Las que sostuvieron las huelgas: mujeres, trabajo y sindicalismo más allá de los nombres conocidos

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La historia sindical suele recordarse a través de dirigentes, congresos, grandes organizaciones y conflictos industriales. Pero detrás de muchas huelgas hubo mujeres que trabajaron, organizaron cajas de resistencia, recorrieron talleres, sostuvieron familias sin salario y se enfrentaron a empresarios y autoridades. Muchas ni siquiera aparecieron en las fotografías. Recuperar su historia permite entender que las mujeres no llegaron tarde al movimiento obrero: estaban allí desde el principio.

Por Begoña Ortiz Casado.

Cuando trabajar no significaba ser reconocida como trabajadora

Durante buena parte de los siglos XIX y XX, millones de mujeres trabajaron sin que socialmente se las reconociera de la misma manera que a los hombres. Estaban en las fábricas textiles, el tabaco, la alimentación, la confección, el servicio doméstico, el campo, los mercados y pequeños talleres. En numerosas ocasiones cobraban bastante menos que sus compañeros y, al terminar la jornada, seguían trabajando en casa. Esa doble carga condicionó también su incorporación a unas organizaciones obreras que inicialmente reproducían algunos de los prejuicios de la sociedad de su tiempo.

Pero allí donde había concentración de trabajadoras aparecieron también conflictos. Uno de los ejemplos más tempranos en España fueron las cigarreras, capaces de desarrollar formas de solidaridad colectiva mucho antes de que el sindicalismo moderno estuviera plenamente organizado. Las fábricas de tabacos de Madrid, Sevilla, Cádiz, Alicante o A Coruña reunieron a miles de mujeres y se convirtieron en espacios donde compartir problemas, organizar respuestas y enfrentarse colectivamente a decisiones empresariales.

Las obreras textiles aprendieron pronto a parar la fábrica

Catalunya ofrece otro ejemplo fundamental. El crecimiento de la industria textil incorporó masivamente mano de obra femenina. Hiladoras, tejedoras y trabajadoras de diferentes fases de producción participaron en numerosos conflictos del siglo XIX. Durante la huelga general catalana de 1855, la primera gran huelga general del movimiento obrero español, las mujeres formaban parte de una industria textil que estaba en el corazón de la movilización.

Décadas después, aquella presencia sería todavía más visible. En 1913, Barcelona vivió una enorme huelga del sector textil conocida como la huelga de La Constancia. Decenas de miles de trabajadores participaron en el conflicto y las mujeres tuvieron un protagonismo decisivo. Entre sus reivindicaciones estaba la reducción de jornada y la mejora de unas condiciones laborales especialmente duras para las obreras. El conflicto se prolongó durante semanas y terminó consiguiendo avances en la regulación de la jornada.

Teresa Claramunt: obrera antes que dirigente

Una de las figuras que permite entender aquella relación entre mujer y sindicalismo es Teresa Claramunt. Nacida en Sabadell en 1862, comenzó a trabajar muy joven en la industria textil. Su pensamiento no surgió de una universidad ni de un despacho: nació entre telares y de la experiencia directa de la explotación industrial.

Claramunt participó en organizaciones obreras, defendió el anarcosindicalismo y vinculó la emancipación de las mujeres con la emancipación de la clase trabajadora. Fue detenida en diferentes ocasiones y sufrió prisión y destierro. Su trayectoria muestra algo que después aparecería repetidamente en el movimiento obrero: para muchas militantes no tenía sentido separar completamente la desigualdad entre hombres y mujeres de las relaciones económicas que organizaban el trabajo.

Las mujeres también estuvieron detrás de La Canadiense

Cuando en febrero de 1919 comenzó la huelga de La Canadiense, Barcelona terminó prácticamente paralizada. La memoria del conflicto conserva principalmente nombres masculinos, pero una huelga de cuarenta y cuatro días necesitaba mucho más que los trabajadores que abandonaban sus puestos.

Había que conseguir alimentos, recaudar dinero, mantener las familias de los huelguistas, transmitir información y sostener la solidaridad entre barrios. Las mujeres participaron en ese tejido cotidiano que hacía posible prolongar los conflictos cuando desaparecía el salario. Es una parte menos espectacular de una huelga, pero absolutamente decisiva: ninguna caja de resistencia funciona únicamente con discursos.

Además, las trabajadoras barcelonesas tenían su propia experiencia de lucha. No eran simplemente esposas de huelguistas. Muchas eran obreras textiles, dependientas, trabajadoras domésticas, costureras o empleadas en pequeños talleres y conocían directamente la precariedad laboral.

Mujeres Libres: emanciparse también dentro del movimiento obrero

La revolución social y la Guerra Civil abrieron otro capítulo. En 1936 apareció Mujeres Libres, organización libertaria que llegó a reunir decenas de miles de afiliadas. Entre sus impulsoras estuvieron Lucía Sánchez Saornil, Mercedes Comaposada y Amparo Poch y Gascón.

Su planteamiento tenía una particularidad importante. Compartían el horizonte revolucionario del movimiento libertario, pero señalaban que la igualdad no llegaría automáticamente después de una transformación económica. Las mujeres trabajadoras sufrían obstáculos específicos: dependencia económica, analfabetismo, falta de formación profesional y una cultura que reservaba determinados espacios políticos y sindicales a los hombres.

Mujeres Libres creó cursos profesionales, espacios educativos, publicaciones, centros de formación y redes de apoyo. Su objetivo era que las mujeres pudieran participar como protagonistas en sindicatos, fábricas y organizaciones sociales. No querían ocupar un espacio decorativo dentro del movimiento obrero.

Cuando terminó la guerra, muchas desaparecieron también de la memoria

La derrota republicana en 1939 significó cárcel, fusilamiento, clandestinidad o exilio para miles de militantes obreros. Las organizaciones sindicales fueron ilegalizadas y la dictadura construyó además un modelo social que devolvía explícitamente a las mujeres al papel de esposas y madres.

Muchas militantes desaparecieron dos veces: primero de la actividad sindical y después de la memoria histórica. Algunas continuaron trabajando clandestinamente, colaboraron con redes de presos o participaron en la reorganización clandestina del movimiento obrero. Otras mantuvieron la militancia desde el exilio.

Cuando comenzaron las grandes huelgas contra el franquismo, especialmente desde los años cincuenta y sesenta, las mujeres volvieron a aparecer. Estaban en fábricas, conserveras, textiles, hospitales, limpieza, comercio y oficinas. También participaron en redes de solidaridad con trabajadores despedidos y encarcelados.

Trabajadoras en huelga en Barcelona, 1936. La presencia de las mujeres en la organización obrera y en los conflictos laborales fue mucho mayor de lo que durante décadas reflejó la historia oficial del sindicalismo.

La huelga no terminaba en la puerta de la fábrica

Existe otra dimensión que rara vez aparece en las estadísticas. Cuando una plantilla masculina iniciaba una huelga larga, la economía familiar quedaba inmediatamente afectada. En numerosos conflictos mineros, industriales y metalúrgicos fueron las mujeres quienes organizaron colectas, alimentos, manifestaciones y apoyo a las familias.

No eran actividades secundarias. Si una empresa podía esperar hasta que el hambre obligara a regresar al trabajo, garantizar comida y resistencia económica se convertía en una herramienta sindical. Sostener una huelga también era hacer huelga, aunque durante décadas esa tarea apenas apareciera en las historias oficiales del movimiento obrero.

De la fábrica al hospital, la escuela y la limpieza

La transformación del mercado laboral cambió también el mapa sindical femenino. El peso de las mujeres aumentó en sanidad, educación, administraciones públicas, comercio, cuidados, hostelería, telemarketing y limpieza. Algunos de los trabajos más esenciales pasaron a ser precisamente sectores con una elevada presencia femenina.

Y allí reapareció una vieja contradicción: trabajos imprescindibles socialmente podían seguir estando mal pagados. Limpiar hospitales, atender residencias, cuidar personas mayores, educar niños o trabajar en ayuda a domicilio exige responsabilidad y formación, pero durante décadas muchos de estos empleos fueron considerados una prolongación del trabajo doméstico femenino y, por tanto, infravalorados.

Por eso las huelgas en limpieza, residencias, dependencia, educación infantil o ayuda domiciliaria tienen una dimensión que va más allá del salario. Cuando esas trabajadoras reclaman mejores condiciones también están discutiendo cuánto valor económico concede la sociedad a los cuidados.

No basta con que haya mujeres afiliadas

El sindicalismo actual cuenta con una presencia femenina que habría resultado inimaginable para las primeras organizaciones obreras del siglo XIX. Pero afiliación y poder interno no significan exactamente lo mismo. Los horarios de las reuniones, la conciliación, las reducciones de jornada, los contratos parciales y la distribución desigual de los cuidados pueden dificultar que una trabajadora participe durante años en la estructura sindical.

La igualdad dentro del sindicalismo tampoco consiste únicamente en aumentar el número de mujeres en secretariados y comités. Significa que problemas tradicionalmente considerados privados —acoso sexual, discriminación salarial, embarazo, cuidados, jornadas parciales involuntarias o violencia en el trabajo— sean tratados como lo que son cuando ocurren en el ámbito laboral: conflictos colectivos que requieren organización colectiva.

Siempre estuvieron allí

No existe una historia del movimiento obrero y, al lado, otra historia separada de las mujeres trabajadoras. Es la misma historia. Las cigarreras que se enfrentaron a las direcciones de las fábricas, las textiles que abandonaron los telares, Teresa Claramunt organizando obreras, Mujeres Libres formando trabajadoras, las mujeres que llenaron una caja de resistencia o las limpiadoras que hoy paralizan un servicio pertenecen a un mismo hilo histórico.

Durante demasiado tiempo fueron fotografiadas detrás de las pancartas mientras los nombres que quedaban escritos eran otros. Pero las huelgas también fueron suyas. Los sindicatos también los construyeron ellas. Y buena parte de la historia de la clase trabajadora no puede entenderse hasta que vuelven a ocupar el lugar que realmente tuvieron.

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