El encargado que nunca ha visto una avería, pero sabe cuánto tardas en arreglarla

Hay encargados que no saben distinguir un contactor de un timbre, pero te calculan una reparación al minuto. Una sátira desde el mantenimiento y el oficio.
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Por Redacción · Desde el Tajo. En todos los centros de trabajo existe una figura fascinante: el encargado que desconoce por completo cómo funciona una máquina, pero conoce con exactitud cuánto deberías tardar en repararla. Es una especie de oráculo industrial. No distingue un contactor de un timbre, pero te calcula la avería al minuto. Si le preguntas de dónde saca los tiempos, mira su reloj como quien consulta los astros.

La avería aparece a las ocho y siete. Un cuadro deja de alimentar media instalación, salta una protección y empiezan a sonar teléfonos como si hubiera declarado la independencia el edificio. Coges el polímetro, las herramientas y el esquema, si existe y si alguien no lo utilizó en 1998 para calzar una mesa. A las ocho y nueve llega él.

—¿Cuánto vas a tardar?

Ni buenos días, ni qué ha pasado, ni necesitas ayuda. Su saludo oficial es una estimación. No tiene por qué saber si hay tensión, si se ha quemado un cable o si el problema viene del motor, de una fuga a tierra o de la reparación chapucera del año pasado. Hay cosas que corresponden a los técnicos y otras, muchísimo más importantes, que corresponden al mando. Preguntar cuánto queda es una de ellas.

—Todavía estoy buscando la avería.

—Ya, pero aproximadamente.

Le explicas que primero hay que localizar la causa, asegurar la instalación y comprobar que nadie quede expuesto. Te mira con esa expresión que ponen los responsables cuando oyen palabras que no salen en su curso de liderazgo. Parece que has pedido una beca para estudiar filosofía oriental.

—Es que arriba están preguntando.

Arriba. Nadie sabe exactamente dónde está arriba. Podría ser la cuarta planta, una oficina con moqueta o una civilización más avanzada. Lo cierto es que arriba siempre preguntan. Nunca bajan a ver el cuadro, pero poseen una necesidad insaciable de información sobre un trabajo que tampoco sabrían hacer.

A las ocho y diecisiete vuelve. Tú estás siguiendo la línea, revisando conexiones y descartando causas. Él lleva una carpeta. La carpeta es su herramienta. Hay encargados que han completado toda una carrera profesional sin abrir una caja de herramientas, pero no han salido de su despacho sin una carpeta. Si el polímetro mide voltios, la carpeta mide autoridad.

—¿Cómo vamos?

«Vamos». Qué hermosa expresión de solidaridad. De pronto sois un equipo. Tú estás agachado entre cables y polvo. Él mantiene una distancia de seguridad de tres metros, para que el mono de trabajo no roce el problema.

—He encontrado el circuito afectado. Ahora tengo que comprobar qué está provocando el disparo.

—Pues dale caña, que esto tendría que estar funcionando.

Ahí está la solución que nadie había previsto. Darle caña. Miles de manuales técnicos, décadas de oficio, normas de seguridad y un buen número de accidentes laborales podrían haberse evitado si alguien hubiera escrito esas dos palabras en la tapa de los cuadros eléctricos. A partir de ese momento todo es sencillo: no busques la avería, dale caña.

Media hora después llega la gran aportación estratégica.

—¿Has probado a apagarlo y encenderlo?

Lo pregunta con cautela, como quien revela un secreto industrial protegido por tres patentes. Tú respiras. Has aislado la línea, has medido, has localizado un componente recalentado y estás esperando que te acerquen el repuesto. Pero él ha visto funcionar un router doméstico y cree que el principio es universal. El ascensor no sube: reinícialo. Hay olor a quemado: reinícialo. Se ha inundado la sala de bombas: ¿y si apagamos y encendemos?

Cuando le explicas que el repuesto no está en el almacén, descubre otra ley de la naturaleza: si se exige con suficiente energía, las piezas aparecen.

—Pues busca una solución.

Eso también forma parte del vocabulario de mando: «buscar soluciones», «ser resolutivos», «tener actitud» y «salir de la zona de confort». Lo curioso es que la solución propuesta rara vez incluye comprar recambios, contratar personal suficiente o hacer el mantenimiento preventivo que se lleva seis meses aplazando. La actitud es más barata que un magnetotérmico y, además, desgrava moralmente.

Por fin llega el repuesto. Lo instalas, verificas las conexiones, pruebas la instalación, revisas que todo quede seguro y recuperas el servicio. El edificio vuelve a funcionar. A lo lejos se oye el suspiro colectivo de quienes habían descubierto durante una hora que los aparatos eléctricos necesitan electricidad.

Entonces aparece él por última vez.

—¿Ves? Si al final no era para tanto.

Y ahí está el milagro. La avería ha sido pequeña porque alguien ha sabido resolverla. La espera del material no ha existido. Las pruebas de seguridad se han borrado de la historia. La experiencia de veinte años cabe en una frase pronunciada por un hombre que no ha tocado un tornillo. Si la reparación tarda, el trabajador es lento. Si termina, era fácil. Para el encargado nunca hay una tercera posibilidad: que el oficio de otro valga algo.

Lo mejor llega en la reunión de coordinación. Alguien pregunta cómo se resolvió la incidencia. Él adopta una postura modesta, de héroe fatigado.

—Bueno, hemos estado encima hasta solucionarlo.

Hemos. Otra vez hemos. Es una palabra extraordinaria: permite reparar averías sin mancharse las manos y después repartir los méritos sin sacar la cartera.

No todos los encargados son así, por supuesto. Los hay que conocen el oficio, escuchan, consiguen herramientas y protegen a su gente de las prisas absurdas. Son los que entienden que un trabajador no necesita un cronómetro pegado a la nuca, sino medios, tiempo y seguridad. Precisamente por eso se nota tanto cuando aparece el otro: el que cree que mandar consiste en interrumpir a quien sabe.

Quizá un día deberíamos dejar que ese encargado hiciera su estimación delante del cuadro averiado, con las herramientas en la mano y la responsabilidad de firmar que todo queda seguro. No hace falta que repare nada. Basta con que explique por dónde empezaría.

Seguro que entonces, por primera vez en su carrera, diría la frase más sensata de todas:

—Pues no sé cuánto se tardará.