Los ingresos y el lugar en el que se vive dibujan dos realidades urbanas muy diferentes. Mientras algunos municipios concentran rentas elevadas y mayor capacidad para afrontar el coste de la vivienda, otros acumulan salarios modestos, dificultades de acceso al alquiler y menor margen para ahorrar. El último Atlas de Distribución de Renta de los Hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicado el 19 de octubre con datos de 2024, vuelve a mostrar la profundidad de esa brecha territorial.
Una diferencia de más de 23.000 euros por habitante
La renta neta media por persona en España alcanzó los 15.948 euros anuales en 2024, un 6,1 % más que el año anterior. Pero esa media oculta grandes distancias. Pozuelo de Alarcón, en Madrid, encabezó los municipios de más de 2.000 habitantes, con 32.612 euros por persona. En el extremo contrario aparece Iznalloz, Granada, con 9.153 euros. Entre ambos hay una diferencia de 23.459 euros anuales por habitante, según el INE. Matadepera y Boadilla del Monte figuran asimismo entre las localidades con mayores rentas, frente a El Palmar de Troya y Albuñol entre las más bajas.
La desigualdad también separa provincias y barrios
Las mayores rentas provinciales por habitante se sitúan en Gipuzkoa, Bizkaia y Madrid; las más bajas, en Almería, Huelva y Jaén. Las desigualdades no terminan en los límites municipales: el Atlas permite observarlas también por distrito y sección censal. En una misma ciudad pueden convivir barrios con altos ingresos y otros donde los hogares disponen de bastante menos dinero para afrontar gastos esenciales.
El alquiler convierte la diferencia de ingresos en una barrera residencial
La distribución de la renta es solo una parte del problema. Quien vive de alquiler debe destinar una parte de sus ingresos mensuales a conservar el techo sobre su cabeza, y esa carga es especialmente difícil de asumir cuando los salarios son bajos. Estudios sobre desigualdad residencial muestran que muchos hogares arrendatarios soportan una proporción elevada de gastos de vivienda, que limita su ahorro y su capacidad de afrontar imprevistos. Por eso no basta con comparar salarios nominales entre ciudades: también hay que medir cuánto cuestan sus viviendas y qué parte de los ingresos se va cada mes.
Trabajar no garantiza poder vivir cerca del empleo
La subida de los precios del alquiler en áreas con fuerte demanda puede empujar a trabajadores de servicios, cuidados, comercio o limpieza hacia zonas cada vez más alejadas de sus puestos. El resultado puede traducirse en más desplazamientos, gasto en transporte y tiempo fuera de casa. El problema afecta especialmente a quienes tienen menos capacidad de elegir residencia y a la juventud que intenta emanciparse. No todos los barrios parten de las mismas oportunidades y el mercado residencial puede consolidar esas diferencias.
Vivienda pública, salarios y políticas urbanas
Los datos invitan a mirar de manera conjunta las políticas de vivienda, los salarios y los servicios públicos. Entre las medidas debatidas figuran ampliar el parque de alquiler asequible, movilizar viviendas desocupadas, impulsar mecanismos de protección frente a la sobrecarga del alquiler y reforzar las condiciones salariales. Cada propuesta tiene efectos y límites que deben evaluarse, pero la situación de partida es clara: una ciudad no resulta igual de accesible para todos los hogares simplemente porque el empleo o la actividad económica crezcan.
La desigualdad no se mide solo en euros
El Atlas refleja diferencias de renta en 2024 y no debe confundirse con una medición del precio actual de los alquileres en octubre de 2026. Aun así, ayuda a entender por qué el acceso a la vivienda y la seguridad económica se han convertido en cuestiones centrales para numerosas familias trabajadoras. Si una parte creciente del salario acaba destinada a pagar alojamiento, la distancia entre barrios ricos y barrios obreros puede sentirse en algo tan cotidiano como llegar o no a final de mes.
Consulta también nuestra herramienta: Calcula cuánto representa la vivienda sobre tu sueldo.




