Domingos sin patrón: cuando los trabajadores conquistaron la montaña

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Mucho antes de que el senderismo se convirtiera en una actividad turística, hubo trabajadores que cambiaron las calles de la fábrica por los caminos de montaña. Organizaban excursiones, compartían comida, aprendían geografía y descubrían lugares que hasta entonces conocían únicamente por los libros. El excursionismo popular fue también una manera de construir cultura propia y conquistar algo tan sencillo como disponer del tiempo libre.

El domingo no siempre fue un día libre

Durante buena parte del siglo XIX, la jornada de trabajo ocupaba casi toda la vida. En fábricas y talleres eran habituales los horarios prolongados y apenas quedaban horas para descansar. Para numerosos trabajadores, salir al campo era una necesidad antes que una afición: significaba abandonar por unas horas el ruido, el humo y el hacinamiento de los barrios industriales. Pero disponer de tiempo para hacerlo no estaba al alcance de cualquiera.

La Ley de Descanso Dominical del 3 de marzo de 1904 reconoció en España el descanso semanal para numerosas actividades, aunque con excepciones y dificultades de aplicación. Quince años después, el 3 de abril de 1919, el Gobierno aprobó la jornada máxima de ocho horas, que entró en vigor el 1 de octubre. Ninguna de aquellas conquistas se produjo por generosidad patronal. Fueron el resultado de décadas de organización, huelgas y presión obrera.

Con el tiempo libre comenzaron a surgir nuevas posibilidades. Algunos trabajadores acudían a los ateneos, otros participaban en sociedades corales, grupos teatrales o escuelas nocturnas. Y había quienes aprovechaban sus días de descanso para coger el tren, caminar varios kilómetros y pasar una jornada en la montaña. Aquellas excursiones no exigían necesariamente grandes conocimientos deportivos. Bastaban unas botas resistentes, comida preparada en casa y un grupo dispuesto a caminar.

No conviene idealizar aquel pasado. El coste del transporte, los salarios y las obligaciones familiares seguían impidiendo a muchas personas disfrutar de esas salidas. Pero precisamente por eso resultó importante la organización colectiva: compartir gastos y preparar recorridos en grupo permitió acceder a una actividad que inicialmente había estado mucho más vinculada a círculos científicos, culturales y acomodados.

Los ateneos obreros también salían de excursión

El excursionismo moderno había comenzado a organizarse en Catalunya durante el último cuarto del siglo XIX. Sus primeras entidades estuvieron muy relacionadas con el estudio del territorio, la cultura y los ambientes ilustrados. A comienzos del siglo XX comenzaron a multiplicarse agrupaciones vinculadas a los barrios populares, los empleados del comercio y los ateneos obreros.

Uno de los ejemplos más significativos fue el Ateneu Enciclopèdic Popular de Barcelona, fundado en 1902 por impulso de personas como el abogado republicano Francesc Layret y los obreros Eladi Gardó y Josep Tubau. Su propósito era facilitar a las clases trabajadoras una formación que el sistema educativo les negaba o dificultaba. Disponía de biblioteca, clases, conferencias y numerosas actividades culturales. En 1905 puso en marcha una sección de excursiones.

El excursionismo encajaba perfectamente en aquel proyecto educativo. Una salida podía convertirse en una clase de botánica, geología, historia o fotografía sin necesidad de entrar en un aula. Quienes no habían tenido posibilidades de estudiar podían conocer directamente un paisaje, identificar plantas o aprender a orientarse. La montaña dejaba de ser únicamente un lugar lejano y pasaba a formar parte de una educación compartida.

No fue un fenómeno exclusivamente barcelonés. En Granollers, el Ateneu Obrer creó una sección excursionista en 1906. También aparecieron asociaciones en Sabadell, Manresa, Reus y otras localidades industriales. Algunas procedían de ambientes republicanos, otras del asociacionismo cultural, del catalanismo popular o de tradiciones próximas al movimiento obrero. No todas eran organizaciones sindicales ni compartían una misma ideología. Lo que tenían en común era entender la excursión como una actividad colectiva, educativa y accesible.

Veinticinco socios, una excursión y un club centenario

Una historia especialmente representativa es la del Foment Excursionista de Barcelona, nacido en 1922 de la unión de jóvenes de las agrupaciones Avant Sempre y Joventut. Sus integrantes coincidían también en actividades culturales y bailes de sardanas.

Durante una excursión al castillo de Burriac, en agosto de aquel año, Artur Perpinyà propuso unir los grupos y crear una entidad estable. La organización inició su actividad con veinticinco socios, el mínimo necesario para tramitar su legalización. En octubre celebró su asamblea constitutiva y comenzó una trayectoria que ha llegado hasta nuestros días.

El Foment organizaba caminatas por el entorno de Barcelona, el Montseny y el Pirineo. Pero su actividad no se limitaba a las ascensiones. Publicaba un boletín desde 1923, organizó una sección infantil en 1924 y desarrolló actividades de fotografía, teatro, biblioteca, ajedrez y cultura. En sus salidas había tiempo para caminar, comer juntos y conversar.

La dictadura de Primo de Rivera también alcanzó a estas entidades. En 1924, las autoridades obligaron al Foment a cambiar su denominación catalana por Fomento Excursionista de Barcelona. En 1928, censuraron su escudo y la asociación tuvo que elegir otro. Incluso una organización dedicada principalmente a caminar podía encontrarse con las imposiciones políticas y culturales de una dictadura.

Ese mismo año, el Foment participó en la organización del I Campament General de Catalunya, celebrado en La Mora, en el Montseny, junto con otras entidades. El campamento representaba una nueva forma de disfrutar del territorio: pasar varias jornadas al aire libre, compartir materiales y convertir la montaña en un espacio de convivencia.

Mujeres que no querían limitarse a acompañar

El excursionismo también reflejaba las desigualdades de género de su época. Muchas asociaciones habían nacido como espacios masculinos. Las mujeres podían participar en determinadas actividades, pero encontraban obstáculos para afiliarse en igualdad de condiciones o intervenir en las decisiones.

En el Foment, las mujeres participaron desde los primeros años, aunque inicialmente tuvieron que recurrir a fórmulas como inscribirse en la biblioteca para incorporarse a determinadas actividades. Finalmente, en 1932, las socias organizaron su propia Comissió Feminal para participar activamente en la vida de la entidad. No querían limitarse a aparecer en las fotografías de grupo: querían preparar excursiones, organizar actividades y tomar decisiones.

Grupo de mujeres de excursión en Fontcanaleta, La Molina, en una fotografía histórica en blanco y negro
Excursionistas en Fontcanaleta, La Molina. Fondo Jaume Biosca i Juvé, Centre Excursionista de Catalunya / Memòria Digital de Catalunya. Fotografía histórica de dominio público.

También dentro de algunos ambientes naturistas y libertarios existieron grupos de mujeres con una participación activa en las salidas al campo. Caminar por la montaña, practicar ejercicio físico o participar en un campamento podía significar una ruptura con las normas que reservaban a las mujeres el espacio doméstico.

La presencia femenina no eliminaba automáticamente las desigualdades. Las trabajadoras soportaban además las tareas del hogar y los cuidados, de modo que disponer de un domingo libre no significaba necesariamente tener tiempo para una excursión. Pero aquellos grupos abrieron espacios de autonomía y convivencia que fueron importantes para muchas de sus participantes.

Naturismo libertario: cambiar también la forma de vivir

En los años veinte y treinta, el excursionismo conectó con otra corriente de la cultura obrera: el naturismo libertario. Para algunos grupos anarquistas, la transformación social no debía limitarse a cambiar las condiciones de trabajo. También tenía que modificar la alimentación, la educación, la salud y las relaciones personales.

En Barcelona destacó el Ateneo Naturista Ecléctico, vinculado al grupo excursionista Sol y Vida. Sus actividades combinaban salidas al campo con debates sobre naturismo, educación y emancipación personal. En su entorno surgieron publicaciones como Ética, iniciada en 1927, y posteriormente Iniciales, aparecida en 1929.

Estos grupos rechazaban hábitos que consideraban perjudiciales y defendían distintas formas de vida saludable, aunque no siempre compartían las mismas ideas sobre alimentación, medicina o sexualidad. Algunos relacionaban el contacto con la naturaleza con la crítica a la vida industrial, el militarismo y las convenciones sociales.

No todos los excursionistas eran anarquistas ni todos los naturistas participaban en el sindicalismo. Conviene distinguir las diferentes corrientes. Pero en aquellos espacios coincidieron trabajadores, autodidactas y militantes libertarios que consideraban que la emancipación también debía alcanzar a la vida cotidiana.

De la Calderona al Pirineo: el excursionismo valenciano

El País Valenciano también desarrolló una tradición excursionista vinculada a la cultura y al asociacionismo. Las primeras iniciativas organizadas estuvieron relacionadas con entidades como Lo Rat Penat y círculos dedicados al estudio del territorio. Posteriormente aparecieron agrupaciones populares y centros excursionistas en distintas localidades.

Uno de los grupos más conocidos fue la Colla Excursionista El Sol, surgida durante la dictadura de Primo de Rivera y vinculada a los orígenes del Centre Excursionista de València. Su actividad combinaba las salidas a la montaña con el interés cultural y el conocimiento del país.

En 1935, el periódico El País Valencià publicó una crónica de una expedición de excursionistas valencianos al Pirineo. El viaje recorrió diversas zonas de montaña, con campamentos junto a lagos y ascensiones que exigían organización, transporte, material y varios días disponibles. La prensa recogía aquellas salidas como acontecimientos culturales y deportivos.

Entre los participantes de aquel ambiente excursionista figuraron Arturo García Igual, Rafael Dacal y Antonio Pérez Bosch, relacionados con las primeras experiencias valencianas de montaña de los años treinta. Sus trayectorias quedarían marcadas por la Guerra Civil y, en algunos casos, el exilio.

En otras poblaciones surgieron iniciativas parecidas. En Cullera, la Colla Excursionista Xúquer acabaría convirtiéndose en el Centre Cullerenc de Cultura, un ejemplo de cómo una asociación nacida alrededor de las excursiones podía ampliar sus actividades hacia otros ámbitos culturales.

El excursionismo valenciano no fue un movimiento exclusivamente obrero ni necesariamente libertario, pero participó de la expansión de una cultura asociativa que permitió a personas de diferentes procedencias sociales conocer su territorio, organizar actividades y crear vínculos que iban más allá del trabajo.

La guerra y la pérdida de una forma de sociabilidad

La Guerra Civil de 1936-1939 interrumpió buena parte de esta actividad asociativa. Numerosos socios fueron movilizados, murieron, marcharon al exilio o padecieron la represión posterior. Algunas agrupaciones desaparecieron y otras sobrevivieron bajo fuertes restricciones.

La dictadura franquista sometió el asociacionismo deportivo y cultural a mecanismos de control político. En Catalunya, algunas entidades tuvieron que adaptar sus nombres y sus actividades; además, durante la posguerra hubo restricciones para acceder a determinadas zonas montañosas.

Aun así, una parte del excursionismo logró sobrevivir. Las caminatas, los campamentos y las pequeñas sociedades locales continuaron transmitiendo conocimientos y relaciones personales entre generaciones.

Hoy puede parecer una actividad corriente salir a caminar un domingo. Pero para aquellos trabajadores y trabajadoras del primer tercio del siglo XX significaba algo más que hacer ejercicio. Era aprovechar un tiempo que habían contribuido a conquistar, conocer lugares fuera de su entorno habitual y participar en una cultura construida colectivamente.

Aquellos grupos no cambiaron el mundo por subir una montaña. Tampoco hace falta atribuirles todas las virtudes que no tuvieron. Su aportación fue más sencilla y, precisamente por eso, merece recordarse: demostraron que la vida de la clase trabajadora no tenía por qué terminar en la puerta de la fábrica.

El tiempo libre también tiene su historia de luchas. Y entre sus páginas hay mochilas gastadas, caminos de tierra y domingos en los que, por unas horas, nadie tenía que pedirle permiso al patrón para decidir adónde ir.

Redacción | Sindicalismo.org

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