La huelga de las escobas: cuando las mujeres se enfrentaron a los caseros

En 1907, las mujeres de los conventillos de Buenos Aires encabezaron una huelga de alquileres y resistieron los desalojos con escobas. Una historia de organización obrera, vivienda y represión.
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En 1907, miles de familias trabajadoras de Buenos Aires dejaron de pagar unos alquileres que se habían vuelto insoportables. Las mujeres, responsables de sacar adelante la vida cotidiana en los conventillos, se situaron al frente de los comités, organizaron la resistencia a los desalojos y salieron a la calle con escobas. La protesta, que se extendió a otras ciudades argentinas, puso la vivienda en el centro de la lucha obrera mucho antes de que existieran las actuales organizaciones de inquilinos.

Por Redacción Sindicalismo.org.

Buenos Aires crecía; sus trabajadores se hacinaban

La capital argentina de comienzos del siglo XX mostraba dos caras. Por el puerto llegaban familias emigrantes, en buena parte procedentes de Italia y España, atraídas por las posibilidades de trabajo de una economía en expansión. En las calles principales se levantaban edificios y comercios; en numerosos patios interiores, sin embargo, varias familias compartían retretes, lavaderos y corredores húmedos. Vivían en los llamados conventillos, casas divididas en habitaciones que sus propietarios alquilaban por separado, a menudo sin condiciones sanitarias adecuadas.

Los barrios de La Boca, Barracas, San Telmo, Monserrat y Balvanera reunían muchas de aquellas viviendas. Una pieza podía servir de dormitorio, comedor y taller doméstico al mismo tiempo. La falta de ventilación, el agua insuficiente y el hacinamiento no eran problemas excepcionales: los propios informes del Departamento Nacional del Trabajo describieron el deterioro higiénico de esos inmuebles y la carestía de los alquileres. Las familias pagaban por habitaciones precarias una parte desproporcionada de lo que conseguían ganar trabajando.

La subida de los alquileres durante 1907 agravó una situación que ya había provocado reuniones y protestas. La presión del crecimiento demográfico, la escasez de viviendas asequibles y las decisiones de los propietarios recayeron sobre quienes menos capacidad tenían para elegir dónde vivir. A diferencia de una huelga en una fábrica, detener el pago de la renta suponía enfrentarse al casero en el mismo lugar donde dormían los hijos, se preparaba la comida y se guardaban las escasas pertenencias de la familia.

Ituzaingó 279: de un patio a una huelga de ciudad

El movimiento no surgió de la nada. En 1906, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) había impulsado campañas por la reducción de los alquileres y la elección de delegados. En junio de 1907, el Centro Igualdad de La Boca difundía ya llamamientos para organizar a los moradores de las casas de inquilinato. El conflicto estalló con fuerza a finales de agosto en el conventillo conocido como Los Cuatro Diques, situado en la calle Ituzaingó, con el número 279 entre las direcciones citadas por las crónicas de la época.

Sus habitantes decidieron no pagar hasta que se aceptaran condiciones menos abusivas. Pedían una rebaja del 30 % en los alquileres, la supresión de depósitos excesivos, mejoras sanitarias y reglas de pago y desalojo menos arbitrarias. La reclamación tenía un contenido material muy concreto: no se trataba de rechazar cualquier alquiler, sino de impedir que el precio de una habitación insalubre consumiera el dinero necesario para comer.

El ejemplo empezó a circular de patio en patio. Se celebraban asambleas, se elegían delegados y se creaban comités por conventillo y por barrio. El 13 de septiembre, la Liga de Lucha Contra los Altos Alquileres e Impuestos llamó a extender la huelga. Entre las casas que se sumaron aparecieron nombres que dejaron rastro en manifiestos y testimonios: La Cueva Negra, Las Catorce Provincias y Campos Salles, además de numerosos inmuebles identificados únicamente por su dirección.

La dimensión exacta de la movilización varía según las fuentes. Los relatos históricos municipales hablan de alrededor de 100.000 participantes, mientras otros estudios señalan cifras próximas a 120.000 personas y hasta unos 2.000 conventillos incorporados en distintos momentos. No son recuentos verificables al detalle, pero indican que el conflicto desbordó con mucho una protesta vecinal aislada. La huelga se extendió por Buenos Aires y alcanzó también ciudades como Rosario y Bahía Blanca.

Las mujeres dejaron de ser las encargadas silenciosas del patio

Para comprender por qué se la recuerda como la huelga de las escobas, hay que mirar el trabajo que casi nunca aparecía en las estadísticas de salarios. En los conventillos, buena parte de las mujeres cuidaba a menores y mayores, limpiaba, cocinaba, lavaba ropa y buscaba maneras de estirar ingresos demasiado cortos. Muchas también realizaban trabajos remunerados, dentro o fuera de aquellas habitaciones. Eran ellas quienes discutían diariamente con los encargados y quienes tenían que afrontar la visita del propietario cuando los hombres estaban trabajando.

Durante la huelga, ese conocimiento de la casa y de las redes de vecindad se convirtió en organización colectiva. Las mujeres convocaban a las familias, sostenían reuniones, vigilaban las entradas y respondían a los intentos de desalojo. Las escobas, herramientas de un trabajo doméstico desvalorizado, aparecieron levantadas en manifestaciones y a las puertas de los conventillos. No eran un adorno pintoresco: expresaban que las mismas personas a las que se asignaba la tarea de limpiar iban a defender el derecho a permanecer en sus viviendas.

En las calles de La Boca desfilaron también niños y niñas portando escobas, acompañados por sus madres y por otros vecinos. La revista Caras y Caretas dejó constancia de aquellas marchas en septiembre de 1907. La presencia infantil suele emplearse para dar un tono sentimental a estos episodios, pero tenía una explicación directa: los desalojos no expulsaban a individuos aislados, sino a familias completas, y la continuidad de la vida cotidiana estaba en juego.

El protagonismo no quedó limitado a mujeres anónimas. Juana Rouco Buela, María Collazo y Virginia Bolten, vinculadas al anarquismo obrero y a la organización femenina, formaban parte de las redes que apoyaron la huelga. Ese mismo año se había creado el Centro Femenino Anarquista, que buscaba organizar a las trabajadoras y abrirles un espacio propio de discusión y acción. Rouco Buela recordaría después la movilización y la represión en sus memorias, Historia de un ideal vivido por una mujer. Sus testimonios ayudan a recuperar una dimensión que las crónicas policiales y patronales no podían explicar.

Los desalojos, Ramón Falcón y la muerte de Miguel Pepe

Los propietarios recurrieron a la justicia y las autoridades movilizaron a la policía para ejecutar desalojos. Las fotografías de 1907 muestran patios ocupados por familias, actuaciones de agentes y vecinos que observan desde ventanas y azoteas. El coronel Ramón Lorenzo Falcón, jefe de la Policía de la Capital, fue una de las figuras centrales de la respuesta represiva. Los intentos de sacar a las familias de sus habitaciones provocaron concentraciones y enfrentamientos; en algunas casas, las mujeres formaron barreras para impedir el paso a quienes llegaban a desalojarlas.

La violencia alcanzó un punto especialmente grave el 23 de octubre de 1907. En las inmediaciones de las calles Perú y San Juan, un disparo policial mató a Miguel Pepe, un joven trabajador baulero de 18 años, según la prensa de la época recogida por la historia municipal de Buenos Aires. Su muerte desató una nueva oleada de indignación. El entierro se convirtió en una manifestación popular acompañada por organizaciones obreras y por mujeres del movimiento de inquilinos.

Juana Rouco Buela describió años después aquel cortejo y la participación de las compañeras en el traslado del féretro. Su recuerdo deja claro hasta qué punto la defensa de la vivienda estaba entrelazada con las redes sindicales y anarquistas. No era una huelga exterior al movimiento obrero: quienes reclamaban rebajas eran trabajadores, trabajadoras y sus familias, y contaron con apoyo de sociedades de resistencia y organizaciones como la FORA.

La represión no terminó con los desalojos. Las autoridades también recurrieron a la Ley de Residencia de 1902, que permitía expulsar del país a militantes extranjeros. Rouco Buela fue deportada a España a comienzos de 1908. El castigo buscaba desarticular redes de apoyo que habían demostrado una capacidad inesperada para coordinar edificios, barrios y ciudades.

Una huelga sin victoria total, pero con una huella duradera

La movilización se prolongó durante varios meses y fue perdiendo fuerza hacia finales de noviembre. En algunos conventillos se alcanzaron arreglos, se consiguieron rebajas o mejoras sanitarias; en otros, los propietarios resistieron y los desalojos rompieron la organización. No hubo una victoria general que resolviera el problema de la vivienda para todas las familias. Presentar aquella huelga como un triunfo completo sería ocultar la dureza de la represión y los límites de la negociación.

Su significado histórico, sin embargo, va más allá del balance inmediato de contratos. En 1907, miles de personas que dependían del salario comprendieron que podían actuar juntas también fuera de la fábrica. La casa dejó de aparecer como un problema privado de cada familia y se convirtió en un terreno de conflicto colectivo. Las asambleas de patio, los comités elegidos entre vecinos y la negativa coordinada a pagar son experiencias que anticiparon otras huelgas de alquileres del siglo XX.

Para las mujeres la experiencia tuvo además una dimensión propia. El trabajo doméstico, las relaciones de vecindad y el cuidado de los hijos habían sido utilizados para confinarlas al hogar; durante aquellos meses sirvieron también para construir solidaridades, resistir desalojos y ocupar las calles. No hizo falta que todas compartieran la misma militancia o que se conocieran previamente. Coincidían en algo elemental: el precio de una habitación no podía decidir por sí solo cómo iba a vivir una familia trabajadora.

La llamada huelga de las escobas conserva por eso un lugar singular en la memoria obrera. No se inició alrededor de una máquina ni terminó con la firma de un convenio. Nació en habitaciones estrechas, entre ropa tendida y niños jugando en los patios, y llegó a enfrentarse a propietarios, jueces y policías. Su protagonista colectiva fueron las mujeres que se negaron a abandonar la vivienda en silencio.

De Buenos Aires a otras luchas por la vivienda

Décadas después, las huelgas de alquileres reaparecieron en otros lugares y circunstancias. En Barcelona, por ejemplo, miles de familias obreras dejaron de pagar sus rentas durante la huelga de alquileres de 1931. No fueron conflictos idénticos, pero permiten seguir una misma pregunta histórica: ¿qué puede hacer una comunidad cuando trabajar no garantiza un techo digno?

Sindicalismo.org reúne estos episodios en su Archivo histórico del movimiento obrero. Y, para analizar cuánto representa hoy la vivienda sobre los ingresos del trabajo, dispone de una calculadora gratuita de vivienda y salario. La historia de 1907 no proporciona respuestas automáticas al presente, pero sí recuerda algo que las fotografías conservadas muestran con claridad: las mujeres trabajadoras no se limitaron a sufrir las consecuencias de la crisis de vivienda. Organizaron una respuesta.

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