En las prisiones franquistas, miles de trabajadores fueron encarcelados por organizar huelgas, repartir propaganda o pertenecer a organizaciones prohibidas. Pero el encierro no acabó con su militancia. En Burgos, Carabanchel y otros penales, los presos levantaron redes de solidaridad, organizaron clases, compartieron alimentos y mantuvieron contacto con la resistencia exterior.
El franquismo convirtió las cárceles en una de sus principales herramientas para destruir el movimiento obrero. Militantes de la CNT, la UGT, organizaciones comunistas y socialistas, dirigentes de huelgas y trabajadores comprometidos con la resistencia terminaron ante consejos de guerra o tribunales especiales. Algunos fueron condenados por su participación en la guerra; otros, por intentar reconstruir una organización sindical ilegalizada.
Las prisiones estaban concebidas para castigar y aislar. Sin embargo, entre sus muros ocurrió algo que las autoridades nunca consiguieron impedir del todo: los presos continuaron organizándose. No existió un único sindicato clandestino que dirigiera todas las cárceles. Las redes variaban según la prisión, los años y las organizaciones representadas. La necesidad de resistir y ayudarse, en cambio, atravesaba muchas de aquellas experiencias.
Burgos: una universidad levantada por los presos
El penal de Burgos llegó a ser conocido como la «Universidad de Burgos». No era un nombre oficial ni un simple recurso literario. Algunos de sus reclusos organizaron clases de historia, filosofía, economía, idiomas y formación política. Quienes habían podido estudiar transmitían lo que sabían a compañeros que habían pasado directamente de la escuela a las fábricas o al campo.
La educación se convirtió así en una actividad colectiva dentro de un espacio diseñado para privarlos de libertad. El militante comunista José María Laso Prieto dejó testimonios sobre esa organización y sobre los métodos empleados para hacer salir información del penal. Los mensajes escondidos entre materiales que atravesaban los controles y la circulación clandestina de noticias permitían sostener vínculos con el exterior. Algunas informaciones acabaron llegando a Radio España Independiente, La Pirenaica.
Aquellas iniciativas eran frágiles. Un registro, una sanción disciplinaria o el traslado de un preso podían romper una red entera. Cada cuaderno compartido y cada clase improvisada tenía detrás un esfuerzo organizativo poco visible fuera de la prisión.
Las comunas: compartir la comida era resistir
Otra forma de organización fue la creación de comunas, grupos de presos que reunían alimentos, dinero y productos enviados por sus familias para repartirlos. En años de escasez, recibir un paquete desde casa podía marcar una diferencia decisiva. También era frecuente que algunos detenidos no tuvieran familiares cerca o que sus allegados carecieran de medios para ayudarlos.
El Archivo Oral del Sindicalismo Socialista, conservado por la Fundación Francisco Largo Caballero, reúne testimonios que describen grupos de cinco o seis compañeros que compartían lo recibido. Más que un reparto de comida, eran espacios de confianza, información y apoyo entre personas sometidas a largas condenas. Allí se discutía, se enseñaba y se intentaba sostener a quien estaba enfermo o completamente solo.
Compartir un trozo de pan podía parecer un gesto pequeño fuera de la cárcel. Dentro, donde el hambre y el aislamiento formaban parte de la experiencia penitenciaria, era una manera concreta de negar que cada preso tuviera que sobrevivir por su cuenta.
Carabanchel y el Proceso 1001
La prisión de Carabanchel, inaugurada en 1944 y construida con participación de presos republicanos, se convirtió en uno de los símbolos de la represión franquista. Por sus galerías pasaron trabajadores, sindicalistas, estudiantes e integrantes de organizaciones políticas muy diversas.
El 24 de junio de 1972, la policía detuvo en Pozuelo de Alarcón a diez miembros de la Coordinadora General de Comisiones Obreras. Entre ellos estaban Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Eduardo Saborido, Juan Muñiz Zapico, Fernando Soto, Francisco Acosta, Miguel Ángel Zamora, Pedro Santiesteban, Luis Fernández Costilla y Francisco García Salve.
Fueron procesados por pertenecer a una organización sindical que el régimen consideraba ilegal. El juicio, conocido como Proceso 1001, comenzó el 20 de diciembre de 1973, el mismo día del atentado que mató a Luis Carrero Blanco. Las condenas iniciales oscilaron entre doce y veinte años. Marcelino Camacho y Eduardo Saborido recibieron veinte años de prisión. La movilización por su libertad alcanzó repercusión internacional.
El Tribunal Supremo redujo después las penas y los últimos encarcelados del grupo recuperaron la libertad tras la muerte de Franco, en diciembre de 1975. El caso mostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar el régimen para perseguir una organización de trabajadores.
Las presas políticas también se organizaron
Esta historia no puede contarse solo a partir de los grandes penales masculinos. Las mujeres encarceladas por su participación en la resistencia republicana y antifranquista construyeron sus propias redes de solidaridad. En Ventas, Les Corts, Segovia y otras prisiones, el cuidado de las enfermas, la ayuda entre compañeras y la transmisión de noticias fueron esenciales.
A la reclusión se sumaban dificultades específicas: la separación de hijos e hijas, el desamparo económico y las presiones sobre las familias. Tomasa Cuevas, antigua presa política, dedicó años a recoger testimonios de mujeres que habían sobrevivido a aquellas cárceles. Su trabajo rescató vidas que durante demasiado tiempo quedaron al margen de la memoria pública.
También las familiares de los presos hicieron posible una parte de esa resistencia. Los viajes para entregar paquetes, las visitas vigiladas y el mantenimiento de la correspondencia permitieron conservar relaciones humanas y políticas que las autoridades intentaban quebrar.
La CNT y las redes libertarias bajo vigilancia
Después de 1939, el anarcosindicalismo sufrió una represión masiva. Militantes de la CNT fueron fusilados, encarcelados, enviados a campos de concentración o forzados al exilio. Quienes permanecieron en España intentaron reconstruir las estructuras confederales en la clandestinidad, entre detenciones sucesivas y una vigilancia policial continua.
Dentro de las prisiones, los libertarios conservaron vínculos personales, compartieron recursos y, cuando pudieron, mantuvieron contactos con compañeros del exterior. Las diferencias políticas no desaparecieron entre rejas: las agrupaciones podían funcionar por separado, aunque algunas reivindicaciones penitenciarias favorecieron acciones conjuntas.
La Coordinadora de Presos en Lucha, COPEL, surgiría mucho después, durante la Transición, en un contexto diferente. Sus experiencias no deben confundirse con las organizaciones clandestinas de la posguerra, aunque ambas recuerdan una misma evidencia: las cárceles también fueron espacios de protesta organizada.
Huelgas de hambre después de la muerte de Franco
El 2 de agosto de 1976, varias decenas de presos políticos de Carabanchel iniciaron una huelga de hambre contra las limitaciones de las medidas de amnistía. No todos aceptaban una libertad que dejara atrás a otros compañeros.
El 18 de julio de 1977, aproximadamente un millar de presos protagonizaron una protesta sobre los tejados de Carabanchel. En aquel ciclo también destacó la COPEL, formada por presos comunes que reclamaban transformaciones profundas del sistema penitenciario y denunciaban su exclusión de las medidas de amnistía.
Esas movilizaciones pertenecen a otra etapa histórica, pero ayudan a entender que la muerte del dictador no hizo desaparecer de inmediato los conflictos en las cárceles ni las estructuras heredadas del franquismo.
Lo que el encierro no consiguió destruir
La dictadura consiguió encarcelar a miles de trabajadores y desarticular numerosas organizaciones. Desterró, castigó y rompió familias. También impuso muchos años de silencio sobre lo que ocurría dentro de los penales. Pero la represión no acabó con todas las formas de acción colectiva.
Las clases de Burgos, las comunas de alimentos, los mensajes clandestinos y las protestas muestran una dimensión de la resistencia que se pierde cuando solo se recuerda a los grandes dirigentes. Detrás estaban quienes enseñaron a leer a otro preso, quienes repartieron su comida, quienes sostuvieron a las familias y quienes siguieron defendiendo sus convicciones a riesgo de agravar sus condenas.
La memoria de aquellas cárceles no es únicamente una historia de sufrimiento. Es también la historia de trabajadores que se negaron a renunciar a la solidaridad. El franquismo pudo prohibir los sindicatos y encerrar a sus militantes. No consiguió convertir todas aquellas celdas en lugares de obediencia.

Estuvo en CNT-FIJL, Actualmente Anarcosindicalista de CGT. Luchador sindical en defensa de la memoria obrera antifascista. Amante de la cerveza y de las conversaciones de café que nunca terminan. Aparte de hablar le gusta escribir.





