La organización brasileña União Terra e Trabalho (UTT) ha presentado «Do Mar ao Mangue» («Del mar al manglar»), un manifiesto de 22 tesis que propone reconstruir el sindicalismo revolucionario desde la organización cotidiana de la clase trabajadora. El documento, fechado el 18 de octubre de 2026, cuestiona las estrategias centradas exclusivamente en las elecciones, las grandes manifestaciones o las disputas por las direcciones sindicales y defiende una alternativa basada en el poder colectivo construido en los lugares de trabajo y en los barrios.
La metáfora del manglar recorre el texto. Desde fuera puede parecer un terreno oscuro y embarrado, pero es allí donde se reproduce buena parte de la vida que después llega al mar. Para la UTT, algo parecido sucede con la organización de base: sus tareas menos visibles, las relaciones de confianza y la solidaridad material hacen posible una fuerza obrera que no surge por arte de magia cuando se convoca una protesta.
La clase trabajadora no termina a la salida de la fábrica
Una de las ideas centrales del manifiesto es que la clase tiene dos espacios inseparables: donde se gana la vida y donde se vive. El primero comprende la fábrica, la escuela, el campo, los servicios y las plataformas de reparto. El segundo, la vivienda, el transporte, los cuidados y las condiciones que permiten volver al trabajo al día siguiente. Salarios bajos, alquileres, desahucios y carestía no son conflictos aislados: forman parte de una misma experiencia de clase.
De ahí que la organización proponga coordinar, sin jerarquías entre ellas, las organizaciones por lugar de trabajo y las organizaciones por lugar de residencia. Recupera experiencias históricas de sociedades de resistencia y ayuda mutua, en las que una caja común podía servir tanto para sostener una huelga como para ayudar a una familia. También recuerda la relación entre los metalúrgicos de São Paulo, los movimientos vecinales y las luchas contra el coste de la vida a finales de los años setenta.
Un sindicalismo que reúna a toda la plantilla, no solo a una profesión
El manifiesto recupera la tradición del sindicalismo industrial, que busca organizar a todas las personas que participan en una misma actividad productiva, con independencia de su oficio, contrato, cualificación u origen. Su crítica es concreta: cuando quienes trabajan en el mismo edificio o para el mismo empleador real están divididos entre empresas, contratas y categorías, resulta más fácil enfrentar sus intereses y debilitar su capacidad de respuesta.
La UTT sitúa entre sus prioridades a personas subcontratadas, temporales, trabajadoras informales y repartidores de aplicaciones. Según el documento, más del 90 % de las personas trabajadoras brasileñas no están afiliadas a un sindicato. La cifra se presenta como parte del diagnóstico de la organización y refuerza su llamamiento a llegar a quienes hoy quedan fuera de las estructuras sindicales tradicionales.
La referencia histórica va de los Industrial Workers of the World (IWW), fundados en Estados Unidos en 1905, al Congreso de Sants de la CNT de 1918 y la huelga de La Canadiense de 1919. Para sus autores, esos antecedentes demuestran la importancia de superar las divisiones por oficio. El planteamiento llega también a la enseñanza: estudiantes, docentes, personal técnico y trabajadores subcontratados deberían poder organizarse de forma conjunta dentro del sector educativo.
Autonomía política y recursos para resistir
Otro de los pasajes más incisivos distingue entre autonomía y soberanía material. La primera es la capacidad de actuar sin subordinación al Estado, los partidos o las empresas. La segunda consiste en disponer de los medios necesarios para sostener las decisiones propias: locales, fondos de huelga, transporte, asistencia jurídica, formación y personas capaces de mantener la actividad cuando termina una movilización.
La UTT advierte de dos riesgos. Una organización autónoma sin recursos puede acabar consumida por el agotamiento y las acciones simbólicas destinadas a ganar visibilidad. Una estructura con recursos pero sin autonomía, en cambio, corre el peligro de integrarse en las instituciones que decía combatir. En esa misma línea cuestiona la estrategia de limitar toda la actividad a disputar elecciones y direcciones dentro del sindicalismo oficial brasileño.
El documento propone evaluar las luchas no por la repercusión de una fotografía o por el tamaño de un acto, sino por lo que dejan detrás: nuevas personas organizadas, núcleos que siguen funcionando, cajas de resistencia y vínculos capaces de sostener el siguiente conflicto.
Menos dirigentes imprescindibles, más organización duradera
Frente al modelo de la vanguardia que dirige a los demás, el manifiesto propone formar organizadores de base: personas que escuchan, investigan, forman a otras, resuelven conflictos y ayudan a mantener redes solidarias. La prueba de su trabajo, sostiene, es que al cabo de unos meses haya más trabajadores capaces de organizarse sin depender de ellas.
Esa capacidad exige una retaguardia, tantas veces invisible, que haga posible la primera línea de una huelga: quienes se ocupan de los recursos, la comunicación, los cuidados y la continuidad organizativa. El texto defiende además la autoridad nacida de la base, los mandatos revocables y un federalismo en el que ninguna instancia central sustituya las decisiones de quienes sostienen los conflictos.
Las 22 tesis no ofrecen una receta inmediata para reproducir las movilizaciones del pasado. Su argumento es otro: si la clase trabajadora quiere dejar de comenzar desde cero después de cada derrota o cada ciclo de protesta, necesita instituciones propias, independencia económica y organización paciente. En palabras del cierre del manifiesto, cuando vuelva a subir la marea deberá encontrar raíces firmes.





