Malatesta contra Monatte: el debate que enfrentó anarquismo y sindicalismo

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En agosto de 1907, el Congreso Anarquista Internacional de Ámsterdam reunió a militantes libertarios de distintos países europeos. Entre las discusiones sobre organización, antimilitarismo y estrategia revolucionaria surgió una cuestión que marcaría buena parte de la historia posterior del movimiento: ¿podía el sindicalismo convertirse por sí mismo en una herramienta de transformación social? Pierre Monatte y Errico Malatesta defendieron posiciones diferentes en un debate cuyas preguntas siguen resultando reconocibles más de un siglo después.

Ámsterdam, 1907

El movimiento obrero europeo vivía años de intensa conflictividad. En Francia, la CGT había desarrollado una corriente de sindicalismo revolucionario que defendía la acción directa, la autonomía sindical respecto de los partidos políticos y la huelga general como horizonte de transformación. La Carta de Amiens, aprobada por la CGT en 1906, se había convertido en una de sus principales referencias.

Pierre Monatte llegó al Congreso de Ámsterdam vinculado a esa experiencia. Para él, el sindicalismo permitía llevar las ideas revolucionarias al terreno cotidiano donde trabajadores de distintas tendencias compartían problemas e intereses: el centro de trabajo.

El sindicato no era únicamente un instrumento para obtener mejores salarios o reducir la jornada. La lucha cotidiana podía enseñar a organizarse colectivamente, ejercer la solidaridad y enfrentarse directamente al poder económico. Desde esta perspectiva, las organizaciones creadas por los propios trabajadores podían convertirse también en estructuras capaces de desempeñar un papel decisivo en una futura transformación social.

La respuesta de Malatesta

Errico Malatesta no rechazaba el sindicalismo. Defendía la participación de los anarquistas en las organizaciones obreras y consideraba fundamental intervenir en las luchas reales de los trabajadores.

Su discrepancia con Monatte estaba en otro lugar.

Malatesta distinguía entre el movimiento obrero como necesidad de los trabajadores y el sindicalismo convertido en una doctrina revolucionaria suficiente por sí misma. Después del Congreso desarrollaría nuevamente estas ideas en el artículo Anarchism and Syndicalism, publicado en Freedom en noviembre de 1907.

Para Malatesta, precisamente porque el sindicato debía reunir al mayor número posible de trabajadores, no podía exigir que todos ellos compartieran una misma ideología revolucionaria. En una organización sindical podían encontrarse anarquistas, socialistas, reformistas, conservadores o simplemente trabajadores interesados en defender sus condiciones laborales.

Esa amplitud constituía una de las grandes fuerzas del sindicato, pero también señalaba sus límites.

La lucha sindical podía conseguir mejoras, desarrollar la solidaridad y proporcionar experiencia de organización colectiva. Lo que Malatesta cuestionaba era que todo aquello condujera necesariamente, por su propia dinámica, hacia una sociedad libertaria.

La huelga general y la revolución

La discusión se hizo especialmente visible alrededor de la huelga general.

Para los sindicalistas revolucionarios no se trataba simplemente de permanecer en casa hasta provocar el hundimiento del capitalismo. Monatte defendió una concepción de la huelga general vinculada a un proceso de lucha y organización de la clase trabajadora. Las actas del Congreso muestran que rechazó expresamente una interpretación simplista de la misma.

Malatesta también reconocía la enorme capacidad movilizadora de una huelga general, pero advertía contra su identificación automática con la revolución. Si un movimiento obrero llegaba realmente a cuestionar la propiedad y el poder existente, sostenía, las clases dominantes no permanecerían necesariamente como simples espectadoras.

Su crítica no pretendía abandonar la lucha sindical. Se dirigía contra la idea de convertir el sindicalismo en una doctrina que pudiera sustituir por completo al proyecto revolucionario anarquista.

Dos posiciones más próximas de lo que parece

Presentar el Congreso de Ámsterdam como un enfrentamiento entre un sindicalista y un enemigo de los sindicatos sería una simplificación.

Tanto Monatte como Malatesta consideraban fundamental la presencia de los anarquistas entre los trabajadores. Lo que discutían era hasta dónde podía llegar el sindicato.

Monatte veía un peligro en un anarquismo que permaneciera alejado de los conflictos cotidianos y terminara aislándose de la clase trabajadora. Malatesta advertía del riesgo contrario: que la actividad revolucionaria acabara subordinándose completamente a las necesidades inmediatas y al funcionamiento de la organización sindical.

Entre ambas posiciones existieron además numerosos matices. Luigi Fabbri, también participante en el Congreso, encontró elementos válidos en las distintas resoluciones discutidas. El debate no produjo una ruptura sencilla entre dos campos perfectamente delimitados.

Una discusión que recorrió el movimiento obrero

Ámsterdam no resolvió la cuestión. En cierto modo, hizo justamente lo contrario: formuló con claridad un problema que reaparecería durante décadas.

¿Qué ocurre cuando una organización sindical revolucionaria crece y comienza a representar también a trabajadores que no son revolucionarios? ¿Las conquistas inmediatas fortalecen la capacidad de transformación social o pueden favorecer la integración de las organizaciones obreras dentro del sistema existente? ¿Debe un sindicato defender una ideología determinada o organizar a los trabajadores independientemente de sus ideas políticas?

Las diferentes experiencias del sindicalismo revolucionario y del anarcosindicalismo proporcionarían respuestas distintas.

La CGT francesa, la CNT española, la FORA argentina, la FAUD alemana, el sindicalismo italiano o los Industrial Workers of the World en Estados Unidos desarrollaron experiencias muy diferentes. Algunas organizaciones alcanzaron dimensiones de masas; otras desaparecieron, sufrieron una fuerte represión o modificaron profundamente sus posiciones.

La controversia entre sindicalismo y anarquismo tampoco quedó limitada a Francia o Italia. Las discusiones internacionales sobre acción directa, huelga general y organización obrera circularon entre los movimientos libertarios europeos y formaron parte del ambiente político en el que posteriormente se desarrollaría el anarcosindicalismo español.

Un debate que no pertenece solamente al pasado

El sindicalismo actual funciona en circunstancias muy diferentes a las de 1907. Convenios colectivos, elecciones sindicales, negociación institucional, legislación laboral y estructuras profesionales han transformado profundamente las organizaciones de trabajadores.

Sin embargo, detrás de la discusión entre Malatesta y Monatte permanecía una cuestión mucho más amplia que ha reaparecido de distintas formas a lo largo de la historia del movimiento obrero:

¿Es el sindicato únicamente una organización destinada a defender y mejorar las condiciones de los trabajadores dentro de la sociedad existente, o puede convertirse también en un instrumento para transformarla?

Monatte puso el acento en las posibilidades revolucionarias que podían desarrollarse mediante la organización y la acción directa de los propios trabajadores. Malatesta insistió en que ninguna estructura sindical garantizaba por sí sola una transformación revolucionaria y que la organización económica no debía confundirse con la totalidad del proyecto anarquista.

Ninguno consiguió cerrar definitivamente la discusión.

Quizá esa sea precisamente la razón por la que, 119 años después de Ámsterdam, el debate continúa resultando familiar.

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