Lyon, 1870: los obreros que quisieron abolir el Estado antes de la Comuna de París

El 28 de septiembre de 1870, obreros e internacionalistas intentaron sustituir el poder municipal de Lyon por una federación revolucionaria. Bakunin, el cartel rojo, los cincuenta céntimos de salario y las razones de una insurrección fallida.
TEXTO:FONDO:

Por Eduardo Casán. Historiador y sindicalista, miembro de la redacción de sindicalismo.org.

El 28 de septiembre de 1870, la plaza de los Terreaux, frente al Ayuntamiento de Lyon, se llenó de trabajadores y banderas rojas. En el interior del edificio, militantes de la Internacional y revolucionarios como Mijaíl Bakunin, Albert Richard y Eugène Saignes intentaron sustituir a las autoridades por una federación de comunas revolucionarias. Uno de los puntos de su programa declaraba abolida la maquinaria administrativa y gubernamental del Estado. El desafío duró horas. Las fuerzas que iban a apoyar la insurrección no acudieron como se esperaba, los trabajadores estaban mayoritariamente desarmados y el Ayuntamiento volvió a manos de los republicanos moderados. Aquella tentativa fracasó, pero puso a prueba una pregunta decisiva: ¿podía la revolución detenerse en el cambio de régimen sin cambiar quién ejercía realmente el poder?

La escena ocurrió meses antes de la célebre Comuna de París de marzo de 1871. No fue una revolución obrera triunfante, ni una ciudad gobernada durante semanas por los anarquistas. Fue un levantamiento breve, atravesado por necesidades inmediatas de quienes vivían de su jornal, discrepancias estratégicas dentro de la izquierda republicana y una guerra que llevaba a Francia al desastre. Su historia explica tanto el empuje de una clase trabajadora que empezaba a organizarse internacionalmente como los límites de un proyecto revolucionario cuya audacia política superó su fuerza real en las calles.

Lyon no era una ciudad cualquiera: la memoria de los canuts

Lyon había conocido revueltas obreras mucho antes de 1870. Los trabajadores de la seda, los canuts, se levantaron en 1831 contra los salarios impuestos por fabricantes y comerciantes. La insurrección de 1834 volvió a dejar enfrentamientos y represión. En los talleres de la Croix-Rousse se había aprendido que la producción podía dar riqueza a una ciudad sin garantizar una vida digna a quienes la sostenían. Aquellos conflictos no crearon una tradición revolucionaria uniforme, pero sí un lenguaje propio de dignidad del trabajo, asociación y desconfianza hacia las élites.

En el Segundo Imperio de Napoleón III, los oficios textiles y otros sectores urbanos convivían con la concentración de la riqueza, las dificultades de vivienda y los cambios en las relaciones laborales. La Asociación Internacional de Trabajadores, fundada en Londres en 1864, encontró en Francia distintos núcleos de militantes. Su implantación lionesa reunió corrientes socialistas, mutualistas y colectivistas que discutían cómo defender los salarios, crear sociedades obreras y transformar la sociedad. No todos deseaban la misma revolución ni aceptaban los mismos métodos.

Ese pasado importaba. La fuerza obrera de Lyon no procedía únicamente de la llegada de una figura extranjera como Bakunin. Existían asociaciones, redes locales y memorias de enfrentamientos anteriores. Precisamente por eso los historiadores han discutido la capacidad de los insurgentes de septiembre para enlazar su manifiesto con las organizaciones reales del trabajo.

La derrota del emperador y una República proclamada en Lyon

La guerra franco-prusiana estalló en julio de 1870. La derrota francesa en Sedán, el 2 de septiembre, y la captura de Napoleón III precipitaron el hundimiento del Imperio. El 4 de septiembre, por la mañana, Lyon proclamó la República desde el balcón de su Ayuntamiento, antes de que París completara su propia ruptura política. Una bandera roja presidió aquel momento, cargado de expectativas contradictorias: los republicanos moderados querían consolidar nuevas instituciones; otros sectores reclamaban una república social que acabara con las jerarquías económicas.

Se formó un comité de salvación pública. Pero la alianza que había celebrado la caída del emperador se resquebrajó rápidamente cuando hubo que decidir quién gobernaba y hasta dónde llegaba la transformación. Las elecciones municipales del 15 de septiembre dieron impulso a los moderados. Para los internacionalistas, la sustitución del régimen imperial por autoridades que preservaban el orden social existente resultaba insuficiente. La defensa nacional frente al ejército prusiano añadió urgencia y confusión: había que organizar recursos, fortificaciones, armas y alimentos mientras crecían las tensiones políticas dentro de la ciudad.

Bakunin llega el 15 de septiembre: un revolucionario en busca de la ruptura

Mijaíl Bakunin llegó de Ginebra a Lyon el 15 de septiembre. Nacido en 1814, había recorrido Europa, participado en las revoluciones de 1848-1849, pasado por cárceles y el destierro siberiano y acabado convertido en una de las voces del socialismo revolucionario antiautoritario. En 1870 su influencia dentro de la Internacional competía con otros proyectos socialistas que aspiraban a conquistar o reorganizar el poder político de formas diferentes.

En Lyon colaboró con Albert Richard, Eugène Saignes, Gaspard Blanc y otros militantes locales. Se celebraron reuniones y se discutió un plan para impulsar una federación revolucionaria de comunas. La propuesta mezclaba la resistencia militar al invasor con un ataque frontal a las instituciones estatales existentes. Sus promotores sostenían que el país no podría defenderse eficazmente si permanecía sujeto a una burocracia incapaz de movilizar al pueblo y de cargar los costes de la guerra sobre las clases privilegiadas.

No era una contradicción menor: querían ganar una guerra y, al mismo tiempo, desmantelar las autoridades que oficialmente la dirigían. Pretendían sustituirlas por comités bajo control popular y una coordinación federal. La iniciativa estaba conectada con el federalismo revolucionario, no con una simple conspiración para colocar a otro gobierno central en París.

El conflicto que encendió la plaza: cincuenta céntimos menos por jornada

Detrás de los grandes manifiestos había un agravio laboral concreto. Los trabajadores empleados en los trabajos de fortificación de Lyon habían visto reducir su paga diaria de tres francos a dos francos y medio. Esos cincuenta céntimos importaban para quienes dependían del jornal y aportaron una base inmediata para la movilización. El relato histórico de James Guillaume, militante de la Internacional y contemporáneo de los hechos, recoge cómo los revolucionarios buscaron coordinar la protesta salarial de esos obreros con su operación política sobre el Ayuntamiento.

La coincidencia de ambas movilizaciones explica la magnitud de la concentración del 28 de septiembre, aunque obliga a evitar una confusión frecuente: no todos los trabajadores que acudieron a protestar por la rebaja salarial compartían el programa de abolición del aparato estatal. Sus demandas podían converger durante unas horas sin significar adhesión automática a una insurrección. En esa diferencia se jugó buena parte del fracaso.

El cartel rojo: abolir la máquina del Estado

El comité revolucionario preparó un manifiesto impreso en papel rojo y difundido por la ciudad. El documento del 26 de septiembre, conservado en los archivos municipales de Lyon con la referencia 6Fi 6833, llevaba el encabezamiento de la Federación Revolucionaria de las Comunas. Estaba firmado, entre otros, por Bakunin, Albert Richard, Eugène Saignes y militantes procedentes de otros lugares. Su lenguaje era el de una crisis total: derrota militar, impotencia oficial e indiferencia de las clases privilegiadas.

El articulado proponía dejar sin efecto el aparato administrativo y gubernamental existente; suspender la justicia ordinaria y sustituirla por justicia popular; dejar de exigir obediencia al ejército regular; y reemplazar las organizaciones municipales por comités de salvación bajo vigilancia del pueblo. Los delegados de las comunas federadas formarían una convención revolucionaria con sede inicial en Lyon. No era solamente un llamamiento a votar otro gobierno: era una propuesta para desmontar, de golpe, los instrumentos con que se ejercía la autoridad.

La audacia del documento no debe confundirse con un programa aplicado. El cartel existió, circuló y expresó una ambición política; no consiguió convertir sus artículos en una nueva organización social duradera. Precisamente esa distancia entre el papel impreso y la fuerza efectiva en la calle es una de las claves del episodio.

28 de septiembre de 1870: dentro del Ayuntamiento

A mediodía, miles de trabajadores se reunieron en la plaza de los Terreaux. Algunas reconstrucciones hablan de alrededor de ocho mil asistentes, cifra orientativa que no equivale a ocho mil insurgentes armados. Un grupo mucho menor entró en el Ayuntamiento; entre ellos estaban Bakunin, Saignes, Albert Richard y André Bastelica. Los revolucionarios tomaron temporalmente el edificio, retuvieron a representantes de la autoridad y presentaron su manifiesto ante la multitud.

Eugène Saignes leyó la proclamación. Por unas horas pareció posible desplazar al poder municipal y abrir una coordinación revolucionaria en otras ciudades del sur de Francia. En aquel mismo contexto actuaba Gustave Paul Cluseret, antiguo militar y revolucionario, a quien los dirigentes insurgentes encomendaron tareas decisivas para conseguir refuerzos. Pero la capacidad real de mando y movilización de los sublevados resultó muy inferior a sus objetivos.

Los trabajadores que ocupaban la plaza carecían mayoritariamente de armamento. La Guardia Nacional de la Croix-Rousse no terminó apoyando la operación como esperaban los insurgentes y otras fuerzas armadas respaldaron a las autoridades republicanas. El edificio quedó rodeado y los promotores de la tentativa acabaron negociando la salida o huyendo. Bakunin tuvo que abandonar Lyon; su posterior paso por Marsella formó parte de la retirada de aquel intento revolucionario.

Por qué no triunfó: no bastaba ocupar un edificio

No hubo una sola causa para el fracaso. La debilidad armada fue evidente, pero tampoco existió una alianza firme entre las diversas organizaciones obreras, la Guardia Nacional y los dirigentes del comité. Los trabajadores de las fortificaciones se movilizaron por su paga, mientras los conspiradores proponían una transformación completa del Estado. Ese desacople convirtió una gran concentración en una base política insuficiente para sostener una ruptura prolongada.

El historiador Jacques Rougerie ha señalado que la empresa de Bakunin y sus compañeros se encontraba poco anclada en las estructuras obreras existentes. La reconstrucción de sus cuadernos de 1870 permite ver un revolucionario ocupado tanto en contactos y problemas prácticos como en proclamas generales. La improvisación y la dependencia de apoyos militares inciertos pesaron tanto como la hostilidad de los moderados. Reducirlo todo a una traición individual, como hicieron algunos contemporáneos, simplifica una derrota bastante más compleja.

También era decisiva la propia guerra. El peligro prusiano podía alimentar la movilización popular, pero empujaba a otros sectores a sostener la autoridad existente por miedo al desorden. El republicanismo moderado y el socialismo revolucionario coincidieron en derribar el Imperio, no en la forma de organizar la defensa ni en el destino de la propiedad y del poder municipal.

Marx, Bakunin y la disputa sobre la revolución

El episodio liones no puede explicarse únicamente como una rivalidad personal entre Karl Marx y Mijaíl Bakunin. Ambos participaron en los grandes debates de la Internacional sobre clase trabajadora, Estado y organización, pero las organizaciones locales tenían conflictos propios que no obedecían dócilmente a ningún teórico. La experiencia de septiembre mostró una diferencia estratégica profunda: Bakunin apostaba por desencadenar la revolución social mediante federaciones populares y el desmantelamiento de las instituciones centrales; otras corrientes veían imprescindible conquistar poder político, organizar fuerzas duraderas y asegurar mecanismos de coordinación.

Años después, los debates entre marxistas y antiautoritarios se intensificaron hasta la ruptura de la Internacional en 1872. Lyon no fue la causa única ni una demostración definitiva a favor de uno u otro bando. Fue un laboratorio traumático en el que apareció una pregunta que acompañaría al movimiento obrero durante generaciones: ¿cómo asegurar que una revolución emancipadora tenga suficiente fuerza colectiva sin reproducir el aparato de dominación que pretende destruir?

La otra Comuna de Lyon: marzo y abril de 1871

Conviene diferenciar con precisión tres episodios. El 4 de septiembre de 1870 se proclamó la República en Lyon. El 28 de septiembre de 1870 fracasó la tentativa de la Federación Revolucionaria de las Comunas, asociada a Bakunin. Y el 23 de marzo de 1871, tras la insurrección parisina, Lyon vivió una nueva proclamación comunal que duró apenas dos días. El 30 de abril de 1871 se produjo otro levantamiento, esta vez en la Guillotière, reprimido violentamente. Mezclar esos acontecimientos convierte en una falsa leyenda una historia que ya es extraordinaria por sí misma.

La Comuna de París fue mucho más conocida por sus semanas de gobierno, sus políticas sociales y su destrucción durante la Semana Sangrienta. Sin embargo, las experiencias de ciudades como Lyon demuestran que el impulso comunal no apareció de la nada en la capital. Existieron antecedentes, redes de militantes, discursos federalistas y conflictos urbanos que atravesaron Francia antes y después de marzo de 1871.

Lo que el 28 de septiembre dejó al movimiento obrero

El intento de Lyon tuvo una duración efímera, pero su importancia no depende de presentarlo como una victoria. En torno a un Ayuntamiento y una plaza se encontraron trabajadores que reclamaban el jornal, militantes internacionalistas que deseaban una transformación social y republicanos que buscaban consolidar un nuevo orden político. La coalición momentánea no logró sobrevivir a la prueba de la fuerza, pero hizo visible la distancia entre proclamar libertades y alterar las relaciones reales de autoridad.

Para una historia del movimiento obrero escrita desde abajo, el dato de los cincuenta céntimos es tan importante como la firma de Bakunin en el cartel rojo. Sin esa reducción salarial, la movilización obrera del día resulta incomprensible; sin la ambición federal de los revolucionarios, la concentración no habría tenido la misma dimensión política. La historia surge de la intersección entre las necesidades inmediatas y la imaginación de un mundo diferente, no de los discursos de los grandes hombres separados de quienes trabajan.

El Ayuntamiento volvió a manos del poder establecido. Los dirigentes escaparon o fueron perseguidos. La ciudad no abolió el Estado ni construyó la federación prometida. Pero el documento, las asambleas y la memoria de la jornada muestran que, en septiembre de 1870, una parte de Lyon quiso hacer de la caída de un emperador algo más que un relevo de autoridades. Antes de que París levantara sus barricadas, hubo obreros que llegaron a la plaza con una reivindicación salarial y revolucionarios que intentaron convertir aquella protesta en el comienzo de otro orden social.

Documentación histórica y bibliografía

Archivos municipales de Lyon, exposición Une ville laborieuse, une ville dangereuse y cartel de la Federación Revolucionaria de las Comunas (26 de septiembre de 1870), referencia 6Fi 6833; Asociación de Amigos de la Comuna de París, estudios sobre Lyon y la Comuna; James Guillaume, L’Internationale, documents et souvenirs, tomo II, testimonio sobre la preparación y los sucesos de 1870; materiales del proyecto académico ObjetsPol sobre los cuadernos de Bakunin y la investigación de Jacques Rougerie; estudios sobre la Internacional y el movimiento obrero lionés. El grabado de portada representa la proclamación republicana del 4 de septiembre, no la insurrección del día 28.

Eduardo Casán

Historiador y sindicalista, miembro de la redacción de sindicalismo.org

Descubre más desde Sindicalismo.org

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo