Fecha histórica: mayo-junio de 1976, con el inicio del conflicto general el 7 de mayo. Lugar: Hospital La Fe y otros centros sanitarios de València. Personas: Josefa Ortega Espinosa, Marina Caballero, Maruja Claramunt y Pepa Marí.
València, mayo y junio de 1976. En los pasillos de La Fe, el hospital que acababa de convertirse en símbolo de la modernización sanitaria, trabajaba un grupo de mujeres que casi nunca salía en las fotografías oficiales. Limpiaban habitaciones, baños, corredores y dependencias de un centro del que dependían miles de personas. Pero, pese a desarrollar una tarea imprescindible para la salud pública, pertenecían a empresas contratistas y no disfrutaban de las mismas condiciones que el personal integrado en la plantilla. Cuando decidieron organizarse para reclamar estabilidad, igualdad salarial y derechos, su conflicto terminó enlazando con una huelga que alcanzó a buena parte de la sanidad valenciana.
Aquel año aún gobernaba Carlos Arias Navarro, Francisco Franco había muerto hacía menos de seis meses y los sindicatos de clase seguían sin poder desarrollar libremente su actividad. El derecho de reunión en los centros de trabajo continuaba sometido a un marco autoritario. La huelga de La Fe fue parte de la presión obrera que estaba abriendo paso a las libertades sindicales. Pero tuvo una característica que durante mucho tiempo quedó en segundo plano: la participación decisiva de mujeres de la limpieza, las cocinas y la enfermería, muchas de ellas responsables también del cuidado de sus familias.
El hospital nuevo de Campanar y las trabajadoras que no figuraban en sus homenajes
La Ciudad Sanitaria La Fe había abierto progresivamente entre noviembre de 1968 y febrero de 1969 en el barrio de Campanar. Su pabellón central fue inaugurado oficialmente el 3 de febrero de 1969 y el complejo se amplió en 1970 y 1971 con rehabilitación, maternidad, hospital infantil y escuela de enfermería. Era una instalación enorme, concebida como referencia de la Seguridad Social. Sus servicios necesitaban médicas y médicos, enfermeras, auxiliares y celadores, pero también equipos de cocina, lavandería y limpieza que permitieran funcionar a diario.
La diferencia estaba en la contratación. Las limpiadoras de las empresas adjudicatarias trabajaban físicamente dentro del hospital, pero su vínculo laboral no era igual al del personal sanitario. Ese sistema facilitaba diferencias de categoría, salario y prestaciones entre personas que compartían edificio y horarios. Su principal demanda no era simbólica: querían formar parte de la plantilla de sanidad con carácter fijo y acceder a derechos comparables a los de otras trabajadoras del centro, empezando por quienes prestaban servicio en las cocinas.
Josefa Ortega Espinosa: una vida de trabajo y clandestinidad
Entre las organizadoras destacó Josefa Ortega Espinosa, nacida en Escañuela, Jaén, en 1932. La represión de posguerra había marcado a su familia, de tradición comunista. Llegó a València en 1952, después de una infancia en la que tuvo que abandonar los estudios para trabajar. Pasó por empleos en fábricas de seda y bolsos, trabajos domésticos y tareas de limpieza. Vivió también el encarcelamiento de familiares, la militancia clandestina y una etapa de emigración en Francia, de la que regresó en 1969.
Al incorporarse al servicio de limpieza de La Fe encontró a numerosas compañeras con jornadas difíciles y responsabilidades familiares. Josefa formó parte del movimiento sindical vinculado a Comisiones Obreras y al Movimiento Democrático de Mujeres, aunque las asambleas y movilizaciones reunieron también a trabajadoras de otras sensibilidades. Su testimonio, recogido años después por Nora Cavaccini y conservado por Memòria Obrera, permite reconstruir qué preocupaba a aquellas mujeres y cómo aprendieron a organizarse.
Según recordaba Josefa, en limpieza había pocos varones, pero las categorías que se asignaban a hombres —como cristaleros o conductores encargados de mover residuos— recibían mejores retribuciones. La desigualdad no se limitaba a un convenio: expresaba la escasa consideración de una ocupación feminizada. La reivindicación de equipararse al personal de cocina era una manera concreta de discutir esa jerarquía.
No bastaba con cobrar: exigían guarderías y tiempo para vivir
Las trabajadoras elaboraban plataformas con numerosos puntos. Reclamaban equiparación de condiciones, mejora de los salarios, reconocimiento profesional y el fin de una subcontratación que las mantenía apartadas de la plantilla del centro. Otra reivindicación constante era contar con guarderías infantiles y ayudas para el cuidado. En una época en la que las tareas domésticas recaían de forma desproporcionada sobre las mujeres, asistir a una reunión o sostener un encierro tenía consecuencias directas para la organización de la casa.
Las compañeras con hijos pequeños tenían que recurrir a abuelas, familiares o vecinas para poder acudir a las asambleas. Cuando había encierros, muchas permanecían hasta el final. Algunas contaron también con el apoyo de sus parejas, que les llevaban comida mientras duraban las movilizaciones. La solidaridad no era un añadido sentimental a la huelga: era la infraestructura que la hacía posible.
La reivindicación de las guarderías demuestra, además, los límites de las conquistas alcanzadas. Josefa explicó en su testimonio que esa demanda se mantuvo reiteradamente en las plataformas, pero las limpiadoras no consiguieron la prestación en los términos que reclamaban, incluso cuando personal integrado en la sanidad sí accedía a determinados derechos. No todas las reivindicaciones de aquella lucha se cumplieron; recordarla exige reconocer también lo que quedó pendiente.
7 de mayo de 1976: un despido enciende el conflicto general
La historia de las contratas se cruzó con una movilización más amplia el viernes 7 de mayo de 1976. A las tres de la tarde, centenares de empleados de La Fe se concentraron en los pasillos de dirección para protestar por el despido de Gonzalo Llorens, ayudante técnico sanitario —ATS— y enlace sindical elegido en los comicios del sindicato vertical de 1975. Acudieron trabajadoras de limpieza y cocina, personal de enfermería y auxiliar, celadores, administrativos y médicos.
No se trataba solo de la situación de un empleado. Muchos trabajadores señalaban la gestión autoritaria de la Ciudad Sanitaria bajo la dirección de Manuel Evangelista, la falta de canales democráticos para presentar reivindicaciones y las represalias contra quienes se reunían. El centro que simbolizaba la modernidad tecnológica conservaba en sus relaciones laborales mecanismos de disciplina heredados de la dictadura.
Entre las mujeres que adquirieron protagonismo en aquel proceso figuraban Marina Caballero y Maruja Claramunt, de las cocinas; la enfermera Pepa Marí; y Josefa Ortega, de la limpieza. No representaban un colectivo uniforme: venían de servicios distintos, con condiciones contractuales diferentes, pero compartían la defensa de las personas despedidas y el derecho a reunirse sin sanciones.
Del 11 al 24 de mayo: la huelga salta de La Fe a otros hospitales
El 11 de mayo, centenares de trabajadores intentaron celebrar una asamblea en la estructura del sindicato vertical, la Central Nacional Sindicalista (CNS), sin obtener una vía de negociación efectiva. Las asambleas buscaron espacios alternativos en iglesias y locales facilitados por la solidaridad vecinal. La organización mediante reuniones abiertas y comisiones elegidas por los propios participantes desbordaba el modelo de representación impuesto por el franquismo.
La huelga se extendió durante la segunda semana del mes. El 13 de mayo se registraron paros prácticamente generales en La Fe, el Hospital Clínico y el Psiquiátrico, así como movilizaciones de distinta intensidad en el Provincial y otros centros. Las crónicas de la época precisaron que se mantuvieron los servicios de urgencia, una decisión relevante porque la plantilla defendía su derecho a la huelga sin renunciar a atender a los pacientes cuya vida corría peligro. El 14 de mayo se sumaron trabajadores de la Residencia Sanjurjo.
La prensa del 16 de mayo describía una situación de paro generalizado en varios hospitales valencianos y el inicio de contactos con responsables del Instituto Nacional de Previsión (INP), organismo encargado de la gestión de la sanidad de la Seguridad Social. La discusión sobre la reincorporación de las personas despedidas era una condición previa para negociar. La amplitud del conflicto mostraba que lo que sucedía en Campanar afectaba a toda una estructura sanitaria.
Readmisiones parciales, expedientes y una solidaridad que no aceptaba dejar atrás a nadie
El 18 de mayo comenzaron a llegar a domicilios de trabajadores despedidos las primeras cartas de readmisión; una crónica de prensa contabilizaba entonces doce comunicaciones. Al día siguiente, la documentación histórica registra que el INP anunció el sobreseimiento de expedientes de 29 personas, pero persistía el conflicto por el conjunto de 41 expedientados que exigían la retirada completa de las sanciones. Las cifras corresponden a momentos y categorías administrativas diferentes; no deben sumarse como si representasen nuevos despidos independientes.
Lejos de dar por cerrado el conflicto tras las primeras readmisiones, las asambleas insistieron en una solución para todas las personas afectadas. El 18 de mayo, una reunión celebrada en la iglesia de la Compañía de Jesús acordó continuar los paros mientras persistieran expedientes y sanciones. Aquellas reuniones en espacios religiosos, a menudo menos fáciles de clausurar que los locales obreros, fueron habituales en los últimos años de la dictadura y los primeros de la Transición.
El 20 de mayo, una concentración ante la sede del INP desembocó en una manifestación. En los días siguientes, algunos centros votaron regresar al trabajo mientras otros mantuvieron las movilizaciones. La intensidad del paro dejó de ser uniforme, pero las denuncias contra las represalias y las reivindicaciones de las contratas continuaron durante junio. No sería exacto presentar el conflicto como una sola jornada ni afirmar que todas las categorías permanecieron en huelga ininterrumpida durante dos meses.
Las mujeres de limpieza también tenían sus propios despidos y su propia mesa negociadora
La documentación del Archivo Histórico de CCOO del País Valenciano conserva una fotografía de las trabajadoras de las contratas de limpieza manifestándose ante La Fe en mayo de 1976. En una de sus pancartas exigían la readmisión de compañeras de la mesa negociadora despedidas durante la discusión de su convenio, además de reclamar que desaparecieran las contratas. Ese documento permite distinguir dos planos relacionados: la lucha general por los represaliados del hospital y el conflicto específico de las limpiadoras con sus empresas.
La imagen archivada es importante porque muestra a las mujeres organizadas como protagonistas, no como acompañantes de otros sectores. Participaban en negociaciones, elaboraban plataformas, se exponían a sanciones y ocupaban el espacio público para defender sus condiciones. En una historia sindical relatada tantas veces desde los talleres, los astilleros o la gran fábrica metalúrgica, esa fotografía devuelve el centro de la escena a un colectivo que trabajaba tras las puertas de las habitaciones.
De la huelga por los despidos a la defensa de una sanidad para el pueblo
La movilización acabó reuniendo a trabajadores de distintas especialidades, sindicatos clandestinos y asociaciones vecinales. La Coordinadora de Hospitales en Huelga buscó apoyos en los barrios con la defensa de una sanidad accesible y al servicio de la población. Las asociaciones vecinales entendían que los conflictos en los centros no afectaban únicamente a las nóminas: la calidad de la atención dependía también del trato a sus trabajadores y de la existencia de servicios suficientes.
Era parte de un ciclo mayor. En los primeros meses de 1976, las investigaciones sobre el movimiento obrero valenciano contabilizan alrededor de 190.000 trabajadores que participaron en huelgas relacionadas con convenios y conflictos sectoriales. Esa cifra corresponde al conjunto de la movilización valenciana del periodo, no a La Fe. Los paros de la sanidad compartían época con las luchas de la construcción, el metal, el textil y otras actividades en las que el sindicalismo de clase se abría paso.
Una memoria con nombres y con lugares
Josefa Ortega, Marina Caballero, Maruja Claramunt y Pepa Marí forman parte de la memoria recuperada en el proyecto Rutes de la Memòria Obrera, que dedicó una investigación específica a la huelga de La Fe y de los hospitales valencianos. Los trabajos de Vicenta Verdugo Martí y José Durbán Aparisi, junto con entrevistas a participantes como Juan Ortega Alborch, permiten reconstruir los escenarios, protagonistas y circunstancias de una lucha que durante décadas apenas apareció en las grandes narraciones de la Transición.
La investigación histórica también ha recuperado el papel de Marina Caballero, trabajadora de cocina con trayectoria de exilio y militancia; el de Maruja Claramunt, de ese mismo servicio; y el de Pepa Marí, desde la enfermería. Todas recuerdan que la organización de un centro sanitario iba mucho más allá de sus jefaturas y de los nombres de los médicos más conocidos. La experiencia colectiva de quienes limpiaban, preparaban la comida, cuidaban a los enfermos y se reunían a escondidas formaba parte de su historia.
En septiembre de 2024, La Fe acogió la presentación del segundo volumen de las rutas de memoria obrera dedicado, entre otras cuestiones, al conflicto de mayo y junio de 1976. Fue un regreso simbólico de aquellos nombres al hospital que había sido escenario de las sanciones, los paros y las asambleas. Las instituciones sanitarias reconocen hoy que 1976 fue el año de la primera huelga de su historia; sin embargo, recordar la fecha no basta si se deja fuera el trabajo cotidiano que hicieron las mujeres para sostenerla.
Las que sostuvieron una huelga también hicieron historia
La lucha de La Fe dejó una enseñanza que no cabe reducir a un balance de readmisiones. Las limpiadoras no reclamaban caridad ni reconocimiento protocolario: exigían derechos laborales concretos para un trabajo indispensable. Querían estar en plantilla, cobrar sin discriminación, reunirse sin miedo y disponer de condiciones que permitieran cuidar de sus hijos. Las asambleas de mayo de 1976 convirtieron reivindicaciones de sectores separados en una defensa colectiva de la libertad sindical y de los servicios públicos.
Aquellas mujeres habían llegado de pueblos, barrios y fábricas muy diferentes. Muchas cargaban con la represión política heredada del franquismo y con una segunda jornada de trabajo en casa. Cuando se organizaron, dejaron claro que una huelga hospitalaria no pertenecía solo a quienes aparecían en los organigramas. La sanidad valenciana también la sostenían las manos que limpiaban sus habitaciones. Y aquellas manos, en la primavera de 1976, aprendieron a detenerse y a exigir que se las escuchara.
Documentación para reconstruir la huelga
Investigaciones de Vicenta Verdugo Martí y José Durbán Aparisi sobre la huelga de La Fe y los hospitales de València (mayo-junio de 1976), publicadas en Rutes de la Memòria Obrera; testimonios de Josefa Ortega Espinosa recogidos por Nora Cavaccini y conservados en Memòria Obrera; crónicas de El País de los días 14, 16 y 19 de mayo de 1976; Archivo Histórico de CCOO del País Valenciano y documentación institucional del Hospital La Fe.




