Rafael Azcona habría cumplido cien años este 23 de octubre. El centenario está recuperando la figura de uno de los grandes guionistas del cine español, pero volver hoy a Azcona permite algo más interesante que celebrar una efeméride: comprobar que muchas de las cosas que retrató hace más de medio siglo siguen formando parte de la vida cotidiana. Vivienda imposible, trabajos para sobrevivir, deudas, desigualdad y una sociedad capaz de convertir la precariedad en normalidad
Por Ovidi Jiménez.
La vida de quienes nunca salían en las películas
Azcona nació en Logroño en 1926 y llegó a Madrid en los años cincuenta. Antes de convertirse en guionista escribió, dibujó viñetas y frecuentó los cafés donde coincidían escritores y artistas. Precisamente algunas de aquellas viñetas hablaban ya de alquileres, transporte público, contaminación o pequeños comercios que desaparecían. Problemas de los años cincuenta que resultan inquietantemente familiares en 2026. El País
Su gran materia prima no fueron los héroes. Fueron las personas corrientes: trabajadores, pensionistas, familias sin dinero, empleados modestos y gente que hacía equilibrios para llegar al día siguiente. Azcona convirtió esa existencia aparentemente pequeña en una manera de contar un país.
El pisito: trabajar y no poder tener una casa
Su entrada en el cine resulta especialmente actual. El pisito (1958), dirigida por Marco Ferreri a partir de una obra de Azcona, cuenta la historia de una pareja incapaz de conseguir una vivienda. El problema habitacional condiciona hasta tal extremo sus vidas que la solución termina siendo tan absurda como cruel. Fue además el primer guion cinematográfico de Azcona.
Han pasado casi siete décadas y resulta difícil verla únicamente como una película sobre la España franquista. Cambian los salarios, los edificios y las formas de alquiler, pero permanece una pregunta reconocible: ¿qué clase de vida puede construir una persona cuando tener un techo consume o supera lo que puede pagar con su trabajo?
Plácido: pobres utilizados para tranquilizar conciencias
Su encuentro profesional con Luis García Berlanga produjo algunas de las películas fundamentales del cine español. En Plácido (1961), una campaña benéfica navideña sirve para desnudar la hipocresía de quienes convierten la pobreza en espectáculo mientras el protagonista intenta desesperadamente pagar una letra para no perder el motocarro del que depende su sustento.
Ese detalle contiene buena parte del universo de Azcona: mientras alrededor se pronuncian grandes discursos sobre solidaridad, un trabajador tiene un problema mucho más elemental. Necesita conservar aquello que le permite ganarse la vida.
No hay trabajador heroico ni patrón caricaturesco. Hay dependencia económica, jerarquías, deudas y personas atrapadas intentando salir adelante.
El verdugo: un empleo, una vivienda y el precio que hay que pagar
Dos años después llegó El verdugo (1963). Bajo una comedia negrísima aparece otra cuestión material: un hombre acaba aceptando un oficio que rechaza, relacionado con la ejecución de condenados a muerte, dentro de unas circunstancias en las que empleo y acceso a una vivienda están estrechamente unidos. La colaboración Azcona-Berlanga utilizó así el humor para entrar en terrenos como la pena de muerte, la burocracia, la necesidad económica y la capacidad de las instituciones para arrastrar al individuo. El País
Y ahí está una de las razones por las que Azcona continúa funcionando: sus personajes rara vez controlan completamente sus propias vidas. El dinero, la familia, la vivienda, el trabajo y las convenciones sociales van estrechando el espacio hasta dejarles pocas salidas.

Cultura obrera sin consignas
Azcona no necesitaba escribir discursos sobre la clase trabajadora. Le bastaba con enseñar cuánto costaba vivir.
Su cine encontraba política en una letra pendiente, en alguien buscando habitación, en una comida, en el transporte, en un puesto de trabajo o en una conversación aparentemente insignificante. Escuchaba la calle y observaba a la gente. Esa atención a la vida popular terminó convirtiendo sus historias en un extraordinario documento social de la España del siglo XX.
Por eso Rafael Azcona tiene sitio en Cultura Obrera. No porque escribiera un cine militante en sentido estricto, sino porque hizo algo que muchas veces resulta igual de poderoso: colocó en primer plano la existencia material de la gente corriente.
Cien años después de su nacimiento, El pisito vuelve a hablar de vivienda; Plácido, de precariedad y desigualdad; y El verdugo, de hasta dónde puede empujarnos la necesidad de un empleo y un techo.
Quizá esa sea la parte menos cómoda de celebrar su centenario. Nos seguimos riendo con Azcona, pero algunos de los problemas que provocaban aquella risa todavía no tienen ninguna gracia.





