque son múltiples las influencias que circulan. Hasta el día en que, de repente, se forman grupos rebeldes, se multiplican y se coordinan para ocupar el espacio político.

¿Delante?

La imagen de Louis Boyard, diputado de LFI, con su banda tricolor, sentado delante de cientos de estudiantes que realizaban una sentada en la calle Assas, es un desastre. Para él y para el partido que representa, pero sobre todo y antes que nada para el naciente movimiento estudiantil. Qué astucia. Si se trataba de reforzar la insinuación maquiavélica lanzada por el Gobierno y demostrar con imágenes que LFI quizá no estaba detrás de la revuelta, pero sí delante, lo ha conseguido. Solo que la realidad es diferente. Fueron los propios estudiantes de las universidades del Barrio Latino quienes organizaron los bloqueos y las manifestaciones callejeras, y Louis Boyard bien podría haberse colocado, con su aspecto juvenil, entre los demás, sin signos distintivos. Pero el diputado de LFI quiso adoptar la pose de Daniel Cohn-Bendit frente a un gendarme, indicándole que las fuerzas del orden tendrían que pasar por encima de su cuerpo para atacar a los jóvenes manifestantes que había ido a proteger. En esta escena todo el mundo vio la voluntad de LFI de apropiarse del movimiento de protesta para sus fines partidistas y electorales.

En la construcción de la telaraña destinada a atrapar a la presa salvaje y domesticarla, el Estado utiliza desde hace mucho tiempo el arma de fabricar líderes de la lucha, ayudado por los medios de comunicación cómplices. La mayoría de las veces se elige a representantes de los sindicatos estudiantiles, que no son necesariamente, ni mucho menos, quienes impulsan la lucha, y la maquinaria mediática los lanza al escenario. Investidos con la condición de líderes, tendrán legitimidad para hablar en televisión y radio en nombre de todos los rebeldes y, después, serán los únicos autorizados a representar al movimiento en las negociaciones con el Ministerio. Ahora bien, para pasar el casting y tener posibilidades de ser promocionados a líderes, deben responder, evidentemente, al perfil requerido: rebeldes y razonables, enfadados y moderados, intransigentes pero abiertos a la negociación. Tendrán que presentar, además, con seriedad, una lista de reivindicaciones precisas y presupuestadas.

Y asunto resuelto. Desde el 68 hemos conocido varias generaciones de antiguos «líderes estudiantiles» que enseguida se convirtieron en diputados, senadores, tenientes de alcalde de París y demás. ¿Se pasaron al otro lado, se desviaron? En cualquier caso, no se han alejado demasiado de sus orígenes sociales. Cualquiera diría que la UNEF, los sindicatos de estudiantes de instituto, asociaciones como SOS Racisme, «Ni putas ni sumisas» y otras no sirven más que de trampolín a jóvenes arribistas para encontrar un puesto cómodo en las instituciones gestionadas por socialdemócratas. Aprovechados y traidores a las buenas causas.

La búsqueda, fabricación y promoción de líderes forma parte plenamente de la batalla que libra el Estado para destruir los movimientos sociales de revuelta, basados en su origen y necesariamente en un funcionamiento colectivo y no personalizado. Y hay que decir que, en el otro lado, los grupos y partidos que se autodenominan revolucionarios también reproducen esa fabricación y promoción de líderes, de jefes, se llamen Jean-Luc o Anasse. La personalización de la lucha perjudica gravemente a la lucha.

¿Con ellos?

La imagen de Bally Bagayoko, alcalde de Saint-Denis, que acudió a apoyar abiertamente desde el principio a los estudiantes de instituto de su municipio, tuvo otro significado. Representaba el apoyo de la institución más cercana, añadía legitimidad a la lucha de los estudiantes de instituto de las periferias, discriminados y racializados, orgullosos de rebelarse. Y allí estaba su alcalde para apoyarlos, como otros alcaldes de municipios populares.

Tras la oleada de violencia policial, federaciones sindicales, federaciones de padres de alumnos y asociaciones de defensa de los derechos llamaron a defender a los estudiantes, «nuestros hijos», de la violencia policial y de la de los «alborotadores». Ciertamente, al igual que ocurre para ser promocionado a líder del movimiento, las federaciones sindicales parecen tener que dar por buena la información policial según la cual «los alborotadores son elementos ajenos a los institutos, que solo quieren sembrar el desorden y enfrentarse a la policía». Visto el perfil de los miles de jóvenes detenidos, nueve de cada diez menores y estudiantes de instituto, los responsables sindicales deberían corregir su análisis y su postura.

Todos los participantes en un movimiento social revolucionario, inevitablemente reprimidos, necesitan solidaridad y apoyo de asociaciones, sindicatos y partidos que entiendan y compartan su causa. Como las personas sin hogar necesitan mantas, los enfermos atención médica y los acusados abogados. Una función de protección, de defensa, que su posición institucional puede proporcionar. Y tanto mejor.

¿Dentro?

Para estar dentro, para participar de verdad desde el interior, hay que colocarse en el mismo plano, a la misma altura que los demás, sin diferenciaciones. Los chalecos amarillos lo habían entendido bien y lo promovieron: con chaleco amarillo todo el mundo es igual, está en pie de igualdad, más allá de la profesión, la edad o la ropa que lleve. Con chaleco amarillo, con chubasquero negro o cualquier otra prenda que preserve el anonimato, el principio fundamental es que la lucha es colectiva, que todos son iguales, sin distinciones ni jerarquías. Cada cual participa en el movimiento según sus capacidades y posibilidades. Sin jefes, sin personas que quieran convertirse en jefes, con una autoorganización horizontal, local y difusa.

Sin remontarnos a la noche de los tiempos del movimiento revolucionario, y limitándonos a los movimientos sociales que han sacudido Francia en los últimos años, solo cabe desear que las revueltas de estudiantes de instituto, universitarios, trabajadores y precarios de cualquier tipo y profesión consigan escapar al control de los grupos, sindicatos y partidos políticos que quisieran controlarlos y dirigirlos.

Los partidos y las confederaciones sindicales «de izquierda» han desempeñado, en efecto, un papel determinante en el ahogamiento de las revueltas populares de estos últimos años. Negando la importancia y legitimidad del movimiento de los chalecos amarillos y jugando a la competencia entre manifestaciones: los jueves, como es tradición, los sindicatos se negaban a sumarse a los sábados, jornada de manifestación semanal de los chalecos amarillos.

El poder de las confederaciones sindicales para imponer su agenda de lucha fue decisivo y perjudicial para los movimientos sociales masivos y decididos, como la lucha contra la reforma de las pensiones de Macron. Convocando jornadas de huelga intermitentes, manifestaciones espaciadas en el tiempo y jugando con los calendarios de las negociaciones y otras artimañas, los sindicatos lograron poner fin, por agotamiento, a movimientos sociales de enorme seguimiento. Porque todos esos movimientos de revuelta masiva escapaban al control sindical. Iban mucho más allá de las reivindicaciones habituales y cómodas que permiten al sindicato, sus dirigentes y liberados desempeñar el papel de facilitadores de negociaciones y compromisos; en definitiva, preservar la financiación de su organización y conservar su empleo de sindicalistas.

Si los estudiantes de instituto, como los universitarios y los trabajadores que se rebelan, saben bien que para llevar una lucha hasta el final hay que organizarse y dotarse de medios para continuarla, ¿por qué haría falta una organización centralizada? ¿Por qué los rebeldes contra el sistema capitalista deberían construir una pirámide, reproduciendo el funcionamiento jerárquico que rechazan, en lugar de multiplicar los vínculos horizontales, las interconexiones y la coordinación de los grupos autoorganizados?

Asimismo, ¿por qué sería necesario canalizar y hacer converger todos los movimientos sectoriales en lucha hacia un programa único que resumiera todos los conflictos y esperanzas? ¿O hacia manifestaciones nacionales en fechas fijas, en vez de dejar que las luchas se extiendan libremente por los territorios, bajo todas las formas posibles, imaginables y sorprendentes?

Desde el movimiento contra la ley laboral de 2016 hasta los chalecos amarillos, pasando por los Levantamientos de la Tierra y llegando a la revuelta de los estudiantes de instituto, todas estas experiencias muestran que es la multiplicación de zonas de acción, arraigadas en territorios conocidos, fundadas en solidaridades y complicidades locales, lo que hace temblar a los poderes.

Los estudiantes de instituto rebeldes han gritado alto y claro que querían ser actores, sujetos y no objetos de su destino. Que no querían seguir sometidos a las decisiones del Ministerio de Educación Nacional, ni a las del Ministerio del Interior, y mucho menos a las de un «algoritmo». ¿Por qué tendrían que volver al redil y someterse a partidos, aunque se llamen Insumisos, o a sindicatos que se arrogan la competencia de representarlos y llevar sus reivindicaciones ante los poderes públicos?

Esperemos que esta nueva generación de revolucionarios, que se ha liberado de las jaulas de autoridades estructurales y quiere ser sujeto y no objeto de su destino, no sucumba a los cantos de sirena de un hogar protector, otra jaula en la que hay que portarse bien y escuchar al jefe.

Alessandro Stella

Ilustración: Bernard Chevalier.

Fuente: lundimatin — Auto-organisation ou organisation dirigeante ?

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