Las bibliotecas obreras: leer también era organizarse

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Cultura Obrera | Sindicalismo.org

Hubo un tiempo en que aprender a leer después de diez o doce horas de trabajo podía ser también un acto de emancipación. Antes de que la educación llegara al conjunto de la población, miles de trabajadores encontraron en ateneos, centros obreros, Casas del Pueblo, escuelas racionalistas y bibliotecas sindicales algo más que libros. Encontraron lugares donde aprender, reunirse y discutir libremente sobre el mundo que les rodeaba.

Aprender después de trabajar

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, abandonar la escuela siendo niño para comenzar a trabajar era habitual entre las familias obreras. Muchos llegaban a adultos con una educación muy limitada y otros ni siquiera sabían leer o escribir. El movimiento obrero respondió creando sus propios espacios educativos.

Por las noches, después de salir de fábricas y talleres, se organizaban clases de alfabetización, escritura, matemáticas, idiomas, historia, ciencias y formación profesional. También había teatro, música, excursiones, grupos deportivos y conferencias. En muchos lugares el mismo local servía durante unas horas como sindicato, después como escuela y finalmente como lugar de reunión.

Barcelona: una universidad construida desde abajo

Uno de los ejemplos más importantes fue el Ateneu Enciclopèdic Popular de Barcelona, fundado en 1902. Su sede de la calle del Carme llegó a convertirse en uno de los grandes centros culturales populares de la ciudad y la organización alcanzó alrededor de 25.000 socios.

En 1932 su biblioteca reunía aproximadamente 7.000 libros, pero lo realmente extraordinario era todo lo que sucedía alrededor de aquellas estanterías. Había cursos de idiomas, esperanto, literatura, ciencias naturales, fotografía, música y formación profesional. Funcionó una escuela nocturna y durante la Segunda República se impartieron gratuitamente estudios de bachillerato y cursos destinados a trabajadores.

Por sus actividades pasaron figuras como Salvador Seguí, Federico García Lorca, Joan Salvat-Papasseit, Joan Amades o Àngel Pestaña. Un trabajador podía entrar allí buscando un periódico y terminar asistiendo a una conferencia sobre geología, cooperativismo o literatura.

Madrid: libros dentro de la Casa del Pueblo

En Madrid, la Casa del Pueblo, instalada desde 1908 en la calle Piamonte, desarrolló otra importante experiencia de educación obrera. Su biblioteca comenzó a funcionar en 1909 y llegó a reunir más de 8.000 volúmenes.

Allí se organizaron cursos de alfabetización, conferencias y lecturas públicas. Pero una Casa del Pueblo podía ofrecer mucho más: escuelas, cooperativas, economatos, asistencia médica, asesoramiento, grupos artísticos, teatro y espacios donde los sindicatos celebraban sus reuniones.

La idea era sencilla: la organización obrera no debía limitarse a negociar salarios. También podía proporcionar aquello que muchos trabajadores difícilmente encontraban fuera de ella: educación, cultura, solidaridad y espacios propios de convivencia.

Una mesa, unos libros y muchos periódicos

No todos los ateneos podían disponer de miles de libros. En muchos barrios y pequeñas localidades una biblioteca obrera podía consistir simplemente en varias estanterías, unas mesas y los ejemplares que trabajadores y organizaciones habían conseguido reunir.

Junto a las novelas, libros de historia, ciencia, filosofía o manuales profesionales aparecía la prensa obrera. Se podían encontrar publicaciones como Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad, El Socialista, La Revista Blanca o CNT, además de numerosos periódicos locales, boletines sindicales y pequeños folletos.

Un periódico podía pasar por muchas manos. Cuando alguno de los presentes no sabía leer, otra persona podía hacerlo en voz alta. Después llegaba la conversación. Una noticia sobre una huelga ocurrida a cientos de kilómetros podía terminar provocando un debate entre trabajadores alrededor de una mesa.

Ciencia, esperanto y libre pensamiento

Los ateneos libertarios llevaron especialmente lejos aquella concepción de la cultura. No pretendían únicamente enseñar a leer para que un trabajador encontrara un empleo mejor. Querían formar personas capaces de pensar por sí mismas.

Se organizaban charlas sobre ciencia, filosofía, sindicalismo, antimilitarismo, sexualidad, naturismo, educación, emancipación de la mujer y problemas sociales. También existieron grupos de teatro, coros, escuelas racionalistas y secciones excursionistas.

El esperanto tuvo una presencia llamativa. Para parte del movimiento libertario, aprender una lengua internacional significaba poder comunicarse directamente con trabajadores de otros países, superando fronteras nacionales. El Ateneu Enciclopèdic Popular, entre otros centros, llegó a disponer de una sección dedicada específicamente a su enseñanza.

Los ateneos en los barrios

Barcelona y Madrid fueron los ejemplos de mayor tamaño, pero aquella cultura se extendió mucho más. En Cataluña, Valencia, Andalucía, Asturias, Euskadi, Madrid y numerosos territorios aparecieron ateneos libertarios, centros obreros, sociedades culturales, Casas del Pueblo y escuelas vinculadas al movimiento sindical.

Algunos tenían cientos o miles de socios. Otros sobrevivían con muy pocos recursos. No existía un modelo único porque muchas veces eran los propios trabajadores del barrio quienes alquilaban un local, conseguían muebles, compraban libros y organizaban las actividades.

Aquellos lugares podían convertirse en uno de los centros de la vida del barrio. Allí se preparaba una huelga, pero también una obra de teatro. Se discutía un convenio y unas horas después comenzaba una clase. Los niños podían aprender mientras los adultos asistían a una conferencia.

La educación racionalista

Una parte especialmente importante de esta cultura fueron las escuelas racionalistas, muy relacionadas con el movimiento libertario y con la influencia de Francisco Ferrer Guardia y su Escuela Moderna.

Defendían una educación laica, alejada del dogma religioso y basada en el conocimiento científico y la libertad de pensamiento. Frente a una enseñanza basada muchas veces en la autoridad y la memorización, pretendían que el alumnado aprendiera a observar, preguntar y razonar.

La educación tenía así una dimensión profundamente social. No bastaba con enseñar a un trabajador a leer: había que darle herramientas para comprender aquello que estaba leyendo.

La cultura también fue perseguida

La Guerra Civil y la posterior dictadura franquista destruyeron gran parte de aquella red. Sindicatos y organizaciones fueron ilegalizados, locales incautados y bibliotecas dispersadas o destruidas.

El Ateneu Enciclopèdic Popular fue asaltado en enero de 1939 y buena parte de su patrimonio desapareció. La biblioteca de la Casa del Pueblo de Madrid también fue incautada después de la guerra. Situaciones semejantes se produjeron en numerosos centros obreros.

No desaparecieron solamente organizaciones sindicales. También se perdió una enorme infraestructura cultural que generaciones de trabajadores habían levantado con cuotas, donaciones y muchas horas de trabajo voluntario.

Leer también era organizarse

Para aquellos trabajadores, cultura y sindicalismo no eran mundos separados. Aprender a leer permitía entender un contrato. Saber matemáticas ayudaba a comprobar un jornal. Conocer las leyes permitía defenderse. Leer historia ayudaba a comprender de dónde venían las desigualdades. Y leer un periódico permitía descubrir que otros trabajadores estaban enfrentándose a problemas muy parecidos.

Pero probablemente lo más importante era algo todavía más sencillo: aquellos lugares permitían encontrarse.

Después de una larga jornada, alguien abría la puerta del ateneo. Dentro podía haber una pequeña biblioteca, varios periódicos encima de una mesa y un compañero enseñando a leer a otro. En otra habitación comenzaba una conferencia y al fondo algunos preparaban la próxima reunión sindical.

No estudiaban porque les sobrara tiempo. Lo hacían porque habían comprendido que el conocimiento también podía ser una herramienta de emancipación.

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