Las chicas que encendieron el sindicalismo: la huelga de las cerilleras de 1888

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En el Londres victoriano, cientos de mujeres y adolescentes fabricaban cerillas entre salarios miserables, multas y sustancias capaces de destruirles literalmente la mandíbula. En julio de 1888 hicieron algo que muchos consideraban improbable: plantaron cara a una poderosa empresa, abandonaron la fábrica y ganaron. La huelga de las cerilleras de Bryant & May se convirtió en uno de los episodios que anunciaron una nueva etapa del movimiento obrero británico.

Por Sara Sánchez, editora de sindicalismo.org

Una fábrica modelo, salvo para quienes trabajaban dentro

A finales del siglo XIX, Bryant & May era uno de los grandes fabricantes británicos de cerillas. Su fábrica de Bow, en el este de Londres, empleaba principalmente a mujeres y chicas jóvenes procedentes de barrios obreros. Las condiciones estaban muy lejos de la respetabilidad que la Inglaterra victoriana gustaba de exhibir. Los salarios eran bajos y existía un sistema de multas que podía reducir todavía más unos ingresos ya escasos. Llegar tarde, dejar caer material o determinadas interrupciones del trabajo podían terminar afectando al jornal.

Pero el problema más grave estaba en las propias cerillas. En su fabricación se utilizaba fósforo blanco, cuya exposición podía provocar necrosis de la mandíbula, una enfermedad conocida popularmente como phossy jaw. Empezaba con dolores y problemas dentales y podía terminar destruyendo parte del hueso. Fabricar algo tan cotidiano como una caja de cerillas podía convertirse, literalmente, en una amenaza para la salud de quienes la producían.

Las mujeres que supuestamente no podían organizarse

La sociedad victoriana tenía ideas bastante claras sobre quién debía organizar sindicatos y protagonizar conflictos laborales. Las jóvenes trabajadoras pobres del East End no ocupaban precisamente los primeros puestos de la lista. El sindicalismo británico estaba todavía muy vinculado a determinados oficios cualificados y predominantemente masculinos. Las trabajadoras de Bryant & May demostraron que aquella imagen tenía algunos problemas con la realidad.

La reformadora socialista Annie Besant publicó en 1888 un artículo denunciando las condiciones existentes en la fábrica. Su intervención fue importante para dar visibilidad pública al conflicto, pero durante mucho tiempo también contribuyó a construir una versión demasiado sencilla de la historia: Besant habría llegado desde fuera y organizado a unas trabajadoras pasivas. Las investigaciones posteriores han recuperado un escenario bastante más interesante. Las propias cerilleras tenían capacidad de organización, redes internas y experiencia para actuar colectivamente.

Julio de 1888: se acabaron las cerillas

La tensión explotó a comienzos de julio. Tras las denuncias públicas sobre las condiciones laborales y las represalias relacionadas con ellas, las trabajadoras comenzaron a abandonar sus puestos. El conflicto creció rápidamente hasta implicar aproximadamente a 1.400 trabajadoras. De repente, aquellas muchachas que supuestamente resultaban demasiado pobres, jóvenes y desorganizadas para construir una protesta estaban paralizando la producción de una de las empresas más conocidas del sector.

Las huelguistas llevaron sus reivindicaciones fuera de la fábrica, celebraron reuniones, buscaron apoyos y convirtieron un conflicto laboral del East End en una cuestión pública. No pedían transformar el mundo de una vez. Querían cosas bastante concretas: acabar con las multas injustas, detener determinadas prácticas abusivas y conseguir un trato más digno. A veces la historia del movimiento obrero empieza precisamente así: alguien decide que ya ha aguantado suficiente.

Y ganaron

Después de unas dos semanas de conflicto, Bryant & May aceptó importantes reivindicaciones de las trabajadoras. Se modificó el sistema de multas y se alcanzaron compromisos sobre varias de las prácticas que habían provocado la protesta. La victoria tenía además un significado que iba más allá de aquella fábrica: demostraba que trabajadores considerados hasta entonces prácticamente imposibles de sindicalizar podían organizarse y conseguir resultados mediante la acción colectiva.

Después de la huelga se creó la Union of Women Match Makers, una organización sindical formada por las propias trabajadoras. Entre las mujeres que adquirieron protagonismo se encontraba Sarah Chapman, integrante del comité sindical y una de las figuras que posteriormente quedarían asociadas a la memoria del conflicto. Las cerilleras ya no eran únicamente trabajadoras de una fábrica: habían creado su propia organización.

De las cerilleras a los muelles

La huelga de 1888 tampoco quedó aislada. Al año siguiente, Londres vivió la enorme huelga de los estibadores de 1889. Durante aquellos años comenzó a desarrollarse lo que sería conocido como New Unionism, una corriente de organización sindical que consiguió extenderse entre trabajadores poco cualificados, eventuales y sectores que el viejo sindicalismo de oficio había tenido muchas dificultades para incorporar.

No existe una línea recta que permita afirmar que las cerilleras provocaron todos aquellos conflictos posteriores. La historia rara vez funciona con tanta comodidad. Pero su victoria ayudó a demostrar algo fundamental: la organización sindical no tenía por qué pertenecer exclusivamente al obrero cualificado y masculino. Las trabajadoras pobres también podían reunirse, elegir representantes, hacer huelga y obligar a una empresa a negociar.

Sarah Chapman y las mujeres que desaparecieron de la fotografía

Durante décadas, buena parte del relato popular sobre aquella huelga giró alrededor de Annie Besant. Recuperar nombres como Sarah Chapman permite mirar el conflicto desde otro lugar. Besant desempeñó un papel relevante como periodista, activista y apoyo público, pero quienes arriesgaron su salario y su puesto de trabajo fueron las mujeres de Bryant & May.

Esa diferencia importa. Presentar la historia como la de una reformadora que acudió a rescatar a unas trabajadoras indefensas reproduce precisamente la visión paternalista que acompañó durante mucho tiempo a las mujeres de la clase trabajadora. La huelga resulta mucho más interesante cuando sus protagonistas recuperan el lugar que les corresponde: fueron trabajadoras organizándose como trabajadoras.

Una caja de cerillas y una historia mucho mayor

Hoy una caja de cerillas parece un objeto insignificante. En el Londres de 1888 escondía detrás una cadena de trabajo femenino mal pagado, disciplina empresarial y riesgos laborales extraordinarios. Pero también escondía otra cosa: la posibilidad de organizarse.

Aquellas mujeres no acabaron con la explotación laboral ni transformaron de golpe el sindicalismo británico. Lo que hicieron fue bastante más concreto y, precisamente por eso, importante: identificaron problemas comunes, se organizaron, dejaron de trabajar y consiguieron arrancar mejoras a una empresa mucho más poderosa que cualquiera de ellas individualmente.

Más de un siglo después, probablemente esa sea la parte de la historia que menos ha envejecido.

Fuentes documentales: The National Archives, People’s History Museum, London Museum y estudios históricos sobre la huelga de Bryant & May y el New Unionism.

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