Por qué los explotados justifican su propia explotación

David D’Amato analiza la teoría de la justificación del sistema y cómo las personas pueden llegar a defender las estructuras que perpetúan su propia explotación.
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Queremos creer desesperadamente que el mundo es justo, y somos capaces de esconder la cabeza bajo tierra para conservar esa imagen.

David D’Amato · Freedom Press.

Tanto el Wall Street Journal como el New York Times han publicado recientemente artículos que apuntan a la existencia de un grupo cada vez mayor de estadounidenses que «han perdido la confianza en ambos partidos» o que «odian a los dos partidos».

Si los estadounidenses tienen una opinión tan negativa de los dos grandes partidos, si ninguno de ellos nos representa ni refleja nuestras ideas, ¿por qué no cambia el sistema? ¿Por qué estadounidenses de todos los grupos demográficos y de todas las supuestas tendencias políticas defienden el statu quo político que dicen detestar?

Las ideas de la teoría de la justificación del sistema (System Justification Theory, SJT) tratan de afrontar la paradoja de que los explotados justifiquen su propia explotación. Nos ayudan a comprender cómo se manipulan activamente nuestros profundos deseos de estabilidad y sentido para mantenernos dóciles. Esta teoría ofrece un modelo del mecanismo psicológico que explica por qué los intereses materiales objetivos tantas veces no consiguen generar conciencia de clase ni impulsar cambios políticos.

Formulada por John T. Jost y Mahzarin R. Banaji, la teoría de la justificación del sistema sostiene que las personas tienen una necesidad psicológica fundamental de considerar que la sociedad en la que viven es esencialmente legítima y justa. Estas creencias les ayudan a gestionar la incertidumbre existencial y a asimilar las alteraciones sociales, proporcionándoles una sensación de estabilidad. La principal predicción de esta teoría es que las personas racionalizarán y defenderán el sistema político y económico dominante, incluso cuando hacerlo vaya en contra de sus propios intereses.

Las investigaciones muestran un inquietante patrón de favoritismo hacia los grupos externos, por el cual los miembros de un grupo de menor estatus elogian al grupo de mayor estatus y reconocen su supuesta superioridad. La teoría predice que, cuando las personas perciben un sistema social como estable o imposible de eludir, tienden a justificar las desigualdades considerándolas merecidas, necesarias o esencialmente justas.

Los estudios han demostrado «que las variables que favorecen la justificación del sistema aumentan la ambivalencia hacia el propio grupo entre los miembros de grupos de bajo estatus y reducen esa ambivalencia entre los miembros de grupos de alto estatus».

De este modo, la precariedad social y económica contribuye, en cierto sentido, a perpetuarse. Los resultados experimentales muestran que, en igualdad de condiciones, la activación temporal de necesidades o factores existenciales —como la presencia o la percepción de una amenaza, la incertidumbre o la conciencia de la propia mortalidad— aumenta el atractivo de las posiciones que justifican el sistema y de las ideas de derechas.

Cuando los miembros de grupos de bajo estatus manifiestan su aprobación del sistema, así como de su justicia y legitimidad, se produce una especie de daño psicológico. Si tomamos en serio estas conclusiones, podemos entender la lucha contra la legitimidad del sistema como una intervención en la subjetividad.

Esto significa que la organización y el activismo también deben abordar la necesidad de sanar y reconstruir la identidad. Nuestras intervenciones deben reconocer que nuestro sistema político y económico es disparatado y puede llevarnos a perder la cordura, como señaló Jost en una entrevista.

La teoría de la justificación del sistema demuestra que deseamos desesperadamente creer que el mundo es justo y que estamos dispuestos a esconder la cabeza bajo tierra para preservar esa imagen.

Un estudio publicado a principios de este año llegó incluso a aplicar esta teoría para explicar el entusiasmo de los empleados ante un sistema de inteligencia artificial utilizado para supervisar su rendimiento y productividad.

En relación con ello, otra investigación reciente también recurre a esta teoría «para sostener que los sistemas de inteligencia artificial pueden funcionar como una “coartada moral”, permitiendo a sus usuarios perpetuar la desigualdad mientras mantienen la creencia en su propia objetividad».

La necesidad de aferrarse a ideas y creencias falsas que justifican el sistema ayuda a explicar por qué resulta tan difícil transformar la sociedad: las creencias que justifican el sistema son, al mismo tiempo, las que mantienen psicológicamente a las personas que lo integran.

Quienes se oponen al autoritarismo deberían centrar su estrategia en abordar esa aparente necesidad psicológica de justificar el sistema, creando y ofreciendo nuevas formas de satisfacer las necesidades de conocimiento, seguridad existencial y relaciones humanas de las personas.

David D’Amato
Publicado originalmente en Freedom Press.
Traducción al castellano para Sindicalismo.org.