El 23 de octubre de 1901, Rosario amaneció paralizada por una huelga general. Los sindicatos de la ciudad habían detenido el trabajo en respuesta al asesinato de Cosme Budislavich, un obrero inmigrante de 34 años abatido por la policía durante el conflicto de la Refinería Argentina de Azúcar. Aquella jornada convirtió un crimen patronal y estatal en una respuesta colectiva, y dejó al descubierto la violencia con la que las élites argentinas recibieron las primeras formas de organización obrera.
Una fábrica, jornadas interminables y un sindicato recién nacido
Rosario crecía entonces como ciudad portuaria e industrial al ritmo de los ferrocarriles, los muelles y las grandes fábricas. Ese desarrollo descansaba sobre miles de trabajadores inmigrantes sometidos a jornadas largas, salarios bajos, descuentos arbitrarios y empleo a destajo. En el barrio Refinería, la planta azucarera vinculada al empresario Ernesto Tornquist era uno de los grandes centros de trabajo.
El 18 de octubre, los peones encargados de cargar bolsas se reunieron en un conventillo conocido como El Atrevido. Allí resolvieron crear el Sindicato de Obreros de la Refinería y formular un pliego de reivindicaciones: jornada de diez horas, doble jornal por trabajar en días festivos y mejoras salariales. El escritor y periodista libertario Florencio Sánchez colaboró en la redacción de las demandas. No era una protesta espontánea, sino un intento consciente de construir organización donde la patronal solo reconocía individuos aislados.
Dos días después, alrededor de doscientos obreros se concentraron ante la fábrica para entregar el pliego. La empresa se negó a negociar. El dirigente anarquista Rómulo Ovidi habló ante la asamblea y fue elegido para integrar el comité de huelga. Octavio Grandoli, antiguo intendente de Rosario y mediador político del conflicto, reconoció a varios militantes libertarios y ordenó detenerlos.
Un disparo por la espalda
La policía cargó contra los trabajadores. Cosme Budislavich intentó impedir que se llevaran detenido a Ovidi y recibió golpes de los agentes. Cuando corrió para ponerse a salvo, fue perseguido y alcanzado por un disparo en la espalda, a la altura de la nuca. Murió en el acto. Había nacido en el Imperio austrohúngaro, en territorio de la actual Croacia, y había llegado a Argentina apenas dos años antes. Trabajaba como elevadorista en la refinería.
Su muerte es considerada el primer asesinato registrado de un trabajador durante una lucha obrera en Argentina. El crimen quedó impune. Las autoridades retuvieron el cadáver, prohibieron las manifestaciones y clausuraron la Casa del Pueblo, donde sus compañeros pretendían velarlo. Querían impedir que el entierro se transformara en una denuncia pública. Lograron exactamente lo contrario.
La ciudad respondió con una huelga general
Las sociedades obreras reunidas en Rosario convocaron la huelga general para el 23 de octubre. Se sumaron ferroviarios de talleres, tráfico y carga, albañiles, yeseros, trabajadores de la molienda, fideeros y otros oficios. En una época en la que el derecho de huelga no estaba reconocido y la organización sindical podía significar prisión o expulsión del país, la ciudad quedó paralizada por solidaridad con un obrero al que muchos huelguistas ni siquiera habían conocido.
La protesta reunió corrientes anarquistas y socialistas, aunque sus diferencias políticas eran profundas. Rosario era uno de los principales focos libertarios del país, con sociedades de resistencia, periódicos, bibliotecas y una activa Casa del Pueblo. En las movilizaciones participaron también grupos de mujeres identificados como La Voz de la Mujer y La Voz de las Proletarias, herederos de un anarcofeminismo que vinculaba la emancipación femenina con la lucha contra el capital.
La huelga del día 23 abrió paso a nuevas demostraciones. El 24 de octubre, una multitud acompañó los restos de Budislavich hasta el cementerio pese a las prohibiciones. Al día siguiente, unas ocho mil personas asistieron a un acto de repudio con la presencia de figuras obreras como Virginia Bolten, Adrián Patroni, Juan B. Justo y Enrique Dickmann. La policía había intentado reducir la muerte a un expediente; el movimiento obrero la convirtió en memoria compartida.
La solidaridad frente a la política del miedo
El conflicto de Rosario anticipó la respuesta que el Estado argentino desplegaría contra el sindicalismo. En 1902, una nueva oleada de huelgas desembocó en la primera huelga general de alcance nacional. El Gobierno respondió con la Ley de Residencia, que permitía expulsar sin juicio a trabajadores extranjeros considerados “indeseables”. La inmigración que había sido bienvenida como mano de obra se convertía en amenaza cuando empezaba a organizarse.
La historia de Budislavich contiene una amarga paradoja. Fue presentado por las autoridades como agitador extranjero, pero algunas fuentes obreras señalaron que ni siquiera pertenecía formalmente a una organización. Lo que lo colocó en la línea de fuego no fue un cargo sindical, sino su decisión de defender a otro trabajador frente a la policía. Su gesto individual encontró después una respuesta que ya no podía ser individual: una ciudad detenida.
El 23 de octubre de 1901 recuerda que la huelga general nació también como instrumento de solidaridad contra la represión. Los trabajadores de Rosario no pararon únicamente por sus propios salarios o jornadas. Pararon para afirmar que la vida de un compañero asesinado concernía a toda la clase obrera. Frente al intento de imponer miedo, contestaron haciendo imposible la normalidad.



