A las pocas horas de la clausura del XX Congreso de la CGT ya se empiezan a leer algunas (pero incluso siendo una minoría ya son demasiadas) valoraciones triunfalista del resultado de la última conferencia del anarcosindicalismo. Sentirse ganador en un encuentro con tu propia gente ya sería triste, pero mantener esa posición cuando el resultado ha sido tan ajustado y tras haber rechazado claramente el pleno de ese mismo congreso la gestión del SP saliente vendría a demostrar que es la propia organización en su conjunto la que de nuevo sale derrotada. Máxime cuando hay fundadas acusaciones de que varios sindicatos -curiosamente partidarios de la candidatura alternativa- han sido privados de los votos que legítimamente les correspondían.
Por Antonio Pérez Collado.
Para la vieja militancia, que ya estuvimos en V Congreso (Madrid, 1979), lo que ha sucedido estos días en Parla no puede dejar de traernos a la memoria las graves consecuencias que para el anarcosindicalismo supuso la insalvable factura con que la CNT salió de aquel primer encuentro confederal después de la Dictadura. Era un momento histórico, con una organización creciendo y agrupando la resistencia contra el modelo de sindicalismo de servios que el Estado, la patronal, CC.OO. y UGT proponían e impulsaban.
Ahora, ya con las siglas CGT y una presencia activa en la mayoría de los conflictos sociales y laborales -mérito del trabajo de la militancia y no de los secretarios generales, como podría pensarse al leer el informe de gestión del SG saliente y ver en lugar preferente los datos de 100.000 afiliados y 7.000 delegados sindicales- volvemos a las andadas y en lugar de aprovechar el congreso para debatir y alcanzar acuerdos participativos, de consenso, ilusionantes… se repite -si no es que se supera- la división suicida y no salimos con la fuerza, el entusiasmo y el compañerismo necesarios para ser la alternativa que la clase trabajadora necesita, especialmente tras las constantes traiciones y decepciones que vienen representando las trayectorias del sindicalismo todavía mayoritario y los partidos de la izquierda progresista.
No sabemos si esta división tiene arreglo, si los propios sindicatos serán capaces de cambiar el rumbo de la organización y marcar el camino a sus órganos de gestión -no de dirección o de control- poniendo a la CGT en el lugar que le corresponde, porque se lo ha ganado, recuperando el debate sereno y el respeto solidario dentro de la casa. Las siglas, las ideas, no son de ningún personaje o grupo; son un patrimonio de toda la militancia, la histórica y la nueva.
Lo que no me quedan dudas es de que nos seguiremos viendo en las calles, en las luchas.





