La nueva Inquisición

Antonio Galeote analiza la transformación de la izquierda institucional, la corrección política y el abandono de la lucha de clases. Extraído de Solidaridad Obrera, n.º 392.
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Antonio Galeote

Extraído de Solidaridad Obrera, periódico, n.º 392, página 10 (edición cerrada el 31 de octubre de 2026). Reproducción del artículo original.

Cuando la socialdemocracia abandonó la oposición de izquierda al sistema capitalista, y decidió convertirse en un apoyo más al capital, un giro consagrado en 1959 en el congreso de Bad Godesberg del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), la izquierda oficial desapareció. Los socialistas, que durante el siglo XIX y parte del siglo XX habían llevado el peso de la oposición al capitalismo, ya no se diferenciaban de los conservadores. Quedaban los comunistas, pero estos sólo eran los representantes de un capitalismo autoritario de estado, que sustituía a los propietarios jurídicos privados de los medios de producción por los dirigentes del partido único. De hecho, esta nueva élite era el conjunto de los nuevos propietarios.

Pero el sistema necesitaba mantener el engaño de la pluralidad para sostener la farsa de la democracia parlamentaria. Porque si resultaba que todos eran iguales, si todos defendían lo mismo, la patraña del sistema democrático se derrumbaba. La pantomima de la existencia de diversas opciones ideológicas que se turnaban en el gobierno según el voto de los ciudadanos se venía abajo. Por tanto, toda la legitimidad de la democracia, esa ficción que da cobertura política en occidente al capitalismo, quedaba invalidada.

Había que hacer algo. Había que seguir engañando al ciudadano convenciéndole de que su voto era decisivo, importante, fundamental. Y para eso era imprescindible organizar un nuevo engaño, algo que diferenciase a grupos entre los que ya no había ninguna diferencia: socialistas y conservadores. Para el sistema, es vital que la mayoría de los votantes se convenzan de que sigue habiendo una derecha y una izquierda. Porque si esos votantes ven la realidad y piensan, pueden llegar a la conclusión de que les están engañando, de que no hay varias opciones políticas y de que todas defienden al sistema capitalista y a sus beneficiarios. Para evitar que los ciudadanos sean conscientes de la realidad, el sistema necesita encontrar un grupo social dispuesto a coger una nueva bandera ideológica para situarse en la vanguardia de una izquierda imaginaria.

Se trata de construir una nueva farsa. Y se hace a partir de amplios sectores de las pequeñas burguesías de los países occidentales, sectores huérfanos ideológicamente tras la desaparición de la izquierda. Esos grupos sociales, que salen de la clase media, rechazaban ser identificados con la derecha, es decir, con el sistema, con el capital. Lo rechazaban por motivaciones simplemente estéticas, de estilo, de forma de vivir. Ser de derechas no es guay. El progre tiene que tener una vocación altruista. El seudointelectual tiene que estar dispuesto a luchar para liberar a los demás de la injusticia, de alguna injusticia, de la que sea. Y además, ser político es una buena salida profesional para los progresistas. Después de todo, se trata de gestionar dinero público; Zapatero es un ejemplo. En cualquier caso, el objetivo es diferenciarse de la derechona. O, como dice Pedro Sánchez, de la fachosfera. Y no es fácil, porque los socialistas ya no defienden la lucha de clases. Ni la revolución. Ni el socialismo. Hay que inventarse algo.

Superioridad moral

El nuevo invento debe defender al capital y al sistema. Y, al mismo tiempo, debe despojar al ciudadano de la capacidad de pensar, dándole un argumentario completo, ya hecho, para poder contestar a todos los problemas. Debe ser algo cuya defensa, cuyo activismo, tenga pocos costes, sea fácil y dé un barniz de pedigrí progresista a sus defensores, que sirva como superioridad moral. También –estamos en el capitalismo–, debe posibilitar la creación de lobbies y negocios que puedan producir beneficios económicos a esta nueva izquierda, que es pija, pedante, esnob y aparentemente sofisticada.

Abunda el parásito que se esconde bajo el disfraz del supuesto ejercicio de profesiones tan dignas como profesores, escritores, periodistas, artistas y similares, profesiones que en realidad no ejercen, porque ni saben, ni quieren, ni pueden hacerlo. Ésta es la vanguardia de la nueva izquierda. ¿Y cuál es el nuevo credo? ¿Cuáles son los nuevos mandamientos? ¿Cuál es la nueva biblia? La corrección política. Es un proceso largo, que ahora empieza a dar sus frutos al sistema. Obviamente, la renuncia a cambiar el capitalismo –proclamada oficialmente en 1959 en Bad Godesberg–, implica la exclusión radical de una redistribución de la renta.

Es decir, hay que eliminar, de entrada, la idea de que hay que darle a los que menos tienen una parte de lo que poseen los que más tienen. Nada de eso. Sólo defienden algo así quienes no han sentido nunca el elegante y dulce aroma de la izquierda, quienes no tienen capacidad para entender la finezza progresista. La corrección política busca víctimas, para asumir su defensa. Alrededor de la defensa de las víctimas, se crea, además, toda una corriente teórica que fundamenta su concepto global. Plantea reivindicaciones asumibles por amplias mayorías. Por ejemplo, la defensa de los derechos de la mujer, o de los que no son de raza blanca. O de los inmigrantes. T

ambién, todo lo relacionado con la sexualidad no oficial, de derechas. En la misma línea, podemos incluir algo que nadie rechazará: la defensa de la tierra, es decir, el ecologismo. Podríamos seguir, podemos hablar de la libertad de expresión, el anticolonialismo… ¿Quién se va a oponer a estas cosas? Se forma así un cuerpo teórico, una cierta ideología que sustituya a la lucha de clases. Y, obviando la lucha de clases, se defiende el feminismo, la ecología, la homosexualidad, etc. Son asuntos que no tocan el dinero, que no hablan de redistribución de la renta. Ni una palabra sobre quitarle recursos a los más ricos para dárselos a los más pobres.

Por tanto, incluso la derecha puede asumir estos planteamientos, salvo algunos grupos claramente de ultraderecha, a los que hay que combatir. De este combate contra la ultraderecha se hace una bandera prioritaria, para resaltar así la defensa de otra farsa: la democracia parlamentaria, es decir, de la base de la cobertura política del capitalismo. Así, la defensa del capital y de la democracia parlamentaria, se convierte, de hecho, en una reivindicación de la izquierda. Y si hay pactos entre la derecha y la ultraderecha, mejor. Porque eso permite presentarlas como un solo bloque. Y ya basta con proclamarse demócrata para ser de izquierda. Este nuevo progresismo sale muy barato.

Una subcultura capitalista

Dado que, de hecho, la corrección política es un conjunto de normas planteadas por el sistema capitalista para perpetuarse, es lógico que contenga, enmascarados y ocultos, los principios fundamentales del capitalismo, que acaban por manifestarse de una u otra manera. El feminismo radical lleva a posturas grotescas y ridículas, difícilmente comprensibles, que son en realidad posiciones procedentes del más reaccionario puritanismo. Y la legítima defensa de la libertad y la diversidad sexuales es, en la práctica, el fundamento ideológico para la creación de lobbies económicos de gran influencia.

Por su parte, el ecologismo ha mutado parcialmente en grandes negocios promovidos por potentes multinacionales (energía solar, eólica, etc.). Asimismo, la libertad de expresión, inicialmente concebida como un instrumento defensivo ante los abusos del poder, se ha acabado convirtiendo, en muchos casos, en un instrumento de ese mismo poder para acabar con la libertad de expresión real de los menos poderosos.

La corrección política lleva a este nuevo progresismo a defender las concepciones nacionalistas, un claro ejemplo de la degeneración de estos mandamientos de la actual izquierda. Es cierto que hubo un nacionalismo válido: la lucha de liberación nacional de diversos pueblos contra el colonialismo imperialista. Pero la actual biblia progre no se refiere a eso cuando defiende a los nacionalismos. En el caso del estado español, es patética la encendida defensa que hacen el PSOE, su representante en Catalunya, el PSC, y la izquierda de la izquierda, del talibanismo nacionalista catalán. Es esperpéntico ver a estos socialistas, a estos progresistas, asumir y reivindicar posiciones de ultraderechistas como las de Junts per Catalunya, unas posiciones basadas en el supremacismo, el racismo y la xenofobia, y que son apoyadas por los sectores más corruptos de la burguesía catalana. Y lo mismo ocurre con Esquerra, también protegida por el nuevo progresismo, defensor de un partido que se fundamenta en una ideología procedente del foralismo ruralista y carlista del campo catalán, un fenómeno cutre, retrógrado y profundamente reaccionario y carca.

Linchamiento de discrepantes

Los nuevos sacerdotes de esta moderna religión progresista se convierten en los capos de la ortodoxia. Una pléyade de seudointelectuales, periodistas, profesores, tertulianos, ejecutivos de comunicación y similares, buscan con empeño cualquier disidencia o disidente de estos mandamientos para excomulgarlos inmediatamente de la iglesia progresista. Los medios que proporcionan las nuevas tecnologías –las huellas en internet– son muy adecuados para este fin. Los que cuestionen las nuevas tesis, los discrepantes, son linchados civilmente en las redes sociales y, reprimidos con medios más convencionales.

Empiezan por llamarte fascista en Instagram o en X, la antigua Twitter, para después dejarte sin empleo y sin ninguna posibilidad de obtenerlo. Ya eres un enemigo de la democracia, un miembro de la fachosfera, un apestado. Estás cancelado. Incluso se cancela a intelectuales o artistas de hace siglos, aplicándoles los criterios actuales de esta nueva Inquisición. Se llega así a extremos grotescos, como la ridícula autohumillación a que debió someterse públicamente una importante artista –Rosalía– para pedir perdón (otro mantra del nuevo progresismo) por haber calificado de «genio» a Pablo Picasso, un blanco de la ira feminista. Es un universo dirigido por mandarines y policías de la ortodoxia cultural, social y política.

La censura y la autocensura son herramientas imprescindibles para mantener el orden. Pongamos un ejemplo. Un grupo de mujeres, encabezadas por Irene Montero e Ione Belarra, que controlaban, con criterios ultrafeministas, los ministerios de Igualdad y de Derechos Sociales entre 2020 y 2023, promovieron la ley orgánica 10/2022, para facilitar la denuncia de los delitos sexuales y agravar las penas. Fue la ley conocida como de sólo sí es sí. Pues bien, diversos graves errores jurídicos de carácter técnico, produjeron un efecto contrario, lo que favoreció la rebaja de las penas a muchos condenados y la salida de la cárcel de cientos de agresores sexuales. La nueva biblia progresista, la corrección política, aplicada con mano férrea por los inquisitoriales clérigos de la ortodoxia social, impidió –no totalmente, es cierto– que se explicasen estos hechos con claridad. Conclusión: se puede decir que hay hombres incompetentes, inútiles y sin preparación.

Pero no se puede decir que un grupo de mujeres, encabezadas por Montero y Belarra, son lo mismo, o sea, incompetentes, inútiles y sin preparación. Quien osó describir los hechos correctamente, fue inmediatamente tachado de antifeminista, misógino, negacionista e incluso terraplanista, entre otras lindezas, por los nuevos inquisidores. Y, naturalmente, fue cancelado. O al menos, lo intentaron. Universidades, centros de opinión y encuestas, medios de comunicación, espacios culturales, festivales de cine, teatro y de otras artes, editoriales, organismos públicos y privados de cualquier tipo…, están infectados de estos clanes de inquisidores policiales, dedicados a la detección y denuncia pública e histérica de los disidentes respecto a la biblia progresista. Especialmente activas son las sectas dedicadas a calificar de antisemitas a quienes denuncien los genocidios del estado de Israel en Palestina o Líbano.

En este asunto, los guardianes de la corrección política contradicen otro de sus principios, la libertad de expresión, demostrando que sus dogmas sagrados pueden ser prostituidos por intereses geopolíticos y económicos: la libertad de expresión no se aplica bajo ningún concepto a nada relacionado con la actuación de los dirigentes sionistas de Israel. Así, está prohibido por la nueva religión de la izquierda preguntarse por qué ningún estado de Oriente Medio puede tener armas nucleares, excepto Israel, que sí las tiene. Y por supuesto, sería suicida preguntarse públicamente cómo es posible que se pueda justificar que tenga armamento nuclear un estado teocrático como Israel, dirigido por fanáticos, racistas, supremacistas y, además corruptos.

La manipulación del lenguaje es fundamental para la corrección política. Por ello, el progresismo mundial habla de Israel como la única democracia de Oriente Medio. Y califica de democracia a EEUU, donde se eligió presidente por segunda vez a Donald Trump, cuyas turbas ultraderechistas de partidarios asaltaron el Congreso cuando perdió otras elecciones. O donde la policía asesina a ciudadanos por las calles por el solo hecho de ser negros. O donde un grupo fascista de terroristas paramilitares, llamado ICE (siglas en inglés del Servicio de Inmigración y Control de Aduana de Estados Unidos), siembra el pánico entre los inmigrantes.

Un error de concepto

La nueva inquisición parte de un error conceptual inicial. Es imposible que la discriminación de la mujer, el racismo, la represión de las diversas realidades sexuales, el freno a la destrucción del medio ambiente y otras cuestiones similares, reciban una solución adecuada si esta solución no es global. Sólo en una sociedad nueva y distinta podrá afrontarse con garantías la eliminación de todas estas lacras sociales.

No son posibles las soluciones parciales, sectoriales, que son simples parches. Además, estas posiciones, utilizadas por el sistema, se convierten en un pensamiento único, en un control de las ideas, en una represión intelectual y social. Sin embargo, al sistema, a veces, el tiro le sale por la culata, al menos parcialmente. Porque un pensamiento único cuyo origen –después adulterado– está en la defensa de minorías, puede producir una reacción contraria de sectores muy amplios de la población, es decir, de quienes no son considerados ni minorías ni víctimas.

Estos amplios sectores se ven desprotegidos. No son mujeres, ni negros, ni homosexuales… ¿Quién los defiende? ¿Quién los representa? La consecuencia es que los grandes cinturones industriales de Occidente, los más golpeados por las crisis cíclicas del capitalismo, están votando por partidos de la ultraderecha. Y el sistema aún no quiere utilizar abiertamente a los ultraderechistas, en el marco de su estrategia del poli malo y el poli bueno del capitalismo. Pero ahí están. Suben en cada elección y en todas las encuestas. Trump obtuvo casi 80 millones de votos en las últimas elecciones presidenciales.