Los fematers de València: cuando los trabajadores de la huerta plantaron cara al Ayuntamiento

Entre 1901 y 1903, los fematers y las vendedoras de los mercados protagonizaron huelgas contra las licencias y restricciones municipales. La València moderna dependía de unos oficios a los que despreciaba.
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A comienzos del siglo XX, València dependía de unos trabajadores a los que la prensa y las autoridades solían mirar por encima del hombro. Llegaban desde l’Horta con carros y caballerías, recogían desperdicios de calles y viviendas y se los llevaban para fertilizar la tierra. Eran los fematers. Cuando decidieron dejar de entrar en la ciudad, descubrieron algo que el Ayuntamiento prefería no reconocer: quienes realizaban uno de los oficios más despreciados controlaban una parte fundamental de la limpieza y de la economía urbana.

Por Ovidi Jiménez

¿Por qué se llamaban fematers?

El nombre procede del valenciano fem, que significa estiércol y, según el contexto, también basura o desperdicios. Un femater era, literalmente, quien recogía el fem. Estos trabajadores recorrían las calles de València con carros para recoger los residuos de las casas, los mercados y las cuadras, especialmente la materia orgánica que después se utilizaba como abono en los campos de l’Horta.

De ahí que el oficio estuviera tan estrechamente unido a la agricultura. Para la ciudad retiraban desperdicios; para los labradores recuperaban un recurso que ayudaba a fertilizar la tierra. No eran simplemente basureros en el sentido actual, sino parte de un sistema de aprovechamiento que conectaba la vida urbana con los cultivos de los pueblos cercanos. El nombre, nacido de aquella tarea cotidiana, acabó identificando a todo un colectivo de trabajadores.

Antes de que la basura fuera basura

Mucho antes de los camiones de recogida, los contenedores y las plantas industriales, el estiércol tenía un valor que hoy resulta difícil imaginar. El polvo de las calles, los restos de alimentos, el abono de cuadras y viviendas y otros desechos se aprovechaban en las tierras de cultivo. La relación entre la ciudad y su huerta funcionaba también de esa manera: lo que dejaba de servir en una casa valenciana podía fertilizar una parcela de Alboraia, Meliana o Almàssera.

Los fematers eran agricultores que entraban en València con carro y caballería para recuperar ese material. No trabajaban únicamente para una administración, como si fueran empleados del servicio municipal de limpieza actual. Muchos formaban parte de economías familiares campesinas y combinaban el recorrido urbano con las labores agrícolas, la cría de animales y la venta de productos en los mercados. A través de ellos, la ciudad y l’Horta intercambiaban materiales, alimentos y trabajo.

El oficio aparece documentado ya en el siglo XVIII. A mediados del XIX, según las cifras recogidas por Pascual Madoz, alrededor de un millar de hortelanos pagaban licencias para recoger estiércol en València. No era una actividad marginal por pequeña o excepcional, sino por la posición social que se atribuía a quienes la desempeñaban.

Una madrugada de carros, licencias y obligaciones

Las jornadas comenzaban pronto. Había que entrar, cubrir la ruta y cargar el carro mientras la ciudad despertaba. Las autoridades regulaban los accesos y cobraban licencias; las ordenanzas imponían restricciones sobre dónde circular, detenerse o trabajar. Tener un caballo y un carro implicaba disponer de recursos propios o familiares. Para quienes dependían de ese recorrido, cualquier cambio de tarifa o prohibición afectaba directamente a su subsistencia.

Una investigación sobre los fematers de Alboraia registró 217 licencias municipales en 1902, en una población de unos 4.800 habitantes. Una parte importante de los titulares eran jóvenes y el trabajo se integraba en la economía del hogar. La cifra permite hacerse una idea de la extensión de un oficio que rara vez aparece en las historias convencionales de la industrialización.

El trabajo también tenía una dimensión de clase: mientras los sectores acomodados y las autoridades invocaban la modernización y el ornato de la ciudad, las familias de l’Horta defendían un circuito de recursos y unos derechos de uso sin los que sus explotaciones resultaban menos viables. La basura podía ser un problema higiénico para el municipio, pero era una materia prima para quien la recogía.

Las vendedoras de los mercados también tenían algo que decir

Los fematers no estuvieron solos. Las mujeres que acudían a vender productos de l’Horta a los mercados y plazas valencianas se enfrentaban a obstáculos semejantes: controles de pesos y medidas, arbitrios, ocupación del espacio público y decisiones municipales que condicionaban su sustento. En una ciudad alimentada diariamente por su entorno agrícola, no se podía separar la circulación de los carros de la llegada de verduras y hortalizas.

El Mercado, con sus puestos y tenderetes, no era únicamente un lugar de compraventa. También era un espacio de relación y conflicto entre productores, comerciantes, compradores, agentes municipales y mujeres trabajadoras que defendían su derecho a vender. La autoridad pretendía ordenar el tránsito y la higiene; quienes vivían de esas calles exigían poder usarlas para trabajar.

De 1878 a 1903: la ciudad descubre el poder de quienes la limpian

Las primeras grandes crisis no surgieron de la nada. Se documentan huelgas y protestas conjuntas de fematers y vendedores de mercado en 1878 y 1882. Los enfrentamientos llegaron a afectar caminos y propiedades de familias que no secundaban los paros. Las autoridades temían que una interrupción sostenida provocara problemas de limpieza, circulación y abastecimiento.

La situación se reprodujo entre 1901 y 1903, durante los primeros gobiernos municipales dominados por el republicanismo vinculado al blasquismo. Las reclamaciones incluían poder extraer restos de los mercados y arena del Turia, eliminar las licencias anuales y trasladar a las juntas de los distritos rurales el control de pesos y medidas, frente a la intervención directa del Ayuntamiento.

Estas demandas no eran caprichos de unos oficios condenados a desaparecer. Trataban de quién podía trabajar en el espacio urbano, de quién decidía las condiciones y de quién cobraba por utilizar recursos que habían circulado durante generaciones entre la huerta y la ciudad.

Escena política en una calle valenciana en septiembre de 1905, fotografía histórica
La València de los primeros años del siglo XX, en una fotografía de Francisco Gómez Durán publicada en Nuevo Mundo en septiembre de 1905. Imagen de contexto político de la época, no de la huelga de los fematers. Dominio público, Wikimedia Commons.

La Sociedad de Agricultores de la Vega: organizarse para negociar

Un papel central correspondió a la Sociedad de Agricultores de la Vega, una organización que reunía a labradores del entorno valenciano. En 1902 había alcanzado 2.317 asociados, una dimensión significativa para la época. A través de ella pudieron plantear reivindicaciones colectivas frente al consistorio, algo que desmentía la imagen de campesinos incapaces de actuar por cuenta propia.

Los gobernantes republicanos se presentaban como representantes del pueblo, pero la protesta de las labradoras y los fematers les obligó a responder a una pregunta incómoda: ¿también pertenecía al pueblo quien cuestionaba las decisiones del ayuntamiento republicano? Las autoridades y algunos medios caricaturizaron a los movilizados como atrasados o sometidos a caciques rurales, en lugar de reconocer plenamente sus intereses y su capacidad de organización.

Sin embargo, el gobierno municipal tuvo que negociar. Llegó a pactarse con la Sociedad de Agricultores de la Vega un contrato para la limpieza pública. El acuerdo no resolvió el conflicto. En mayo de 1903 el Ayuntamiento lo rescindió, mientras la asociación atravesaba divisiones internas y las movilizaciones perdían fuerza. Los fematers no obtuvieron de forma duradera sus principales objetivos.

¿A quién pertenecía una ciudad que vivía de la huerta?

En aquellos años València se estaba transformando. El discurso de las nuevas autoridades defendía calles más ordenadas y una higiene urbana acorde con los ideales de modernidad. Pero el coste de esa transformación no se repartía por igual. Para un burgués, las restricciones al paso de los carros podían significar una calle más cómoda. Para un femater podían suponer la pérdida de su recorrido, sus ingresos o el abono necesario para trabajar la tierra.

Algo semejante sucedía con las mujeres de los mercados: el orden urbano a menudo se dibujaba desde el despacho, sin preguntar a quienes debían llevar las hortalizas, instalar el puesto y vender antes de regresar al campo. Sus protestas mostraban que el espacio público era también un medio de producción y una herramienta de trabajo.

Conviene evitar una simplificación: ni todos los agricultores eran pobres ni todos los intereses de la ciudad y l’Horta coincidían. Hubo diferencias entre labradores de la capital y de los pueblos, entre familias con más o menos recursos y entre quienes podían sostener un paro y quienes necesitaban trabajar cada día. Precisamente esas diferencias contribuyeron al desgaste del ciclo de huelgas.

Del contrato roto a la limpieza municipal

Tras la crisis de 1903, el Ayuntamiento asumió directamente el servicio de limpieza entre 1904 y 1906 y lo arrendó de nuevo en 1907. Las transformaciones posteriores fueron desplazando la función de los fematers, aunque la necesidad de aprovechar el estiércol no desapareció de golpe. Volvieron a producirse movilizaciones durante la Primera Guerra Mundial y en 1919; en 1920, una nueva ofensiva municipal contra las licencias culminó en la intervención del gobernador civil y la disolución de la Sociedad de Agricultores de la Vega.

El oficio sobrevivió y reapareció bajo otras condiciones. Durante la posguerra franquista, cuando escaseaban determinados insumos agrícolas, la recogida de residuos domiciliarios volvió a ser valiosa. Desde 1957 se reorganizó su supervisión, mientras la limpieza viaria siguió otra trayectoria empresarial. Los testimonios recogidos de antiguos fematers recuerdan rutas fijas, avisos con corneta y familias que entregaban cubos de restos. La modernización, por tanto, no fue una ruptura instantánea, sino un proceso largo y desigual.

La memoria de quienes hacían funcionar la ciudad

La historia obrera suele narrarse a través de fábricas, minas, astilleros y grandes huelgas industriales. También debe detenerse en los carros que entraban de madrugada, en las mujeres que vendían verduras y en las personas cuyo trabajo resultaba indispensable pero a quienes se negaba reconocimiento político.

Los fematers no conquistaron una gran victoria en 1903. Su protesta terminó debilitada, en parte por las divisiones y por la capacidad municipal para reorganizar el servicio. Pero dejaron una lección que va más allá de aquel desenlace: el funcionamiento cotidiano de una ciudad puede depender de trabajadores que sus dirigentes apenas consideran dignos de escuchar.

La València que se creía moderna necesitaba limpiar sus calles, alimentar sus mercados y mantener viva la relación con l’Horta. Los fematers y las labradoras conocían perfectamente esa dependencia. Durante unos años hicieron valer esa fuerza mediante huelgas y organización colectiva. Recuperar su historia es devolver la palabra a quienes, aunque entraban por las puertas de la ciudad con sus carros y sus cestas, rara vez eran invitados a decidir su futuro.

Ovidi Jiménez