Mujeres de fuego: las milicianas

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El golpe de Estado contra la República por parte de los sectores más reaccionarios del Estado español tuvo una respuesta muy clara en Cataluña, donde el pueblo consiguió vencer en las calles y desarmar a las fuerzas del ejército. Casi inmediatamente se produjeron una serie de fenómenos vinculados al control obrero, que fue mayoritariamente anarquista, aunque también estuvo sostenido por las fuerzas del POUM, que también había luchado en las calles, algunos miembros de ERC y socialistas o librepensadores, mientras que el PSUC no se creó hasta las primeras semanas de la revolución. Los dos sindicatos mayoritarios, CNT y UGT, fueron los grandes protagonistas de las transformaciones de este periodo. La CNT pasó de luchar contra el fascismo a realizar una revolución que implicó también a las mujeres que marcharon al frente y que formaron sus propias organizaciones, como Mujeres Libres, con una gran implantación en Cataluña, el País Valenciano y Madrid.

Casi inmediatamente después de la toma de las calles se formaron columnas de milicianos voluntarios que se desplazaron hacia el Frente de Aragón, amenazado por las fuerzas rebeldes. Al formarse las cinco columnas anarquistas (Durruti, Ortiz-Sur del Ebro, Ascaso con Gregorio Jover y Cristóbal Albadetrecu, Los Aguiluchos-García Oliver e Hilario-Zamora), muchas mujeres se unieron a sus compañeros y se desplazaron para luchar. Fueron conocidas como “las milicianas”. No eran únicamente mujeres residentes en Cataluña, sino que también acudieron a combatir otras procedentes de Europa y América. Algunas se habían desplazado a Barcelona para participar en lo que se conoció como la Spartakiada, u Olimpiada Popular, convocada como alternativa a la celebrada en Berlín. Entre ellas estaba Clara Thalmann, que después de participar en la llamada “batalla de Barcelona” marchó al frente con una unidad del POUM. Simone Weil, Llibertat Ròdenas y Anna M. Martínez Sagi estuvieron en la columna Durruti; en la columna Ortiz, Conxa Pérez y muchas otras mujeres más que todavía permanecen olvidadas en la narración histórica realizada por los hombres.

Cabe destacar que, en un principio, los únicos que aceptaron mujeres combatientes (con armas) fueron los anarquistas y los militantes del POUM. Otras mujeres fueron al frente con diferentes organizaciones políticas, pero como enfermeras o realizando tareas relacionadas con los cuidados y la intendencia; es decir, no podían empuñar armas.

También se podría mencionar la Columna Roja y Negra, formada por milicianos y milicianas que regresaron del frustrado desembarco de Bayo en Mallorca y que después marcharon hacia Huesca, donde se unirían a Los Aguiluchos. También la columna Tierra y Libertad de Germinal de Souza, con voluntarias que regresaron de Mallorca. En Valencia se formaron columnas anarquistas en el frente, como la Columna de Hierro, formada por José Pellicer, que marchó hacia Teruel; la Columna Iberia (FAI), la Columna CNT-13, la Temple y Rebeldía, la Primera Columna Confederal y la Maroto (Alicante), que se dirigió hacia Granada.

Pero el poder de los anarquistas fue efímero. En octubre, la Generalitat disolvió el Comité Central de Milicias Antifascistas (organización en la que estaban representadas todas las organizaciones, aunque con mayoría anarquista), y a finales de mes se emitió el decreto de militarización obligatoria. Esto provocó muchos cambios en el frente de guerra: se disolvieron las columnas y los anarquistas perdieron poder en el frente. Con la llegada de las Brigadas Internacionales se obligó a los extranjeros a abandonar sus respectivas columnas e integrarse dentro de las Brigadas, dirigidas por los comunistas. Como consecuencia, muchos regresaron decepcionados a sus países o adoptaron la nacionalidad española para continuar dentro de sus unidades, ahora transformadas en brigadas y divisiones.

Además, las mujeres que llegaron con las Brigadas Internacionales no podían tomar las armas. Con la militarización obligatoria se produjo la desmovilización de las mujeres, que se negaron a aceptar esa situación o se reagruparon en unidades donde los anarquistas todavía conservaban fuerza, como la unidad de Cipriano Mera en Madrid, que acogió a la argentina Mika Etchebéhère “la Capitana”.

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