Morir trabajando también tiene rostro de mujer

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Cuando hablamos de accidentes laborales seguimos imaginando demasiadas veces a un hombre en una obra, una fábrica o una carretera. Esa imagen existe y representa una parte terrible de la siniestralidad laboral, pero deja fuera otra realidad: la de miles de mujeres que también enferman, se lesionan y mueren como consecuencia de su trabajo, muchas veces en sectores donde el daño permanece oculto o termina considerado como algo normal.

Por Sonia Urrutia Navarro.

Cada vez que leo que un trabajador ha muerto en un accidente laboral siento rabia, pero también me pregunto por qué hemos terminado aceptando estas noticias con tanta normalidad. Una caída desde un andamio, una máquina que atrapa a alguien, un accidente durante una jornada interminable o un trabajador que muere bajo temperaturas insoportables aparecen durante unas horas en los medios y después desaparecen. Queda una familia destrozada, unos compañeros que vuelven al mismo puesto y una investigación que determinará responsabilidades. Al cabo de unos días todo continúa. Como mujer trabajadora me cuesta aceptar que llamemos accidente a situaciones que demasiadas veces podían haberse evitado con más prevención, más personal, mejores condiciones de trabajo y menos presión para producir.

También me preocupa que nuestra propia imagen de la siniestralidad laboral siga siendo fundamentalmente masculina. Cuando pensamos en un accidente grave imaginamos inmediatamente la construcción, el metal, la industria o el transporte. Es lógico porque son sectores donde existen riesgos evidentes y donde se producen numerosos accidentes mortales. Pero las mujeres estamos concentradas en otros trabajos cuyos daños resultan mucho menos espectaculares y, precisamente por eso, mucho más fáciles de invisibilizar. Limpiadoras, auxiliares, trabajadoras de residencias, dependientas, camareras de piso, cuidadoras, trabajadoras de supermercados, administrativas, profesionales sanitarias o empleadas de ayuda a domicilio soportan durante años movimientos repetitivos, cargas, posturas forzadas, ritmos elevados, falta de personal y una enorme presión física y emocional.

Muchas hemos escuchado alguna vez que determinados dolores «son normales» porque trabajamos muchas horas de pie, limpiamos habitaciones, levantamos personas dependientes, movemos cajas o repetimos centenares de veces el mismo movimiento. Esa normalización me parece especialmente peligrosa. Que una lesión aparezca lentamente no significa que tenga menos relación con el trabajo. Una espalda deteriorada después de años movilizando pacientes, unas muñecas lesionadas por movimientos repetitivos o un problema musculoesquelético provocado por limpiar decenas de habitaciones diariamente pueden no producir una ambulancia en la puerta de la empresa, pero condicionan igualmente la vida de quien los sufre.

Existe además una cuestión que rara vez aparece cuando hablamos de prevención: muchas mujeres terminamos una jornada laboral remunerada y comenzamos otra en casa. El reparto desigual de los cuidados continúa provocando que una parte importante del trabajo doméstico y familiar recaiga sobre nosotras. El cuerpo que durante ocho horas ha levantado pesos, limpiado, cuidado personas o permanecido de pie no se transforma al fichar la salida. Llega a casa con el cansancio acumulado y continúa trabajando. Cuando se analiza la salud laboral femenina sin tener en cuenta esta doble carga se está observando solamente una parte del problema.

Hay otro elemento incómodo: algunos de los trabajos más feminizados se han construido históricamente alrededor de la idea de que cuidar, limpiar o atender son capacidades naturales de las mujeres y no trabajos que requieren conocimientos, esfuerzo físico y protección. Esa visión ha contribuido a infravalorar profesionalmente determinadas ocupaciones y también sus riesgos. Levantar a una persona dependiente exige técnica y medios auxiliares; limpiar durante horas implica exposición a productos químicos y sobrecarga musculoesquelética; trabajar en una residencia con una plantilla insuficiente aumenta los ritmos y las posibilidades de lesión; atender continuamente al público puede generar una presión psicológica considerable. Nada de eso desaparece porque el trabajo se realice tradicionalmente por mujeres.

Por eso tampoco podemos medir toda la siniestralidad únicamente contando fallecimientos. Las estadísticas de accidentes mortales son imprescindibles, pero necesitamos mirar también las enfermedades profesionales, las bajas, las lesiones musculoesqueléticas y los problemas de salud relacionados con la organización del trabajo. Existen daños que se producen de manera inmediata y otros que necesitan meses o años para manifestarse. Cuando estos últimos no se reconocen adecuadamente como laborales, el problema deja de aparecer vinculado a la empresa y termina convertido en una enfermedad aparentemente individual de la trabajadora.

Como sindicalista me preocupa especialmente la facilidad con la que se responsabiliza al trabajador o a la trabajadora cuando ocurre un accidente. Se habla de distracciones, errores humanos o incumplimientos individuales antes de preguntarnos por los ritmos de producción, la duración de las jornadas, la formación recibida, el mantenimiento de los equipos, la evaluación de riesgos o si realmente había suficiente plantilla para realizar el trabajo con seguridad. Evidentemente una persona puede cometer un error, pero la prevención precisamente debería construir condiciones donde un error humano no termine costando una vida.

La precariedad agrava todo esto. Quien tiene miedo a perder el empleo tiene menos capacidad para negarse a realizar una tarea peligrosa. Quien encadena contratos temporales puede pensárselo antes de denunciar una deficiencia. Quien trabaja externalizada sabe que detrás existe una empresa principal que exige resultados y otra que necesita mantener el contrato. Y quien depende económicamente de cada hora trabajada difícilmente puede permitirse convertirse en «la conflictiva» que reclama equipos, descansos o medidas preventivas. En sectores feminizados, donde abundan los salarios bajos, las jornadas parciales involuntarias y determinadas formas de externalización, esa vulnerabilidad laboral tiene consecuencias directas sobre la salud.

Por eso la prevención de riesgos laborales nunca debería reducirse a cursos, formularios y firmas. Una empresa puede tener una carpeta impecable y un centro de trabajo peligroso. Puede disponer de una evaluación de riesgos perfectamente redactada mientras la plantilla trabaja con prisas porque faltan personas. Puede impartir una formación de veinte minutos y después exigir objetivos incompatibles con trabajar de manera segura. Puede entregar equipos de protección y mantener una organización del trabajo que empuja continuamente a saltarse procedimientos para llegar a la producción exigida.

También los sindicatos tenemos que revisar cómo hablamos de estos problemas. La salud laboral de las mujeres no puede convertirse en un apartado específico que aparece únicamente cuando llega el 8 de marzo. Tiene que formar parte cotidiana de la acción sindical, de las evaluaciones de riesgos, de la negociación colectiva y de las visitas a los centros de trabajo. Tenemos que escuchar más a quienes realizan las tareas porque son ellas quienes conocen dónde duele el cuerpo al terminar la jornada, qué movimientos resultan imposibles de mantener durante años, qué productos provocan problemas, cuándo falta personal y qué instrucciones obligan a trabajar de una manera insegura.

No quiero un sindicalismo que solamente aparezca después del accidente para lamentar lo sucedido. Quiero organizaciones capaces de intervenir antes: delegadas y delegados de prevención que conozcan realmente los puestos, secciones sindicales que paralicen una tarea cuando existe un riesgo grave, plantillas que sepan que pueden negarse colectivamente a trabajar en determinadas condiciones y una inspección laboral con medios suficientes para actuar antes de que haya que contar muertos. La seguridad en el trabajo también depende de la capacidad que tengamos quienes trabajamos para intervenir sobre la organización de nuestro propio trabajo.

Y necesitamos incorporar plenamente la perspectiva de las mujeres porque durante demasiado tiempo el mundo laboral se estudió tomando como referencia un trabajador masculino considerado universal. Nuestros cuerpos, los sectores donde estamos empleadas y las condiciones en las que trabajamos también deben formar parte central de cualquier política preventiva. No para crear una prevención separada para hombres y mujeres, sino para construir una prevención que deje de ignorar los riesgos que históricamente no quiso ver.

Cuando una persona sale de casa para trabajar, su familia debería poder dar por hecho que regresará. Y cuando regrese tampoco deberíamos aceptar como inevitable que lo haga con el cuerpo deteriorado después de veinte o treinta años de trabajo. La salud no puede seguir siendo uno de los costes ocultos con los que financiamos la producción, los servicios y los beneficios empresariales.

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