La expresión divide y vencerás (“divide et impera” en la lengua franca de aquellos tiempos de Maricastaña), atribuida a tan afamados estrategas de la guerra como fueron Julio César y Napoleón Bonaparte no ha sido todavía rebatida en ninguna academia militar. En su rudimentaria sencillez se esconde una táctica infalible para salir victorioso de las grandes contiendas: dividir y enfrentar entre ellos a los enemigos y obtener así una ventajosa capacidad para derrotarlos.
Tampoco parece discutible la opción contraria, aunque resulta un tanto suicida, la de dividir tus propias fuerzas regalando así la superioridad al enemigo. Desde luego que tal método solo cabe en cabezas poco sensatas o trastornadas por envidias, ansias de venganza o desprecio hacia su propia gente.
Dejando un lado al odioso y despreciable mundo de los ejércitos y las guerras, aprovecharemos la frase de César para extrapolarla a tiempos y ámbitos muy distantes. Y nada tan lejano y opuesto al viejo espíritu guerrero como el anarcosindicalismo del siglo XXI; porque ese tema es el objetivo de esta tan modesta como sincera reflexión.
Aunque en los ambientes ácratas siempre nos ha gustado bromear sobre la facilidad con que se escinden los partidos políticos de inspiración marxista, lo cierto es que en nuestro campo también solemos caer en el nefasto habito de dividirnos por un quítame allá esos estatutos, precisamente cuando más falta hacía la sensatez o cada vez que las cosas empezaban a irnos un poco mejor.
Dejando a un lado las grandes fracturas de la CNT en los años treinta y cuarenta del siglo pasado (motivadas por el nacimiento de la corriente reformista del treintismo y por la colaboración con el gobierno republicano en el exilio, respectivamente) que representaron un fuerte choque de posiciones y objetivos, la mayoría de las escisiones posteriores se han debido más a rencillas personales, a luchas por el control del sindicato y a pelas internas por cuestiones ajenas al proyecto anarcosindicalista.
En 1979 se celebraba el V Congreso en Madrid en el que se esperaba consolidar y relanzar el crecimiento de la CNT (legalizada dos años antes) y recuperar el espacio y el prestigio que la Confederación había conquistado antes de la dictadura franquista. Pero no fue posible, se produjo la conocida escisión que dio origen a lo que hoy es la CGT. Se dijo que el motivo de la separación fue la posición ante las inminentes elecciones sindicales, pero hoy parece indiscutible que había otros intereses y otros males de fondo.
El caso es que no solo se frustraron esas esperanzas; lo peor ha sido que antes de llegar al momento actual de las dos organizaciones surgidas en la Casa de Campo se han producido nuevas escisiones. Hoy podemos presumir de contar ya con al menos media docena de centrales hermanas. Obvio y pertinente es recordar que ni sumando la afiliación de todas ellas llegaríamos a representar siquiera el 2% de la clase trabajadora. Eso en España, porque del resto del mundo mejor no hablar.
Desde luego que el capital y el estado han hecho todo lo posible por dificultar el crecimiento del anarcosindicalismo, pero con esa beligerancia siempre se ha tenido que contar; con lo que no deberíamos enfrentarnos es con nuestra demostrada y reiterada capacidad de autodestrucción.
Si la escisión de 1979 supuso perder la ocasión de ofrecer a la clase trabajadora una alternativa sindical creíble y sólida frente al camino de pactos y reformismo que emprendían por entonces CC.OO. y UGT, el fracaso que supone no haber aprovechado el congreso de Parla para cerrar heridas y salir con una CGT fuerte y cohesionada, que pudiera servir de referente de lucha en el actual panorama de renuncias y desprestigio del sindicalismo mayoritario, es otra torpeza de libro.
Continuar con una organización fracturada y sin un objetivo común supone seguir dando bazas a nuestros enemigos, renunciar al papel protagonista en las oportunidades de lucha que la actual ofensiva capitalista está generando. En estos momentos nuestras secciones sindicales y nuestra militancia realizan una gran labor, con el sacrificio y los riesgos que en determinados ámbitos representa ejercer como militante del anarcosindicalismo. Por eso cuando una sección está en lucha o cuando un compañero o una compañera de nuestra organización son perseguidos o reprimidos, toda la confederación tiene que estar con ellos, sean de la capillita que sean o no sean de ninguna.
Al mismo tiempo y desde todos los sindicatos tocaría ir fortaleciendo la participación, el debate serio y respetuoso, la tolerancia con quienes no comparten todas nuestras posturas; si en el trabajo y en la calle podemos trabajar con otras organizaciones, ¿qué desequilibrio cerebral nos empuja a no hacerlo con nuestra propia gente?
Si no somos capaces de hacer cada cual los movimientos que corresponda para recomponer y reactivar nuestra casa común es evidente que estaremos privando al movimiento obrero de una de sus últimas herramientas para la defensa de sus derechos y la conquista de mayores espacios de libertad y justicia.

Nacido en tierras de Cuenca, bastante tiempo antes de que el destape y el rock and roll trajeran algo de alegría a este país de penitencias y saetas, ha vivido y trabajado (que no es lo mismo) en Valencia durante los últimos cuarenta y tantos años.




