Tal día como hoy: 27 de octubre

El 27 de octubre de 1951, más de un millar de sindicalistas y activistas fundaron en Cincinnati el National Negro Labor Council, una organización obrera negra que combatió la discriminación patronal, el racismo sindical y la represión macartista.
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El 27 de octubre de 1951, más de un millar de sindicalistas y activistas se reunieron en Cincinnati para fundar el National Negro Labor Council (NNLC), el Consejo Nacional Obrero Negro. La cita puso en pie una organización independiente, dirigida por trabajadores afroamericanos, que quiso combatir a la vez la discriminación empresarial y el racismo instalado dentro de buena parte del movimiento sindical estadounidense.

La posguerra cerró las puertas que la guerra había abierto

Durante la Segunda Guerra Mundial, la movilización industrial había permitido que cientos de miles de personas negras accedieran a fábricas y oficios de los que antes estaban excluidas. El regreso a la economía de paz volvió a estrechar ese espacio. El principio de «últimos en ser contratados, primeros en ser despedidos» expulsó a muchos trabajadores negros de los empleos industriales, mientras la segregación los mantenía concentrados en los puestos peor pagados y con menos posibilidades de promoción.

El problema no estaba solo en las empresas. Numerosos sindicatos de oficio afiliados a la American Federation of Labor continuaban excluyendo a la población negra o relegándola a secciones separadas. El Congress of Industrial Organizations había impulsado durante los años treinta y cuarenta una organización más inclusiva, pero la Guerra Fría y la expulsión de sindicatos dirigidos por comunistas debilitaron algunos de sus núcleos más activos contra la discriminación racial. Para muchos obreros negros, la representación sindical existente ya no bastaba.

De Chicago a Cincinnati

El antecedente inmediato fue la Conferencia Nacional Sindical por los Derechos Negros, celebrada en Chicago en junio de 1950 con unos novecientos delegados. De allí salió el compromiso de construir una organización permanente. Durante el año siguiente se formaron veintitrés consejos obreros negros en importantes centros industriales y se preparó una convocatoria nacional.

Ernest «Big Train» Thompson, antiguo obrero de fundición y organizador del sindicato de trabajadores eléctricos UE, recorrió el país reuniendo apoyos. A la iniciativa se sumaron dirigentes de base como William Hood, secretario del Local 600 de la UAW en Ford; Cleveland Robinson, del sindicato de trabajadores de distribución y oficinas; y Coleman Young, entonces sindicalista y años después alcalde de Detroit.

Cincinnati no fue una elección cómoda. En aquella ciudad regía la segregación y los hoteles reservados para huéspedes negros no podían alojar a toda la delegación. Victoria «Vicki» Garvin, dirigente sindical y economista, pasó meses buscando habitaciones, organizando hospedaje en domicilios particulares y negociando con unas autoridades hostiles. Su labor hizo posible que la convención comenzara el sábado 27 de octubre y continuara al día siguiente.

Una organización obrera con dirección negra

La convención aprobó una declaración de principios y un programa de acción asentados en una idea decisiva: no habría ciudadanía plena sin igualdad económica, y esa igualdad requería que los propios trabajadores negros se organizaran y dirigieran la lucha. El nuevo consejo no pretendía separar las reivindicaciones raciales de las de clase. Señalaba, por el contrario, que la discriminación servía a la patronal para dividir plantillas, abaratar salarios y enfrentar a unos trabajadores con otros.

La autonomía tenía un significado concreto. Los delegados blancos que participaron en la convención suscribieron una declaración en la que rechazaban atribuirse el derecho a dirigir a sus compañeros negros y asumían la responsabilidad de combatir el racismo entre los trabajadores blancos. Era una respuesta directa a una tradición sindical que hablaba de unidad mientras toleraba exclusiones en la contratación, la afiliación y el ascenso profesional.

El NNLC extendió su campo de acción desde las grandes fábricas hasta el comercio, el transporte y el trabajo agrícola. Reclamó empleos cualificados, formación profesional, convenios sin cláusulas discriminatorias y una Comisión de Prácticas Justas de Empleo con capacidad efectiva para sancionar. En 1952 lanzó una campaña nacional por cien mil puestos de trabajo para personas negras y promovió peticiones, piquetes y movilizaciones ante empresas que mantenían departamentos reservados de hecho a empleados blancos.

Victorias pequeñas frente a una barrera inmensa

Los consejos locales consiguieron avances verificables. En San Francisco presionaron para que el sistema de tranvías interurbanos contratara conductores y motoristas negros; en Los Ángeles lograron que Sears incorporara vendedoras negras; en Nueva York abrieron empleos de reparto en una empresa láctea, y en Kentucky impulsaron el acceso de jóvenes afroamericanos a cursos profesionales que no se impartían en sus centros segregados. No derribaron la estructura de discriminación, pero demostraron que la acción organizada podía abrir puestos hasta entonces vedados.

Las mujeres negras ocuparon responsabilidades relevantes, aunque también tuvieron que disputar espacio dentro de una cultura sindical marcada por el sexismo. Garvin fue una de las figuras centrales de la organización. El énfasis en los empleos comerciales y de oficina afectaba de manera particular a trabajadoras confinadas durante décadas al servicio doméstico o a las categorías peor remuneradas.

El macartismo contra la organización obrera negra

El consejo nació en el momento más áspero de la ofensiva anticomunista. Varios de sus impulsores militaban en el Partido Comunista o procedían de sindicatos expulsados del CIO. Ese vínculo fue utilizado para desacreditar el conjunto de sus demandas. Dirigentes sindicales conservadores llamaron al boicot, el Comité de Actividades Antiestadounidenses investigó a cuadros del NNLC y algunos activistas sufrieron vigilancia, listas negras y pérdida del empleo.

La presión política y el coste de la defensa legal fueron asfixiando a la organización, que terminó disolviéndose en 1956. Su desaparición no significó que sus reivindicaciones hubieran sido resueltas. Parte de su programa —empleo justo, desegregación sindical, acceso a oficios cualificados y poder propio para los trabajadores negros— reaparecería en organizaciones posteriores y en la convergencia entre sindicalismo y movimiento por los derechos civiles.

La jornada del 27 de octubre de 1951 recuerda que los derechos civiles también se disputaron en la fábrica, el almacén, el tranvía y la oficina de contratación. Antes de que las grandes marchas de la década siguiente ocuparan las portadas, una generación de sindicalistas negros ya estaba librando esa batalla desde los tajos: contra la segregación, contra la explotación y contra quienes pretendían obligarla a escoger entre raza y clase.