Del Grau de València al frente de Teruel: la formación de un libertario
El 8 de junio de 1942, José Pellicer Gandía fue fusilado en Paterna, a las afueras de València. Tenía treinta años. Junto a él murió su hermano Pedro, también militante de la CNT y vinculado a la Columna de Hierro. Habían transcurrido casi tres años desde el final de la Guerra Civil, pero para los vencidos la guerra continuaba en los consejos de guerra, las cárceles y los paredones. La vida de Pellicer había quedado unida a una de las experiencias más singulares del anarquismo valenciano: una milicia que quiso combatir al ejército sublevado sin renunciar a transformar las relaciones de poder en el territorio que defendía.
José Pellicer nació el 27 de abril de 1912 en el Grau de València, en una familia de posición acomodada. Su entorno familiar no predeterminaba la trayectoria que acabaría siguiendo. Se incorporó al movimiento libertario cuando era muy joven y participó en las organizaciones anarcosindicalistas de la ciudad. Fue un lector constante, se interesó por el naturismo y defendió una concepción de la revolución que no separaba la transformación individual de los cambios sociales. Para él, el comunismo libertario no era únicamente un programa de futuro: también imponía exigencias sobre la forma de organizarse y ejercer la autoridad.
La València de comienzos de los años treinta vivía una intensa actividad política y sindical. La CNT disponía de arraigo en distintos oficios, los ateneos libertarios sostenían debates sobre educación y emancipación, y la proclamación de la Segunda República no había acabado con la conflictividad social. Pellicer participó en ese ambiente, entre huelgas, detenciones y discusiones estratégicas dentro del propio anarquismo. Formó parte del grupo Nosotros, ligado a la Federación Anarquista Ibérica (FAI), y desarrolló actividad en el movimiento confederal. Su biografía no se explica únicamente por las armas de 1936: se había formado en el sindicalismo, la propaganda y la experiencia de la represión anterior al golpe militar.
En la historia familiar del militante había una contradicción que sus biógrafos consideran significativa. Su abuelo materno había fundado la empresa vinícola Vicente Gandía y la familia disponía de recursos, pero José eligió la militancia obrera. La reseña del libro de Miquel Amorós publicada por Le Monde diplomatique sitúa su incorporación a CNT y FAI a los dieciocho años. En el artículo biográfico de El Salto se recuerda también que conoció, durante un curso de esperanto, a María de las Mercedes Veloso, estudiante de Medicina y futura madre de su hija Coral. La educación, las lenguas y el debate cultural formaban parte de aquel universo libertario tanto como la actividad sindical.
Coral Pellicer Veloso nació en València el 27 de mayo de 1937, mientras su padre estaba vinculado al frente y la retaguardia revolucionaria. Su infancia estuvo atravesada por las visitas a prisión después de la derrota republicana. Aquella perspectiva familiar, recuperada décadas después por sus testimonios, ayuda a entender qué significaba la represión para quienes quedaban fuera de los expedientes militares: mujeres que debían sostener a sus familias y niños que crecían sin conocer la suerte de sus padres.
El levantamiento del 18 de julio de 1936 abrió una situación completamente distinta. En València, como en otras ciudades donde fracasó la sublevación, las organizaciones obreras se movilizaron para impedir el triunfo de los militares rebeldes. Los sindicatos organizaron grupos armados y columnas de voluntarios con destino a los frentes. El 6 de agosto se sitúa la constitución de la Columna de Hierro, que tuvo uno de sus centros de organización en el antiguo convento de las Salesas, en la calle Alboraya. José y Pedro Pellicer, José Segarra y otros militantes participaron en su impulso. Entre sus figuras destacó también Rafael Martí, conocido como Pancho Villa.
La columna marchó hacia el frente de Teruel, donde las condiciones materiales eran precarias. No se trataba de un ejército convencional con suministros abundantes y una estructura de mandos estable. Los testimonios recogidos en los estudios sobre las milicias valencianas describen dificultades de armamento, aprendizaje acelerado y una organización que trataba de hacer compatibles las necesidades del combate con la participación de sus integrantes. Ese intento era el centro de su singularidad, pero también la fuente de tensiones que no tardaron en hacerse visibles.
La Columna de Hierro defendía que combatir al fascismo y realizar la revolución social eran tareas inseparables. Su actividad no se limitó al frente: se relacionó con experiencias de colectivización, reorganización del trabajo y cambios en las estructuras de autoridad en localidades de la retaguardia. La columna ganó una reputación polémica. Sus adversarios denunciaron indisciplina, requisiciones y actuaciones violentas; quienes la defendieron vieron en ella una expresión de autonomía obrera frente a la recuperación del poder estatal. La historiografía advierte de que la leyenda construida alrededor de la columna, tanto favorable como hostil, debe contrastarse con documentos y testimonios, no aceptarse sin matices.
La Columna de Hierro: revolución, guerra y militarización
José Pellicer fue una de las voces más reconocibles de esa corriente revolucionaria. Su influencia no dependía exclusivamente de un puesto militar: procedía también de su actividad política y de su insistencia en que una organización creada para acabar con la obediencia impuesta no debía reproducirla en su funcionamiento cotidiano. Eso no eliminaba las contradicciones de una guerra. Las necesidades de coordinación, armamento y disciplina estaban presentes a diario, y la Columna de Hierro tuvo que tomar decisiones en circunstancias en que ninguna opción resultaba sencilla.
La aproximación de Miquel Amorós a la biografía de Pellicer sitúa la experiencia de la Columna de Hierro dentro de la evolución del anarquismo levantino entre 1930 y 1940. Junto a José y Pedro Pellicer, la reseña identifica a Rafael Martí, conocido como Pancho Villa, Francisco Mares y Diego Navarro entre los impulsores de la columna. Su trayectoria ayuda a comprender que aquella milicia no fue obra de un único jefe, sino el resultado de redes militantes preexistentes, de grupos de afinidad y de un movimiento sindical con implantación territorial.
La llamada militarización no fue un mero cambio administrativo de nombres. La conversión de los voluntarios en unidades sometidas a mandos, graduaciones y disciplina regular alteraba los mecanismos de decisión que distinguían a muchas columnas surgidas en julio de 1936. Frente a las urgencias militares invocadas por sus partidarios, los sectores más críticos temían perder la capacidad de las asambleas para decidir el funcionamiento de sus propias unidades. En la Columna de Hierro, el desacuerdo reflejó un dilema que se repitió en otras formaciones confederales, con resultados desiguales.
Durante los últimos meses de 1936 y los primeros de 1937, el Gobierno republicano impulsó la integración de las milicias en el Ejército Popular. Para sus defensores, la militarización era imprescindible para coordinar los frentes, racionalizar los suministros y contener a las tropas sublevadas. Para una parte del anarquismo, suponía abandonar la autonomía de las columnas y aceptar una jerarquía que chocaba con sus principios. La discusión atravesó a la CNT y a la FAI y no puede reducirse a un enfrentamiento entre organizaciones: dividió a militantes que habían combatido juntos desde julio.
Pellicer se opuso a la deriva militarizadora y al creciente predominio de las estructuras estatales sobre los organismos surgidos de la movilización obrera. La Columna de Hierro debatió intensamente su futuro y terminó aceptando la militarización a finales de marzo de 1937, en medio de detenciones y presiones políticas. Se convirtió en la 83.ª Brigada Mixta. La transformación no cerró los conflictos: en los meses siguientes se registraron nuevas detenciones de antiguos milicianos y la reorganización de la unidad. La historia real fue más compleja que la imagen de una columna que simplemente desaparece por negarse a obedecer.
Pellicer continuó defendiendo sus posiciones mediante la actividad política y la prensa libertaria, especialmente desde Nosotros. Criticó tanto la pérdida de impulso revolucionario como las concesiones que, a su juicio, alejaban a la CNT y la FAI de sus principios. Esa actitud le enfrentó con sectores de sus propias organizaciones. En el marco de la creciente confrontación política republicana, fue detenido y sufrió prisión. Su trayectoria muestra una fractura central de la época: la disputa entre quienes consideraban prioritario concentrar todos los esfuerzos en ganar la guerra y quienes entendían que aplazar la revolución significaba poner en peligro aquello por lo que se combatía.
La derrota republicana dejó a Pellicer sin espacio para la acción política y lo situó ante la maquinaria represiva franquista. Tras su detención, padeció encarcelamiento y fue condenado a muerte. Los testimonios de presos recogieron las torturas sufridas por los hermanos Pellicer. El 8 de junio de 1942 fueron ejecutados en Paterna. En el registro universitario de víctimas de la represión aparece José Pellicer Gandía como militante de CNT-FAI, condenado y ejecutado por la dictadura. La fecha de su muerte no es, por tanto, una tradición transmitida de boca en boca, sino un hecho respaldado por la investigación documental.
La derrota, el cuento de Tilín y la lucha de Coral por la memoria
La figura de Pellicer quedó durante décadas a la sombra de nombres mucho más conocidos del anarquismo español. El historiador Miquel Amorós reconstruyó su trayectoria en José Pellicer. El anarquista íntegro, publicado por Virus Editorial en 2009. También los estudios sobre las milicias valencianas han contribuido a separar la experiencia histórica de la Columna de Hierro de los relatos simplificadores. Esos trabajos permiten comprender a Pellicer como protagonista de una discusión colectiva y no únicamente como un símbolo individual de firmeza.
Tras el final de la guerra, José intentó salir de València en dirección al puerto de Alicante junto a sus hermanos Vicente y Pedro. El testimonio familiar publicado por El Salto relata que no quiso abandonar a su compañera ni a su hija y que cayó en manos franquistas. El artículo explica que la familia recurrió a sus relaciones personales para solicitar clemencia y que Vicente, el menor, obtuvo una conmutación, mientras José y Pedro fueron ejecutados. Las fuentes periodísticas sobre el proceso judicial de los hermanos no son completamente coincidentes al describir la suerte de Vicente; por eso conviene distinguir su condena de su ejecución efectiva.
En su última visita a la prisión Modelo de València, José contó a su hija Coral una historia sobre una estrella llamada Tilín, que cuidaría de ella cuando él faltara. Más tarde, en la cárcel, escribió aquella narración en un pequeño manuscrito. Coral contó a El Salto que no conoció su existencia material hasta aproximadamente veinte años después: había conservado el recuerdo oral del cuento, pero un familiar guardó durante años el escrito. El documento se convirtió en una de las huellas más íntimas de un condenado que intentaba dejar a su hija algo distinto al recuerdo de la violencia.
El relato de Coral permite apreciar también las consecuencias de una desaparición explicada a medias durante la infancia. Tras el fusilamiento de su padre, la familia tardó en decirle que había muerto. Coral siguió preguntando por él, creyendo que continuaba encarcelado en otra ciudad. Años después dedicó esfuerzos a conservar sus papeles y reivindicar su memoria. Falleció el 30 de abril de 2020, a los ochenta y dos años. Su testimonio constituye una fuente esencial para reconstruir la dimensión humana de la represión contra los Pellicer.
Hay una imagen que resume, sin explicarlo todo, el final de esta historia: un retrato de José Pellicer realizado por el cartelista Mariano Rawicz en la prisión Modelo de València el 10 de junio de 1942, dos días después del fusilamiento. Su hija, Coral Pellicer, lo cedió para su depósito y exhibición en el Pavelló de la República de la Universitat de Barcelona. No es una fotografía tomada en el frente ni un documento de propaganda de la columna; es una representación de la memoria inmediata de un hombre que acababa de ser ejecutado. Su conservación muestra también el trabajo de quienes se negaron a que aquella generación desapareciera de los archivos y del recuerdo público.
Recordar hoy a José Pellicer no exige convertirlo en un personaje sin contradicciones ni convertir a la Columna de Hierro en un modelo exento de problemas. Su historia merece atención precisamente porque permite examinar una pregunta incómoda, que recorrió el movimiento obrero de 1936 y 1937: qué sucede cuando una revolución nacida de la organización desde abajo se ve obligada a librar una guerra que reclama mando, disciplina y obediencia. Pellicer tomó partido en ese debate y pagó después, bajo la dictadura, el precio extremo de la derrota. Su eco sigue en las actas, los periódicos, los testimonios de sus compañeros y los nombres de quienes fueron fusilados en Paterna.
La batalla por el reconocimiento tampoco terminó con la muerte de Franco. En 2006, Coral Pellicer promovió un recurso de revisión ante la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo para intentar anular las condenas impuestas a su padre y sus familiares. La mayoría de la Sala rechazó que la Constitución de 1978 permitiera revisar aquella resolución por la vía utilizada. El magistrado José Luis Calvo Cabello discrepó con un voto particular que describía el órgano judicial franquista como ilegítimo, dependiente y parcial.
El voto particular examinó la escasez de garantías del procedimiento sumarísimo: la defensa debía ser asumida por un militar, no intervenía en la instrucción y disponía de un tiempo extraordinariamente limitado para preparar su intervención. También cuestionó testimonios utilizados contra Pellicer que su abogado no pudo contradecir mediante interrogatorio en el juicio. El caso ilustra la distancia entre la memoria familiar de las víctimas y las dificultades legales para revisar las sentencias dictadas por la justicia militar de la dictadura.
El legado de la Columna de Hierro: autonomía obrera y memoria libertaria
La Columna de Hierro dejó un debate que sobrevivió a su desaparición como milicia autónoma: quién debía tomar las decisiones en una guerra emprendida también en nombre de la emancipación social. La discusión sobre el mando, la elección de responsables y la intervención de las asambleas afectaba a la manera en que los voluntarios entendían la autoridad y su relación con los sindicatos. Su transformación en la 83.ª Brigada Mixta, en marzo de 1937, puso fin a su estructura anterior, pero no a las discrepancias sobre la militarización. Mientras unos consideraban imprescindible una disciplina común para sostener el esfuerzo militar, otros entendían que esa reorganización debilitaba la autonomía conquistada por las organizaciones obreras. La investigación histórica, especialmente los trabajos de Miquel Amorós, ha permitido reconstruir aquella experiencia a partir de testimonios, documentos y publicaciones libertarias, diferenciando los hechos de las interpretaciones que surgieron durante la guerra. La memoria de José Pellicer pertenece también a esa historia colectiva. Su fusilamiento, el de su hermano Pedro y la posterior lucha de Coral Pellicer por recuperar la dignidad de los represaliados enlazan la experiencia revolucionaria de 1936 con las reclamaciones de justicia de las décadas posteriores.
Documentación consultada: Miquel Amorós, José Pellicer. El anarquista íntegro (Virus Editorial, 2009); Miguel Asensio Rubio, Las milicias valencianas en la Guerra Civil (Diputación de València); base de datos La memoria recuperada (Universidad de Alicante); CRAI Biblioteca del Pavelló de la República (Universitat de Barcelona); José Pellicer, «El Durruti valenciano» (Portal OACA); Gloria Carbonell, reseña de José Pellicer: el anarquista íntegro (Le Monde diplomatique, diciembre de 2009); «Último adiós a Coral Pellicer, la hija del anarquista» (El Salto, 9 de mayo de 2020); «Pellicer sigue condenado por Franco» (El País, 27 de julio de 2006).

Historiador y sindicalista, miembro de la redacción de sindicalismo.org





