Cuando la clase obrera hablaba esperanto: València, capital de un internacionalismo sin fronteras

De la CNT de 1910 al congreso de SAT de 1934 en València, pasando por Manuel Monleón, Luis Hernández Lahuerta y la prensa esperantista de la Guerra Civil: una historia de cultura obrera e internacionalismo.
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En agosto de 1934, València recibió a 372 congresistas de trece países que se entendían en una lengua sin Estado. No eran diplomáticos ni representantes de gobiernos. Participaban en una organización internacional de trabajadores que pretendía superar las fronteras nacionales también a través de la palabra. Aquel encuentro, el XIV Congreso de Sennacieca Asocio Tutmonda (SAT), fue una de las expresiones más singulares de la cultura obrera valenciana. El esperanto no era entonces una curiosidad lingüística: para parte del sindicalismo, el anarquismo y el socialismo constituía una herramienta de organización, educación y solidaridad internacional.

La historia arranca mucho antes de aquel congreso y tampoco termina con la derrota de 1939. Incluye escuelas nocturnas, ateneos, periódicos, carteles, emisoras de radio, cárceles franquistas y la paciente reconstrucción de unas asociaciones que se negaron a dejar morir la lengua. En su centro aparecen dos nombres: el cartelista Manuel Monleón y el escritor y traductor Luis Hernández Lahuerta.

1887-1910: una lengua común frente al dominio de los idiomas nacionales

El médico Ludwik Lejzer Zamenhof presentó en 1887 las bases del esperanto, una lengua internacional planificada que no pretendía sustituir los idiomas existentes. Su regularidad gramatical y la posibilidad de aprenderla sin largos estudios despertaron interés en ámbitos muy distintos: profesionales liberales, asociaciones pacifistas, círculos culturales y también organizaciones obreras.

Para una persona asalariada que quería cartearse con compañeros de otro país, el problema no era puramente académico. La internacionalización del capital y de los conflictos laborales contrastaba con las dificultades reales de comunicación entre trabajadores. Estudiar la lengua de una potencia económica no ofrecía la misma relación de igualdad que compartir una herramienta aprendida por ambas partes. Aquella aspiración no eliminaba las diferencias políticas ni culturales, pero aportaba una solución práctica a una dificultad cotidiana.

En 1905 surgió en Estocolmo uno de los primeros grupos anarquistas esperantistas. Al año siguiente se organizó la liga internacional Paco-Libereco, «Paz-Libertad», que divulgó posiciones antimilitaristas, antinacionalistas y anticlericales. En 1910 confluyó con Esperantista Laboristaro y dio paso a Liberiga Stelo, «Estrella liberadora», activa en la edición de literatura social hasta los primeros años de la Primera Guerra Mundial.

La CNT lo discutió en su congreso fundacional

La relación entre el movimiento obrero español y el esperanto no llegó como una moda tardía. El congreso de constitución de la CNT, celebrado en Barcelona del 30 de octubre al 1 de noviembre de 1910, recibió una comunicación de un grupo esperantista y aprobó recomendar a sus organizaciones el conocimiento de la lengua internacional. La resolución muestra hasta qué punto la formación cultural formaba parte de las preocupaciones del sindicalismo naciente, junto a las reivindicaciones salariales y la acción directa.

En los ateneos libertarios, aprender a leer, asistir a una conferencia, participar en una biblioteca y estudiar idiomas no eran actividades separadas de la lucha sindical. Constituían una forma de reducir la dependencia de intermediarios: patronos, autoridades, prensa comercial y élites universitarias. La lengua internacional encajaba en aquel proyecto de emancipación cultural, aunque nunca fue compartida por todo el movimiento.

1921: SAT, una internacional organizada sin secciones nacionales

En Praga, en 1921, nació Sennacieca Asocio Tutmonda, conocida por sus siglas SAT, a partir del movimiento esperantista obrero. Uno de sus principales impulsores fue Eugène Adam, más conocido como Lanti. Su rasgo distintivo era la afiliación individual y una estructura deliberadamente ajena a las fronteras estatales: no funcionaba como una federación de delegaciones nacionales. Defendía que las personas trabajadoras pudieran intercambiar directamente experiencias, información y materiales de formación.

SAT no era una central sindical ni una organización homogénea políticamente. En ella convivieron corrientes revolucionarias diferentes, y esa convivencia produjo debates y rupturas. Entre 1929 y 1930 alcanzó aproximadamente 6.524 afiliados distribuidos por 1.674 localidades de 42 países. La cifra no convierte al esperanto en lengua mayoritaria del proletariado, pero sí permite medir la existencia de una red internacional organizada y sostenida por sus participantes.

València antes de la guerra: del esperantismo cultural al obrero

València contaba con asociaciones esperantistas desde comienzos del siglo XX. Su historia documentada se remonta a 1903, y la ciudad llegó a recibir la visita de Zamenhof en 1909. En 1918 ya se impartía enseñanza universitaria del idioma. Durante los años veinte se desarrollaron grupos en distintas localidades valencianas y una Federación Esperantista Levantina, con reuniones en Cheste y Llíria. Esta implantación previa explica que, al llegar la Segunda República, el esperantismo obrero no tuviera que empezar de cero.

En 1931 apareció el Grupo Obrero Esperantista de València, vinculado al universo de SAT. Entre sus impulsores destacó Luis Hernández Lahuerta, nacido en la ciudad en 1906, aunque algunos documentos históricos lo registran con el segundo apellido Huertas. El cartelista Manuel Monleón Burgos, nacido en 1904, fue su primer presidente. Ambos conectaron el aprendizaje de la lengua con el mundo de la imprenta, el cartel, la literatura social y las organizaciones populares.

Monleón no se limitó a diseñar imágenes políticas. En 1933 publicó, bajo el nombre Manuel M. Burgos, el folleto Un idioma para el mundo proletario: el esperanto, editado en la colección Cuadernos de Cultura, número 73, con 48 páginas. Aquel pequeño libro muestra que la cuestión lingüística podía discutirse en las mismas colecciones baratas donde circulaban textos sobre ciencia, sexualidad, educación y crítica social.

La FAI, el esperanto y una precisión histórica necesaria

La Federación Anarquista Ibérica se constituyó durante los días 25 y 26 de julio de 1927 en una playa del entorno de València. La localización exacta sigue siendo objeto de versiones distintas, y no conviene fijar una playa concreta como hecho demostrado. En las actas de aquella reunión se planteó la posibilidad de formar agrupaciones naturistas y esperantistas dentro del movimiento anarquista, con la condición de su adhesión al ideario de la organización.

Ese episodio no significa que la FAI creara el movimiento esperantista valenciano ni que todos sus grupos dependieran de ella. Sí documenta algo relevante: la discusión sobre el esperanto formaba parte del ambiente libertario de la ciudad, en un periodo en que numerosas iniciativas obreras defendían la enseñanza, el naturismo, el pacifismo y la transformación de las costumbres como dimensiones de la emancipación.

Agosto de 1934: València reúne a trabajadores de trece países

El 1 de enero de 1934, la sede de la Confederación Española de Esperanto se trasladó a València, a la calle de la Sangre, número 9. El 21 de julio el Ayuntamiento aprobó dedicar una calle del barrio de la Petxina al doctor Zamenhof, cuya placa se descubrió el 7 de agosto. Las decisiones municipales coincidieron con el acontecimiento que dio proyección internacional a la ciudad.

Del 3 al 8 de agosto de 1934 se celebró en València el XIV Congreso Internacional de SAT, el primero de esa asociación en el Estado español. La documentación de la época recoge 432 inscripciones y 372 asistentes procedentes de trece países. El comité organizador local estuvo presidido por Hernández Lahuerta, y Monleón realizó el cartel del encuentro, cuya litografía se conserva en el Museo Reina Sofía.

No fue únicamente una reunión de aficionados a las lenguas. Reunía a participantes que concebían el esperanto como una vía de relación directa entre trabajadores de distintos lugares. En una Europa sacudida por el ascenso del fascismo, la crisis económica y los conflictos sociales, organizar un congreso obrero sin divisiones nacionales tenía un significado que iba mucho más allá de la gramática.

1936-1939: cuando la lengua pasó del aula a la guerra y la propaganda

Tras el golpe militar de julio de 1936, el esperanto se utilizó también para transmitir al exterior noticias sobre la guerra española. Desde Barcelona, la CNT-FAI editó a partir del 25 de julio el Informa Bulteno, redactado en relación con ILES, la Liga Ibérica de Esperantistas sin Estado. Hubo igualmente emisiones radiofónicas en esperanto vinculadas al movimiento libertario. La pretensión era que sindicatos y grupos de otros países recibieran información directamente, sin depender por completo de las agencias y periódicos extranjeros.

En València, el Grupo Laborista Esperantista comenzó a publicar en noviembre de 1936 Popola Fronto, «Frente Popular», bajo la dirección de Hernández Lahuerta. El boletín difundía en el extranjero la posición de la República, informaciones sobre la guerra y textos dirigidos a las redes internacionales del esperantismo. Según los estudios sobre aquella publicación, aparecieron 44 números entre noviembre de 1936 y enero de 1939, con tiradas que alcanzaron los 5.000 ejemplares, financiación mediante donativos y hasta una edición en neerlandés.

La prensa esperantista de aquellos años no fue ideológicamente uniforme. Las publicaciones del entorno CNT-FAI y las del frente republicano tenían estructuras, objetivos y sensibilidades diferentes. Las unía la intención de que el conflicto español pudiera comprenderse en otras lenguas sin ceder por completo la voz a gobiernos y grandes empresas informativas. En València funcionaron además espacios de radiodifusión socialista y comunista con emisiones en esperanto.

La derrota de 1939 también cayó sobre las bibliotecas y las palabras

El final de la Guerra Civil interrumpió violentamente aquella red. La represión franquista afectó a militantes esperantistas por sus vínculos con organizaciones obreras y republicanas; el uso del idioma podía despertar sospechas políticas, pero no debe confundirse con una causa única y automática de todas las condenas. Luis Hernández Lahuerta fue encarcelado y recibió una condena a muerte que no llegó a ejecutarse.

La persecución alcanzó también a personas vinculadas a la enseñanza y a publicaciones culturales. En el exilio, sin embargo, continuó el trabajo de traducción y edición. En abril de 1946, las juventudes libertarias españolas en Francia publicaron Senŝtatano, «Sin Estado», con Eduardo Vivancos, militante de la CNT desde 1935, como primer redactor jefe.

Hernández Lahuerta regresó posteriormente a la vida esperantista valenciana y participó en la reconstrucción de la Federación Española de Esperanto en 1947. Trabajó en su boletín y desarrolló una actividad literaria y traductora que incluyó textos de Cervantes, Santiago Ramón y Cajal y Wenceslao Fernández Flórez. Falleció en 1961. El franquismo no consiguió borrar del todo la memoria y la actividad de quienes habían sostenido esta cultura antes de la guerra.

De la biblioteca de CGT a los cursos actuales

Décadas después, la relación entre sindicalismo y esperanto volvió a expresarse en actividades concretas. El 22 de octubre de 2008 comenzó un curso en la biblioteca libertaria de CGT València, impartido por Raúl Salinas. En julio de 2011 hubo un taller en la Escuela Libertaria de Verano de Ruesta; en abril de 2014, CGT La Safor organizó una iniciación gratuita en Gandia. La exposición La lengua como liberación: el esperanto, promovida por CGT Burgos desde 2012, recorrió distintas localidades y llegó a Ponferrada en 2025.

SAT continúa existiendo y celebró su 99.º congreso en León del 19 al 26 de julio de 2026. También siguen activos el Grupo Esperanto de Valencia y la enseñanza de la lengua mediante cursos presenciales y recursos en línea. La dimensión actual es distinta de la que tuvo en los años treinta, pero permite recuperar una idea que estuvo presente en miles de bibliotecas y ateneos: el conocimiento no debía quedar reservado a quien tuviera dinero o acceso a estudios superiores.

La cultura obrera también quería elegir sus propias palabras

El esperanto nunca resolvió por sí mismo las divisiones del movimiento obrero. Las organizaciones que lo utilizaron discutieron entre sí, afrontaron conflictos internos y convivieron con otras formas de internacionalismo. Pero su historia deja una enseñanza concreta: la clase trabajadora no se limitó a reclamar mejores salarios y jornadas más cortas. Creó editoriales, imprentas, bibliotecas, escuelas y redes lingüísticas con las que aspiraba a pensar y comunicarse sin pedir permiso.

València fue uno de los escenarios decisivos de aquella experiencia. En 1934 acogió a centenares de esperantistas obreros; durante la guerra imprimió publicaciones que viajaban al extranjero; después sufrió la represión de quienes habían hecho posible esas iniciativas. Recuperar sus nombres, revistas, congresos y fechas no es una cuestión de nostalgia. Es devolver al movimiento obrero una parte de su historia cultural, aquella en la que aprender un idioma podía ser, también, una forma de organizarse.

Más información: https://valencia.esperanto.es · valencia@esperanto.es

Alumnos asistentes a un curso de esperanto en València en 1982
Curso de esperanto en València en 1982, en el antiguo local del Grupo Esperanto de Valencia, Gran Vía Fernando el Católico, 45. Fotografía de archivo del propio grupo.