La Canadiense desde abajo: 44 días que cambiaron la vida de la clase trabajadora

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Barcelona, febrero de 1919. La huelga de La Canadiense suele recordarse por Salvador Seguí y por la conquista de la jornada de ocho horas. Pero empezó de una forma mucho menos solemne: ocho empleados despedidos, 117 compañeros que decidieron no abandonarlos y una empresa convencida de que podría cortar la protesta de raíz. En apenas unas semanas el conflicto saltó de las oficinas a las centrales eléctricas, del gas a los transportes y de las fábricas a las calles. Detrás aparecen Barcelona Traction, Riegos y Fuerzas del Ebro, el gerente Fraser Lawton, el gobernador civil Carlos González Rothwos, el capitán general Joaquín Milans del Bosch y el Gobierno del conde de Romanones. Pero, sobre todo, aparecen miles de trabajadores cuyos nombres apenas quedaron escritos.

Por Sandra Diez Iglesias.

De una rebaja salarial a una huelga

Barcelona era en 1919 una de las principales ciudades industriales del Estado. Buena parte de sus fábricas, tranvías, talleres y servicios dependían ya de la electricidad. Uno de los grandes grupos del sector era Barcelona Traction, Light and Power Company Limited, fundada en Canadá en 1911 y conocida popularmente como La Canadiense. Dentro de aquel entramado se encontraba Riegos y Fuerzas del Ebro, donde comenzó el conflicto. A finales de enero, varios trabajadores temporales de sus oficinas fueron convertidos en fijos, pero la modificación contractual suponía también una reducción de sueldo. Algunas reconstrucciones sitúan las rebajas de 150 a 125 pesetas mensuales y de 125 a 105. Los empleados protestaron y la empresa respondió despidiendo a ocho de ellos. El 5 de febrero de 1919, alrededor de 117 trabajadores de la sección de facturación dejaron de trabajar para exigir su readmisión. Acudieron al gobernador civil de Barcelona, Carlos González Rothwos, buscando una solución. Tras recibir garantías de mediación regresaron, pero encontraron la entrada custodiada por la policía. El problema que la empresa había intentado resolver despidiendo a ocho trabajadores acababa de hacerse mucho mayor.

La solidaridad convierte un conflicto de oficina en un problema para toda Barcelona

Durante los días siguientes el paro fue pasando de una sección a otra. El 10 de febrero, los trabajadores recurrieron directamente a la CNT, que después del Congreso de Sants de 1918 se había reorganizado mediante los Sindicatos Únicos. Esa estructura permitía que un conflicto iniciado en un departamento pudiera extenderse rápidamente por toda una industria. Entre quienes participaron en la organización de la huelga destacó Simó Piera, mientras nombres como Salvador Seguí, Manuel Buenacasa y Francesc Layret fueron adquiriendo importancia a medida que crecía el conflicto. El gerente de Barcelona Traction, Fraser Lawton, se encontró frente a una protesta que ya no podía tratar simplemente como un desacuerdo con unos empleados administrativos. El 17 de febrero, las posibilidades de negociación volvieron a atascarse y el conflicto siguió extendiéndose. Lo decisivo no fueron solamente las decisiones de la CNT, sino que trabajadores que no habían sufrido ninguna rebaja salarial comenzaron a dejar sus puestos en solidaridad con quienes sí la habían sufrido.

21 de febrero: las máquinas empiezan a detenerse

El salto definitivo llegó el 21 de febrero, cuando trabajadores de la central eléctrica del Paral·lel abandonaron sus puestos. La falta de electricidad comenzó a detener fábricas, talleres y servicios. Barcelona descubrió de golpe que una ciudad industrial podía disponer de empresarios, edificios y maquinaria, pero nada funcionaba durante mucho tiempo sin quienes conocían y manejaban las instalaciones. El 22 de febrero el Ejército intervino para intentar restablecer el suministro. Se recurrió a militares y técnicos, incluidos efectivos especializados llegados desde otros lugares, pero sustituir a los trabajadores cualificados no era sencillo. El 23 de febrero, empleados de Energía Eléctrica de Cataluña se incorporaron al movimiento; posteriormente el conflicto alcanzó empresas y servicios relacionados con el gas y el agua. Quedaron afectados también Catalana de Gas y Electricidad, la Sociedad General de Aguas, los tranvías y el Ferrocarril de Sarrià. La huelga ya no pertenecía a La Canadiense: empezaba a paralizar el sistema que mantenía funcionando Barcelona.

Electricistas, tipógrafos, ferroviarios y obreras textiles

La fuerza de la huelga estuvo precisamente en quienes no trabajaban para Riegos y Fuerzas del Ebro. Electricistas de otras compañías, trabajadores del gas y del agua, ferroviarios, tranviarios, metalúrgicos y obreros de numerosos sectores fueron incorporándose al conflicto. También tuvo una importancia especial el Sindicato Único de Artes Gráficas, cuyos trabajadores utilizaron la llamada censura roja: los tipógrafos se negaban a imprimir determinados textos contrarios a los huelguistas, demostrando que incluso la difusión de las órdenes oficiales dependía de trabajadores. El conflicto alcanzó igualmente al poderoso sector textil barcelonés, donde trabajaban decenas de miles de mujeres. La huelga se había convertido en una enorme cadena de solidaridad: muchos de quienes dejaron de cobrar no conocían personalmente a aquellos ocho empleados cuyo despido había iniciado todo.

Milans del Bosch intenta doblegar la huelga

La respuesta más dura llegó desde la Capitanía General de Cataluña, dirigida por Joaquín Milans del Bosch y Carrió. El 5 de marzo se ordenó la movilización militar de trabajadores del sector eléctrico en edad militar. El mecanismo buscaba convertir la negativa a trabajar en un acto de desobediencia sometido a disciplina militar. Muchos trabajadores se presentaron, pero se negaron a reincorporarse a sus puestos. Las detenciones crecieron y el castillo de Montjuïc volvió a convertirse en prisión para trabajadores. Las reconstrucciones del conflicto hablan de miles de detenidos y alrededor de 3.000 encarcelados durante la fase más dura. La presencia militar aumentó en las calles y en las instalaciones estratégicas, pero ni los encarcelamientos ni la militarización consiguieron devolver rápidamente la normalidad. Para sustituir a un electricista, un maquinista o un operario especializado no bastaba con colocar un soldado delante de una máquina.

Romanones cambia al gobernador y empieza la negociación

En Madrid gobernaba Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones. A medida que el conflicto se prolongaba, el Gobierno comenzó a comprender que la solución exclusivamente represiva estaba agravando la situación. El gobernador Carlos González Rothwos fue sustituido y el 13 de marzo llegó al Gobierno Civil Carlos E. Montañés, ingeniero que conocía el sector eléctrico y había tenido relación profesional con Barcelona Traction. Desde Madrid fue enviado también José Morote, subsecretario de la Presidencia, mientras Gerardo Doval asumía responsabilidades policiales. Frente a la línea dura representada por Milans del Bosch, Montañés comenzó a buscar una salida negociada. En aquellos contactos tuvo también protagonismo Francesc Layret, abogado laboralista, republicano catalán y defensor habitual de sindicalistas. El 15 de marzo comenzaron negociaciones formales entre representantes obreros, patronales y autoridades. Dos días después, el 17 de marzo, se alcanzó un principio de acuerdo que contemplaba readmisiones, mejoras salariales, ausencia de represalias, la jornada de ocho horas y la liberación de los encarcelados relacionados con la huelga.

Las Arenas: miles de trabajadores tenían la última palabra

Firmar un acuerdo no significaba automáticamente terminar la huelga. El 18 de marzo, Simó Piera explicó sus términos en una reunión celebrada en el Teatro Bosque de Gràcia. Al día siguiente llegó el momento decisivo. El 19 de marzo de 1919, alrededor de 20.000 trabajadores se reunieron en la plaza de toros de Las Arenas. Allí estaban Piera y Salvador Seguí, el Noi del Sucre, recién salido de prisión. Parte de los asistentes desconfiaba del acuerdo porque todavía quedaban trabajadores encarcelados y defendía continuar la huelga. Seguí intervino para defender el regreso al trabajo, condicionado al cumplimiento de los compromisos y a la liberación de los presos. La asamblea terminó aceptándolo. Después de 44 días, la huelga de La Canadiense concluía. Lo extraordinario no era solamente el acuerdo alcanzado: una decisión que afectaba a miles de trabajadores había tenido que ser defendida ante una asamblea multitudinaria antes de que estos aceptaran volver a las fábricas.

La huelga terminó, pero los presos seguían en Montjuïc

El problema reapareció inmediatamente. No todos los trabajadores encarcelados fueron puestos en libertad y entre quienes permanecieron presos se encontraba Manuel Buenacasa, destacado militante de la CNT. El incumplimiento provocó una nueva respuesta sindical. El 24 de marzo comenzó otra huelga general para exigir la libertad de los detenidos. Esta vez la patronal y las autoridades estaban preparadas para una confrontación mucho más dura. Milans del Bosch mantuvo una posición represiva y adquirió protagonismo el Somatén, organización civil armada vinculada principalmente a sectores conservadores y patronales. Barcelona entraba así en un periodo de creciente violencia social que durante los años siguientes estaría marcado por el pistolerismo, los atentados contra sindicalistas, la acción de grupos armados y la represión estatal.

3 de abril de 1919: las ocho horas se convierten en ley

Mientras las consecuencias del conflicto continuaban abiertas, el Gobierno de Romanones aprobó el 3 de abril de 1919 el real decreto que establecía con carácter general la jornada máxima de ocho horas diarias o 48 semanales, con aplicación prevista desde el 1 de octubre. España se situaba así entre los primeros Estados que implantaban legalmente la jornada de ocho horas de manera general. Pero el orden de los acontecimientos importa: el decreto no originó la conquista. Llegó después de una huelga que había demostrado que miles de trabajadores podían paralizar sectores esenciales de una gran ciudad. Las ocho horas que después aparecerían escritas en una norma habían sido reclamadas primero en fábricas, centrales eléctricas, talleres y asambleas.

Los trabajadores que la historia dejó fuera de la fotografía

Conocemos los nombres de Fraser Lawton, Carlos González Rothwos, Joaquín Milans del Bosch, Carlos Montañés, José Morote, Francesc Layret, Simó Piera, Manuel Buenacasa y Salvador Seguí. Pero conocemos mucho menos a los cientos de electricistas, administrativos, tipógrafos, ferroviarios, tranviarios, metalúrgicos y obreras textiles que hicieron posible mantener el conflicto. Tampoco puede entenderse la huelga sin las familias obreras. Durante 44 días hubo hogares donde desapareció el jornal pero continuaron llegando el alquiler y la necesidad de comprar comida y combustible. Las cajas de resistencia, colectas y redes de solidaridad permitieron mantener a quienes estaban en huelga. Las fotografías conservadas de aquellos días muestran precisamente esa Barcelona menos heroica y quizá más real: colas para conseguir carbón, soldados vigilando instalaciones, calles alteradas por la falta de suministros y familias intentando sobrevivir mientras la ciudad permanecía parcialmente paralizada.

Todo había empezado con ocho despedidos

Ahí está quizá la parte más reveladora de La Canadiense. Resulta mucho más fácil encontrar en los libros los nombres de gobernadores, empresarios y dirigentes sindicales que los de los ocho trabajadores cuyo despido puso en marcha el conflicto. La empresa los consideró sustituibles. Sus compañeros decidieron que no lo eran. Primero fueron ocho despedidos; después, alrededor de 117 empleados de facturación; después se paralizó Riegos y Fuerzas del Ebro; después llegaron otras eléctricas, el gas, el agua, los transportes, las imprentas y las fábricas. Finalmente, el conflicto alcanzó al Gobierno. La jornada de ocho horas no nació el 3 de abril en un despacho de Madrid. Su historia había empezado casi dos meses antes, el 5 de febrero de 1919, cuando unos trabajadores decidieron que no continuarían trabajando con normalidad mientras las mesas de sus compañeros despedidos permanecieran vacías.

Fuentes y documentación

Archivo Nacional de Catalunya, Fondo Brangulí; Gaceta de Madrid, abril de 1919; documentación histórica de la CNT; Fundación Salvador Seguí; Ateneu Enciclopèdic Popular; Museu d’Història de Catalunya; trabajos de Manel Aisa sobre La Canadiense y la conflictividad social barcelonesa, además de estudios históricos sobre Barcelona Traction, el sindicalismo catalán y el movimiento obrero entre 1917 y 1923.

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