Tal día como hoy: 28 de octubre

El 28 de octubre de 1879 nació Luisa Capetillo, anarquista, escritora y organizadora sindical puertorriqueña que unió la lucha de los trabajadores del tabaco y la caña con la emancipación de las mujeres.
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El 28 de octubre de 1879 nació en Arecibo, Puerto Rico, Luisa Capetillo. Fue lectora de tabaquería, costurera, escritora, anarquista y una de las primeras organizadoras sindicales de la isla. Recorrió campos de caña, fábricas y comunidades obreras defendiendo mejores salarios, jornadas más cortas, educación para las trabajadoras y una emancipación femenina inseparable de la lucha de clase.

Una formación nacida fuera de las aulas

Capetillo creció en una ciudad portuaria rodeada por plantaciones de azúcar y por una cultura obrera cada vez más activa. Su padre, de origen vasco, y su madre, llegada desde Francia, estimularon una educación poco habitual para una niña de la época. Aprendió francés, leyó a autores europeos y se formó como autodidacta. Entre las influencias que más tarde reconocería estaban Piotr Kropotkin, Errico Malatesta, León Tolstói y las corrientes libertarias que circulaban por el Caribe.

La invasión estadounidense de 1898 alteró la estructura económica de Puerto Rico sin liberar a su población trabajadora. El capital azucarero concentró tierras y poder, los salarios rurales siguieron siendo miserables y miles de familias dependían de empleos estacionales. En ese escenario aparecieron sociedades obreras, periódicos, sindicatos y huelgas que discutían no solo el jornal, sino también el colonialismo, la educación y la desigualdad entre hombres y mujeres.

La fábrica de tabaco como escuela obrera

Capetillo trabajó como costurera y en la industria de la aguja para mantener a su familia. Después entró como lectora en fábricas de tabaco de Arecibo. La lectora ocupaba un lugar singular: mientras las manos escogían hojas y liaban cigarros, su voz llevaba al taller novelas, prensa y textos políticos pagados colectivamente por la plantilla. En una sociedad con elevados niveles de analfabetismo, aquella práctica convertía la fábrica en un espacio de formación compartida.

Allí se incorporó a la Federación de Torcedores de Tabaco, vinculada a la Federación Libre de Trabajadores. No fue una militante de despacho. Escribía en la prensa obrera, hablaba en mítines, recorría pueblos y ayudaba a organizar trabajadores del tabaco y de la caña. En 1905 participó en la gran agitación de los jornaleros azucareros y realizó una de sus primeras intervenciones públicas como oradora sindical.

Las huelgas de la caña enfrentaban a una fuerza de trabajo empobrecida con centrales azucareras cada vez más poderosas. La contratación temporal, el pago insuficiente y las largas jornadas permitían a los propietarios disciplinar comunidades enteras. Capetillo defendió que la respuesta no podía limitarse a pedir compasión: hacía falta organización estable, solidaridad entre oficios y capacidad para detener la producción.

La mujer debía entrar en el sindicato

Su feminismo nació dentro del conflicto social. Apoyó el sufragio universal, pero desconfiaba de una emancipación reducida al voto de las mujeres con estudios o propiedades. Para Capetillo, la dependencia económica, la falta de educación y la autoridad masculina dentro del hogar formaban parte del mismo orden que explotaba a las obreras en el taller y en el campo.

Por eso situó la sindicalización de las mujeres en el centro de su actividad. Reclamó igualdad, acceso al conocimiento y autonomía personal; defendió el amor libre y cuestionó el matrimonio como contrato de subordinación. Sus ideas incomodaban tanto a las élites conservadoras como a compañeros de movimiento que aceptaban la igualdad en los discursos, pero reservaban la dirección y la palabra pública a los hombres.

En 1907 publicó Ensayos libertarios; en 1910, La humanidad en el futuro; y en 1911 apareció Mi opinión sobre las libertades, derechos y deberes de la mujer. En esos textos relacionó la liberación femenina con la transformación económica y la educación racionalista. No concebía los derechos de las mujeres como una cuestión separada del mundo del trabajo, sino como una condición para cambiarlo.

Una organizadora a través del Caribe

Su militancia desbordó Puerto Rico. Vivió y trabajó temporalmente en Nueva York y Tampa, donde entró en contacto con comunidades tabaqueras puertorriqueñas, cubanas, españolas, italianas y afroamericanas. También viajó a República Dominicana y Cuba, participando en reuniones, propaganda y conflictos laborales. Esa circulación muestra hasta qué punto el sindicalismo del tabaco formaba una red transnacional mucho antes de que la palabra globalización se hiciera común.

En Cuba, durante la huelga azucarera de 1915, fue detenida por vestir pantalones en público. Capetillo se defendió ante el tribunal: ninguna ley prohibía aquella ropa y la acusación descansaba únicamente en el prejuicio. Quedó en libertad. El episodio suele recordarse como una provocación estética, pero para ella los pantalones eran una cuestión práctica y un desafío al control social que limitaba la presencia de las mujeres en la calle, el mitin y el piquete.

De regreso a Puerto Rico continuó participando en huelgas agrícolas, entre ellas las de Patillas, Ceiba y Vieques. Su figura reunía tareas que rara vez aparecen juntas en los relatos oficiales: escribía teoría y crónica, leía en voz alta para los obreros, organizaba sindicatos y se desplazaba allí donde comenzaba un conflicto.

Una libertad que debía llegar al trabajo y a la vida

Capetillo murió en 1922, pobre y alejada de cualquier reconocimiento institucional. Durante décadas su recuerdo quedó reducido a la anécdota de la mujer que usaba pantalones. Esa imagen ocultaba lo esencial: había sido una dirigente obrera capaz de unir la cultura libertaria de las tabaquerías con la organización de los jornaleros del azúcar y con una crítica radical de la subordinación femenina.

Su legado no consiste en haber añadido una reivindicación de mujeres a un programa sindical ya terminado. Consiste en haber explicado que no existe emancipación obrera si la mitad de la clase trabajadora permanece sometida en el salario, en la educación y en la vida cotidiana. Nacida un 28 de octubre, Luisa Capetillo convirtió esa convicción en palabra, organización y huelga.