
El 4 de noviembre de 1918, los obreros de los astilleros de Kiel dejaron el trabajo y se unieron a los marineros sublevados contra la Marina imperial alemana. Las tripulaciones desarmaron y detuvieron a oficiales, izaron banderas rojas y extendieron la rebelión por la ciudad. Al caer la tarde, un consejo provisional de trabajadores y soldados asumía el poder civil y militar. Una negativa a morir en una última batalla inútil se había convertido en revolución.
La orden de una muerte «honorable»
A finales de octubre de 1918, la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial era inevitable y el Gobierno ya negociaba un armisticio. La jefatura naval, sin embargo, preparó por su cuenta una salida de la Flota de Alta Mar para enfrentarse a fuerzas británicas superiores. Los almirantes aspiraban a salvar el honor de la Marina mediante una última batalla; para las tripulaciones, aquello era una condena a muerte sin utilidad militar ni política.
En Wilhelmshaven, marineros de varios buques se negaron a obedecer. Hubo sabotajes, insubordinación y cerca de mil detenciones. La operación naval tuvo que suspenderse y el III Escuadrón fue enviado a Kiel, donde desembarcaron los cabecillas arrestados. El traslado no aisló la protesta. La llevó a una ciudad industrial con grandes astilleros, tradición sindical y una población agotada por cuatro años de guerra, hambre y disciplina militar.
«Trabajadores, no dejéis solos a los soldados»
El 1 de noviembre, unos 250 marineros se reunieron en la Casa del Pueblo sindical para exigir la liberación de sus compañeros. Las autoridades cerraron el edificio y prohibieron nuevas reuniones, pero el movimiento buscó otros espacios. El fogonero Karl Artelt y el obrero metalúrgico Lothar Popp, militante de la socialdemocracia independiente, ayudaron a articular una alianza que desbordaba los cuarteles. Un llamamiento resumía la orientación de aquellos días: los soldados no debían disparar contra sus hermanos y los trabajadores no debían abandonar a los soldados.
El 3 de noviembre, varios miles de personas marcharon hacia la prisión militar. No reclamaban solo la libertad de los detenidos: pedían el fin de la guerra y mejores condiciones de vida. Una patrulla abrió fuego. Siete manifestantes murieron y veintinueve resultaron heridos. La represión no restableció la obediencia; convenció a muchos marineros de que debían armarse y organizarse antes de que llegaran nuevas tropas.
El 4 de noviembre: huelga, fraternización y consejos
En la mañana del 4 de noviembre, la sublevación se extendió desde los barcos y las instalaciones navales hacia el conjunto de Kiel. Las tripulaciones se rebelaron contra sus mandos, detuvieron oficiales y enarbolaron la bandera roja. Los obreros de los astilleros declararon la huelga, abandonaron los talleres y acudieron a concentraciones. En fábricas y unidades militares comenzaron a elegirse consejos de trabajadores y soldados.
El gobernador naval Wilhelm Souchon ordenó liberar a dieciséis marineros, recibidos después en una marcha triunfal. Ya era tarde para contener el movimiento mediante concesiones parciales. Las tropas enviadas desde guarniciones cercanas se negaron a disparar; algunas regresaron a sus cuarteles y otras fraternizaron con los insurrectos. Según el recuento de la época, el número de marineros y soldados de tierra que sostenían el levantamiento pasó durante aquella jornada de unos veinte mil a cuarenta mil.
Al anochecer se constituyó un Consejo Central Provisional de Trabajadores y Soldados que tomó el control civil y militar de Kiel. Las reivindicaciones que cristalizaron en los llamados catorce puntos incluían la liberación de presos y detenidos políticos, libertad de expresión y de prensa, fin de la censura postal, trato digno de las tripulaciones, regreso sin castigo de los sublevados y prohibición de cualquier salida de la flota. Ninguna nueva medida militar podría adoptarse sin la aprobación del consejo.
La disciplina imperial quedaba golpeada en su núcleo. Fuera del servicio ya no se reconocería autoridad de los oficiales sobre los marineros. Las exigencias eran inmediatas y concretas, nacidas de las condiciones de vida a bordo, pero la forma elegida para imponerlas —delegados revocables, consejos y control colectivo— abría una cuestión mucho mayor: quién debía mandar cuando quienes trabajaban y combatían retiraban su obediencia.
De Kiel a la revolución alemana
El Gobierno envió a Kiel al diputado socialdemócrata Gustav Noske y al secretario de Estado Conrad Haußmann con la misión de encauzar la revuelta. Noske consiguió situarse al frente del consejo de soldados y trató de restablecer una cadena de mando. Pero el impulso ya había salido de la ciudad: grupos de marineros viajaron a otros puertos y centros industriales, mientras se formaban consejos en Lübeck, Hamburgo, Bremen, Cuxhaven, Wilhelmshaven y después en casi toda Alemania.
El 9 de noviembre fue proclamada la república y el káiser Guillermo II abandonó el poder. Dos días más tarde se firmó el armisticio. El orden imperial no cayó por una decisión generosa de sus élites, sino cuando marineros que rechazaron una misión suicida encontraron el apoyo de trabajadores capaces de detener la producción y crear sus propios organismos de poder.
La revolución de 1918 quedó después atravesada por profundas disputas. La socialdemocracia mayoritaria buscó estabilizar una república parlamentaria; sectores revolucionarios aspiraron a extender el poder de los consejos. La confrontación terminaría en represión y sangre. Aun así, el 4 de noviembre conserva una imagen difícil de borrar: obreros y uniformados fraternizando, las máquinas detenidas y una ciudad gobernada desde abajo durante el derrumbe de una guerra.
Kiel recuerda que la historia del movimiento obrero no transcurre únicamente en fábricas y sindicatos. También aparece cuando los reclutados se reconocen como trabajadores armados y se niegan a sacrificar la vida por los intereses y el prestigio de quienes mandan. Aquel día, la huelga y la desobediencia se encontraron. De ese encuentro nació la chispa que acabó con el Imperio alemán.



