El ‘síndrome postvacacional’: cuando el problema no es volver de vacaciones, sino volver a un trabajo sobrecargado

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Cada septiembre se multiplican los consejos para afrontar la vuelta al trabajo, pero la prevención laboral obliga a poner el foco también en la organización de las empresas y en los riesgos psicosociales.

Llega septiembre y, con él, regresa una expresión que se ha convertido en habitual en medios de comunicación, redes sociales, departamentos de recursos humanos, servicios de prevención y mutuas: el denominado «síndrome postvacacional».

La receta suele ser conocida: adelantar el regreso, recuperar los horarios habituales, organizar la agenda, dormir bien, mantener una actitud positiva, gestionar mejor el tiempo o incluso encender el ordenador antes de reincorporarse para revisar los correos pendientes.

El problema, según denuncian voces del ámbito laboral, es que buena parte de estas recomendaciones sitúan toda la responsabilidad en la persona trabajadora y dejan en segundo plano una cuestión fundamental: qué condiciones laborales encuentra el trabajador cuando regresa de sus vacaciones.

Un malestar real que no constituye un diagnóstico médico

El llamado «síndrome postvacacional» no está reconocido como una enfermedad o diagnóstico clínico específico. La expresión se utiliza para describir un conjunto de molestias que algunas personas pueden experimentar al regresar a su actividad habitual después de un periodo de descanso: cansancio, irritabilidad, apatía, dificultades de concentración o alteraciones del sueño, entre otras.

En muchos casos, estas molestias son transitorias y desaparecen después de unos días de adaptación. Pero la situación cambia cuando el malestar persiste o empieza a interferir de forma significativa en la vida cotidiana.

Entonces puede ser necesario valorar la existencia de otros problemas de salud reconocidos clínicamente, como un trastorno de adaptación, un cuadro de ansiedad o un síndrome de agotamiento profesional (burnout).

La diferencia no es menor. Convertir cualquier malestar relacionado con la vuelta al trabajo en un problema individual de adaptación puede ocultar las condiciones que están detrás de ese malestar.

Si el trabajador vuelve de vacaciones y se encuentra con una acumulación de tareas, una plantilla insuficiente, jornadas prolongadas, objetivos inasumibles o una disponibilidad permanente, el problema no necesariamente está en su capacidad para «adaptarse» de nuevo al trabajo.

Puede estar en la propia organización del trabajo.

La responsabilidad no puede recaer únicamente sobre el trabajador

Buena parte de los consejos que aparecen cada septiembre tienen un denominador común: están dirigidos exclusivamente al trabajador.

Dormir más. Organizarse. Comer mejor. Ser positivo. Prepararse antes de regresar. Recuperar progresivamente los horarios. Planificar las tareas.

Son recomendaciones que pueden resultar útiles en determinados casos, pero plantean una pregunta: ¿qué medidas adopta la empresa?

La legislación española de prevención de riesgos laborales parte de una premisa diferente.

La Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales establece entre los principios de la acción preventiva la obligación de adaptar el trabajo a la persona y de tener en cuenta, a la hora de planificar la prevención, aspectos como la organización del trabajo, las condiciones laborales y las relaciones sociales.

Esto significa que la salud laboral no puede reducirse a enseñar al trabajador a gestionar mejor su malestar. También obliga a examinar cómo está organizado el trabajo que genera ese malestar.

Cuando volver de vacaciones significa encontrarse con todo el trabajo acumulado

La reincorporación después del verano puede convertirse en un momento especialmente problemático en determinados sectores y centros de trabajo.

Vacaciones que no han sido cubiertas con sustituciones, tareas que se han acumulado durante semanas, plantillas reducidas, picos estacionales de actividad, plazos que permanecen intactos pese a la reducción temporal de personal o correos electrónicos acumulados pueden convertir el primer día de trabajo en una carrera contra el tiempo.

Desde la perspectiva de la prevención de riesgos laborales, estas situaciones no deberían abordarse únicamente como un problema de actitud individual.

Los riesgos psicosociales forman parte de la prevención laboral. La carga de trabajo, los ritmos, la autonomía, los horarios, la organización y las relaciones laborales pueden tener consecuencias sobre la salud de las personas trabajadoras.

Por eso, cuando determinados episodios de sobrecarga se repiten cada año, especialmente en las mismas fechas, la cuestión debería plantearse también desde la prevención.

La desconexión digital también forma parte del problema

Hay otro elemento que puede pasar inadvertido: ¿realmente hemos desconectado durante las vacaciones?

El derecho a la desconexión digital, recogido en el artículo 88 de la Ley Orgánica 3/2018, pretende garantizar el respeto al tiempo de descanso y a la intimidad personal y familiar fuera del tiempo de trabajo.

Sin embargo, en algunos empleos las vacaciones siguen estando acompañadas de mensajes, llamadas, correos electrónicos o consultas que mantienen al trabajador vinculado a su puesto.

En estas circunstancias, la dificultad para «desconectar» no termina cuando empiezan las vacaciones. Y tampoco resulta extraño que la ansiedad aparezca antes incluso de regresar al puesto de trabajo.

La pregunta, por tanto, no debería ser únicamente cómo prepararse para volver, sino también si la persona ha podido descansar realmente durante el periodo de vacaciones.

¿Quién debe actuar cuando la sobrecarga se repite?

La normativa de prevención establece herramientas para abordar estas situaciones.

La evaluación de riesgos debe contemplar también los factores psicosociales y permitir detectar situaciones de sobrecarga. La vigilancia de la salud puede contribuir a identificar problemas relacionados con las condiciones de trabajo, dentro de sus competencias y garantías.

Además, los Delegados de Prevención y los Comités de Seguridad y Salud tienen un papel relevante en la identificación y tratamiento de los problemas relacionados con la organización del trabajo.

Esto permite plantear medidas que van más allá de pedir al trabajador que afronte septiembre con optimismo.

Entre ellas pueden estar la redistribución temporal de tareas, la cobertura de ausencias, el refuerzo de las plantillas en periodos de mayor actividad, la reorganización de turnos o una reincorporación progresiva cuando las circunstancias lo aconsejen.

El papel de las mutuas y el debate sobre las bajas

El tratamiento del denominado síndrome postvacacional también ha generado críticas por el papel que desempeñan determinadas campañas de prevención promovidas por empresas, mutuas o servicios de prevención.

El argumento de quienes cuestionan este enfoque es que presentar el malestar como una cuestión de adaptación individual puede contribuir a desplazar el problema desde la organización del trabajo hacia la persona trabajadora.

Las mutuas colaboradoras con la Seguridad Social participan, en determinadas circunstancias, en la gestión y seguimiento de los procesos de incapacidad temporal por contingencias comunes. La normativa les atribuye determinadas funciones de control y seguimiento.

Precisamente por ello, cualquier enfoque que tienda a minimizar un problema de salud relacionado con el trabajo bajo la etiqueta de «síndrome postvacacional» debería ser analizado con cautela.

Una cosa es un malestar pasajero asociado al cambio de rutinas y otra muy distinta que una persona presente síntomas persistentes de ansiedad, agotamiento o deterioro de su salud.

En este último caso, la respuesta no debería ser simplemente «sé positivo y adáptate».

¿Qué puede hacer la persona trabajadora?

Ante un malestar que se prolonga más allá de los primeros días de reincorporación, los especialistas recomiendan no banalizar los síntomas.

No se trata de automedicarse ni de asumir que todo se soluciona con fuerza de voluntad. Si el malestar persiste o afecta a la vida cotidiana, es conveniente consultar con un profesional sanitario.

También puede ser útil conservar información sobre las condiciones de trabajo que puedan estar contribuyendo al problema: horas extraordinarias, tareas acumuladas, jornadas prolongadas, falta de sustituciones o comunicaciones laborales recibidas durante las vacaciones.

Cuando existe representación sindical o Delegados de Prevención, trasladar la situación puede permitir identificar si no se trata de un problema individual, sino de un patrón que afecta a más trabajadores.

La responsabilidad también es colectiva

Para la representación legal de los trabajadores y los Delegados de Prevención, la vuelta de vacaciones puede ser una oportunidad para poner sobre la mesa cuestiones que afectan a la organización del trabajo.

Entre las actuaciones posibles están reclamar que los riesgos psicosociales se evalúen adecuadamente, llevar los problemas de carga de trabajo al Comité de Seguridad y Salud, analizar las coberturas durante los periodos vacacionales y exigir que el derecho a la desconexión digital se respete de manera efectiva.

También pueden plantearse medidas específicas cuando los picos de actividad son previsibles y se repiten periódicamente.

Porque si una empresa sabe que cada septiembre se produce una acumulación de trabajo, no debería sorprenderse cada año por sus consecuencias.

El problema no es volver de vacaciones

El malestar que algunas personas experimentan al regresar de vacaciones es real. Lo que resulta cuestionable es convertirlo automáticamente en una supuesta enfermedad individual o utilizarlo para explicar como un problema de adaptación lo que puede ser consecuencia de unas condiciones laborales deficientes.

La prevención de riesgos laborales no establece que el trabajador deba adaptarse a cualquier organización del trabajo. Establece también la obligación de adaptar el trabajo a las personas y prevenir los daños derivados de sus condiciones laborales.

Por eso, quizá la pregunta que deberíamos hacernos cada septiembre no sea cómo conseguir que los trabajadores vuelvan más preparados, más motivados o más positivos.

La pregunta debería ser otra:

¿Qué está haciendo la empresa para que volver de vacaciones no signifique volver a la sobrecarga?

Porque descansar no debería convertirse en otro problema laboral. Y la salud de quien vuelve a trabajar no puede depender únicamente de su capacidad para soportar lo que le espera.