Somos una familia, hasta que enfermas

Una camarera relata cuatro años de turnos partidos, falta de personal y horas de más. Cuando cae enferma descubre hasta dónde llega el discurso de que la empresa es una familia.
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Recreación literaria basada en situaciones habituales del mundo del trabajo. Los personajes, las conversaciones y los acontecimientos son ficticios. No es un testimonio recibido por la redacción. O tal vez sí…

El jefe dice que aquí somos una familia. Lo dice mucho. Lo dijo en la entrevista, lo repite en las reuniones y lo tiene escrito en un cartel que cuelga junto a la puerta del vestuario. «Más que compañeros, somos una familia». Debajo hay una fotografía de todos los empleados sonriendo en la cena de Navidad. Yo salgo al fondo, al lado de la máquina del café, con una camisa que me compré expresamente porque nos pidieron que fuéramos arreglados.

Llevo cuatro años trabajando en un restaurante de esos que se anuncian como cocina tradicional con un toque moderno. Tenemos manteles de tela, una carta que cambia según la temporada y unos precios que no me permitirían venir a cenar aquí con mi pareja más de una vez al año.

Soy camarera. Entro a las once de la mañana, aunque el horario pone las doce, porque a las doce ya tenemos que estar preparados para recibir clientes. Hay que limpiar las mesas, rellenar las neveras, repasar copas, colocar cubiertos y comprobar las reservas. Si llegas a tu hora, vas tarde. Es una de esas normas que nadie ha escrito, pero todo el mundo conoce.

En teoría salgo a las cuatro y regreso a las ocho para el servicio de noche. En la práctica, hay días que terminamos de recoger a las cinco y media y a las siete y media ya estamos preparando las cenas. A veces no vuelvo a casa entre turnos. Me siento en un banco, me compro algo para comer y espero.

El jefe siempre dice que los horarios son los que son porque la hostelería funciona así. Que quien quiera trabajar de lunes a viernes, de ocho a tres, se haga funcionario. Se ríe cuando lo dice. Nosotros también nos reímos, aunque menos.

Hace unos meses se marchó una compañera. Después se fue otro camarero. El primero encontró trabajo en un hotel y la segunda dejó la hostelería porque estaba harta de no ver a sus hijos. Desde entonces hacemos el mismo servicio con dos personas menos.

Cuando preguntamos si van a contratar a alguien, el encargado responde que están mirando currículos. Deben de estar mirándolos con lupa.

En agosto tuvimos una semana especialmente complicada. Había reservas todos los días, una boda pequeña el sábado y un grupo de cuarenta personas el domingo. Aquella semana acumulé tantas horas que dejé de apuntarlas. No porque no quisiera cobrarlas, sino porque llegaba a casa sin ganas de hacer cuentas.

Una noche, mientras recogíamos el comedor, le dije al encargado que no podíamos seguir así. «Ya sabes cómo va esto. Tenemos que arrimar todos el hombro», me contestó. «Llevamos meses arrimándolo». «Pues un poco más. Ahora viene la temporada buena».

La temporada buena. Otra expresión que escucho desde que entré. Cuando hay muchos clientes, hay que apretar porque hay trabajo. Cuando hay pocos, no se puede contratar porque no salen las cuentas. Lo único que nunca cambia es que nosotros tenemos que apretar.

Hasta que un martes me levanté con fiebre. Al principio pensé que sería cansancio. Tenía el cuerpo dolorido, escalofríos y una tos que no me dejaba dormir. Me tomé la temperatura: treinta y nueve grados.

Llamé al encargado a las ocho de la mañana. No contestó. Le envié un mensaje explicándole que estaba enferma y que iba al centro de salud. Me respondió veinte minutos después: «¿Pero vas a venir al servicio?». Le dije que no lo sabía, que estaba esperando a que me viera el médico. «Estamos justos de gente. Mira a ver si puedes venir aunque sea al mediodía».

Aquello fue lo primero que me molestó. No me preguntó qué tenía ni cómo me encontraba. Quería saber si podría llevar platos.

El médico me examinó, me preguntó por los síntomas y me indicó que debía guardar reposo. Me dio la baja porque no estaba en condiciones de trabajar. Cuando se lo comuniqué al encargado me contestó con un pulgar levantado. Ni una palabra más.

Por la tarde me llamó el jefe. «¿Qué te ha pasado?». Se lo expliqué. «Pues vaya momento has elegido». Me quedé callada. «No te lo tomes a mal —añadió—, pero tenemos una semana complicada. Ya sabes que contamos contigo». Le dije que yo tampoco había elegido ponerme enferma. «Bueno, bueno. Tampoco hace falta ponerse así. Aquí siempre te hemos tratado como a una más de la familia».

Ahí apareció otra vez la familia. Colgué el teléfono y me fui a la cama. Mi pareja me preguntó qué había pasado. Le dije que nada, que en el restaurante estaban enfadados porque tenía fiebre. «Pues que se enfaden», contestó.

A él le resulta fácil decirlo. Tiene un contrato indefinido, un horario bastante estable y una empresa donde, cuando alguien enferma, reorganizan los turnos. Yo también tengo contrato indefinido, pero llevo cuatro años aprendiendo que una cosa es lo que pone en un papel y otra lo que sucede cada día.

Durante los primeros días de baja recibí varios mensajes. Uno preguntaba cuándo volvería. Otro me decía que habían tenido que llamar a una persona para hacer unas horas. El tercero era del encargado, que quería saber si la semana siguiente estaría disponible porque había dos reservas grandes. Todavía me encontraba mal.

Lo curioso es que nadie me había escrito tanto durante los cuatro años anteriores. Cuando me quedaba a cerrar un domingo a las dos de la madrugada, no había mensajes preguntando si había llegado bien a casa. Cuando encadenaba una semana sin descansar como correspondía, tampoco recibía llamadas de preocupación. Pero llevaba tres días enferma y de pronto todo el mundo necesitaba saber de mí.

Al sexto día mejoré. La fiebre había desaparecido y podía levantarme sin marearme. En la revisión me dieron el alta. Volví al restaurante el lunes. Nada más entrar, el encargado me miró y dijo: «Hombre, la desaparecida». Se rio. Yo no.

En el vestuario me encontré con Sara, que lleva casi diez años allí. Me preguntó cómo estaba y me contó que habían tenido una semana horrible. Había salido tarde todos los días y el sábado acabó llorando en el almacén porque un cliente le gritó al traerle un plato equivocado. «No sabes la que nos has montado», me dijo.

No lo dijo con mala intención. Sara me quiere y yo la quiero a ella. Pero aquella frase me dolió bastante más que las del jefe. Porque entendí que habíamos llegado a un punto en el que, cuando una persona enfermaba, el problema dejaba de ser la falta de plantilla y se convertía en culpa de quien estaba enfermo.

Ese mismo día, durante el descanso, el encargado nos reunió cinco minutos. Dijo que teníamos que mejorar la actitud, recuperar el compañerismo y entender que todos dependíamos de todos. Que estaba notando demasiado individualismo.

«Y otra cosa —continuó—. Cuando alguien no puede venir, el resto tiene que hacer un esfuerzo. Esto funciona como una familia». Le pregunté si pensaban contratar a las dos personas que faltaban. Me miró como si acabara de decir una barbaridad. «Ahora no estamos hablando de eso». «Pero tiene que ver». «Estamos hablando de compromiso».

Ahí terminó la conversación. Nos mandó a preparar el comedor porque entraban las primeras reservas.

No pasó nada extraordinario aquel día. No hubo una discusión enorme, no dejé el delantal sobre la barra ni salí por la puerta dando un portazo. Seguimos trabajando. Es lo que hacemos casi siempre.

Pero empecé a cambiar algunas cosas. Compré una libreta pequeña y volví a apuntar las horas. Las de entrada, las de salida y los descansos que no podía hacer. Guardé los cuadrantes y los mensajes. También empecé a hablar con Sara y con otros compañeros de cuánto tiempo llevábamos cubriendo los puestos vacantes.

Al principio nos costaba. Cada uno pensaba que sus problemas eran personales. Uno no podía recoger a su hija del colegio, otro estaba agotado, otra tenía dolores de espalda y yo había acabado sintiéndome culpable por tener fiebre. Pero era el mismo problema visto desde mesas diferentes.

Hace dos semanas pedimos una reunión para hablar de los horarios, los descansos y las contrataciones pendientes. Fuimos cuatro. El jefe nos recibió en su despacho con cara seria. Al principio dijo que las cosas estaban difíciles, que el negocio tenía muchos gastos y que él también trabajaba muchísimo. Puede que sea verdad. No conozco todas las cuentas del restaurante. Lo que sí conozco son nuestras horas.

Le dijimos que queríamos que se respetaran los horarios y los descansos y que no podíamos seguir cubriendo indefinidamente dos puestos de trabajo sin una solución. Nos escuchó. No prometió demasiado. Al salir, Sara me dio un pequeño golpe en el hombro. «Bueno, por lo menos ya lo hemos dicho».

No hemos conseguido todavía lo que pedimos. Seguimos esperando una respuesta. El trabajo continúa siendo duro y hay días que llego a casa con los pies hinchados. Pero ya no siento que el problema sea mío solamente.

Ayer, antes del servicio de cenas, volví a mirar el cartel del vestuario. Sigue allí, con su fotografía de Navidad y su frase sobre la familia.

Pensé en mi madre. Ella nunca me pidió que fichara cuando iba a su casa. Si me encontraba enferma, me preparaba algo caliente y me decía que descansara. Si necesitaba ayuda, la daba sin calcular cuántas horas le debía.

La familia que yo conozco no te hace sentir culpable por tener fiebre. Y si algún día la necesita, se organiza para cuidarte.

Quizá el jefe debería buscar otra palabra. Porque una empresa es una empresa, un contrato es un contrato y las horas de trabajo son horas de nuestra vida. Y nuestra vida no está incluida en el menú.

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