En marzo de 1921, los marineros de Kronstadt, una de las fuerzas más celebradas de la Revolución rusa, se levantaron contra el Gobierno bolchevique. Pedían elecciones libres a los sóviets, libertad para las corrientes obreras revolucionarias y el fin de la persecución de los disidentes. Lenin y Trotski respondieron con una ofensiva militar. La fortaleza resistió dieciséis días.
La noche del 16 al 17 de marzo, las columnas del Ejército Rojo cruzaron el golfo de Finlandia sobre el hielo. Tenían delante las fortificaciones de la isla de Kotlin, a unos treinta kilómetros de Petrogrado. Los hombres avanzaban bajo el fuego de ametralladoras y artillería, en una extensión blanca sin apenas resguardo. Al otro lado no estaban los soldados del zar ni los ejércitos blancos: aguardaban marineros que habían participado en las revoluciones de 1905 y 1917.
Los marineros que ayudaron a derribar el viejo régimen
Kronstadt era la principal base de la Flota del Báltico. Sus tripulaciones habían protagonizado motines contra la autocracia zarista y contribuido a los acontecimientos revolucionarios de febrero y octubre de 1917. Organizados en asambleas, discutían los acontecimientos políticos y desconfiaban de la vieja disciplina militar. El triunfo bolchevique había contado con su respaldo.
Durante la guerra civil, muchos veteranos salieron hacia el frente y fueron reemplazados por nuevos reclutas. Más tarde, el Gobierno utilizaría ese cambio para sostener que los insurrectos de 1921 ya no eran los marineros revolucionarios de 1917. Los estudios históricos muestran una realidad menos sencilla: hubo cambios en las plantillas, pero también continuidad de personas y de tradiciones de organización.
En la base habían circulado desde antes de 1917 ideas socialistas revolucionarias, anarquistas y sindicalistas. La experiencia cotidiana a bordo ayudó a formar una cultura hostil al mando arbitrario: los tripulantes elegían delegados, exigían discutir órdenes y aprendieron a resolver en común asuntos que antes correspondían a los oficiales. Entre las corrientes libertarias que actuaron en Kronstadt destacó el anarcosindicalista Efim Yarchuk, asociado al ambiente político de la base durante 1917. Eso no convierte en anarquistas a todos los marineros, pero explica por qué el rechazo a la autoridad impuesta sobrevivió a la victoria bolchevique.
Un país con hambre
En 1921, tras la Primera Guerra Mundial, la revolución y la guerra civil, Rusia estaba exhausta. Las industrias funcionaban a una fracción de su capacidad; los ferrocarriles se encontraban deteriorados y el abastecimiento de las ciudades era precario. El comunismo de guerra había impuesto requisas de alimentos y una organización económica fuertemente centralizada.
En el campo, el rechazo a las requisas alimentaba revueltas. En Petrogrado, las raciones insuficientes, el frío y la escasez de combustible desembocaron a finales de febrero en huelgas obreras. La protesta incluía demandas materiales y libertades políticas. El Gobierno combinó concesiones con detenciones y medidas de seguridad. Las noticias llegaron a los barcos de Kronstadt.
La ruptura entre bolcheviques y libertarios había empezado mucho antes. En abril de 1918, la Cheka actuó contra centros anarquistas de Moscú; después llegaron clausuras de publicaciones, detenciones y restricciones a grupos que habían combatido al zarismo y a los ejércitos blancos. Mientras se estrechaba el espacio para esos movimientos, las organizaciones obreras perdían capacidad de negociación autónoma. Para militantes anarquistas, el problema no era únicamente la carestía: también se estaba sustituyendo la iniciativa de trabajadores y campesinos por las decisiones de una administración y de un partido.
Quince reivindicaciones
Las tripulaciones de los acorazados Petropavlovsk y Sevastopol enviaron representantes para conocer la situación en Petrogrado. El 28 de febrero aprobaron una resolución de quince puntos: nuevas elecciones a los sóviets mediante voto secreto, libertad de palabra y prensa para obreros, campesinos, anarquistas y socialistas de izquierda, libertad de reunión de sindicatos y organizaciones campesinas, liberación de presos políticos socialistas y de detenidos por conflictos obreros.
El texto reclamaba además igualdad de raciones —con excepciones para labores peligrosas—, eliminación de determinadas restricciones y permiso para que los campesinos trabajaran sus tierras sin emplear mano de obra asalariada. No pedía restaurar la monarquía ni devolver las fincas a los terratenientes. Su núcleo político era otro: los consejos de trabajadores debían dejar de estar sometidos al monopolio de un partido.

El séptimo punto merece atención particular: pedía suprimir los departamentos políticos que reservaban ventajas de propaganda al partido gobernante y sustituirlos por comisiones culturales y educativas elegidas localmente. El décimo proponía terminar con los destacamentos comunistas establecidos en unidades militares y fábricas, y que cualquier servicio de vigilancia necesario fuera elegido por soldados o trabajadores. Son demandas concretas de control desde abajo, próximas a tradiciones libertarias de autonomía y federalismo, no una simple queja contra determinadas autoridades.
La asamblea de la plaza del Ancla
El 1 de marzo, una gran multitud se reunió en la plaza Yakornaya de Kronstadt. Alexander Berkman habló después de unas 16.000 personas, cifra aproximada y discutida por otras fuentes. Participaron el dirigente soviético Mijaíl Kalinin y el comisario de la Flota del Báltico Nikolái Kuzmín. Ambos defendieron la posición gubernamental, pero la resolución recibió el respaldo de la asamblea.
El 2 de marzo se constituyó un Comité Revolucionario Provisional presidido por el marinero Stepán Petrichenko. Los delegados temían detenciones y decidieron organizar la defensa de la fortaleza. Comenzaron a editar su propio periódico, Izvestia, desde el que difundían comunicados y la reivindicación de unos sóviets libres.
La ciudad contaba con una población civil ligada al puerto, arsenales y talleres, además de la guarnición. La revuelta no fue solo una decisión tomada desde los acorazados: participaron representantes de unidades, servicios y trabajadores del enclave. Los delegados reunidos el día 2 plantearon inicialmente renovar el sóviet local, pero los rumores de una intervención armada precipitaron la formación del comité provisional. La cuestión de la representación —quién elegía, quién decidía y quién podía revocar— recorría toda la crisis.
Una revolución contra sus dirigentes
El Gobierno presentó la rebelión como una conspiración vinculada a oficiales zaristas y emigrados contrarrevolucionarios. El antiguo general Aleksandr Kozlovski, presente en la fortaleza, prestó asesoramiento militar. También existieron intentos de fuerzas antibolcheviques de aprovechar el levantamiento. Pero que buscaran beneficiarse de él no demuestra que lo hubieran dirigido. El historiador Paul Avrich estudió esas relaciones y distinguió las reivindicaciones de los insurgentes de las maniobras de sus enemigos políticos.
Para Lenin, permitir una plaza militar insurrecta a las puertas de Petrogrado, cuando la guerra civil apenas había terminado, ponía en peligro al nuevo Estado. Para los marineros, impedir que los trabajadores eligieran a sus representantes vaciaba de sentido las promesas revolucionarias. No era una diferencia menor ni un simple problema de disciplina.
El anarquismo ruso tampoco era un bloque único. Unos militantes apoyaron al Gobierno durante la guerra civil por considerar prioritaria la derrota de los blancos; otros denunciaron desde 1918 el cierre de espacios de organización independiente. Hubo además quienes participaron en experiencias revolucionarias alejadas de Moscú, como el movimiento insurgente de Ucrania vinculado a Néstor Majnó. Kronstadt puso ante todos ellos un conflicto decisivo: defender la revolución social no obligaba necesariamente a aceptar el monopolio político del partido bolchevique.
Goldman y Berkman proponen negociar
Emma Goldman y Alexander Berkman, anarquistas llegados a Rusia con grandes esperanzas en 1919 y 1920 respectivamente, contemplaron con alarma el enfrentamiento. El 5 de marzo, junto con otros compañeros, propusieron a Grigori Zinóviev formar una comisión de mediación que incluyera anarquistas. La propuesta no prosperó. Trotski exigió la rendición.
Goldman y Berkman describieron posteriormente el episodio como una ruptura decisiva con el Gobierno bolchevique. Sus memorias son testimonios indispensables de la época, aunque han de leerse como relatos de observadores políticamente implicados.
Goldman y Berkman no dirigieron la rebelión, ni existe fundamento para atribuirles su preparación. Ambos habían sido deportados de Estados Unidos a finales de 1919, después de años de militancia sindical y anarquista. En Rusia entraron en contacto con trabajadores, presos políticos y antiguos compañeros perseguidos. Su carta del 5 de marzo, firmada también por Perkus y Petrovski, reconocía expresamente el peligro de que la contrarrevolución explotara el conflicto, pero rechazaba que esa amenaza justificara disparar contra obreros y marineros. Propusieron cinco mediadores, dos de ellos anarquistas, para viajar a la fortaleza. El documento conserva interés porque demuestra que existió una propuesta concreta de negociación antes del asalto.
El ataque sobre el hielo
El 7 de marzo comenzó el bombardeo. El mando del Ejército Rojo necesitaba actuar antes de que el deshielo impidiera llegar a Kotlin a pie. La primera ofensiva importante, en la noche del 7 al 8, fracasó con numerosas bajas. Las tropas tuvieron que cruzar terreno abierto bajo el fuego de los defensores; hubo episodios de desobediencia entre algunos soldados.
Mijaíl Tujachevski preparó entonces un asalto mayor. Dentro de la fortaleza comenzaban a escasear los alimentos y las municiones. Sin una extensión de la rebelión a Petrogrado, resistir indefinidamente resultaba improbable.
Desde Kronstadt se intentó ganar tiempo y obtener noticias fiables de Petrogrado. El periódico del comité publicó resoluciones, llamamientos a soldados y denuncias del aislamiento informativo. La artillería de los fuertes podía castigar el avance enemigo, pero la superioridad material estaba del lado gubernamental. Los defensores carecían de reservas para sostener una campaña prolongada y no lograron desencadenar la insurrección obrera general que habría alterado la relación de fuerzas.
El congreso y la nueva política económica
Mientras se combatía, el X Congreso del Partido Comunista ruso se reunió en Moscú del 8 al 16 de marzo. Lenin promovió la Nueva Política Económica, la NEP, que sustituyó las requisas agrícolas por un impuesto en especie y permitió recuperar cierto comercio privado. Algunas concesiones respondían al mismo malestar económico que había estallado en Kronstadt; no incluían, sin embargo, la libertad de organización política que exigían los marineros. El congreso aprobó también la prohibición de facciones dentro del partido.
El contraste entre la NEP y la negativa a reabrir la vida política fue señalado por anarquistas contemporáneos. Las autoridades reconocían la necesidad de modificar las requisas que habían enfrentado al poder soviético con el campesinado, pero no aceptaban que los trabajadores se organizaran libremente contra sus decisiones. Esa diferencia ayuda a entender por qué las reclamaciones de Kronstadt iban más allá de la alimentación o del comercio: cuestionaban quién mandaba y ante quién debía responder.
La caída de Kronstadt
La noche del 16 al 17 de marzo comenzó el asalto final. Decenas de miles de soldados soviéticos fueron movilizados. Hubo combates en los fuertes exteriores y en el interior de la ciudad. El 18 de marzo, cincuenta años después de la proclamación de la Comuna de París, Kronstadt estaba bajo control gubernamental.
Petrichenko y varios miles de sublevados escaparon a Finlandia cruzando el hielo. Otros fueron detenidos; hubo ejecuciones y condenas a prisión y trabajos forzados. Las cifras exactas de muertos, heridos y represaliados siguen siendo objeto de discusión porque los registros y las estimaciones de diferentes autores no coinciden.
La derrota no acabó en la ocupación de los edificios militares. La Cheka investigó a soldados, marineros y civiles, y los procesos represivos alcanzaron también a familiares y personas sospechosas de colaboración. Los testimonios y estudios aportan cifras diferentes sobre fusilamientos y condenas, por lo que conviene no convertir una estimación en un registro cerrado. Miles de personas cruzaron la frontera finlandesa; el exilio fue a menudo precario, con internamientos y problemas para subsistir.
Después de la derrota
Petrichenko permaneció durante años en Finlandia y su biografía posterior fue compleja, incluidos contactos con las autoridades soviéticas. En 1945 fue entregado a la URSS y murió bajo custodia en 1947. Goldman y Berkman abandonaron Rusia y escribieron sobre las contradicciones que habían presenciado.
En la memoria oficial soviética, Kronstadt fue presentada como una rebelión contrarrevolucionaria. En el movimiento libertario quedó como símbolo de una revolución que terminó reprimiendo a parte de quienes habían contribuido a hacerla posible. La investigación histórica posterior ha permitido discutir ambos relatos a partir de documentos de la época.
Kronstadt no fue un movimiento exclusivamente anarquista: agrupó a marineros, soldados, obreros y corrientes políticas diferentes. Compartían una reclamación difícil de conciliar con el Estado que se había consolidado tras octubre: que los consejos fueran elegidos y pudieran actuar sin someterse a un partido único.
Los marineros perdieron la fortaleza. Petrogrado no se alzó para defenderlos, y la primavera borró las huellas de los combates sobre el hielo. Permaneció la pregunta que habían planteado: qué ocurre con una revolución hecha en nombre de los trabajadores cuando estos dejan de poder discutir las decisiones del poder.
La discusión atravesó al anarquismo internacional. Berkman reconstruyó el levantamiento en su libro de 1922; Goldman expuso su desengaño en 1923. Más adelante, autores libertarios como Ida Mett dedicaron investigaciones a distinguir las reivindicaciones obreras de las acusaciones de conspiración zarista. Sus conclusiones no son idénticas en todos los detalles, pero rescataron documentos y nombres que la versión estatal había relegado.
Fuentes: Paul Avrich, Kronstadt, 1921 (1970) y The Anarchists in the Russian Revolution (1973); Ida Mett, La comuna de Kronstadt; Alexander Berkman, The Kronstadt Rebellion (1922) y The Bolshevik Myth (1925); Emma Goldman, My Disillusionment in Russia (1923); Izvestia del Comité Revolucionario Provisional de Kronstadt (marzo de 1921); resoluciones de las tripulaciones del Petropavlovsk y del Sevastopol; documentación del X Congreso del Partido Comunista ruso.






