El ego de los cargos II: el maravilloso mundo de los amos del calabozo sindical

Segunda parte de una sátira sobre el ego, las asambleas precocinadas, la burocracia y los pequeños poderes que sobreviven en ciertos sindicatos.
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En la primera entrega hablamos de esos pequeños personajes que habitan determinados sindicatos, especialmente aquellos que presumen de horizontales mientras algunos de sus responsables se comportan como si hubieran heredado la organización de un tío abuelo. Hablamos de egos, cargos, aduladores y otras miserias humanas. Pues bien, queridos compañeros y compañeras, el asunto da para bastante más. Tanto que, si nos descuidamos, terminamos escribiendo una enciclopedia ilustrada de la estupidez sindical. Y lo peor es que todavía nos quedaríamos cortos.

Porque el sindicalismo tiene cosas extraordinarias. La solidaridad, el apoyo mutuo, la dignidad de quienes se organizan para plantar cara al patrón. Pero también tiene sus criaturas peculiares. Esas que, después de años denunciando las jerarquías, han conseguido reproducirlas con una precisión que ya quisiera cualquier departamento de Recursos Humanos. Eso sí, con banderas rojinegras y mucho discurso revolucionario.

El cargo sin fecha de caducidad

Existe una especie particularmente fascinante: el encargado del sindicato, lo mismo da que se trate del metal o del transporte. Es un individuo que lleva tantos años sentado delante de un ordenador que probablemente piensa que la lucha de clases se desarrolla dentro de una hoja de cálculo. Su hábitat natural es el despacho sindical. Allí permanece rodeado de carpetas, documentos, pegatinas, viejos carteles y una taza que alguien dejó en 2017 y que ya forma parte del patrimonio histórico de la organización.

Desde su trinchera dirige las grandes batallas del proletariado. Envía correos. Recibe correos. Reenvía correos. Y, cuando la situación se pone verdaderamente revolucionaria, convoca una reunión para decidir cómo responder a un correo. Su productividad es impresionante. Si alguien propone salir a repartir propaganda en un centro de trabajo, explica que primero hay que estudiarlo detenidamente. No vaya a ser que la clase obrera se emancipe sin la correspondiente autorización administrativa. Puede tratarse de un responsable de sindicato de sector o de alguien contratado para tareas administrativas, que atiende a la afiliación y visita una empresa cada cuatro años, casi como si celebrara unas elecciones.

Si te pones exigente, quizá te regale unas chuches. Lleve quince años contratado o ejerciendo de capitán del sindicato, cuando le preguntas por un asunto importante responde con su frase favorita: «Consúltalo con el abogado». Así se quita el problema de encima, evita reconocer lo poco que sabe de sindicalismo y, por supuesto, nunca se equivoca. Para lo que sí encuentra tiempo es para tomar cervezas con los suyos. Ya se sabe: si no estás en la mesa, estás en el menú.

La asamblea que decide lo que ya estaba decidido

La asamblea es el órgano fundamental del sindicato. Al menos eso dicen los estatutos, los acuerdos congresuales y todos esos documentos que nuestros protagonistas citan con una solemnidad admirable. Otra cosa es lo que ocurre cuando llega el momento de practicarla.

El procedimiento suele ser sencillo. Primero se reúnen tres compañeros para acordar qué van a proponer. Después consultan con otros dos, que naturalmente están de acuerdo. Finalmente convocan una asamblea para que la afiliación pueda expresar libremente su opinión. Siempre que coincida con la decisión previamente adoptada.

Si alguien plantea una alternativa, aparece inmediatamente el argumento definitivo: «Eso ya se ha hablado». ¿Dónde? «En una reunión». ¿Con quién? «Con los compañeros». Magnífico. La democracia directa ha alcanzado nuevas cotas de eficiencia. Ya ni siquiera hace falta que participe la gente para conocer su opinión. Y si alguien insiste demasiado, siempre queda el recurso de explicar que está generando tensiones innecesarias. La unidad es muy importante, compañeros. Especialmente cuando consiste en que todos hagan lo que digo yo.

El camarada que controla las llaves, Telegram, Facebook, la web y, si te descuidas, hasta tu próxima ITV

No todos los grandes poderes sindicales aparecen recogidos en los estatutos. Existe uno mucho más discreto, pero extraordinariamente eficaz: el control de las llaves del local. El compañero encargado de las llaves puede ser secretario, tesorero, vocal o simplemente alguien que pasaba por allí cuando cambiaron la cerradura. Da igual. Desde ese momento adquiere una relevancia estratégica comparable a la del responsable de los códigos nucleares.

Sin él no puedes abrir. Sin él no puedes cerrar. Y, si se enfada contigo, puede que termines celebrando una reunión en la puerta de un bar. Lo verdaderamente divertido llega cuando alguien propone hacer copias para facilitar el acceso a las personas afiliadas. «Hay que controlar quién entra». Por supuesto. Imaginaos el peligro de que los trabajadores accedan libremente a su propio sindicato. Podrían organizarse.

Su labor es tan importante que, gracias a él, la biblioteca termina convertida en un nido de polvo. Solo se abre para algún acto puntual autorizado por los responsables, presentado, naturalmente, por alguien de su cuerda. Todo queda en casa.

Han conseguido que el sindicato deje de ser ese espacio vivo donde trabajadores y militantes se encuentran, discuten y se organizan cada día. Basta intentar entrar en el local —si es que la puerta está abierta— para contemplar el resultado: salas vacías, propaganda vieja y desordenada, materiales acumulados sin criterio y una actividad cotidiana reducida a mínimos. Han sofocado hasta el último atisbo de iniciativa.

Cuando tienes la suerte de encontrar el local abierto, quizá estén allí los cuatro magníficos del Secretariado Permanente, tomando decisiones entre ellos. Si alguien está atendiendo, a menudo es una persona contratada o un abogado que utiliza el espacio para recibir consultas y, de paso, ampliar su círculo de clientes.

Tienen su propio grupo de WhatsApp o Telegram, reservado a los elegidos, y otro público para anunciar lo que convenga. Controlan también Facebook y la web: si tu opinión no recibe la bendición del pequeño clero sindical, desaparece, se borra o se censura. El botón de eliminar se convierte así en una suerte de sanción disciplinaria sin expediente, debate ni asamblea. Por fortuna, los estatutos todavía no reconocen el destierro digital como principio anarcosindicalista; aunque, viendo algunas propuestas congresuales, nunca se sabe qué inventarán después.

La revolución por el WhatsApp del Secretariado Permanente

El descubrimiento de los grupos de mensajería supuso un avance extraordinario para la humanidad. Y una desgracia considerable para algunas organizaciones sindicales. Antes, para organizar una bronca, había que convocar una reunión, desplazarse hasta el local y dedicar buena parte de la tarde a discutir. Ahora basta con enviar un mensaje a las once y media de la noche.

«Compañeros, tenemos un problema grave». El problema grave suele consistir en que alguien ha publicado una opinión sin consultarla previamente con el compañero que se considera responsable del pensamiento colectivo. A partir de ahí comienza el espectáculo. Uno responde con un audio de siete minutos. Otro envía una captura de pantalla. Un tercero recupera un acuerdo de 2014 que nadie recuerda haber aprobado. Y el más comprometido escribe: «Compañeros, creo que deberíamos calmarnos». Naturalmente, es ignorado.

A las dos de la madrugada ya se han producido tres acusaciones de autoritarismo, dos abandonos del grupo y una propuesta de expulsión. Al día siguiente, cuando alguien pregunta cómo va el conflicto laboral de aquella empresa que pidió ayuda hace quince días, se hace un silencio precioso. Es que estamos muy ocupados defendiendo la organización. De nosotros mismos, principalmente.

El experto en estatutos que nunca encuentra el artículo

Toda organización cuenta con algún especialista en interpretación normativa. El nuestro es un personaje extraordinario. No necesita estudiar demasiado los estatutos porque posee una capacidad casi sobrenatural para saber lo que dicen. Especialmente cuando le conviene.

«Eso no se puede hacer». ¿Por qué? «Lo prohíben los estatutos». ¿En qué artículo? «Ahora mismo no lo recuerdo». Curioso. Lleva veinte años invocándolos, pero jamás consigue localizar la página exacta. Cuando una disposición respalda sus intereses, es de obligado cumplimiento. Cuando los contradice, hay que interpretarla teniendo en cuenta el contexto histórico, la voluntad de los congresos y, posiblemente, la posición de Saturno. Algunos han conseguido desarrollar una jurisprudencia personal más compleja que la del Tribunal Supremo. Pero sin necesidad de aprobar una oposición.

El comité de las grandes urgencias inútiles

En determinados sindicatos existe una peculiar concepción del tiempo. Una empresa despide a tres trabajadores y pueden pasar varios días antes de encontrar un hueco para reunirse. Sin embargo, si alguien critica al secretario de Organización en una red social, el secretariado permanente puede convocar una reunión extraordinaria antes de que termine de cargar la página. Las prioridades están claras. El despido puede esperar. El prestigio del compañero secretario, jamás.

Y aquí aparece otra maravilla: la urgencia selectiva. Para organizar una campaña sindical hacen falta informes, presupuestos, autorizaciones y tres reuniones preparatorias. Para emitir un comunicado contra un afiliado incómodo basta con que alguien diga: «Esto no puede quedar así». En ocasiones uno tiene la impresión de que determinadas organizaciones serían mucho más eficaces si las empresas explotadoras llevaran nombres de militantes críticos. No habría patrón que durase una semana.

La formación de cuadros involuntarios

Otra actividad apasionante consiste en formar nuevos militantes. En teoría, la finalidad es compartir conocimientos, facilitar la participación y preparar a nuevas generaciones para asumir responsabilidades. En la práctica, algunos entienden la formación como un proceso de domesticación.

El recién llegado empieza con entusiasmo. Quiere aprender, participar en conflictos laborales y conocer sus derechos. Pronto descubre que su principal obligación consiste en escuchar durante horas las aventuras sindicales del compañero veterano. «Cuando yo estaba en el secretariado…». Esta frase suele anunciar un relato de duración indeterminada. El veterano recuerda congresos, plenarias, discusiones y reuniones históricas. Algunas, seguramente, ocurrieron antes de que naciera el joven afiliado.

El problema llega cuando este empieza a hacer preguntas. ¿Por qué no se renuevan los cargos? ¿Por qué siempre intervienen los mismos? ¿Por qué no se publican las cuentas con más claridad? Ahí termina el curso de formación. El muchacho ha desarrollado pensamiento crítico. Un fracaso pedagógico imperdonable.

La contabilidad del prestigio

Hay compañeros que se preocupan enormemente por los recursos económicos de la organización. Y hacen bien. El dinero de las cuotas pertenece colectivamente a quienes sostienen el sindicato. Su administración exige transparencia, responsabilidad y criterios claros. Pero hay quienes desarrollan una particular sensibilidad presupuestaria.

Si una sección sindical solicita dinero para acudir a un conflicto, conviene estudiar cuidadosamente la propuesta. ¿Es necesario desplazarse? ¿No podrían hacer una videoconferencia? ¿Hace falta imprimir tantas hojas? Sin embargo, cuando se organiza un encuentro de responsables sindicales, las necesidades logísticas pueden adquirir una dimensión completamente distinta. Transportes, alojamiento, comidas y material institucional. Todo perfectamente justificado, naturalmente.

Porque una cosa es gastar dinero en defender a los trabajadores y otra muy diferente impedir que los compañeros responsables desarrollen adecuadamente su importantísima función representativa. La revolución será austera. Pero tampoco vamos a pasar penurias.

El síndrome del imprescindible

La enfermedad más extendida entre nuestros protagonistas tiene un nombre sencillo: imprescindibilidad crónica. Sus síntomas son fáciles de reconocer. El afectado cree que nada funciona sin su intervención. No delega porque nadie está preparado. No abandona el cargo porque faltan compañeros capaces. No acepta críticas porque los demás desconocen la complejidad de sus responsabilidades. Curiosamente, esta enfermedad empeora con los años.

Cuanto más tiempo lleva una persona en el puesto, menos preparada parece estar toda la organización para sustituirla. Es un fenómeno extraordinario. En cualquier empresa, un responsable que durante diez años no consigue preparar a nadie para reemplazarlo tendría un problema bastante serio de gestión. En ciertos sindicatos, en cambio, eso se interpreta como una demostración de entrega revolucionaria.

«Es que si me voy, esto se hunde». Hombre, compañero, después de tanto tiempo a lo mejor deberíamos preguntarnos qué has estado construyendo. Una organización obrera o una dependencia emocional con fotocopiadora.

El día que desaparezcan los sillones y los que aspiran a sentarse

No quisiera terminar sin reconocer una realidad importante: hay compañeros y compañeras que dedican incontables horas a los sindicatos sin buscar protagonismo, reconocimiento ni privilegios. Personas que atienden consultas después de su jornada laboral, acompañan a despedidos, preparan demandas, organizan piquetes y comparten lo que saben con quienes llegan nuevos. A menudo son precisamente quienes menos salen en las fotografías. Y gracias a ellas continúa existiendo el sindicalismo que merece la pena defender.

El problema nunca ha sido asumir una responsabilidad colectiva. Alguien tiene que abrir el local, llevar las cuentas, coordinar las campañas y responder a las necesidades de la afiliación. El problema aparece cuando determinadas personas confunden una responsabilidad temporal con un derecho hereditario. Cuando empiezan a considerar las críticas como ataques personales, la transparencia como una amenaza y la renovación como una conspiración.

Ahí es cuando la organización deja de parecerse a un sindicato y empieza a recordar peligrosamente a una pequeña administración pública gobernada por una familia particularmente antipática. Quizá algún día nuestros revolucionarios de despacho descubran que el cargo no es una extensión de su personalidad. Que el sello pertenece al sindicato, que las llaves no son patrimonio privado y que las asambleas sirven para decidir, no para aplaudir.

Sería un acontecimiento histórico. Podríamos celebrarlo con una jornada de puertas abiertas, una exposición documental y un pequeño refrigerio. Aunque seguramente habría que convocar primero una reunión para decidir quién tiene competencias para organizarlo. Y después otra para aprobar el acta.

Viva la revolución social. Pero, por favor, que alguien reserve la sala.

Continuara…