Tal día como hoy: 19 de octubre

El 19 de octubre de 1922, los ferroviarios de Durán iniciaron una huelga victoriosa que encendió la movilización obrera de Guayaquil y dejó una huella decisiva en la historia sindical de Ecuador.
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El 19 de octubre de 1922, los trabajadores de la Guayaquil and Quito Railway Company paralizaron el ferrocarril desde Durán, al otro lado del río Guayas. Su huelga nació de un pliego concreto contra las jornadas interminables, los bajos salarios, los despidos arbitrarios y la falta de asistencia médica. Una semana después habían arrancado a la empresa buena parte de sus demandas. Aquella victoria, sin embargo, no quedó encerrada en los talleres y estaciones: prendió la mecha de la gran movilización obrera que sacudiría Guayaquil en noviembre.

Un ferrocarril extranjero y una plantilla sin derechos

El ferrocarril que unía la costa con Quito era una arteria fundamental de la economía ecuatoriana. Por sus vías circulaban mercancías, pasajeros y buena parte de la riqueza generada alrededor del cacao. La compañía estaba en manos de capital estadounidense y mantenía una disciplina laboral dura en talleres, estaciones y convoyes. Mientras la crisis cacaotera, la inflación y la depreciación del sucre castigaban los hogares populares, muchos ferroviarios soportaban jornadas de doce y hasta catorce horas.

Los trabajadores de Durán entregaron el 17 de octubre un pliego de diez reivindicaciones. Exigían aumentos salariales, respeto efectivo a la jornada legal de ocho horas y a la normativa sobre accidentes laborales, asistencia médica, reglas claras frente a los despidos y readmisión de organizadores sindicales expulsados. También reclamaban que la pérdida de valor de la moneda no siguiera devorando sus sueldos. La empresa, dirigida por el estadounidense John C. Dobbie, rechazó las peticiones.

El ultimátum venció a las siete de la mañana

El plazo concedido a la compañía terminó a las siete de la mañana del 19 de octubre. Sin una respuesta satisfactoria, los ferroviarios dejaron el trabajo y el servicio comenzó a detenerse. La protesta recibió el respaldo de organizaciones obreras de Guayaquil, entre ellas la recién constituida Federación de Trabajadores Regional Ecuatoriana, de marcada influencia libertaria, la Confederación Obrera del Guayas y la Asociación Gremial del Astillero.

La dirección empresarial respondió con amenazas de despido y pidió la intervención de las autoridades. Soldados ocuparon instalaciones y vigilaron las vías mientras la compañía trataba de mantener el tráfico con personal ajeno a la plantilla. Pero entre los días 20 y 22 la huelga se extendió a otros puntos de la línea: Huigra, Bucay y Riobamba suspendieron actividades hasta dejar prácticamente paralizado el servicio.

Las familias también defendieron la huelga

El conflicto no fue obra exclusiva de los hombres empleados por el ferrocarril. Las familias obreras y la población de Durán sostuvieron la resistencia frente a los intentos de romperla. Cuando el 23 de octubre soldados y esquiroles intentaron poner en marcha los trenes, mujeres y niños ocuparon las vías. Las crónicas recuerdan especialmente a Tomasa Garcés, esposa de un ferroviario, y a América Lastenia Delgado, que se colocaron frente a los vagones envueltas en la bandera ecuatoriana. Los trenes no salieron.

Aquel gesto condensó una solidaridad construida alrededor del trabajo ferroviario. Durán dependía en gran medida de la estación y de sus talleres; defender a los huelguistas significaba defender a toda una comunidad frente a una compañía que pretendía imponer salarios y condiciones sin negociación. La presencia de mujeres y menores en las vías frenó a los rompehuelgas y elevó el coste político de una intervención violenta.

Una victoria que encendió Guayaquil

La firmeza de la plantilla obligó a la empresa a negociar. El 26 de octubre se firmó un acuerdo que satisfizo la mayor parte de las reclamaciones y puso fin a la huelga. Los ferroviarios demostraron que una organización todavía joven podía doblegar a una compañía estratégica apoyada inicialmente por el aparato estatal.

La noticia de la victoria recorrió Guayaquil. Trabajadores de los tranvías, de la empresa eléctrica, de los astilleros, fábricas y otros oficios comenzaron a elaborar sus propios pliegos. Reclamaban salarios dignos, jornada de ocho horas, pago de horas extraordinarias, seguridad laboral y respeto a las organizaciones gremiales. En noviembre, esas luchas confluyeron en una huelga general que paralizó la ciudad.

El 15 de noviembre de 1922, el Ejército y la policía abrieron fuego contra la movilización popular en Guayaquil. Murieron centenares de personas, aunque el número exacto continúa siendo objeto de discusión histórica. La matanza quiso borrar la fuerza acumulada desde las estaciones de Durán, pero convirtió aquel ciclo de luchas en un hito fundacional de la memoria obrera ecuatoriana.

Por eso el 19 de octubre no es únicamente el prólogo de una tragedia. Es también la fecha de una decisión colectiva: trabajadores con reivindicaciones precisas, sindicatos dispuestos a extender la solidaridad y familias capaces de cerrar el paso a los esquiroles. Antes de la masacre hubo organización, apoyo mutuo y una victoria. Ese comienzo explica por qué el poder temió tanto lo que vino después.

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