¿Tomar el poder o acabar con él? Marx frente a Bakunin

TEXTO:FONDO:

Pocas discusiones han dejado una huella tan profunda en la historia del movimiento obrero. Karl Marx y Mijaíl Bakunin compartían la crítica al capitalismo y la aspiración de una sociedad sin explotación, pero discrepaban sobre una cuestión decisiva: qué hacer con el poder. Para Marx, la clase trabajadora debía organizarse también políticamente y disputar el poder a las clases dominantes. Para Bakunin, utilizar el Estado como instrumento revolucionario podía terminar creando una nueva dominación. Detrás de aquella polémica del siglo XIX aparecieron preguntas que socialistas, comunistas, anarquistas y sindicalistas continuarían discutiendo durante generaciones

Dos revolucionarios y un enemigo común

Marx y Bakunin suelen aparecer en los libros como adversarios irreconciliables, pero empezar por sus diferencias puede ocultar algo importante: compartían una parte considerable del diagnóstico. Ambos consideraban que la sociedad capitalista estaba estructurada alrededor de relaciones de explotación y que la emancipación de los trabajadores exigía una transformación profunda de las relaciones económicas y sociales. También eran internacionalistas y participaron, aunque de manera muy distinta, en la gran tentativa de coordinar al movimiento obrero europeo alrededor de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El problema comenzó cuando hubo que responder a la pregunta siguiente: ¿cómo se llega desde una sociedad capitalista hasta una sociedad emancipada? Ahí los caminos empezaban a separarse. Y no era precisamente una discusión menor. Detrás aparecían el Estado, los partidos, las elecciones, la revolución, la organización de los trabajadores y hasta la forma que debería adoptar la sociedad después de una ruptura revolucionaria.

Marx: la clase trabajadora también debía disputar la política

Para Marx, las luchas económicas de los trabajadores eran fundamentales, pero no bastaban por sí solas. La clase obrera tenía que convertirse también en una fuerza política capaz de enfrentarse al poder de las clases propietarias. En los debates de la Internacional, Marx y Engels defendieron cada vez con mayor claridad la necesidad de la acción política independiente de los trabajadores. Eso no significaba simplemente ganar unas elecciones y administrar el Estado existente como si nada hubiera ocurrido: después de la experiencia de la Comuna de París de 1871, Marx sostuvo que la clase obrera no podía limitarse a apropiarse de la maquinaria estatal existente y ponerla a funcionar a su servicio.

La cuestión del poder, sin embargo, continuaba siendo central. Para transformar las relaciones económicas también había que enfrentarse al poder político que las protegía. Abandonar ese terreno significaba, desde esta perspectiva, dejar las instituciones en manos de las mismas clases contra las que se estaba luchando. La emancipación obrera requería organización económica, pero también capacidad política.

Bakunin: el problema empieza cuando alguien gobierna en nombre de los trabajadores

Bakunin contemplaba aquella estrategia con una enorme desconfianza. Su temor era que una revolución destinada a destruir una sociedad dividida entre gobernantes y gobernados terminase creando una nueva autoridad centralizada. Si una minoría revolucionaria conquistaba el Estado para dirigir la transformación social, ¿qué impediría que aquella minoría terminara convirtiéndose en una nueva élite?

Su alternativa apostaba por destruir las estructuras políticas de dominación al mismo tiempo que las económicas y sustituirlas por una organización construida desde abajo: asociaciones de trabajadores, comunas y federaciones vinculadas libremente. Sus textos insisten en la desaparición del Estado y en una organización económica federativa de los trabajadores.

Bakunin no rechazaba la organización. Esa caricatura resulta especialmente engañosa. Participó intensamente en organizaciones revolucionarias y defendió la coordinación internacional. Lo que rechazaba era que esa coordinación se convirtiera en un poder situado por encima de las organizaciones obreras y capaz de imponerles una dirección política.

La revolución podía crear sus propios gobernantes

Aquí estaba probablemente la advertencia bakuninista que más recorrido tendría posteriormente. El hecho de que un Estado se proclamara obrero o revolucionario no garantizaba, a su juicio, que dejara de existir una división entre quienes gobernaban y quienes obedecían. Cambiar a los ocupantes del poder sin transformar la propia estructura del poder podía reproducir nuevas jerarquías.

Marx tampoco defendía simplemente conservar intacto el viejo Estado. Sus escritos sobre la Comuna de París muestran una crítica mucho más profunda de la maquinaria estatal existente de lo que algunas versiones posteriores del enfrentamiento Marx-Bakunin permiten imaginar. Precisamente por eso la discusión resulta más interesante cuando se abandona la caricatura de “Marx quería Estado y Bakunin quería caos”. Ninguna de las dos posiciones era tan simple.

La Comuna de París complicó todavía más la discusión

En marzo de 1871 París protagonizó una experiencia revolucionaria que ambos observaron con enorme interés. La Comuna sustituyó buena parte del aparato político anterior por instituciones basadas en representantes elegidos y revocables y adoptó distintas medidas sociales antes de ser aplastada militarmente poco más de dos meses después.

Marx vio en ella una demostración de que la clase trabajadora necesitaba construir una forma política diferente de la maquinaria estatal burguesa tradicional. Los antiautoritarios encontraron en la autonomía comunal y en sus tendencias federalistas argumentos compatibles con su propia concepción revolucionaria. De manera paradójica, la misma revolución podía ser reivindicada desde ambos lados de la discusión.

Cuando una discusión teórica se convirtió en una guerra dentro de la Internacional

Las diferencias ideológicas terminaron mezclándose con acusaciones personales y con una disputa sobre quién debía controlar la propia Internacional. Marx y sus aliados defendían un Consejo General con capacidad de coordinación y una orientación política común. Bakunin y las federaciones antiautoritarias reclamaban una estructura mucho más federal y autónoma.

La ruptura llegó en el Congreso de La Haya de septiembre de 1872, donde Bakunin y James Guillaume fueron expulsados. Pocos días después, delegados de las federaciones antiautoritarias se reunieron en la localidad suiza de Saint-Imier. Allí rechazaron las decisiones de La Haya y defendieron explícitamente la autonomía de las federaciones y secciones obreras frente a cualquier dirección central que pudiera imponerles sus decisiones.

Aquello fue mucho más que una pelea entre dos hombres que se caían mal —aunque tampoco ayudó precisamente que se cayeran mal—. La fractura expresaba dos concepciones diferentes sobre cómo debía organizarse el movimiento revolucionario.

Partido, sindicato y revolución

Con el tiempo, aquellas diferencias contribuirían al desarrollo de tradiciones distintas dentro del movimiento obrero. Una parte del socialismo apostaría por construir partidos obreros capaces de intervenir en las instituciones y conquistar poder político. Otra corriente desarrollaría una tradición federalista y antiautoritaria que terminaría encontrando una de sus expresiones más importantes en el sindicalismo revolucionario y posteriormente en el anarcosindicalismo.

En este segundo camino, el sindicato podía llegar a ser algo más que una organización dedicada a negociar salarios. Podía convertirse en una escuela de organización obrera y, para algunas corrientes, incluso en uno de los embriones de la sociedad que sustituiría al capitalismo. Décadas después, estas ideas aparecerían en organizaciones sindicalistas revolucionarias y anarcosindicalistas de distintos países.

España fue uno de los lugares donde la discusión dejó más huella

Las posiciones federalistas y antiautoritarias adquirieron una influencia particularmente importante entre una parte del movimiento obrero español. Los contactos de Giuseppe Fanelli con internacionalistas españoles y la posterior expansión de la Federación Regional Española ayudaron a introducir las ideas vinculadas a Bakunin en un movimiento obrero que estaba comenzando a organizarse a escala estatal.

Aquella influencia atravesaría posteriormente diferentes organizaciones y experiencias hasta formar parte del sustrato del anarquismo obrero y del anarcosindicalismo español. La discusión que había enfrentado a Marx y Bakunin en la Internacional adquirió así consecuencias que ninguno de los dos podía conocer todavía.

La historia no resolvió el debate

El siglo XX proporcionó abundante material para continuar la discusión. Revoluciones inspiradas por corrientes marxistas consiguieron derribar gobiernos y transformar radicalmente estructuras económicas, pero algunas desarrollaron también Estados extraordinariamente centralizados y poderosas burocracias. Los anarquistas señalaron esas experiencias como confirmación de antiguas advertencias sobre la concentración del poder.

Las experiencias libertarias y anarcosindicalistas, por su parte, demostraron en distintos momentos una importante capacidad de organización obrera, acción directa y autogestión, pero también se enfrentaron a dificultades enormes cuando tuvieron que responder a cuestiones como la guerra, la coordinación económica a gran escala, la defensa de una revolución o la relación con otras fuerzas políticas. La historia ofreció argumentos para continuar la discusión mucho más que para cerrarla.

Una discusión que sigue resultando familiar

Más de siglo y medio después, muchas de aquellas preguntas todavía pueden reconocerse. ¿Debe el movimiento obrero concentrarse en construir fuerza desde los centros de trabajo y los movimientos sociales o disputar también las instituciones? ¿Puede utilizarse el Estado para transformar la sociedad sin que quienes lo administran terminen separados de quienes dicen representar? ¿Hasta dónde debe llegar la autonomía de sindicatos y organizaciones sociales respecto de los partidos? ¿Es más eficaz una organización centralizada o una federación de estructuras autónomas?

Marx murió en 1883. Bakunin había muerto siete años antes. La discusión, en cambio, se negó a acompañarlos.

Quizá ahí esté precisamente la razón por la que aquel enfrentamiento continúa teniendo interés. No se trata de decidir quién ganó una polémica ocurrida hace más de 150 años, sino de comprender el problema que ambos intentaban resolver desde posiciones diferentes: cómo pueden los trabajadores adquirir suficiente poder para transformar la sociedad sin terminar construyendo nuevas formas de dominación.

CULTURA OBRERA · GRANDES DEBATES DEL MOVIMIENTO OBRERO · SINDICALISMO.ORG

Fuentes y lecturas

Para la elaboración del artículo como fuentes generales, los textos de Karl Marx y Friedrich Engels sobre la Asociación Internacional de los Trabajadores y La guerra civil en Francia; los escritos de Mijaíl Bakunin sobre Estado, revolución y organización obrera; las actas y documentos del Congreso de La Haya de 1872; y las resoluciones del Congreso antiautoritario de Saint-Imier de 1872, que recogen directamente la defensa de la autonomía de las federaciones obreras.

Descubre más desde Sindicalismo.org

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Sindicalismo.org

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo