Tal día como hoy: 2 de noviembre

El 2 de noviembre de 1909, la IWW inició en Spokane una campaña de desobediencia civil contra la prohibición de hablar en las calles y la explotación ejercida por las agencias privadas de empleo.
TEXTO:FONDO:

El 2 de noviembre de 1909, un trabajador subió a una caja de madera en una calle de Spokane y empezó a hablar. La policía lo bajó y se lo llevó. Otro ocupó su lugar, pronunció apenas unas palabras y fue detenido. Después subió otro. Al terminar el día, 103 miembros de Industrial Workers of the World habían pasado del cajón a la cárcel. La IWW había convertido una ordenanza municipal contra los discursos callejeros en una batalla obrera de resistencia civil.

La palabra llevaba hasta el sindicato

Spokane era una puerta de entrada al trabajo temporal del noroeste estadounidense. Por sus calles pasaban leñadores, ferroviarios, cosecheros y jornaleros que cambiaban de tajo con las estaciones. Muchos no tenían un centro de trabajo estable, una dirección permanente ni un lugar donde celebrar reuniones. Para ellos, la esquina y el cajón que servía de tribuna eran una auténtica sede sindical.

Los oradores de la IWW hablaban de salarios, accidentes, alojamiento y organización industrial. También denunciaban a las agencias privadas de colocación, conocidas como employment sharks: tiburones del empleo. En Spokane operaban decenas de ellas. Cobraban normalmente un dólar por facilitar un puesto, una cantidad importante para quien llegaba sin recursos. En ocasiones, el trabajador viajaba hasta un campamento, era despedido al poco tiempo y regresaba a la ciudad para volver a pagar por otra colocación.

Aquel circuito enriquecía a intermediarios y proporcionaba a las empresas una reserva constante de mano de obra aislada y reemplazable. Cuando los wobblies explicaban el engaño en plena calle y ofrecían la organización sindical como respuesta, no estaban pronunciando un discurso abstracto: interferían en un negocio.

Una ordenanza hecha para silenciar

El Ayuntamiento había aprobado una norma que prohibía las reuniones y los discursos en las calles del centro. La medida afectaba directamente a la forma de organización de la IWW, mientras las agrupaciones religiosas recibían un trato más tolerante. Para el sindicato, aquella diferencia mostraba que el problema no era la circulación ni el ruido, sino el contenido de lo que se decía.

Durante meses hubo detenciones, multas y desafíos parciales. En octubre, el militante James P. Thompson fue arrestado por hablar en público. La IWW anunció que, cualquiera que fuera el resultado de su juicio, el 2 de noviembre celebraría reuniones callejeras. El llamamiento no pedía permiso: convocaba a llenar las calles y, si era necesario, las cárceles.

Una caja, una frase, una detención

La acción comenzó a primera hora de la tarde. En distintos puntos de la ciudad, hombres y mujeres subían por turnos a cajas volcadas. La policía no esperaba a que desarrollaran un discurso. Bastaba el saludo «Amigos y compañeros trabajadores» para que el orador fuera arrastrado, detenido y sustituido por la siguiente persona de la fila.

La táctica era sencilla y exigente. Cada arresto debía demostrar que la ciudad estaba dispuesta a encarcelar a alguien únicamente por dirigirse a otros trabajadores. Al mismo tiempo, el relevo inmediato impedía que la policía clausurara la protesta llevándose a una sola figura dirigente. No había un orador imprescindible: la fuerza estaba en la sucesión.

Ese primer día fueron detenidos 103 wobblies. La policía también asaltó el local sindical y arrestó a miembros de la redacción del Industrial Worker, el periódico que difundía la campaña. La respuesta de la IWW fue pedir refuerzos. Militantes y trabajadores itinerantes comenzaron a llegar desde otras ciudades con la intención expresa de hablar, ser detenidos y obligar a Spokane a pagar el coste político y económico de su prohibición.

Quinientas personas contra la capacidad de una cárcel

En pocas semanas, las detenciones rondaron las quinientas. La cárcel municipal quedó desbordada y las autoridades habilitaron otros espacios, entre ellos instalaciones militares de Fort Wright. Los presos denunciaron hacinamiento, frío, mala alimentación y golpes. También se intentó obligarlos a trabajar en la cantera de piedra, pero muchos se negaron.

La represión buscaba quebrar la campaña mediante el desgaste físico. Sin embargo, cada celda llena convertía el problema en algo más difícil de ocultar. Mantener encerradas a centenares de personas, alimentar a los presos, habilitar edificios y responder a las denuncias públicas resultaba más caro que tolerar las tribunas callejeras.

Elizabeth Gurley Flynn: diecinueve años frente a la ciudad

Entre quienes acudieron a Spokane estaba Elizabeth Gurley Flynn, una organizadora de diecinueve años que ya había participado en otras campañas de la IWW. Su presencia desbarataba la caricatura oficial del agitador masculino y extranjero. Flynn habló en mítines, ayudó a sostener la movilización y fue detenida bajo una acusación de conspiración.

Después de salir bajo fianza denunció públicamente las condiciones de la cárcel de mujeres y el trato de los agentes. Su relato llevó la lucha más allá de la ordenanza: mostró cómo el poder policial administraba pobreza, género y castigo. Flynn entendía que la ciudad era más sensible al coste y al escándalo que a los argumentos jurídicos. Había que hacer visible cada abuso y elevar el precio de mantener la prohibición.

La ciudad terminó retirando la mordaza

La campaña continuó durante el invierno. El Industrial Worker siguió apareciendo pese a la detención sucesiva de sus responsables, y la protesta se extendió por el país. En marzo de 1910 se alcanzó un acuerdo: los presos fueron liberados, se retiraron cargos y el Ayuntamiento de Spokane acabó derogando por unanimidad la ordenanza que prohibía hablar en la calle.

La victoria sirvió de modelo para luchas semejantes en Fresno, San Diego y otras ciudades. La IWW había encontrado una forma de acción adaptada a los trabajadores sin fábrica fija: ocupar la calle, aceptar colectivamente el arresto y desbordar el mecanismo represivo mediante disciplina y solidaridad.

Hablar también era organizar

La lucha de Spokane suele recordarse como un episodio de defensa de la libertad de expresión. Lo fue, pero su raíz era laboral. La palabra estaba prohibida porque permitía a jornaleros dispersos compartir experiencias, reconocer el fraude de las agencias y descubrir que el abuso individual tenía una respuesta colectiva.

Aquel 2 de noviembre, cada persona que subió a la caja sabía que no terminaría su discurso. No pretendía convencer a la policía ni completar una brillante intervención. Su tarea era pronunciar la primera frase, dejarse detener y conservar libre el lugar para quien venía detrás. Así, una esquina se convirtió en sindicato y una fila de arrestados terminó derrotando a la ordenanza.