Tal día como hoy: 30 de octubre

El 30 de octubre de 1916, cuarenta y un miembros de la IWW fueron golpeados y expulsados de Everett por ayudantes armados del sheriff mientras apoyaban una huelga de trabajadores de las fábricas de tejas de cedro.
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El 30 de octubre de 1916, cuarenta y un miembros de la Industrial Workers of the World llegaron por agua a Everett, una ciudad maderera del estado de Washington. Querían hablar en la esquina de Hewitt y Wetmore, el lugar habitual de las tribunas obreras, y respaldar una huelga que llevaba meses enfrentando a los trabajadores de las fábricas de tejas de cedro con los propietarios. Los aguardaban más de doscientos hombres armados y convertidos en ayudantes del sheriff. Aquella noche, la libertad de palabra fue respondida con una paliza organizada.

Una huelga por recuperar el salario perdido

Everett vivía de los aserraderos y de la fabricación de tejas. Era un trabajo duro y peligroso: jornadas de diez horas, sierras sin protección, locales oscuros y húmedos, dedos amputados y enfermedades respiratorias causadas por el polvo de cedro. Durante la recesión de 1914 y 1915, los salarios habían bajado. Cuando el precio de la madera volvió a subir, los trabajadores reclamaron recuperar la escala salarial de 1914.

La mayoría de las empresas de Washington aceptó la demanda, pero las fábricas de Everett se negaron incluso a negociar. El 1 de mayo de 1916 comenzó la huelga de los shingle weavers, organizados en un sindicato vinculado a la American Federation of Labor. La IWW, rival del sindicalismo de oficio por su defensa de una gran organización abierta a trabajadores cualificados y no cualificados, se sumó en apoyo del conflicto.

La calle como herramienta sindical

Para los wobblies, hablar en la calle no era un gesto abstracto. Sus tribunas servían para denunciar salarios, accidentes y abusos de las agencias de empleo, y para organizar a jornaleros itinerantes que difícilmente podían ser alcanzados dentro de una fábrica. Por eso las llamadas luchas por la libertad de palabra formaban parte de su acción sindical.

Los poderes económicos de Everett lo entendieron con la misma claridad. El Commercial Club, que reunía a empresarios y notables locales, buscó la colaboración del sheriff del condado de Snohomish, Donald McRae. Este nombró ayudantes entre sus miembros, mientras la ciudad endurecía las restricciones a los discursos públicos. Durante el verano y el otoño, oradores de la IWW fueron detenidos, golpeados o expulsados.

La emboscada de Beverly Park

Al anochecer del 30 de octubre, el grupo llegado desde Seattle desembarcó con la intención de mantener un mitin en Hewitt y Wetmore. Más de doscientos ayudantes armados de McRae les ordenaron que hablaran lejos del centro. Los sindicalistas se negaron y algunos fueron golpeados en el propio muelle. Después los cargaron en automóviles y camiones y los llevaron a Beverly Park, una zona aislada al sureste de la ciudad.

Bajo la lluvia y en la oscuridad, los hombres del sheriff formaron dos filas hasta las vías del ferrocarril. Obligaron a unos cuarenta wobblies a pasar entre ellos mientras recibían golpes de porras, culatas, mangueras lastradas y mangos de hacha. Los heridos quedaron abandonados, con la advertencia de que no regresaran. Al día siguiente, una comisión de vecinos y dirigentes sindicales inspeccionó el lugar y denunció la brutalidad.

Seis días hasta la masacre

La paliza no cerró el conflicto: hizo inevitable una respuesta colectiva. La IWW convocó a sus militantes y el 5 de noviembre unos trescientos hombres zarparon de Seattle en los vapores Verona y Calista para celebrar el mitin prohibido. En el muelle de Everett volvieron a encontrarse con dos centenares de ayudantes del sheriff. Cuando McRae preguntó quién era el jefe, desde el barco contestaron: «Todos somos jefes».

Un disparo cuyo origen nunca quedó establecido dio paso a varios minutos de fuego. Murieron al menos cinco miembros de la IWW y dos ayudantes del sheriff; decenas de personas resultaron heridas. Los barcos regresaron a Seattle y 74 wobblies fueron enviados a Everett para afrontar acusaciones de asesinato. El único juzgado, Thomas Tracy, fue absuelto; después quedaron en libertad los demás presos.

Una frontera de clase

La noche del 30 de octubre permite ver el mecanismo completo de la represión: empresarios organizados, autoridades locales, ciudadanos armados con poderes policiales y una norma diseñada para apartar la protesta obrera del espacio público. La huelga salarial terminó eclipsada por la matanza y el proceso judicial, pero estaba en el origen de todo.

En Everett, defender una esquina para hablar significaba defender la posibilidad misma de que trabajadores dispersos se reconocieran como clase y actuaran juntos. La violencia de Beverly Park quiso cortar esa comunicación. En cambio, convirtió una lucha local por el salario y la palabra en uno de los episodios más recordados de la historia obrera del noroeste estadounidense.