Las cooperativas obreras: comprar el pan sin pasar por el patrón

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Organizarse como trabajador no significaba solamente afiliarse a un sindicato. En muchos barrios obreros también significaba comprar juntos el pan, el aceite, el carbón o la ropa para evitar intermediarios y precios abusivos. Las cooperativas de consumo llegaron a levantar tiendas, hornos, bibliotecas, cafés, escuelas y cajas de ayuda. Algunas sobrevivieron durante décadas. No pretendían sustituir una huelga, pero demostraban algo igualmente importante: una parte de la vida cotidiana podía organizarse colectivamente.

Por Iñaki Blas.

Comprar juntos para pagar menos

Las primeras cooperativas obreras modernas aparecieron en Europa durante el siglo XIX, cuando la industrialización concentró a miles de trabajadores alrededor de fábricas y ciudades donde prácticamente todo debía comprarse con salarios muy bajos. El ejemplo que acabaría convirtiéndose en referencia internacional fue el de los Pioneros de Rochdale, un grupo de trabajadores que en 1844 abrió una pequeña cooperativa de consumo en Inglaterra. Compraban colectivamente productos básicos y los distribuían entre sus socios con unas reglas que pretendían impedir que el negocio terminara controlado por unos pocos.

La idea era sencilla y podía reproducirse casi en cualquier sitio. Varias familias reunían dinero, compraban directamente cantidades mayores de alimentos y eliminaban parte del margen de comerciantes e intermediarios. Si existía excedente, podía regresar a los socios o utilizarse para ampliar la cooperativa. Para trabajadores acostumbrados a cobrar salarios que apenas alcanzaban hasta final de semana, unos céntimos menos en cada compra tenían importancia.

En España aparecieron junto a las primeras sociedades obreras

El cooperativismo empezó a extenderse por España durante la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en territorios con una industrialización más desarrollada. Catalunya se convirtió en uno de sus principales focos. Allí las cooperativas crecieron junto a mutualidades, sociedades de resistencia, ateneos y organizaciones obreras.

No todas eran iguales ni tenían la misma orientación política. Había republicanos, socialistas, católicos y trabajadores próximos al movimiento libertario participando en experiencias cooperativas diferentes. Y dentro del propio anarcosindicalismo existieron debates importantes: algunos militantes consideraban que las cooperativas podían mejorar inmediatamente las condiciones de vida; otros desconfiaban de que acabaran convirtiéndose en pequeñas empresas perfectamente integradas en el capitalismo.

Pero en los barrios la teoría convivía con necesidades mucho más inmediatas. Había que comer todos los días.

La Flor de Maig: una cooperativa en el Poblenou industrial

Uno de los ejemplos más conocidos fue La Flor de Maig, fundada en 1890 en el Poblenou de Barcelona, uno de los grandes barrios industriales de la ciudad. Empezó como cooperativa de consumo creada por trabajadores y fue creciendo hasta convertirse en mucho más que una tienda.

Sus socios podían adquirir productos básicos y la organización desarrolló diferentes servicios colectivos. La cooperativa llegó a disponer de patrimonio, espacios sociales y actividades culturales y educativas. En torno a ella se construyó una comunidad donde comprar alimentos podía convivir con reunirse, aprender o participar en actividades del barrio.

Aquello tenía una dimensión que hoy resulta difícil imaginar. Para un trabajador de finales del XIX o principios del XX, la cooperativa podía acompañarlo durante buena parte de su vida cotidiana.

Pan hecho por la propia cooperativa

El pan ocupaba un lugar fundamental. Era uno de los alimentos esenciales de las familias trabajadoras y cualquier aumento de precio golpeaba inmediatamente el presupuesto doméstico. Por eso algunas cooperativas dejaron de limitarse a comprarlo y comenzaron a producirlo.

Tener horno propio permitía controlar mejor el precio y la calidad y reducía la dependencia de proveedores externos. Otras cooperativas ampliaron progresivamente sus productos: aceite, vino, legumbres, arroz, carbón, jabón, ropa y otros artículos cotidianos.

El objetivo no era llenar estanterías para atraer clientes. Los consumidores eran al mismo tiempo propietarios colectivos de la organización.

Del economato a una pequeña sociedad dentro del barrio

Las cooperativas más desarrolladas terminaron creando servicios que iban mucho más allá del consumo. Algunas mantuvieron bibliotecas, cafés, grupos culturales, escuelas, coros, actividades teatrales y espacios de reunión. También podían existir mecanismos de ayuda para enfermedad, desempleo, vejez o fallecimiento.

Esto explica por qué hablar de cooperativas obreras pertenece también a la historia de la cultura obrera. Después de comprar el aceite podía celebrarse una reunión en el mismo edificio. El domingo podía haber teatro. En una habitación funcionaba una biblioteca. En otra se organizaba una conferencia.

El local cooperativo acababa funcionando como una prolongación del barrio.

Las mujeres sostenían buena parte de aquella economía

Como ocurría en los mercados y pequeños comercios, las mujeres tenían una presencia fundamental en el consumo cotidiano de las familias. Eran habitualmente quienes administraban presupuestos domésticos extremadamente ajustados y quienes conocían mejor qué significaba que subieran unos céntimos el pan, el aceite o el carbón.

Sin embargo, esa importancia cotidiana no siempre se correspondió con el mismo poder dentro de las estructuras formales de las cooperativas. La historia del cooperativismo reproduce aquí una contradicción habitual del movimiento obrero de la época: mujeres imprescindibles para el funcionamiento real de muchas experiencias pero mucho menos visibles en juntas, documentos y relatos posteriores.

Cooperativas y sindicatos no eran lo mismo

Una cooperativa no era un sindicato. El sindicato enfrentaba al trabajador con el empresario alrededor del salario, la jornada y las condiciones laborales. La cooperativa intervenía en otro momento: cuando el trabajador salía de la fábrica y tenía que vivir con aquel salario.

Precisamente por eso podían complementarse. Conseguir un aumento salarial mediante una huelga servía de poco si el precio de los productos básicos absorbía rápidamente esa mejora.

Pero esa convivencia nunca estuvo exenta de discusión. Dentro del movimiento obrero hubo quienes defendían el cooperativismo como una escuela práctica de autogestión. Otros advertían del riesgo de que el trabajador terminara convertido simplemente en pequeño comerciante y olvidara el conflicto entre capital y trabajo.

El debate atravesó durante décadas al movimiento socialista, libertario y cooperativista.

Cuando una huelga necesitaba comer

Las cooperativas adquirían otra dimensión durante los conflictos laborales. Una huelga larga podía dejar a una familia sin ingresos durante semanas. Sin caja de resistencia, solidaridad exterior y alimentos, la capacidad de aguantar disminuía rápidamente.

Las redes cooperativas y mutualistas podían contribuir a sostener esas situaciones. No sustituían a las organizaciones sindicales, pero formaban parte de un tejido social mucho más amplio alrededor de la clase trabajadora.

La fuerza de una huelga no dependía solamente de cuántos trabajadores abandonaban el puesto. También dependía de cuánto tiempo podían resistir sin cobrar.

Una geografía obrera que todavía permanece

Barcelona conserva edificios y nombres que recuerdan aquella enorme red cooperativa. Además de La Flor de Maig aparecieron experiencias como L’Empar de l’Obrer, La Lleialtat Santsenca, La Fraternitat, Pau i Justícia y muchas otras distribuidas por los barrios populares.

Sants fue uno de los territorios donde el cooperativismo alcanzó mayor densidad. Poblenou desarrolló el suyo alrededor de un paisaje dominado por fábricas y chimeneas. Gràcia, Sant Andreu y otros barrios tuvieron también sus propias sociedades.

No existía una única gran cooperativa dirigida desde arriba. Lo que había era una constelación de organizaciones creadas desde cada barrio.

Guerra, franquismo y desaparición

La Guerra Civil y, sobre todo, la victoria franquista de 1939 rompieron buena parte de aquel tejido asociativo. Sindicatos y organizaciones políticas fueron ilegalizados, numerosos militantes acabaron muertos, encarcelados o exiliados y muchas entidades obreras fueron clausuradas, intervenidas o sometidas al nuevo marco político.

El cooperativismo no desapareció completamente, pero las condiciones cambiaron profundamente. Parte del patrimonio construido durante décadas se perdió y muchas experiencias nunca recuperaron el papel social que habían tenido antes de la guerra.

Décadas después, algunos edificios sobrevivieron sin que buena parte del vecindario conociera ya la historia que guardaban sus paredes.

No era solamente comprar barato

Reducir aquellas cooperativas a antiguos supermercados sería perder precisamente lo más interesante.

Un supermercado tiene clientes. Una cooperativa tenía socios.

Detrás del mostrador podían estar los mismos trabajadores que decidían las cuentas en una asamblea. Los excedentes podían emplearse en servicios colectivos. El edificio podía contener una biblioteca y un salón de actos además de una tienda. Y alrededor de todo ello podían desarrollarse relaciones de solidaridad que continuaban cuando cerraba el establecimiento.

La clase trabajadora creó sindicatos para defenderse en el trabajo, pero también ateneos para aprender, mutualidades para afrontar la enfermedad, periódicos para disponer de una voz propia y cooperativas para organizar una parte del consumo.

Esa es quizá la parte más interesante de aquella cultura obrera: no esperaba que toda la vida empezara y terminara en la fábrica. También intentaba construir instituciones propias fuera de ella.

Fuentes

Manel Dalmau y Palet, El cooperativisme des de Sants.

Albert Pérez Baró, trabajos históricos sobre el cooperativismo catalán.

Marc Dalmau Torvà e Ivan Miró i Acedo, investigaciones sobre cooperativismo obrero y popular en Barcelona.

Documentación histórica sobre La Flor de Maig y el movimiento cooperativo del Poblenou.

Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona y fondos documentales sobre cooperativas obreras y sociedades populares de los siglos XIX y XX.

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