En el verano de 1913, decenas de miles de trabajadores del textil paralizaron fábricas en Cataluña. La mayoría eran mujeres que soportaban jornadas interminables, salarios inferiores a los masculinos y una segunda jornada de trabajo al regresar a casa. Aquella huelga consiguió arrancar cambios en la regulación del tiempo de trabajo, pero también dejó al descubierto una contradicción incómoda: las obreras eran imprescindibles para ganar los conflictos, aunque todavía tenían que luchar para que se las escuchara dentro de sus propias organizaciones.
Por Begoña Ortiz Casado.
La fábrica no terminaba cuando sonaba la sirena
En la Igualada de principios del siglo XX, una trabajadora textil podía pasar once horas diarias en la fábrica, seis días por semana, a cambio de un jornal de entre 2,50 y 3,50 pesetas. Eran 66 horas semanales entre telares, bobinas, máquinas y encargados. Al salir, a muchas les esperaba otra jornada: preparar la comida, lavar, atender a los hijos y mantener una casa que difícilmente podía sostenerse con un solo salario.
La industria algodonera catalana había encontrado en la mano de obra femenina una forma de reducir costes. Las mujeres cobraban menos que sus compañeros y tenían menos posibilidades de acceder a determinados puestos. No se trataba únicamente de diferencias entre empresas o categorías profesionales. Existía una discriminación salarial que se aceptaba como parte habitual de la organización del trabajo.
La historiadora Soledad Bengoechea documenta que esa desigualdad también afectaba a la vida sindical. Muchas organizaciones obreras estaban dirigidas por hombres y no siempre defendían las reivindicaciones específicas de sus compañeras. En ocasiones, durante las crisis de empleo, algunos trabajadores pedían incluso que se despidiera antes a las mujeres para reservar los puestos a los varones.
Así se dibujaba una situación difícil de sostener: las mujeres trabajaban, cobraban menos, atendían el hogar y, además, tenían que justificar su presencia en los espacios donde se discutían los derechos laborales.
La Constància: organizar a quienes nadie quería escuchar
En octubre de 1912 se constituyó en el barrio barcelonés del Clot la organización textil La Constància, que llegó a reunir a unos 8.000 afiliados, mayoritariamente mujeres. Su aparición fue importante porque el sector textil concentraba una elevada proporción de trabajadoras, pero su peso numérico no se traducía en una representación equivalente dentro de las organizaciones obreras.
Durante julio de 1913 comenzaron a prepararse movilizaciones por la reducción de jornada, el aumento de los salarios y el cumplimiento de las normas de protección del trabajo femenino e infantil. En Sants, los conflictos relacionados con los turnos nocturnos y los despidos también contribuyeron a extender el malestar.
Las protestas comenzaron antes de que la huelga adquiriera carácter general. A finales de julio, la organización sindical impulsó el paro y, durante las primeras semanas de agosto, la movilización alcanzó Barcelona, Terrassa, Sabadell, Igualada y otros núcleos industriales catalanes.
Las cifras variaron según los días y las localidades. Una de las estimaciones recogidas por los estudios históricos sitúa en unas 63.000 personas las que llegaron a estar en huelga en el sector textil durante los primeros días de agosto. En Barcelona se paralizaron centenares de establecimientos. El protagonismo de las mujeres resultaba evidente, especialmente en las fábricas de hilados.
El 5 de agosto, una manifestación de trabajadoras recorrió la Rambla de Barcelona en silencio. Aquel gesto tenía una fuerza particular. Las mismas mujeres a las que se les atribuía poca capacidad para intervenir en la vida pública aparecían ahora organizadas, reclamando mejoras y ocupando el centro de la ciudad.
En Igualada, 2.083 mujeres dejaron de trabajar
Lo ocurrido en Igualada permite conocer la dimensión real de aquella huelga. Durante agosto, las 19 empresas del ramo textil dejaron de funcionar. Entre sus aproximadamente 2.500 trabajadores había 2.083 mujeres, 413 hombres y cuatro muchachos. Las obreras constituían, por tanto, una mayoría abrumadora.
El 31 de julio se había celebrado un mitin al que asistieron alrededor de mil personas, principalmente mujeres. Participaron destacados militantes obreros, entre ellos Salvador Seguí, Felip Barjau, Maria Prat y Josepa Torné. Sin embargo, buena parte de las intervenciones estuvieron protagonizadas por hombres.
La contradicción aparecía incluso en los discursos favorables a la huelga. Algunos oradores reclamaban que los padres y los maridos no permitieran a sus hijas y esposas acudir al trabajo. Pretendían extender el paro, pero hablaban de las trabajadoras como si su decisión dependiera de una autorización masculina.
Las mujeres no se limitaron a aceptar aquella situación. Durante el conflicto circuló en Igualada una hoja titulada A todos los explotados del Arte Fabril, encabezada por una frase que no necesitaba demasiadas explicaciones: «¡Levántate, mujer!».
El escrito, atribuido por la investigación histórica a Gerània Bosch, denunciaba la explotación de las trabajadoras y defendía que fueran ellas mismas quienes asumieran la dirección de la lucha por la reducción de jornada. También ponía el dedo en una cuestión que los debates obreros solían dejar en segundo plano: después de trabajar en la fábrica, las mujeres seguían siendo responsables de las tareas domésticas.
No pedía únicamente mejores condiciones laborales. Reclamaba también capacidad de decisión.
Rosa Botinas, Dolors Solé y las mujeres del comité de huelga
La protesta fue creciendo hasta afectar a otros sectores de la ciudad. El 8 de agosto se declaró una huelga general en Igualada y la movilización se encontró con la respuesta de las autoridades.
El comité de huelga, dominado inicialmente por trabajadores de la industria de la piel, sufrió una fuerte represión. Cuatro de sus integrantes fueron detenidos acusados de sedición y otros tuvieron que marcharse para evitar el encarcelamiento.
A finales de agosto, la situación había cambiado. Las obreras textiles comenzaron a ocupar puestos más visibles en la organización del conflicto.
Rosa Botinas y Dolors Solé solicitaron permiso para celebrar un mitin, pero el Ayuntamiento se negó a autorizarlo, alegando que no disponía de suficientes fuerzas para controlar posibles alteraciones del orden.
El 29 de agosto, ambas formaban parte del comité de huelga junto a Gerània Bosch, el trabajador textil Francesc Barguès y el presidente del comité, Francesc Bosch. Los estudios sobre aquellos acontecimientos también destacan la actividad de Maria Muntaner y Concepció Montseny.
No eran figuras decorativas. Participaban en la organización de un conflicto del que dependían miles de familias.
Sin embargo, el reconocimiento seguía teniendo límites. En la asamblea del 29 de agosto, uno de los dirigentes masculinos elogió a las mujeres por la «gran virilidad» que, según él, habían demostrado durante la huelga. La expresión retrata la mentalidad de la época: incluso para reconocer el valor de las trabajadoras se recurría a una cualidad presentada como masculina.
Según la documentación estudiada por Bengoechea, ninguna de las mujeres presentes tomó la palabra en aquella asamblea. Habían conseguido que las fábricas se detuvieran y habían ganado presencia en la organización sindical. Pero conquistar una voz propia estaba resultando tan complicado como arrancar concesiones a los fabricantes.
Sesenta horas semanales: una victoria que no fue completa
La presión obrera obligó al Gobierno a intervenir. El 24 de agosto de 1913 se aprobó un real decreto que establecía una jornada máxima de 3.000 horas anuales para la industria textil, una regulación asociada a la limitación de la semana laboral a unas 60 horas.
Visto desde el presente, trabajar sesenta horas semanales difícilmente puede considerarse una conquista suficiente. Pero para quienes soportaban jornadas de 66 horas o más, lograr una limitación legal suponía un avance importante.
La respuesta patronal estuvo lejos de ser uniforme. Algunos fabricantes se opusieron al decreto, alegando que las restricciones reducirían su competitividad. Otros aceptaron determinadas medidas, mientras que en diversos establecimientos se recurrió posteriormente al cierre patronal.
En Igualada, el paro terminó a finales de agosto. En otras localidades el conflicto continuó durante septiembre. La historiadora Bengoechea señala que los resultados provocaron satisfacción en parte del sector, pero también decepción entre otros trabajadores, especialmente por la reacción empresarial y las diferencias existentes entre las ramas textiles.
La huelga no eliminó la discriminación salarial ni resolvió las condiciones de vida de las obreras. Tampoco convirtió de un día para otro a los sindicatos en organizaciones igualitarias. Pero consiguió algo difícil de ignorar: demostrar que las trabajadoras eran capaces de detener una industria y obligar a intervenir a empresarios y autoridades.
Las mujeres que quedaron fuera de las fotografías oficiales
Cuando se habla de las grandes conquistas del movimiento obrero, suelen aparecer nombres de dirigentes conocidos, congresos sindicales y fechas como la huelga de La Canadenca de 1919, que resultó decisiva para la jornada de ocho horas.
La huelga textil de 1913 merece ocupar un lugar propio en esa historia. Se produjo seis años antes y tuvo a las mujeres entre sus principales protagonistas. Fue una movilización masiva, organizada desde las fábricas y extendida por numerosas poblaciones.
También dejó una lección que no conviene suavizar con el paso del tiempo. La solidaridad de clase no eliminaba automáticamente las desigualdades entre hombres y mujeres. Una organización podía enfrentarse a un patrón explotador y, al mismo tiempo, reproducir dentro de sus asambleas prejuicios que limitaban la participación femenina.
Las obreras de 1913 tuvieron que combatir esas dos realidades. Exigieron cobrar mejor, trabajar menos y no ser tratadas como mano de obra secundaria. Y defendieron que quienes sostenían los telares pudieran decidir también cómo se organizaban las huelgas.
En los documentos de aquella época sobreviven nombres como Rosa Botinas, Dolors Solé, Gerània Bosch, Maria Prat o Josepa Torné. De otras muchas mujeres apenas conocemos su presencia en las cifras de participación.
No fueron acompañantes de una huelga dirigida por otros. Fueron trabajadoras que hicieron posible el conflicto y tuvieron que disputar, incluso dentro del movimiento obrero, el derecho a dirigirlo.
Fuentes históricas
Soledad Bengoechea Echaondo, Organització obrera i reacció patronal: la vaga del tèxtil de 1913, revista Recerques, n.º 54, 2007, pp. 65-92. Universitat de Barcelona.
Soledad Bengoechea, Fartes!!! Les obreres igualadines es rebel·len (1913 i 1914), Catxipanda, 2022.
Betevé, La vaga de la Constància: el paper clau de les dones en la lluita obrera. Mary Nash, Trabajadoras: un siglo de trabajo femenino en Cataluña (1900-2000), Generalitat de Catalunya.
Fotografía de archivo: sala de telares de la Colònia Sedó (Esparreguera), hacia 1900. Fondo Manufacturas Sedó, Museu Nacional de la Ciència i la Tècnica de Catalunya (MNACTEC) / Wikimedia Commons. Dominio público. La imagen no corresponde a la huelga de 1913.





