Llíria, 1943: las 85 obreras que hicieron huelga cuando Franco la había prohibido

Remedios Vinaixa, Carmen Bayarri, Dolores Veses y Dolores Villar impulsaron una huelga de 85 trabajadoras en la fábrica Ríos de Llíria el 2 de junio de 1943. Una historia de solidaridad y represión recuperada de la memoria obrera valenciana.
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El 2 de junio de 1943, cuando hacer huelga en España estaba prohibido y podía castigarse como un ataque al régimen, unas 85 trabajadoras de la fábrica de sacos de Ríos, en Llíria, se negaron a trabajar. No reclamaban un reconocimiento solemne ni pretendían entrar en los libros de historia: defendían a una compañera sancionada y cuestionaban las condiciones de un trabajo mal pagado. La protesta, una de las primeras huelgas de mujeres documentadas de la dictadura, dejó cuatro nombres que merecen salir del anonimato: Remedios Vinaixa Fabra, Carmen Bayarri Peñarrocha, Dolores Veses Castellano y Dolores Villar Fombuena.

Por José Miguel Morcillo Moreno

Una fábrica en un pueblo de posguerra

Llíria, en el Camp de Túria, era una población de fuerte tradición agrícola, pero también de talleres e industrias que empleaban a centenares de habitantes. La fábrica de los hermanos Ríos Seguí elaboraba sacos de yute y esparto, imprescindibles para transportar productos agrícolas. La producción dependía de maquinaria, turnos, ritmos y manos que trabajaban muchas horas. Una parte esencial de esas manos eran femeninas.

En junio de 1943 hacía apenas cuatro años que había terminado la Guerra Civil. La represión sobre las personas vencidas, la escasez, el racionamiento y el control de la vida cotidiana formaban parte del paisaje. Las organizaciones sindicales libres estaban prohibidas y el llamado sindicato vertical integraba obligatoriamente a patronos y trabajadores bajo la tutela del Estado. En ese contexto, una protesta colectiva no era una simple discrepancia laboral: suponía desafiar abiertamente las reglas de la dictadura.

La sanción que colmó la paciencia

El malestar llevaba tiempo acumulándose. Las trabajadoras cuestionaban los métodos utilizados por la empresa para medir la productividad y determinar lo que debían cobrar. La chispa inmediata fue una sanción considerada injusta a una compañera. Las mujeres del turno de mañana decidieron respaldarla y parar. No fue una protesta improvisada de una sola persona ni un gesto individual de desobediencia: fue solidaridad organizada en el lugar de trabajo.

Las investigaciones históricas sitúan el paro el miércoles 2 de junio y documentan la participación de unas 85 obreras. Se ha señalado a cuatro trabajadoras por su papel impulsor: Dolores Veses Castellano, Remedios Vinaixa Fabra, Carmen Bayarri Peñarrocha y Dolores Villar Fombuena. La acción fue exclusivamente femenina en una fábrica cuya plantilla también incluía a numerosos hombres. Ese detalle, en una sociedad que relegaba a las mujeres al hogar y las subordinaba laboralmente, vuelve todavía más singular el episodio.

Las autoridades entran en escena

La noticia de que las trabajadoras no se incorporaban a sus puestos llegó a los representantes del sindicato oficial. Ese mismo día intervino el delegado provincial de Trabajo. La respuesta no consistió en abrir una negociación libre con quienes habían parado. Según la documentación recuperada por historiadores, la trabajadora sancionada y las compañeras que habían trasladado el conflicto al enlace sindical quedaron suspendidas de empleo y sueldo por tiempo indefinido; el resto debía regresar dos días después, lo que en la práctica significaba también perder dos jornadas de salario.

Conviene recordar lo que significaba perder el sueldo en una casa de 1943. No era una cifra abstracta en una nómina: podía significar menos comida, dificultades para pagar lo indispensable y un castigo añadido para toda la familia. La huelga no terminó con una victoria contractual que pudiera exhibirse en un cartel. Su importancia fue demostrar que incluso en los años más duros de la posguerra existían trabajadoras dispuestas a asumir ese riesgo por defender a otra.

Mismo trabajo, menos salario

La protesta también permite mirar más allá de aquel día. La discriminación retributiva femenina persistió durante décadas en la fábrica. Una investigación sobre la historia industrial de Llíria recoge que en 1962 el salario mínimo diario de un hilador era de 37,25 pesetas, mientras una hiladora que desempeñaba el mismo puesto recibía 27,80. Es una diferencia de 9,45 pesetas al día: alrededor de un 25 % menos respecto al salario masculino.

La desigualdad no respondía a que las mujeres no trabajaran, sino a una jerarquía laboral y social que daba por hecho que su trabajo valía menos. Además de la producción de la fábrica, muchas tenían que asumir las tareas domésticas y los cuidados. El régimen presentaba a la mujer como esposa y madre antes que como sujeto con derechos propios, pero la realidad de las familias trabajadoras desmentía a diario ese ideal: las mujeres estaban en las máquinas, en los almacenes y en el campo sosteniendo la economía.

La protesta no se agotó en 1943

La historia de Ríos Seguí no termina con aquella jornada. En el verano de 1953 hubo otra movilización relacionada con las primas de rendimiento. Los trabajadores denunciaron que se habían alterado elementos de las máquinas, reduciendo el tamaño de determinados piñones para que la misma producción generara una remuneración menor. Presentaron quejas al gobernador civil y desarrollaron una protesta de bajo rendimiento. La intervención de Trabajo habría obligado a revertir las modificaciones, acompañada de nuevas amenazas disciplinarias.

A finales de los cincuenta y durante los sesenta aparecieron más conflictos laborales y formas de organización antifranquista. La fábrica, como tantas industrias valencianas, atravesó cambios técnicos, económicos y políticos hasta cerrar en 1974. Pero la huelga de 1943 quedó como una muestra temprana de una resistencia obrera que nunca desapareció del todo, pese a la prohibición, la censura y el miedo.

Cuatro nombres recuperados del silencio

Durante mucho tiempo aquella huelga apenas tuvo sitio en los relatos generales sobre la oposición a Franco. Se hablaba de dirigentes, cárceles, grandes fábricas y organizaciones clandestinas, mientras las protestas protagonizadas por mujeres en pueblos y pequeños centros de trabajo quedaban desplazadas al margen. La investigación histórica y la memoria local han permitido reconstruir el episodio a partir de documentación del aparato laboral de la época y testimonios conservados.

En marzo de 2021, el Ayuntamiento de Llíria concedió a título póstumo el Premio Grattia Maximilla a Remedios Vinaixa Fabra, Carmen Bayarri Peñarrocha, Dolores Veses Castellano y Dolores Villar Fombuena. El reconocimiento fue entregado a sus familiares. No era una reparación de las sanciones sufridas ni podía devolver el dinero perdido, pero sí devolvía públicamente sus nombres al lugar que les correspondía en la historia de la localidad.

También se ha impulsado la recuperación de los espacios industriales de Llíria mediante rutas de memoria obrera. Donde estuvieron las antiguas fábricas, hoy existen otros edificios, calles y servicios. Sin un esfuerzo deliberado, nada en el paisaje explicaría a quien pasa por allí que un grupo de mujeres plantó cara al franquismo mientras trabajaba fabricando sacos.

Lo extraordinario de una decisión sencilla

La fuerza de la huelga de Llíria reside precisamente en su origen cotidiano. Una sanción, una injusticia, unas compañeras que deciden no dejar sola a quien la ha sufrido. Así empiezan muchas historias del movimiento obrero, aunque no todas consigan entrar en los manuales. En 1943, cuando el Estado negaba el derecho de huelga, aquel gesto adquiría una dimensión política inevitable, aunque las reivindicaciones nacieran del taller.

Fueron obreras, no espectadoras de la historia. Su decisión contradice dos tópicos todavía persistentes: que durante los primeros años del franquismo nadie se atrevía a resistir y que las mujeres estuvieron ausentes de las luchas laborales. La memoria de Dolores, Remedios, Carmen, Dolores y sus compañeras recuerda que la solidaridad no necesitó permiso para existir, ni siquiera en una fábrica vigilada por una dictadura.

Trabajador de jardinería de FCC durante una movilización en Zaragoza
José Miguel Morcillo Moreno

Estuvo en CNT-FIJL, Actualmente Anarcosindicalista de CGT. Luchador sindical en defensa de la memoria obrera antifascista. Amante de la cerveza y de las conversaciones de café que nunca terminan. Aparte de hablar le gusta escribir.