No es la edad, es el trabajo: el desgaste físico que se normaliza hasta que el cuerpo dice basta

El dolor de espalda, las lesiones de hombro y las tendinitis no son un peaje inevitable de trabajar. Qué riesgos los provocan y qué medidas puede exigir una plantilla.
TEXTO:FONDO:

«Será la edad». Es una frase que se escucha en vestuarios, almacenes, talleres y oficinas cuando alguien se queja de la espalda, de una muñeca que se duerme o de un hombro que ya no permite levantar el brazo como antes. A veces se dice con resignación; otras, como si una lesión fuera el precio inevitable de ganarse la vida. Pero entre cumplir años y acabar una jornada sin poder agacharse existe una diferencia que demasiadas empresas prefieren no examinar: las condiciones en las que se trabaja.

La edad, las enfermedades previas y otros factores personales pueden influir en la aparición de molestias. Eso no convierte en normal ni en aceptable una organización del trabajo que obliga a repetir gestos miles de veces, mover pesos sin ayuda, mantener posturas forzadas o prescindir de los descansos necesarios. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de preguntar qué le está haciendo el puesto de trabajo al cuerpo de quien lo ocupa.

El dolor no figura en la nómina

Los trastornos musculoesqueléticos afectan a músculos, tendones, nervios y articulaciones. Pueden manifestarse como dolor lumbar, molestias cervicales, lesiones de hombro, tendinitis o problemas en las manos. No todos tienen un origen laboral, pero el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) los identifica como el problema de salud relacionado con el trabajo más común en España y Europa. Entre los factores que pueden provocarlos o agravarlos figuran la fuerza aplicada, la repetición de movimientos, las posturas mantenidas, las vibraciones, los ritmos de trabajo y la falta de recuperación.

La Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo puso cifras al problema en su encuesta ESENER de 2024. El 64 % de los centros de trabajo de la Unión Europea señaló permanecer sentado durante periodos prolongados como factor de riesgo; el 63 % identificó los movimientos repetitivos de manos o brazos, y el 52 % citó levantar o desplazar personas o cargas pesadas. No son porcentajes de personas enfermas, sino de centros que reconocen la existencia de esas exposiciones. La distinción importa: describe hasta qué punto el riesgo forma parte de la organización cotidiana del trabajo.

Del cuadro eléctrico a la caja del supermercado

Un electricista de mantenimiento puede pasar buena parte de la mañana con los brazos elevados para trabajar sobre una instalación y terminar la tarde agachado frente a un cuadro eléctrico. Una cajera repite movimientos de muñeca y hombro mientras atiende a una fila que no deja de crecer. En una residencia, una auxiliar ayuda a incorporar y trasladar a personas con movilidad reducida; si faltan grúas, ayudas técnicas o personal suficiente, el esfuerzo recae directamente sobre su espalda. En un almacén, el peso de una caja importa, pero también cuántas veces se levanta, a qué altura se encuentra y cuánto margen existe para recuperar fuerzas.

El problema tampoco desaparece al sentarse ante una pantalla. Una persona administrativa puede permanecer horas en la misma posición, con un equipo mal ajustado y escasas oportunidades para moverse. Cambian los oficios, los salarios y los uniformes, pero se repite una constante: el cuerpo tiene que adaptarse a un puesto diseñado demasiadas veces alrededor de la rapidez y no de la salud. Incluso cuando la tarea parece ligera, una exigencia mantenida durante toda la jornada puede acabar siendo lesiva.

No basta con decir «levanta bien la carga»

Durante años, buena parte del discurso preventivo se ha limitado a enseñar a doblar las rodillas, mantener la espalda recta o adoptar una supuesta postura correcta. La formación es necesaria, pero no sustituye las medidas técnicas y organizativas. Si una persona debe trasladar diariamente objetos pesados por un pasillo estrecho, la solución no consiste únicamente en darle un cartel con instrucciones: hay que estudiar cómo se realiza el trabajo, reducir la manipulación manual, facilitar equipos adecuados y reorganizar el recorrido.

La Ley de Prevención de Riesgos Laborales obliga a la empresa a proteger la salud de su plantilla, evaluar los riesgos y adoptar medidas preventivas. Su principio de adaptar el trabajo a la persona incluye la concepción de los puestos, la elección de equipos y la reducción del trabajo monótono y repetitivo. El Real Decreto 487/1997 establece obligaciones específicas frente a los riesgos derivados de la manipulación manual de cargas. Por tanto, cuando una empresa recibe avisos repetidos sobre dolores o lesiones, no basta con recordar que cada cual debe cuidarse: tiene que examinar si las condiciones de trabajo están contribuyendo al daño.

Los ritmos también lesionan

Un puesto puede estar bien equipado sobre el papel y seguir siendo perjudicial si el ritmo impide utilizar las ayudas disponibles. Una grúa de movilización que nadie puede emplear porque faltan manos o tiempo no resuelve por sí sola el problema. Tampoco una silla regulable evita el desgaste si nadie adapta su uso y la jornada se organiza sin cambios de postura. El INSST incorpora expresamente los tiempos de recuperación y los factores organizativos a la evaluación de la carga física.

La prevención real exige medir la frecuencia de las tareas, los esfuerzos, las posturas, la duración de la exposición y las posibilidades de descanso. También revisar la altura de las superficies, las herramientas, el espacio, la dotación de personal y los objetivos de producción. La alternancia de tareas puede ayudar, pero solo cuando permite dejar de sobrecargar los mismos músculos y no consiste en cambiar de puesto para repetir idéntico esfuerzo. Las pausas deben formar parte del trabajo planificado, no depender de que a última hora «sobre tiempo».

Qué puede exigir una plantilla

La primera medida es dejar constancia de los problemas: qué tarea provoca las molestias, con qué frecuencia se realiza, cuánto dura y si afecta a más personas. Los delegados y delegadas de prevención pueden solicitar información sobre la evaluación de riesgos, proponer su revisión, participar en las consultas preventivas y reclamar medidas concretas. Cuando aparezcan daños para la salud o cambien las condiciones de trabajo, procede examinar si la evaluación existente sigue siendo adecuada.

Entre las soluciones posibles están las ayudas mecánicas para mover cargas o personas, las herramientas ajustables y adecuadas, los cambios de altura y disposición del puesto, la reducción de movimientos innecesarios, las pausas efectivas, una rotación bien diseñada y la contratación de personal suficiente. No todas sirven para cualquier oficio: precisamente por eso la prevención necesita evaluar el trabajo real y escuchar a quienes lo hacen, no limitarse a rellenar formularios.

Si el dolor persiste, hay hormigueo, pérdida de fuerza o limitaciones para trabajar, conviene acudir a un profesional sanitario y comunicar las molestias por los canales de prevención. La vigilancia de la salud debe servir para detectar problemas de forma temprana y orientar medidas de protección, no para culpabilizar a quien enferma. Algunas patologías musculoesqueléticas pueden estar incluidas en el cuadro de enfermedades profesionales del Real Decreto 1299/2006 cuando se cumplen los requisitos correspondientes; su reconocimiento exige valorar el diagnóstico y la exposición laboral, no se produce automáticamente por desempeñar un oficio.

La organización también puede prevenir

Cuando varias personas de un mismo centro se quejan de la muñeca, de la espalda o del hombro, la respuesta no debería ser recomendar a todas que hagan más ejercicio al llegar a casa. Puede que existan diferencias individuales, pero merece la pena buscar qué tarea comparten, qué ritmos soportan y qué medios les faltan. Convertir un problema repetido en una reclamación colectiva permite discutir aquello que una consulta médica, por sí sola, no puede cambiar: la organización del trabajo.

Una plantilla no tendría que elegir entre conservar su empleo y conservar sus articulaciones. La prevención no consiste en enseñar a soportar mejor el daño, sino en evitar que se produzca. Y cuando alguien vuelve a casa con el cuerpo castigado después de años de esfuerzo, antes de despachar sus dolores con un «será la edad», conviene hacerse una pregunta bastante más incómoda: ¿cuántas de esas lesiones se habrían evitado con otro ritmo, más medios y una empresa obligada a escuchar?

Fuentes de referencia: Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo, encuesta ESENER 2024; Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo, documentación sobre trastornos musculoesqueléticos, carga física, posturas de trabajo y tareas repetitivas; Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales; reales decretos 487/1997 y 1299/2006.

Imagen de archivo: trabajadores en un taller industrial. Fotografía: Andrea Piacquadio / Pexels. No corresponde a una empresa o caso concreto.

Para conocer la dimensión inspectora de la prevención, consulta los datos de la Inspección de Trabajo sobre riesgos laborales. También puedes leer nuestro balance sobre las muertes en el trabajo hasta agosto de 2026.

Descubre más desde Sindicalismo.org

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo