Salvador Seguí: un pensamiento sindical que sigue interpelando al presente

TEXTO:FONDO:

Más de un siglo después de su asesinato, las ideas del Noi del Sucre sobre organización, autonomía, cultura y conciencia de clase siguen planteando preguntas incómodamente actuales a un sindicalismo que debe desenvolverse entre precariedad, fragmentación laboral y nuevas formas de explotación.

Por Abel Pacheco.

Hablar hoy de Salvador Seguí, el Noi del Sucre, solamente como una gran figura histórica del anarcosindicalismo sería una manera bastante cómoda de recordarlo. Permitiría colocar su fotografía junto a las de otros militantes obreros, conmemorar su asesinato cada 10 de marzo y repetir algunas de sus palabras sin preguntarnos demasiado qué significan en 2026. Sin embargo, buena parte del interés de Seguí aparece precisamente cuando hacemos lo contrario: cuando sacamos su pensamiento de la vitrina de la historia y lo enfrentamos a un mundo laboral donde millones de trabajadores encadenan contratos precarios, subcontratas, falsos empleos autónomos, jornadas parciales, plataformas digitales y centros de trabajo donde apenas existe organización sindical.

Seguí entendió el sindicato como algo mucho más ambicioso que una estructura encargada de negociar salarios o resolver problemas laborales. Para él debía ser una escuela de organización de la clase trabajadora. En sus asambleas los trabajadores aprendían a discutir, decidir, administrar recursos, organizar conflictos y asumir responsabilidades. Esa experiencia colectiva tenía una importancia que superaba cualquier convenio concreto porque preparaba a las personas para intervenir directamente sobre sus propias condiciones de vida. En una sociedad donde cada vez más relaciones laborales intentan individualizar al trabajador —tu contrato, tu salario, tu productividad, tu evaluación, tu aplicación, tu algoritmo— aquella concepción vuelve a resultar extraordinariamente moderna.

El capitalismo del siglo XXI ha aprendido a fragmentar aquello que comparte intereses. Dos personas pueden trabajar diariamente en el mismo lugar y pertenecer a empresas diferentes. Una tercera puede aparecer jurídicamente como autónoma. Otra trabaja mediante una plataforma y quizá ni siquiera conoce personalmente a sus compañeros. En sectores enteros, los trabajadores cambian continuamente de empresa, contrata o centro de trabajo. La fragmentación contractual intenta convertirse también en fragmentación colectiva. Frente a esa realidad, la idea fundamental que atravesaba el sindicalismo de Seguí conserva toda su fuerza: por encima de las diferencias administrativas existe una condición compartida, la de quienes necesitan vender su trabajo para vivir.

Esto conduce directamente a otro de sus grandes problemas: cómo construir organizaciones suficientemente amplias para representar a trabajadores reales sin convertirlas en simples estructuras de gestión. Seguí sabía que una organización revolucionaria podía terminar siendo completamente irrelevante si solamente hablaba para quienes ya estaban convencidos. El sindicalismo no podía esperar a que los trabajadores alcanzaran previamente una determinada conciencia ideológica para organizarlos. Precisamente era la experiencia de organizarse, luchar y conseguir mejoras la que podía generar conciencia colectiva. Esa cuestión resulta especialmente actual para cualquier sindicalismo que aspire a transformar la sociedad: ¿queremos organizar trabajadores o seleccionar militantes?

La pregunta resulta incómoda porque una organización puede conservar una enorme pureza doctrinal mientras pierde capacidad para intervenir en los centros de trabajo. Puede conocer perfectamente su historia, celebrar sus aniversarios y custodiar sus símbolos mientras alrededor millones de trabajadores permanecen sin organizar. Seguí representó otra preocupación. Las ideas tenían que demostrar su utilidad entrando en contacto con la realidad social. El sindicalismo debía estar allí donde estaban los trabajadores, incluso cuando aquellos trabajadores todavía no compartieran todas las ideas de quienes intentaban organizarlos.

La huelga de La Canadiense de 1919 permite comprender aquella concepción. Un conflicto iniciado en una empresa terminó extendiéndose hasta paralizar buena parte de Barcelona y se convirtió en una demostración extraordinaria de fuerza obrera. Seguí desempeñó un papel decisivo cuando defendió ante miles de trabajadores reunidos en Las Arenas la aceptación del acuerdo conseguido. Aquella posición recibió críticas de quienes querían continuar la huelga, pero mostraba una característica fundamental de su pensamiento: saber distinguir entre una consigna y una relación de fuerzas. Una organización debía saber avanzar, negociar, conseguir mejoras y preservar su capacidad para continuar luchando.

Ese debate tampoco pertenece únicamente a 1919. Continúa presente cada vez que el sindicalismo tiene que decidir hasta dónde llevar una huelga, cuándo firmar un acuerdo o cómo convertir una victoria parcial en mayor organización. Negociar no significa necesariamente renunciar y confrontar no significa necesariamente avanzar. El problema consiste en saber si después de un conflicto los trabajadores están más organizados, tienen mayor capacidad de decisión y se encuentran en mejores condiciones para afrontar el siguiente.

Seguí desconfiaba además de una revolución entendida como una simple proclamación. Una sociedad diferente necesitaba trabajadores preparados para gestionarla. Esta idea adquiere una dimensión enorme en nuestro tiempo. No basta con denunciar que Amazon, las grandes plataformas, los fondos de inversión o las multinacionales concentran un poder extraordinario. Si se pretende construir otra organización económica habrá que desarrollar conocimientos, estructuras colectivas y capacidad para administrar producción, distribución, servicios y tecnología. La emancipación requiere voluntad, pero también aprendizaje y organización.

Por eso la cultura obrera ocupaba un lugar fundamental en el mundo al que perteneció Seguí. Ateneos, bibliotecas, periódicos, escuelas racionalistas, conferencias y grupos de lectura acompañaban la actividad sindical. Aquellos trabajadores comprendieron que quien depende siempre de otros para interpretar la realidad difícilmente podrá transformarla. Leer, escribir, debatir y acceder al conocimiento eran también formas de emancipación. El movimiento obrero no pretendía solamente mejorar las condiciones materiales de los trabajadores: quería que adquirieran las herramientas intelectuales necesarias para pensar por sí mismos.

La comparación con nuestro presente resulta inevitable. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, una parte creciente de nuestra percepción del mundo pasa por plataformas cuyos algoritmos deciden qué vemos, durante cuánto tiempo y en qué orden. La cultura obrera ya no puede limitarse a recuperar libros, periódicos y fotografías del pasado. Necesita construir espacios propios de comunicación, formación y debate capaces de disputar la atención en el terreno digital. Un medio sindical, un podcast, una biblioteca obrera, una escuela de formación o una conversación organizada en un centro de trabajo cumplen hoy funciones diferentes, pero participan de una necesidad que Seguí habría reconocido perfectamente: una clase necesita instrumentos propios para comprender su realidad.

También permanece vigente su defensa de la autonomía sindical. Los trabajadores pueden votar opciones políticas diferentes, mantener posiciones ideológicas distintas o no identificarse con ninguna corriente. El sindicato tiene que encontrar el espacio común que nace de su posición dentro del trabajo. Cuando una organización sindical termina funcionando como prolongación de un partido, de una corriente política o de una identidad ideológica cerrada corre el riesgo de hablar solamente con quienes ya pertenecen a ese espacio. Seguí aspiraba a un movimiento capaz de reunir a una clase mucho más amplia.

Pero la autonomía tampoco debería confundirse con aislamiento. Los grandes problemas contemporáneos desbordan muchas estructuras tradicionales. Las cadenas de producción atraviesan países, las decisiones empresariales se adoptan a miles de kilómetros del centro de trabajo y las plataformas pueden modificar unilateralmente las condiciones laborales mediante una actualización informática. Frente a empresas organizadas internacionalmente, una clase trabajadora encerrada en pequeñas fronteras sindicales, territoriales o corporativas parte con una enorme desventaja.

Aquí aparece otra pregunta que Seguí probablemente reconocería: para qué existe una organización sindical. Cuando una estructura dedica más energía a preservar sus equilibrios internos, sus cargos, sus siglas o sus disputas con otras organizaciones que a extender la organización entre los trabajadores, el instrumento empieza a confundirse con el objetivo. Este peligro no pertenece a ninguna sigla concreta ni a una única tradición sindical. Puede aparecer en grandes organizaciones burocratizadas y también en pequeños grupos convencidos de representar una verdad histórica. El tamaño no inmuniza contra la burocracia y la radicalidad verbal tampoco garantiza capacidad transformadora.

El mundo del trabajo necesita hoy precisamente aquello que hizo crecer al movimiento obrero en otros momentos: personas dispuestas a entrar donde todavía no existe organización. En almacenes logísticos, residencias, hoteles, supermercados, empresas tecnológicas, plataformas de reparto, centros de atención telefónica, pequeñas empresas, subcontratas y servicios externalizados existen millones de trabajadores cuya experiencia sindical es mínima o inexistente. Organizar esos espacios seguramente resulta menos cómodo que debatir durante años entre quienes ya están organizados, pero ahí se decide buena parte del futuro del sindicalismo.

Seguí fue asesinado en Barcelona el 10 de marzo de 1923, junto a Francesc Comas, Paronas, en medio del pistolerismo patronal que golpeó duramente al movimiento obrero catalán. Tenía solamente treinta y cinco años. Su asesinato convirtió inevitablemente al Noi del Sucre en un símbolo, pero quedarse únicamente con el símbolo sería empobrecer su legado. Lo verdaderamente interesante es recuperar los problemas que intentó resolver.

Más de cien años después, esos problemas siguen delante de nosotros bajo formas diferentes. Tenemos que organizar una clase trabajadora más fragmentada, construir solidaridad entre personas que ni siquiera comparten empresa, formar sindicalistas capaces de comprender nuevas estructuras económicas, utilizar tecnologías que no controlamos, disputar una cultura cada vez más individualizada y evitar que las organizaciones terminen preocupándose más por su propia reproducción que por ampliar la fuerza colectiva de quienes trabajan.

Recuperar hoy a Seguí debería servir también para plantear una tarea colectiva concreta. Volver a colocar la organización de los trabajadores en el centro de la actividad sindical. Eso significa dedicar más militancia y recursos a los centros donde no existe sindicato; formar organizadores capaces de hablar con trabajadores que nunca han participado en una asamblea; construir redes entre plantillas de empresas principales, contratas y subcontratas; recuperar cajas de resistencia y mecanismos efectivos de solidaridad; crear espacios permanentes de formación laboral, económica y cultural; y utilizar los nuevos medios de comunicación no solamente para difundir comunicados, sino para conectar trabajadores que el modelo productivo mantiene separados.

Esa reconstrucción tampoco necesita esperar a que todas las organizaciones compartan las mismas siglas, estrategias o tradiciones. La unidad de clase puede construirse alrededor de conflictos, sectores y necesidades comunes sin exigir uniformidad ideológica. Ante una multinacional, una plataforma o una cadena de subcontratación, la capacidad de coordinar a trabajadores de distintas organizaciones —y especialmente a quienes no pertenecen todavía a ninguna— puede resultar mucho más importante que demostrar quién posee la interpretación más correcta de la historia del movimiento obrero.

Seguí pertenece a otra época y no puede ofrecernos respuestas preparadas para los problemas de 2026. Lo que sí podemos recuperar es un método: partir de la realidad de quienes trabajan, organizar antes de exigir adhesiones ideológicas, convertir las mejoras concretas en mayor fuerza colectiva y utilizar el sindicato como espacio donde aprender a intervenir sobre aquello que determina nuestras vidas. Aplicado al presente, eso obliga a salir de los locales y de los círculos militantes conocidos para entrar en los centros de trabajo donde todavía no existe organización, compartir conocimientos entre generaciones y tradiciones sindicales y reconstruir vínculos entre trabajadores que hoy aparecen separados por contratos, empresas, sectores y siglas. Ese trabajo colectivo, paciente y cotidiano sería una forma mucho más útil de conservar el legado de Salvador Seguí que limitarse a recordarlo cada aniversario.

Descubre más desde Sindicalismo.org

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Sindicalismo.org

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo