El marxismo en la música: The Redskins, el rock and roll y la revolución

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Gregor Gall presenta su nuevo libro, Marxism in Music: Constructing a Communist Contra-Culture with The Redskins, Rock’n’roll and Revolution, publicado por la editorial Bloomsbury.

Tras la decepción que supuso el fracaso de Red Wedge, la iniciativa musical creada para animar a los jóvenes a votar por el Partido Laborista en las elecciones generales de 1987, su fundador, Billy Bragg, resumió la experiencia en su canción de 1988 Waiting for the Great Leap Forwards. En ella cuenta su conversación con un periodista que le pregunta qué sentido tiene «mezclar el pop y la política». Su respuesta: «Le ofrezco incomodidad y mis habituales excusas».

Bragg no fue el único músico que, desde la primera línea del pop, trató sin demasiado éxito de plantar cara al avance del thatcherismo. Junto a Paul Weller y The Jam —y, posteriormente, The Style Council—, grupos como Heaven 17, The Housemartins, The Farm, Fun Boy Three, The Specials o UB40 llevaron sus canciones a las listas de éxitos, algunos incluso hasta las proximidades del Top Ten. A diferencia de Bragg, estos grupos sí consiguieron ocupar posiciones destacadas en las listas británicas a lo largo de los primeros, mediados y últimos años de la década de 1980.

Pero durante aquellos años existieron bandas mucho más izquierdistas. Apenas llegaron, sin embargo, a rozar los márgenes de las listas comerciales. Entre ellas estaban The Pop Group, Gang of Four, McCarthy, Easterhouse, That Petrol Emotion, New Model Army, Newtown Neurotics, The Three Johns y The Men They Couldn’t Hang.

Muchas terminaron sucumbiendo, aunque fuera a regañadientes, a la desilusión provocada por las derrotas del laborismo y el triunfo de Margaret Thatcher. Hubo, sin embargo, un grupo todavía más radical que decidió conscientemente impulsar y organizar la resistencia y que, además, consiguió cierto éxito —modesto, pero significativo— en las listas.

Ese grupo era The Redskins.

Entre 1981 y 1986, The Redskins fueron una de las bandas favoritas de la prensa musical británica y del legendario DJ de Radio 1 John Peel. Llegaron con frecuencia a los primeros puestos de las listas independientes y, en una ocasión, entraron también en el Top Forty de sencillos. Su único álbum, Neither Washington Nor Moscow, publicado el 12 de marzo de 1986, alcanzó el puesto 31 de las listas generales británicas.

Y, sin embargo, pese a su corta trayectoria y a una producción discográfica limitada —un álbum y apenas siete sencillos—, The Redskins consiguieron algo que ninguna otra banda de rock británica de los años ochenta había logrado: reclutar conscientemente a personas para el socialismo y mantenerlas comprometidas con él, especialmente con su vertiente revolucionaria.

Los dos principales integrantes del grupo, el cantante y letrista Chris Dean y el bajista Martin Hewes, militaban en el Socialist Workers Party (SWP), el Partido Socialista de los Trabajadores británico. No fue, por tanto, casualidad que el álbum se titulara Neither Washington Nor Moscow y que en el interior de la funda apareciera, en ambas caras, la frase «But International Socialism» («sino el socialismo internacional»).

«Neither Washington Nor Moscow But International Socialism» («Ni Washington ni Moscú, sino socialismo internacional») había sido durante años el lema que aparecía bajo el título del periódico semanal del SWP, Socialist Worker.

La consigna resumía la posición revolucionaria del llamado «tercer campo» defendido por el SWP: la idea de que solo la clase trabajadora podía emanciparse a sí misma y que, para lograrlo, era imprescindible construir un movimiento internacional.

Esta conclusión —que la música podía desempeñar un papel considerable en la defensa del socialismo revolucionario— no procede únicamente de mi experiencia personal como seguidor de The Redskins cuando era estudiante a mediados de los ochenta. Es, sobre todo, una de las conclusiones de la investigación realizada para mi libro Marxism in Music: Constructing a Communist Contra-Culture with The Redskins, Rock’n’roll and Revolution.

En el estudio comparativo que realicé junto a otras dos bandas de extrema izquierda, The Housemartins y Easterhouse, entrevisté a numerosos protagonistas y recogí los testimonios de más de un centenar de seguidores. Muchos explicaron cómo las letras de The Redskins les habían empujado hacia posiciones de socialismo radical y revolucionario.

Las canciones funcionaban como una puerta de entrada: despertaban la curiosidad y llevaban a los oyentes a querer saber más, ya fuera sobre la Revolución de Octubre en Rusia o sobre la fallida revolución espartaquista alemana de 1918-1923.

Eso no significaba necesariamente afiliarse al SWP, aunque muchos lo hicieron. Otros ingresaron en el Partido Laborista, como hice yo inicialmente, cuando este todavía contaba con una izquierda considerable y existía la esperanza de desplazarlo hacia posiciones más izquierdistas. Otros ya militaban en el SWP, en el Partido Comunista o en Militant, la principal corriente trotskista del laborismo.

Las letras de The Redskins, combinadas con la energía de una música que mezclaba punk, soul y funk, servían también para mantener la moral de los activistas ya comprometidos. Y, por supuesto, proporcionaban algo tan sencillo como música para bailar en fiestas y discotecas. «Lean On Me!» y «Keep On Keepin’ On!» son dos buenos ejemplos.

Estuvieran o no de acuerdo con la política cercana al SWP que defendían The Redskins, el mensaje era inequívoco: girar hacia la izquierda, mantenerse en ella y pasar a la acción. Muchos seguidores hicieron precisamente eso.

The Redskins entendieron algo que buena parte de la izquierda organizada parecía ignorar: la música podía ser una vía mucho más eficaz para acercar las ideas socialistas a una generación de jóvenes que esperar que estos leyeran Socialist Worker o acudieran a las reuniones de las organizaciones locales del SWP.

Buena parte de la popularidad del grupo se explica también por su compromiso directo con las luchas sociales. No se limitaban a difundir ideas en canciones como «The Power Is Yours!» o «It Can Be Done». Aprovechaban su presencia en la prensa musical de masas y la posibilidad de dirigirse desde el escenario a miles de personas para atacar tanto a Thatcher y a los conservadores como al líder laborista Neil Kinnock.

Y, sobre todo, tocaron en innumerables conciertos benéficos. De los 250 conciertos que ofrecieron, aproximadamente una cuarta parte fueron actuaciones destinadas a recaudar fondos para distintas causas, especialmente durante la huelga minera de 1984-1985.

La huelga de los mineros fue un acontecimiento decisivo para toda una generación, y particularmente para los jóvenes procedentes de la clase trabajadora y del movimiento estudiantil. El conflicto polarizó la sociedad británica entre el thatcherismo y el movimiento obrero y llegó a ser descrito como «una guerra civil sin armas».

The Redskins, como Billy Bragg y otros artistas, se volcaron en el apoyo a los mineros: recaudaron fondos y trataron también de mantener alta la moral de quienes sostenían la huelga.

The Redskins no fueron la única banda izquierdista de su época, pero sí tenían un rasgo distintivo muy claro.

Después de The Style Council, The Housemartins fueron probablemente la banda de izquierdas con mayor éxito comercial de la Gran Bretaña de los años ochenta. Su discurso sonaba revolucionario. En la funda interior de su primer álbum, London 0 Hull 4, publicado en 1986, lanzaban una provocadora llamada a la rebelión: «Durante demasiado tiempo, la clase dominante ha disfrutado de una interminable fiesta de Nochevieja, mientras nosotros solo podemos mirar desde fuera, con la cara pegada al cristal». Y añadían: «No intentéis colaros en una fiesta llena de banqueros. ¡Quemad la casa!».

Pero The Housemartins eran radicales, no revolucionarios. Su atracción por Jesús y el cristianismo lo dejaba especialmente claro. A aquella llamada a «quemar la casa» seguía otra consigna: «Take Jesus – Take Marx – Take Hope» («Toma a Jesús, toma a Marx, toma la esperanza»). Su posición estaba más cerca del socialismo cristiano asociado a figuras como Tony Benn.

Easterhouse, por su parte, estaba vinculada al Revolutionary Communist Party (RCP, Partido Comunista Revolucionario). Los hermanos Andy e Ivor Perry combinaban sus heterodoxas posiciones trotskistas con un republicanismo irlandés militante.

Su música era un «indie jangle pop» en la tradición de The Smiths, mientras que sus letras tenían un tono bastante más sombrío. Reflejaban la visión del RCP de que la clase trabajadora había dejado de constituir un agente social por derecho propio y de que en Gran Bretaña ya no existía una tradición marxista bona fide. Su atractivo fue, por ello, mucho más limitado y nunca llegaron a convertirse en la fuerza comunista que, como sugería el título de su álbum de debut de 1986, quizá aspiraban a ser.

Con una música tan vital que defendía abiertamente la política socialista revolucionaria, cabría pensar que el SWP habría recibido a The Redskins con los brazos abiertos. Sin embargo, según Attila The Stockbroker, el fundador del SWP, Tony Cliff, llegó a decirle al grupo que debía disolverse porque era más importante vender Socialist Worker a las puertas de las fábricas.

La anécdota resulta poco verosímil, pero la reacción del SWP ante The Redskins sí osciló entre la indiferencia y la hostilidad.

La razón hay que buscarla en una característica mucho más profunda de prácticamente todas las corrientes comunistas y trotskistas organizadas: su incapacidad para valorar la música y la cultura por lo que podían aportar a la causa comunista. El economicismo lo eclipsaba todo.

Según esta concepción, los trabajadores, ayudados naturalmente por el partido de vanguardia adecuado, solo pueden alcanzar una conciencia revolucionaria a través de la lucha sindical y, especialmente, de la huelga. Solo entonces estarían en condiciones de hacer la revolución.

La izquierda comunista y trotskista organizada en torno a partidos ha combatido el capitalismo en el terreno económico —mediante el apoyo a las huelgas— y en el político —mediante la participación electoral—, pero nunca ha librado una batalla equivalente en el terreno cultural.

Por supuesto, ha criticado la cultura capitalista. Pero nunca ha llegado a construir una auténtica contracultura comunista propia.

Como mucho, comunistas y trotskistas individuales han producido obras culturales políticamente progresistas o han contribuido a reproducir una cultura proletaria. The Redskins ofrecieron, aunque solo durante un breve periodo, una visión de lo que podría llegar a hacerse.

Cuarenta años después, las cosas pueden ser algo diferentes.

The Redskins demostraron, en términos gramscianos, que disputar al capitalismo el terreno cultural —y, por tanto, también el ideológico— podía producir resultados concretos en la lucha por construir una sociedad comunista.

Marxism in Music: Constructing a Communist Contra-Culture with The Redskins, Rock’n’roll and Revolution

La banda británica de rock alternativo The Redskins, surgida en los años ochenta, constituye un caso de estudio privilegiado para analizar la relación entre música, política y revolución, así como la construcción de una contracultura.

En Marxism in Music: Constructing a Communist Contra-Culture with The Redskins, Rock’n’roll and Revolution, Gregor Gall examina cómo The Redskins —llamados así por su estética skinhead y su compromiso con un ideal socialista— fueron una banda deliberadamente política que trató de construir una contrahegemonía a través de su música y de su activismo.

En pleno auge del thatcherismo en Gran Bretaña, The Redskins se alinearon políticamente con el Socialist Workers Party (SWP), aunque el partido no aceptaba la idea de que pudiera existir una cultura propia de la clase trabajadora. A pesar de las resistencias y contradicciones, The Redskins crearon una música enérgica y bailable que acercó a muchos jóvenes a la política socialista. Entre 1982 y 1986 ofrecieron más de 250 conciertos, aproximadamente una cuarta parte de ellos de carácter benéfico, incluidos numerosos conciertos destinados a apoyar, por ejemplo, a los mineros en huelga.

Con un prólogo escrito por el bajista de The Redskins, Martin Hewes, el libro analiza las intenciones políticas de la banda, las tensiones interpersonales y entre las distintas organizaciones políticas, así como las consecuencias de sus decisiones ideológicas, políticas y creativas. Para ello, Gall recurre a entrevistas con Hewes, con otros músicos como Billy Bragg y con seguidores de la banda.

El libro toma como referencia comparativa a otra banda izquierdista de la misma época, Easterhouse, para profundizar en las razones por las que The Redskins fueron —y continúan siendo— una influencia dentro de determinados círculos políticos y culturales. Su disposición a ir a contracorriente, incluso frente a sus propios compañeros y camaradas, explica en buena medida la particular contribución del grupo a la cultura musical y a la política.