Alcoi, una ciudad industrial que no empezó de cero en 1936
Alcoi llevaba más de un siglo viviendo al ritmo de sus fábricas cuando llegó el golpe militar de julio de 1936. Sus industrias textiles, papeleras y metalúrgicas se habían desarrollado entre barrancos, cursos de agua y una red de talleres y empresas que ocupaban a miles de trabajadores. La ciudad poseía una larga tradición de asociacionismo obrero, huelgas y enfrentamientos sociales, marcada entre otros episodios por los sucesos de 1873. Aquella experiencia histórica no explicaba por sí sola lo que ocurriría durante la Guerra Civil, pero sí la existencia de sindicatos capaces de organizar a una parte importante de la población trabajadora.
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 dio paso a nuevas expectativas y tensiones. Tras la sublevación militar, las organizaciones obreras intervinieron para impedir que la guarnición local se sumara al levantamiento. La ciudad quedó bajo la autoridad de un Comité Revolucionario presidido por Cándido Morales, representante de la CNT, e integrado por fuerzas sindicales y políticas de izquierda. El comité debió afrontar el abastecimiento, el orden público y la continuidad de la producción en un contexto de ruptura institucional y guerra. También hubo episodios de violencia contra personas vinculadas a sectores conservadores y religiosos, parte de una realidad histórica que no desaparece al estudiar los logros de las colectivizaciones.
Las fábricas no estaban organizadas todas de la misma manera. Convivían compañías familiares, talleres pequeños y empresas más concentradas. La experiencia previa de cooperación industrial, los conocimientos de encargados y técnicos, las relaciones comerciales y la fuerza de los sindicatos condicionaron la rapidez con que se reorganizó la actividad. Los historiadores Joaquim Cuevas, Lina Gálvez y Lluís Torró han mostrado que el proceso no surgió de una tabla rasa: los trabajadores aprovecharon capacidades productivas existentes, pero alteraron quién decidía sobre ellas y qué destino recibían sus beneficios.
Entre agosto y octubre de 1936 la mayor parte de los establecimientos industriales de Alcoi pasó a distintas fórmulas de control obrero. El alcance fue excepcional en el País Valenciano: afectó no solo a la industria textil, sino también a la metalurgia, el papel, la construcción, el comercio y diversos servicios. Se abrió así una experiencia colectiva de dimensiones mucho mayores que una simple sustitución de directores.
128 empresas textiles y miles de trabajadores bajo coordinación sindical
En el sector textil, la CNT tomó el control de 128 empresas, según los recuentos recogidos por la historiografía local y la tesis de Luis Carlos San José Belda. Algunas obras utilizan la cifra de 129 comités de fábrica, que no debe confundirse automáticamente con el número de sociedades mercantiles: los criterios de recuento no son idénticos. Los investigadores Cuevas, Gálvez y Torró describen más de un centenar de firmas familiares cuya producción se integró en una organización común, dirigida por el sindicato de la industria textil.
La magnitud social fue notable. Una reconstrucción histórica calcula alrededor de 6.000 trabajadores textiles al comienzo de la experiencia, mientras un estudio de la organización colectivizada documenta para diciembre de 1936 unos 7.172 empleados: 6.452 obreros manuales, 72 directivos, 316 encargados, 55 técnicos y 276 personas en oficinas y almacenes. Esa composición revela que la nueva gestión necesitaba algo más que acuerdos sindicales: debía mantener administración, inventarios, contabilidad, suministros, ventas, salarios y funciones técnicas.
En septiembre de 1936 la organización obrera se hizo cargo de la Asociación Patronal Textil y Fabril y reforzó la coordinación del conjunto del sector. La fragmentación anterior, formada por numerosos establecimientos independientes, dejó paso a mecanismos comunes de compra de materias primas, planificación de pedidos, administración y comercialización. No desaparecieron por ello las fábricas ni todas sus estructuras técnicas: en muchos casos permanecieron técnicos, encargados o antiguos propietarios trabajando sin conservar el poder ejecutivo que habían tenido antes.
Los órganos de fábrica y las estructuras de control sindical tomaban decisiones sobre la marcha del trabajo. La unificación exigió crear normas sobre categorías, retribuciones, horarios, condiciones laborales y protección social. Parte de la plantilla administrativa amplió sus funciones, y la coordinación entre centros permitió intentar economías de escala. El estudio publicado en 2019 en la revista Disjuntiva subraya que el cambio en la propiedad y en la toma de decisiones no impidió una organización empresarial racional y capaz de adaptarse al contexto excepcional de la guerra.
Las transformaciones abarcaron también otras ramas productivas. Las Industrias Metalúrgicas Alcoianas Socializadas (ISMA) agruparon aproximadamente 30 empresas y unos 1.500 trabajadores, a partir de acuerdos que facilitaron el traspaso de la gestión. En el papel, la coordinación de CNT y UGT dio lugar a las Papeleras Colectivas, que reunieron cerca de 12 fábricas y 2.000 empleados. Estas cifras, tomadas de las reconstrucciones históricas, ayudan a comprender que no se trataba únicamente de una experiencia textil, sino de un intento de reorganizar buena parte de la economía urbana.
Producir durante la guerra: abastecimiento, salarios y dificultades
El nuevo sistema debía responder a dos urgencias. La primera era sostener puestos de trabajo y atender necesidades sociales en una ciudad industrial afectada por la crisis anterior a 1936. La segunda era abastecer una economía en guerra. Fábricas textiles, metalúrgicas y papeleras adaptaron su producción a la demanda republicana, desde prendas y tejidos destinados al frente hasta materiales vinculados al esfuerzo militar. La necesidad de materias primas, combustible, transporte y mercados estables condicionaba decisiones que ninguna asamblea podía resolver por sí sola.
Los investigadores han identificado una mejora de determinadas cifras de actividad textil durante la primera etapa colectivizada, aunque la evolución varió por subsector y no permite hablar de crecimiento uniforme. La coordinación comercial fue importante: al reunir pedidos y organizar los suministros, las empresas pudieron afrontar problemas de escala que ya padecían bajo sus antiguos propietarios. La guerra también redujo la demanda de algunos artículos civiles y obligó a reconvertir líneas de producción.
El funcionamiento de las empresas socializadas mostró tensiones reales. Había que decidir cómo distribuir salarios y excedentes, financiar las compras, mantener maquinaria y coordinar a trabajadores con especialidades distintas. La presencia de responsables técnicos y de trabajadores administrativos resultó indispensable. El objetivo de democratizar el gobierno de las fábricas convivió con la necesidad de contar con personas capaces de resolver problemas industriales complejos y actuar con rapidez.
La escasez de productos, los problemas del comercio exterior y las restricciones derivadas del conflicto golpearon a toda la economía republicana. Alcoi sufrió, además, bombardeos de la aviación italiana durante la guerra. La historiografía local recoge 64 personas muertas y daños sobre 22 empresas, cifras que muestran el coste humano y material que soportó la ciudad. La experiencia socializadora no se desarrolló en condiciones de normalidad ni de seguridad, sino bajo la amenaza de una guerra que condicionaba cada jornada de trabajo.
El balance de los estudios disponibles no presenta la gestión obrera como un fracaso automático por ausencia de patrones. Al contrario, los trabajos sobre el textil alcoyano sostienen que la socialización consiguió mantener la actividad y coordinar establecimientos que anteriormente competían entre sí. Eso tampoco significa que todas las decisiones fueran acertadas o que todos los participantes compartieran una misma posición política. Lo documentable es la continuidad de una estructura productiva compleja, dirigida durante casi tres años por organizaciones obreras.
1939-1945: la derrota, la devolución de las fábricas y la descolectivización
El final de la Guerra Civil acabó con el experimento socializador. Las autoridades franquistas prohibieron las organizaciones sindicales y políticas que habían impulsado el control obrero y ordenaron devolver bienes y empresas a sus antiguos propietarios. No fue una transición pactada hacia formas mixtas de gestión, sino una restauración impuesta por el nuevo régimen político y por sus organismos administrativos.
La reversión tampoco se resolvió en unos días. La investigación doctoral de Luis Carlos San José Belda, defendida en la Universidad de Alicante en 2021, estudia el proceso de descolectivización de la industria textil entre 1939 y 1945. La Comisión Liquidadora examinó la devolución de maquinaria, edificios, materias primas y cuentas de las empresas, con intervención de la patronal y de las nuevas instituciones franquistas. El trabajo documenta actuaciones que afectaron a 128 empresas.
Una de las conclusiones de los estudios sobre la experiencia alcoyana resulta especialmente significativa: el funcionamiento industrial no quedó destruido por el control sindical. Algunas investigaciones destacan que los antiguos empresarios recuperaron sus fábricas con capacidad de seguir produciendo y pudieron percibir resultados económicos vinculados al período anterior. Las dificultades posteriores estuvieron relacionadas también con el intervencionismo de la autarquía, las restricciones de energía, la disponibilidad de materias primas y la reorganización del mercado bajo la dictadura.
Con la restitución de la propiedad se desmantelaron las instituciones que permitían la participación obrera en la gestión. Quienes habían dirigido colectivamente sus centros de trabajo quedaron sometidos a un orden laboral sin libertad sindical, mientras las nuevas estructuras corporativas del régimen sustituían a los sindicatos independientes. La documentación conservada permite reconstruir buena parte de la operación económica y administrativa, pero resulta más difícil recuperar las voces de todos los obreros y obreras que sostuvieron aquella producción.
La historia de Alcoi entre 1936 y 1939 no puede resumirse en una cifra ni en una imagen idealizada de las colectividades. Fue una transformación industrial y social de gran escala, nacida de la fuerza de organizaciones obreras que quisieron gobernar el trabajo que realizaban. Que existiera durante la guerra, mantuviera miles de empleos y acabara desmantelada por una dictadura convierte su estudio en una cuestión central de la historia colectiva del País Valenciano. Recuperarla exige atender tanto a sus conquistas como a sus conflictos, y seguir preguntando qué podían decidir entonces quienes pasaban cada día frente a las máquinas.
Fuentes consultadas: Joaquim Cuevas Casaña, Lina Gálvez Muñoz y Lluís Torró Gil, «¿Es posible una organización empresarial anarquista? Empresas textiles en el distrito industrial de Alcoi durante la Guerra Civil española (1936-39)», Disjuntiva (2019), DOI: 10.14198/DISJUNTIVA2019.1.01; Luis Carlos San José Belda, «El proceso descolectivizador de la industria textil alcoyana: la Comisión Liquidadora (1939-1945)», tesis doctoral, Universidad de Alicante (2021); «La reconstrucció del moviment obrer valencià. El cas d’Alcoi (2)», elDiario.es; Gran Enciclopèdia Catalana, voces «col·lectivització» y «Les transformacions de la producció industrial al País Valencià».





