Tal día como hoy: 29 de octubre

El 29 de octubre de 1889 apareció linchado en Honokaʻa Katsu Goto, antiguo jornalero japonés, intérprete y defensor de los trabajadores de las plantaciones azucareras de Hawái.
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La mañana del 29 de octubre de 1889, el cuerpo de Katsu Goto apareció colgado de un poste telefónico en Honokaʻa, en la isla de Hawái. Tenía 27 años. Había llegado desde Japón como trabajador contratado de una plantación de azúcar y, tras cumplir tres años de servicio, se había convertido en comerciante, intérprete y defensor de los jornaleros inmigrantes. Su linchamiento fue un mensaje dirigido a toda una fuerza de trabajo sometida por la deuda, la segregación y el miedo.

El azúcar necesitaba trabajadores controlados

En la década de 1880, las plantaciones azucareras dominaban buena parte de la economía hawaiana. Sus propietarios necesitaban miles de brazos, pero también una mano de obra que pudiera ser vigilada y reemplazada. Reclutaron trabajadores de China, Japón, Portugal y otras regiones, distribuyéndolos en campamentos separados por origen y lengua. Esa división dificultaba la organización común y permitía imponer salarios bajos y una disciplina casi militar.

Katsu Goto nació en Ōiso, en la prefectura japonesa de Kanagawa. En 1885, con 23 años, viajó a Hawái a bordo del City of Tokio, dentro del primer contingente de inmigrantes japoneses contratados oficialmente para las plantaciones. Fue destinado a una explotación azucarera de la costa de Hāmākua. El contrato le obligaba a trabajar diez horas diarias, seis días por semana, por unos nueve dólares al mes.

Los capataces, conocidos como lunas, recorrían los campos a caballo y recurrían al castigo físico para imponer el ritmo de corte. Abandonar la plantación antes de terminar el contrato podía acarrear detención y sanciones. El sistema no era esclavitud legal, pero conservaba mecanismos de coerción que dejaban a los trabajadores con escasa capacidad para defenderse.

De jornalero a mediador

Goto completó su contrato de tres años y abrió una tienda en Honokaʻa. Había aprendido inglés y conocía desde dentro el régimen de las plantaciones, por lo que otros inmigrantes japoneses acudían a él cuando necesitaban entender una orden, reclamar un salario o enfrentarse a la dirección. Traducía documentos, explicaba derechos y actuaba como intermediario en los conflictos laborales.

Aquella función era más peligrosa de lo que podía parecer. La barrera lingüística constituía una herramienta de poder: aislaba a los jornaleros, impedía cuestionar multas y contratos y dejaba a la empresa como única intérprete de sus propias normas. Al romper ese aislamiento, Goto ayudaba a transformar problemas individuales en agravios compartidos.

Su tienda también ofrecía una alternativa a los establecimientos vinculados a los propietarios, donde buena parte del salario regresaba a manos de la plantación. El empresario Robert Overend comenzó a considerarlo un agitador capaz de provocar desobediencia. Goto fue apartado de la finca y recibió amenazas para que dejara de intervenir en favor de los trabajadores.

La noche del 28 de octubre

El 19 de octubre de 1889 se declaró un incendio en los cañaverales de Overend. La dirección responsabilizó a varios jornaleros japoneses. Cuando estos necesitaron ayuda para defenderse, llamaron a Goto. Él sabía que regresar a la plantación suponía un riesgo, pero la noche del 28 de octubre acudió a caballo para escuchar su versión y prometió contactar a la mañana siguiente con un inspector de inmigración.

No llegó a hacerlo. Al abandonar el campamento fue emboscado, derribado del caballo y atacado. La investigación forense concluyó que todavía estaba vivo cuando lo estrangularon y colgaron de un poste. Al amanecer del día 29, el cadáver quedó expuesto en el centro de Honokaʻa. La elección del lugar convirtió el asesinato en una advertencia pública.

Cuatro hombres fueron procesados y condenados tras la investigación. Pero el significado del crimen iba más allá de sus autores materiales. Goto había desafiado un orden económico que dependía de que los trabajadores inmigrantes permanecieran incomunicados, obedientes y sujetos a la autoridad absoluta de la plantación.

Una violencia atravesada por la raza y la clase

El linchamiento de Goto suele aparecer en la historia de la inmigración japonesa en Hawái, pero es también un episodio de represión laboral. Fue atacado porque utilizó el idioma, el comercio independiente y su experiencia como antiguo jornalero para ayudar a quienes seguían atrapados dentro del sistema de contratos.

La plantación separaba a los trabajadores por nacionalidad, pagaba de forma desigual y fomentaba la competencia entre comunidades. Esa estructura racial no era un elemento secundario: servía para impedir la solidaridad y proteger los beneficios del azúcar. Las huelgas posteriores tuvieron que superar precisamente esas divisiones, construyendo alianzas entre japoneses, filipinos, chinos, portugueses, puertorriqueños y hawaianos.

El asesinato no produjo de inmediato un sindicalismo estable. La organización obrera en las islas avanzó entre derrotas, persecuciones y nuevas oleadas migratorias. Aun así, la memoria de Goto quedó asociada a la resistencia contra el poder de los plantadores. Su caso mostró que hasta una traducción podía ser considerada subversiva cuando permitía a los trabajadores comprender su explotación y actuar juntos.

El hombre que volvió al campo para ayudar

Goto había conseguido abandonar la plantación. Podía haber protegido su negocio y mantenerse al margen, pero regresó cuando los jornaleros lo llamaron. Esa decisión explica por qué su figura continúa ocupando un lugar en la historia obrera hawaiana: no fue únicamente una víctima del racismo, sino un trabajador que puso los conocimientos adquiridos al servicio de sus compañeros.

Tal día como hoy, 29 de octubre, su cuerpo apareció colgado en Honokaʻa. La violencia pretendía imponer silencio; lo que dejó fue el recuerdo de que la solidaridad empieza muchas veces con gestos sencillos —traducir un contrato, acompañar una reclamación, enfrentarse a una multa— capaces de quebrar el aislamiento sobre el que descansa el poder patronal.