Eladio Villanueva Saravia (Valladolid, 6 de febrero de 1960 – Madrid, 15 de noviembre de 2009) fue ferroviario, militante libertario y una de las personas que contribuyeron a levantar la CGT tras las rupturas del anarcosindicalismo durante la Transición. Ocupó la secretaría general confederal entre 2001 y 2008, pero reducir su vida a ese cargo sería quedarse con el membrete y perder de vista al hombre: el trabajador que conocía los turnos y las vías, el lector incansable, el organizador de sindicatos, el compañero de radios libres, ateneos y movimientos sociales.
Murió a los 49 años, después de regresar a Madrid desde Zaragoza, donde había asistido a un congreso del sector ferroviario de la CGT. La noticia sacudió a quienes habían compartido con él décadas de reuniones, viajes, conflictos y afectos. Aquella despedida puso también de relieve una trayectoria que atravesó buena parte de la historia reciente del movimiento libertario.

La militancia empezó mucho antes de los cargos
Nació en Valladolid en 1960, cuando la dictadura franquista todavía parecía una realidad inamovible. Fue un adolescente inclinado a la lectura y al debate: las ideas anarquistas, los clásicos literarios y la cultura política le interesaron antes de dar sus primeros pasos en las organizaciones. Con la apertura de espacios de actividad pública durante los últimos años del franquismo y la Transición, participó en los grupos juveniles que impulsaron las Juventudes Libertarias de Valladolid y de Castilla y León.
En 1976, con dieciséis años, se afilió a la CNT. El sindicato histórico volvía a organizarse después de la clandestinidad, los asesinatos, la cárcel y el exilio. No era una restauración sencilla: había generaciones separadas por la represión, realidades laborales muy diferentes a las de los años treinta y debates intensos sobre cómo intervenir en las empresas, los barrios y la vida pública.
Entre 1977 y 1978 frecuentó el Ateneo Libertario de Delicias, en Madrid. En los años siguientes colaboró con El Biberón Libertario. Aquellas experiencias explican algo fundamental: para Villanueva la militancia no terminaba al salir del centro de trabajo. También se alimentaba de la conversación, la prensa alternativa, la música, la lectura y los espacios abiertos donde la gente aprendía a organizarse por sí misma.
La ruptura del anarcosindicalismo y la decisión de continuar
El V Congreso de la CNT, celebrado en diciembre de 1979, marcó una fractura que atravesó al movimiento libertario. Una de las controversias centrales se refería a las elecciones sindicales y a las formas de representación en las empresas. Villanueva se situó entre quienes defendían intervenir en esos espacios sin abandonar la autonomía sindical y los principios libertarios. Fue elegido en 1980 secretario general de la Federación Local de Barcelona de la CNT-Congreso de Valencia.
Participó después en el proceso de reorganización que llevó a la unificación de sectores sindicales y, tras la disputa por las siglas históricas, a la consolidación de la CGT. No fue un recorrido lineal ni estuvo libre de conflictos: hubo diferencias políticas, heridas personales y preguntas difíciles sobre el sentido de la acción sindical. En ese paisaje, Eladio apostó por construir una organización capaz de sostener luchas reales, sin renunciar a sus aspiraciones de transformación social.
Los raíles como escuela de organización
En 1985 empezó a trabajar en Renfe. Ejerció oficios ferroviarios como enganchador y mozo de agujas, labores que le permitieron conocer desde dentro los ritmos, la responsabilidad y las condiciones del trabajo sobre las vías. El ferrocarril fue mucho más que su medio de vida: se convirtió en el terreno donde puso a prueba su manera de entender el sindicalismo.
El Sector Federal Ferroviario de la CGT comenzó a articularse a mediados de los años ochenta. En sus primeros tiempos, la tarea exigía algo muy poco vistoso: recorrer provincias, visitar dependencias, escuchar a compañeros que trabajaban dispersos, formar candidaturas y conectar conflictos que parecían aislados. Los recuerdos de su entorno señalan que contribuyó a impulsar dieciséis candidaturas en dieciséis provincias en un periodo de apenas un año. Había que viajar mucho y convencer sin grandes medios.
En Cantabria desempeñó responsabilidades de organización desde 1987 y fue secretario general territorial en 1989. En 1991 pasó a encabezar el sindicato federal ferroviario y en 1994 asumió la secretaría general de la Federación de Transportes. Desde esa trayectoria llegó a la secretaría confederal de Acción Sindical en 1997. La experiencia le había enseñado que una confederación no se sostiene con discursos grandilocuentes, sino con militantes formados, presencia en los centros de trabajo y capacidad para acompañar a quienes se enfrentan a una empresa.
De los conflictos laborales a la dirección de la CGT
En 2001 fue elegido secretario general de la Confederación General del Trabajo, responsabilidad para la que fue reelegido en el congreso celebrado en Valencia en 2005. La mantuvo hasta 2008. La CGT afrontaba entonces el reto de extender su presencia sin convertirse en una estructura alejada de la afiliación. Para Villanueva, crecer debía significar algo más que sumar siglas, locales o delegados: había que disponer de herramientas útiles para las personas trabajadoras.
Durante aquella etapa impulsó una visión organizativa en la que la formación sindical, la asesoría jurídica, la coordinación entre sectores y la comunicación debían reforzarse mutuamente. Defendía la necesidad de revisar el trabajo realizado, aprender de los errores y evitar que los medios obtenidos por el sindicato se transformaran en privilegios personales. La autonomía frente a partidos, empresas e instituciones constituía un principio importante de su concepción del anarcosindicalismo.
Una de sus ideas más repetidas fue que lo social y lo sindical no son mundos separados. Un despido, la precariedad, la vivienda, la represión, el deterioro ambiental o la privatización de un servicio público podían formar parte de un mismo conflicto de fondo. La defensa de las condiciones laborales, a su juicio, perdía fuerza cuando olvidaba las circunstancias de la vida fuera de la fábrica, el taller o la estación.
Ateneos, okupaciones y radios libres
A lo largo de su vida participó en colectivos de apoyo a personas presas, iniciativas ecologistas y anti-OTAN, campañas antirrepresivas y espacios de cultura alternativa. En los primeros años ochenta mantuvo relación con el Ateneo Libertario de Gràcia, colaboró con el fanzine El Garbanzo Negro y estuvo vinculado a experiencias de okupación en Valladolid. También participó en la radio libre Caribú y en encuentros estatales de radios libres celebrados durante la década.
Esta parte de su biografía resulta especialmente significativa. Las radios libres y los fanzines permitían contar aquello que apenas encontraba espacio en los grandes medios. Los ateneos eran aulas sin jerarquías, puntos de encuentro y lugares de discusión. Y los movimientos sociales aportaban al sindicalismo preguntas que no siempre aparecían en los convenios colectivos. Villanueva transitó por todos esos ambientes y procuró tender puentes entre ellos.
Una mirada que cruzó fronteras
Su actividad no se limitó al Estado español. Contribuyó a fortalecer los contactos internacionales de la CGT y a establecer relaciones con experiencias libertarias y de organización popular de otros países. En 2007 y 2008 visitó Chile, donde mantuvo encuentros con organizaciones estudiantiles, sociales y sindicales. También se relacionó con militantes de Brasil y mostró interés por las experiencias de autonomía y autogestión de América Latina.
Los mensajes de despedida publicados desde Chile y Brasil tras su muerte recordaron no solo su compromiso, sino su disposición a escuchar, debatir y reconocer las diferencias entre organizaciones. Son testimonios que ayudan a entender una idea básica de su internacionalismo: la solidaridad no se proclama desde lejos; necesita vínculos entre personas y luchas concretas.
El lector, el poeta y el compañero
Eladio colaboró en publicaciones como Libre Pensamiento y Rojo y Negro. También escribió poesía. En los homenajes celebrados diez años después de su muerte se recordó un poema suyo dedicado a noviembre, el mes en que finalmente falleció. Esa coincidencia adquirió para muchos compañeros una resonancia íntima, lejos de los balances de congresos y secretarías.
Quienes lo trataron dejaron testimonios de sus enormes abrazos, su sentido del humor, las discusiones apasionadas y una capacidad singular para implicar a otras personas en proyectos colectivos. Recordarlo únicamente como un dirigente eficaz sería dibujar un retrato incompleto: tras las reuniones interminables había amistades, lecturas, desacuerdos, afectos y una personalidad capaz de dejar huella.
El último viaje y una memoria que sigue andando
El 15 de noviembre de 2009 falleció inesperadamente mientras dormía en su domicilio de Madrid, después de regresar del congreso ferroviario celebrado en Zaragoza. Había dejado la secretaría general confederal el año anterior y continuaba implicado en la formación y la vida de la organización. Fue despedido el 17 de noviembre en el cementerio de La Almudena. Su compañera, Lide Isabel Verdugo, y una extensa red de familiares, amistades y militantes recibieron entonces las muestras de afecto de quienes lo habían conocido.
Hubo homenajes en distintos territorios, entre ellos Málaga, donde se dio su nombre a un salón de actos sindical. Pero los homenajes más duraderos no siempre tienen placa: son las iniciativas que continúan, los sindicatos que se fortalecen y los compañeros que aprenden a organizarse sin esperar salvadores.
Eladio Villanueva no resolvió todas las contradicciones del sindicalismo libertario, ni tendría sentido convertirlo ahora en una figura sin defectos. Su vida estuvo atravesada por debates que siguen abiertos: cómo crecer sin burocratizarse, cómo utilizar herramientas de representación sin confundirlas con el fin, cómo sostener la autonomía y cómo conectar el trabajo asalariado con las demás luchas sociales. Es precisamente ahí donde su trayectoria conserva interés.
El eco de sus pasos no está en los cargos que ocupó, sino en la pregunta que dejó a quienes vienen después: ¿qué estamos dispuestos a construir juntos? Para un ferroviario que nunca separó los raíles de las ideas, esa pregunta continúa en marcha.

Ferroviaria y sindicalista.





