Por Raquel Guerrero.
En junio de 1907, una parte de la ciudad de A Coruña descubrió que su ropa limpia dependía del trabajo de mujeres a las que casi nunca se escuchaba. Lavaban prendas de otras familias, cargaban bultos por caminos en mal estado, soportaban jornadas físicas extenuantes y negociaban tarifas desde una posición de enorme debilidad. Cuando decidieron organizarse y fijar colectivamente el precio de su trabajo, la prensa se burló, los clientes buscaron sustitutas y la Guardia Civil salió a vigilar los accesos de la ciudad. Lo que parecía un oficio doméstico disperso se convirtió en un conflicto laboral público.
La huelga comenzó el 1 de junio de 1907 y se prolongó aproximadamente quince días. Su historia ha quedado fuera de muchos relatos habituales del sindicalismo español. Sin embargo, las crónicas periodísticas permiten reconstruir un movimiento sorprendente por su organización, sus reivindicaciones y las contradicciones que dejó a la vista: las trabajadoras sostenían el paro, pero en una de sus asambleas tuvieron incluso que protestar porque los hombres monopolizaban el uso de la palabra.
Una ciudad sostenida por un trabajo que casi no contaba
A comienzos del siglo XX, antes de la extensión del agua corriente a las viviendas y de la generalización de las lavadoras, lavar la ropa de otras personas era una actividad económica indispensable. Había lavanderas que recogían prendas en domicilios, las transportaban a lavaderos públicos o cursos de agua, las limpiaban a mano, las secaban y las devolvían. Su jornada no terminaba al dejar de frotar: incluía desplazamientos, clasificación, transporte y una exposición constante al frío, la humedad y productos de limpieza.
Los lavaderos y los caminos formaban parte de la infraestructura real de aquel oficio. Las dificultades de acceso, las condiciones higiénicas de las instalaciones y el tiempo empleado en la recogida de la ropa incidían directamente en sus ingresos. Mientras las familias que contrataban el servicio podían considerar el lavado una tarea menor, para quienes vivían de él cada cambio de tarifa o de recorrido podía afectar a la comida de la semana.
A Coruña era una ciudad portuaria y comercial, con diferencias marcadas entre familias acomodadas, pequeños negocios, trabajadores urbanos y población de los alrededores. Las lavanderas, que procedían tanto de la ciudad como de localidades próximas, se movían entre esos mundos sin ocupar un lugar reconocido en la política municipal. Muchas trabajaban de manera dispersa, para hogares distintos, sin una fábrica común en la que reunirse. Esa dispersión hacía especialmente difícil una protesta colectiva: no existía un solo empresario ante el que sentarse a negociar.
La Heterogénea y El Alba: cuando las lavanderas se organizaron
En mayo de 1907 las trabajadoras comenzaron a coordinarse en torno al centro de oficios La Heterogénea, relacionado con el asociacionismo obrero de orientación anarquista, y formaron la agrupación denominada El Alba de lavanderos y lavanderas. No se trataba únicamente de dejar de trabajar un día. Decidieron establecer nuevas tarifas, difundirlas por escrito y presentarlas como una norma colectiva del oficio.
La prensa coruñesa daba cuenta el 25 de mayo de que las lavanderas repartían hojas con los precios que aplicarían desde el primer día del mes siguiente. El gesto tenía una enorme importancia organizativa: mujeres que hasta entonces podían verse obligadas a aceptar encargos individualmente se comprometían a defender juntas unas condiciones. No eran empleadas de una única empresa; pretendían transformar la relación cotidiana con cientos de familias clientes.
Las exigencias no se reducían a cobrar más por prenda. La documentación recoge peticiones relacionadas con el pago de desplazamientos cuando la recogida se exigía en días distintos del habitual domingo, diferencias de precio para ropa especialmente sucia, lavaderos insalubres y caminos deficientes. Es decir, reclamaban remuneración por tareas y costes invisibles para quienes recibían la ropa ya limpia. La protesta mezclaba tarifas, salud laboral, tiempo de trabajo y condiciones materiales de los servicios públicos.
1 de junio: empieza el paro
La huelga comenzó el sábado 1 de junio. La respuesta de numerosas familias fue inmediata: algunas rechazaron los precios anunciados; otras dejaron de encargar trabajo a las mujeres movilizadas. En la prensa apareció una expresión particularmente cruda para describir la reacción de los clientes: a muchas lavanderas les hicieron «la cuenta», esto es, prescindieron de sus servicios cuando supieron de su intención de parar.
Para quebrar la protesta, parte de la ropa fue enviada fuera de A Coruña. Los periódicos mencionan bultos transportados en trenes, vapores y coches hacia Ferrol, Pontedeume, Sada y Betanzos, donde se contrataba el lavado con otras trabajadoras. El mecanismo era reconocible: sacar el trabajo de la zona en conflicto para evitar aceptar las condiciones de quienes se habían organizado. Se trasladaban las prendas, pero también se trataba de trasladar la presión económica a las huelguistas.
La propia ciudad improvisó respuestas. Una información de El Noroeste del 4 de junio relataba que el alcalde accidental, identificado como Lens, ordenó modificar los horarios de renovación del agua de los lavaderos públicos, con una operación a las nueve de la noche y otra a las cinco de la mañana. El objetivo era facilitar el lavado a quienes optaran por hacerlo personalmente. Un problema presentado como insignificante obligaba, sin embargo, a adaptar el funcionamiento municipal.
La Guardia Civil en los caminos y una huelga que supuestamente no existía
La reacción de las autoridades es una de las contradicciones más reveladoras del episodio. El 6 de junio de 1907, La Voz de Galicia aseguraba que el paro transcurría sin grandes alteraciones del orden público. Al mismo tiempo, informaba de que la Guardia Civil recorría desde el amanecer hasta la noche las carreteras y caminos de entrada a la ciudad y de que la Guardia Municipal vigilaba los lavaderos públicos.
Otras noticias de la época recogieron intervenciones policiales por incidentes relacionados con la entrada de lavanderas no asociadas y la detención de dos huelguistas que quedaron libres poco después. Las fuentes muestran tensiones entre trabajadoras partidarias y contrarias al paro; no justifican, por sí solas, imaginar una sucesión de grandes enfrentamientos callejeros. La fuerza del episodio está en lo documentado: unas trabajadoras a las que se describía como irrelevantes movilizaron vigilancia policial y atención política.
La discusión sobre las supuestas coacciones favoreció a quienes querían presentar el conflicto como un problema de orden público, no como una disputa por las condiciones de trabajo. Fue una estrategia familiar en numerosas huelgas de la época: desplazar la mirada desde el salario y el poder de negociación hacia los incidentes entre huelguistas y sustitutas.
Seiscientas personas en una asamblea: las mujeres exigieron también el derecho a hablar
Una crónica publicada el 4 de junio por La Voz de Galicia describió una reunión de unas 600 personas, mayoritariamente mujeres, que debatían si debían continuar el paro. El periódico habló de confusión y desorden. Pero dejó consignado un dato extraordinario: varias lavanderas protestaron porque los hombres presentes, pese a ser minoría y aunque algunos ni siquiera debían intervenir, acaparaban la discusión.
El episodio impide contar la huelga como una historia cómoda de unidad obrera sin contradicciones. Ellas eran quienes perdían ingresos durante el paro, quienes arriesgaban clientes y quienes trabajaban en condiciones más duras. Sin embargo, tuvieron que defender su voz dentro de la propia organización. En un tiempo en el que las mujeres estaban excluidas del sufragio nacional y de buena parte de los espacios formales de representación, aquella discusión sobre quién podía intervenir tenía un significado político que iba mucho más allá de una reunión sindical.
No conocemos los nombres de todas las participantes ni un acta independiente que reproduzca sus intervenciones. Sabemos lo que dejó escrito un periódico cuya mirada hacia las huelguistas fue frecuentemente hostil. Precisamente por eso el testimonio es tan significativo: incluso una fuente poco favorable registró que las mujeres cuestionaron abiertamente el reparto masculino de la palabra.
El desprecio convertido en noticia
Durante el conflicto, buena parte de la prensa local se empeñó en subrayar que la ciudad seguía funcionando, que algunas familias lavaban su ropa y que el paro podía perjudicar más a las lavanderas que a sus clientes. A las noticias sobre la protesta se sumaron comentarios paternalistas sobre la pobreza y la supuesta incapacidad de las trabajadoras para sostener una organización.
El 11 de junio El Noroeste difundió un rumor sobre la presunta desaparición del presidente de la asociación con dinero reunido por las lavanderas, aunque admitió que no había podido confirmarlo. Al día siguiente recogió la respuesta de un representante de la junta: no existía esa fuga, las personas asociadas no pagaban cuota y se habían reunido 103 pesetas para propaganda y organización, de las cuales se habían gastado 93,30. El desmentido dejaba a la vista la fragilidad financiera del movimiento y el daño que podía causar una acusación sin pruebas.
No es un detalle menor. La huelga se desarrollaba sin una gran caja de resistencia, en un oficio donde dejar de trabajar significaba perder inmediatamente ingresos. El rumor no demostraba corrupción: revelaba la facilidad con que podía desacreditarse a una asociación popular mediante una sospecha y obligarla a justificar públicamente hasta sus gastos más modestos.
El apoyo campesino y las familias que aceptaron pagar más
La organización de las lavanderas no se sostuvo únicamente en los lavaderos. Las investigaciones que recuperaron las crónicas de 1907 documentan un ofrecimiento de agricultores de los alrededores para colaborar con la huelga dejando de enviar hortalizas a la ciudad. La noticia apareció en La Voz de Galicia del 4 de junio. No permite asegurar que hubiera un bloqueo efectivo del abastecimiento, pero sí muestra la existencia de redes de solidaridad entre trabajadoras urbanas y sectores de la economía rural.
También hay constancia de familias que aceptaron por escrito las nuevas tarifas. El paro, por tanto, no puede describirse simplemente como una derrota inmediata y unánime. La documentación permite afirmar que hubo apoyos, negociaciones dispersas, resistencia patronal entendida en este caso como resistencia de los clientes y una disputa abierta sobre la legitimidad de fijar colectivamente el precio del trabajo.
La particularidad del conflicto complicaba cualquier mediación. Un gobernador podía convocar a una empresa o a una asociación patronal, pero aquí el interlocutor contrario era una multitud de hogares. La autoridad provincial llegó a informar al Gobierno de la dificultad de encontrar una salida común cuando no existía un único patrón negociador. La huelga obligó a reconocer que el trabajo disperso y contratado por hogares también podía organizarse como conflicto colectivo.
La máquina como amenaza y como promesa
Una vez debilitada la huelga, la prensa comenzó a dedicar espacio a proyectos de lavado mecánico. El 18 de junio de 1907 La Voz de Galicia informaba de una iniciativa de la Cooperativa Militar y Civil para estudiar la implantación de un sistema moderno de lavado. Se presentaba como un avance higiénico y una solución para librar a las mujeres de una ocupación agotadora.
La mejora tecnológica podía reducir una parte del esfuerzo físico y de los riesgos sanitarios, pero la secuencia de los acontecimientos plantea otra cuestión: ¿quién decidiría cómo se introduciría la maquinaria, quién se beneficiaría de su rendimiento y qué ocurriría con las mujeres que vivían del lavado manual? No hay motivo para oponer por principio las máquinas a las trabajadoras. Lo que el episodio revela es que la modernización podía proponerse desde arriba como salida a un conflicto sin reconocer la capacidad negociadora de quienes habían sostenido el servicio.
La expresión con la que se justificaba el cambio tecnológico —redimir a las mujeres de su penoso oficio— era compatible con seguir negándoles la autoridad para establecer sus tarifas. Ese paternalismo definió buena parte de la mirada pública hacia los trabajos feminizados: se reconocía su dureza, pero no necesariamente el derecho de sus protagonistas a organizarse.
¿Ganaron las lavanderas? Lo que sabemos y lo que no
La huelga duró aproximadamente dos semanas y terminó sin que las fuentes consultadas documenten un acuerdo general y estable que satisficiera todas las reivindicaciones. Algunas familias aceptaron las nuevas tarifas; otras buscaron trabajadoras fuera de la ciudad o resolvieron el lavado por sus propios medios. Sería inexacto presentarla como una victoria salarial completa, pero también reducirla a un fracaso porque no acabó con una firma colectiva.
Su conquista verificable fue organizativa y pública. Un sector de mujeres empleadas de manera fragmentada produjo tarifas comunes, sostuvo un paro durante días, debatió en grandes asambleas, encontró solidaridades y obligó a autoridades y periódicos a responder. La huelga dejó documentada una forma de resistencia laboral que no encajaba en el modelo más conocido de la fábrica paralizada o el taller cerrado.
Lo que los lavaderos cuentan de nuestra historia obrera
Los relatos tradicionales del sindicalismo suelen comenzar en minas, talleres, fábricas, puertos y ferrocarriles. Allí hubo luchas fundamentales, pero no fueron los únicos lugares donde se disputaron salarios y dignidad. También hubo organización en servicios prestados a domicilio, trabajos eventuales, tareas de cuidado y oficios ocupados mayoritariamente por mujeres. La falta de una nómina industrial no convertía aquellos ingresos en menos necesarios ni aquel esfuerzo en menos trabajo.
Durante décadas, la figura de la lavandera quedó atrapada entre la postal costumbrista y la nostalgia por un mundo desaparecido. La imagen de unas mujeres inclinadas sobre las pilas, rodeadas de ropa y agua, suele ocultar las cuentas, los caminos, el frío, las enfermedades y las disputas por las tarifas. Las lavanderas de A Coruña de 1907 obligan a cambiar el encuadre: no fueron un decorado de la ciudad antigua. Fueron trabajadoras capaces de reconocer intereses comunes y enfrentarse a quienes daban por sentado que aceptarían cualquier precio.
El 1 de junio de 1907 dejaron de limpiar la ropa ajena para hacer visible su propio trabajo. Más de un siglo después, esa es la noticia que merece ocupar la memoria obrera: la historia de unas mujeres que, sin una gran fábrica detrás y sin garantías de éxito, decidieron que su jornal no podía seguir fijándolo únicamente quien entregaba la ropa sucia.
Documentación histórica
Este reportaje se ha elaborado a partir de las investigaciones reunidas por el proyecto de memoria local A Coruña das Mulleres, que reproduce y contextualiza noticias de La Voz de Galicia, El Noroeste y El Correo Gallego de mayo y junio de 1907; la reproducción de La Voz de Galicia del 6 de junio de 1907; el trabajo de divulgación histórica El lavadero y las lavanderas, y materiales de historia del abastecimiento de agua de A Coruña. Las cifras y fechas citadas proceden de esas fuentes. No se ha atribuido a las huelguistas un triunfo general que la documentación disponible no permite verificar.

Diseñadora gráfica de profesión, fue militante de las Juventudes Libertarias (FIJL),. Actualmente activista en el sindicato CGT.





