Detrás de Kirk Douglas, del rostro inconfundible, de Espartaco y de una de las carreras más importantes del Hollywood del siglo XX, estaba Issur Danielovitch, hijo de una familia inmigrante que conoció desde niño la pobreza, el trabajo y el antisemitismo. Su historia permite mirar al actor desde un lugar diferente al de las alfombras rojas: desde sus orígenes de clase y desde una decisión que, cuando ya era una estrella con poder dentro de la industria, contribuyó a romper las listas negras que durante años condenaron al silencio y al desempleo a numerosos trabajadores del cine estadounidense.
Por Noi Birres.
Antes de Kirk Douglas estuvo Issur Danielovitch
Nació el 9 de diciembre de 1916 en Amsterdam, una pequeña ciudad industrial del estado de Nueva York. Sus padres eran inmigrantes judíos procedentes del antiguo Imperio ruso y Kirk fue el único varón entre siete hermanos. La familia vivía con muy pocos recursos. Su padre, Herschel Danielovitch, se ganaba la vida como trapero, recogiendo y comprando trapos, metales y objetos usados que después podía revender. No es casualidad que, muchos años después, Douglas titulara sus memorias El hijo del trapero.
Su infancia transcurrió lejos del mundo que posteriormente lo convertiría en una estrella. Vivían cerca de fábricas y vías ferroviarias y el dinero escaseaba constantemente. Douglas trabajó desde muy joven: repartió periódicos, vendió comida a trabajadores de las fábricas y pasó por numerosos empleos antes de poder dedicarse a la interpretación. A la pobreza se sumaba el antisemitismo que sufrían muchas familias judías inmigrantes. Su propio nombre fue cambiando durante aquellos años: Issur Danielovitch, después Izzy Demsky y finalmente Kirk Douglas.
La educación terminó ofreciéndole una salida. Consiguió estudiar gracias a becas y a su capacidad deportiva, y posteriormente entró en la American Academy of Dramatic Arts de Nueva York. Tras servir en la Marina estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, inició una carrera como actor que acabaría llevándolo a Hollywood. En pocos años, aquel hijo de un trapero se convirtió en uno de los intérpretes más cotizados del país.
De actor a tener poder dentro de Hollywood
Douglas no se conformó con trabajar para los grandes estudios. En 1955 creó su propia productora, Bryna Productions, bautizada en homenaje a su madre. Aquello le permitió intervenir en las películas que quería realizar, contratar profesionales y participar directamente en decisiones que normalmente pertenecían exclusivamente a los grandes estudios.
Ese poder sería fundamental cuando Estados Unidos todavía sufría las consecuencias de la llamada caza de brujas. Desde finales de los años cuarenta, el Comité de Actividades Antiamericanas había investigado a trabajadores del cine por sus ideas políticas y por sus supuestas vinculaciones con el comunismo. Actores, directores y guionistas fueron interrogados sobre sus opiniones, sus amistades y sus organizaciones. Negarse a colaborar podía significar perder el trabajo.
Las listas negras hicieron desaparecer profesionalmente a numerosos trabajadores. Algunos fueron encarcelados, otros abandonaron el país y muchos continuaron trabajando clandestinamente, escribiendo bajo nombres falsos porque los estudios querían sus guiones pero no podían reconocer públicamente que los contrataban.
Uno de aquellos hombres era Dalton Trumbo.
Dalton Trumbo y Espartaco
Trumbo había sido uno de los guionistas mejor pagados de Hollywood antes de convertirse en uno de los llamados Diez de Hollywood. Se negó a colaborar con el Comité de Actividades Antiamericanas, fue condenado por desacato, pasó por prisión y terminó incluido en las listas negras. Durante años continuó escribiendo clandestinamente. Sus películas existían, pero su nombre no podía aparecer en ellas.
A finales de los cincuenta, Kirk Douglas estaba preparando Espartaco. La propia historia tenía una procedencia significativa: estaba basada en una novela de Howard Fast, escritor que también había sufrido persecución política y había sido encarcelado durante la época de las listas negras. Para trabajar en el guion se recurrió finalmente a Dalton Trumbo.
Al principio se mantuvo la ficción habitual: Trumbo escribiría, pero otra identidad aparecería públicamente. Era el mecanismo que permitía a Hollywood aprovechar el talento de los represaliados mientras oficialmente fingía que aquellos trabajadores no existían.
Douglas decidió que Trumbo debía firmar con su verdadero nombre.
La decisión tuvo consecuencias. Hubo críticas y sectores anticomunistas pidieron boicotear la película. Pero cuando Espartaco llegó a los cines en 1960, en los créditos podía leerse aquello que durante años Hollywood había intentado borrar: guion de Dalton Trumbo.
Romper una lista negra
Con el tiempo se creó una versión demasiado sencilla de aquella historia según la cual Kirk Douglas había acabado personalmente con las listas negras. La realidad fue más compleja. El director Otto Preminger también anunció públicamente en 1960 que Trumbo escribiría Éxodo y aparecería acreditado. Y, sobre todo, detrás del final progresivo de las listas negras estaban años de resistencia de los propios trabajadores represaliados, sus familias y quienes continuaron colaborando con ellos.
Douglas no terminó él solo con la persecución política de Hollywood, pero sí hizo algo importante: teniendo una posición privilegiada dentro de la industria, decidió utilizarla para romper públicamente una de sus reglas. No se trataba únicamente de colocar unas palabras en los créditos de una película. Significaba reconocer que un trabajador perseguido políticamente tenía derecho a poner su propio nombre en aquello que había escrito.
La contradicción resultaba evidente. Los estudios estaban dispuestos a utilizar el trabajo de aquellos guionistas siempre que permanecieran ocultos. Podían escribir, pero no existir públicamente. Douglas ayudó a hacer insostenible aquella hipocresía.
Kirk Douglas no era Espartaco
Tampoco tendría sentido transformar ahora a Douglas en algo que nunca fue. No fue un revolucionario ni un militante obrero. Políticamente estuvo mucho más próximo al liberalismo estadounidense y mantuvo vínculos con el Partido Demócrata. Durante años participó además en actividades internacionales de representación cultural de Estados Unidos.
Su importancia en este episodio está precisamente en otro lugar. No necesitaba compartir las ideas políticas de Dalton Trumbo para considerar injusto que una persona fuera privada de su trabajo y de su nombre por mantener determinadas posiciones políticas.
Esa actitud permite observar también de otra manera algunas de las películas que eligió producir o protagonizar. En Senderos de gloria, dirigida por Stanley Kubrick, interpretó al coronel Dax, que intenta defender a unos soldados convertidos en víctimas de una jerarquía militar que necesita encontrar culpables para ocultar sus propios errores. En Espartaco interpretó al esclavo que encabeza una rebelión contra Roma. En Los valientes andan solos, una de sus películas favoritas, encarnó a un hombre que se resiste a aceptar un mundo donde parece quedar cada vez menos espacio para vivir libremente.
No hay que convertir esos personajes automáticamente en declaraciones políticas personales. Pero resulta difícil no encontrar un hilo común: individuos que se enfrentan a estructuras mucho más poderosas que ellos.
El hijo del trapero
Kirk Douglas terminó viviendo una realidad completamente distinta de aquella en la que había nacido. Se convirtió en millonario, productor y miembro de la élite de Hollywood. Su propia vida contiene así una enorme contradicción de clase: el muchacho que conoció la pobreza terminó instalado en uno de los centros de poder de la industria cultural estadounidense.
Pero nunca eliminó de su biografía aquel origen. Cuando publicó sus memorias no eligió como título Espartaco, ni el nombre de alguna de sus grandes películas, ni una referencia a Hollywood. Las llamó El hijo del trapero.
Quizá ahí se encuentre una parte esencial del personaje. Detrás de la estrella permanecía el recuerdo de Issur Danielovitch, el niño de una familia inmigrante que había vendido comida a trabajadores de las fábricas, repartido periódicos y realizado numerosos trabajos antes de poder estudiar interpretación.
Kirk Douglas murió en 2020 a los 103 años. Dejó decenas de películas y algunos personajes fundamentales de la historia del cine. Pero también dejó una historia menos conocida que merece formar parte de su recuerdo: cuando Hollywood obligaba a determinados trabajadores a esconderse para poder seguir trabajando, él contribuyó a que uno de ellos recuperara públicamente su nombre.
Redescubrir a Kirk Douglas es mirar detrás de la estrella y encontrar nuevamente a Issur Danielovitch: el hijo del trapero que llegó a Hollywood y que, cuando tuvo poder para hacerlo, decidió desafiar una de sus injusticias.
