El 3 de noviembre de 1979, miembros del Ku Klux Klan y del American Nazi Party mataron a cinco militantes y organizadores obreros en Greensboro, Carolina del Norte. La matanza ocurrió ante las cámaras de televisión, en un barrio de vivienda pública, cuando iba a comenzar una marcha contra el Klan. Quienes cayeron no eran visitantes ocasionales de una protesta: trabajaban en fábricas, hospitales y barrios, intentaban reforzar sindicatos debilitados y buscaban unir a una clase obrera que la segregación había mantenido dividida.
El cinturón textil del Sur
Greensboro formaba parte del corazón textil de Carolina del Norte, una región de salarios bajos, empleo inestable y resistencia empresarial a la organización sindical. Durante décadas, el poder de las compañías había ido mucho más allá de la fábrica. Cone Mills, uno de los grandes fabricantes de tejidos vaqueros, había levantado viviendas, escuelas, tiendas y servicios para sus plantillas. Ese paternalismo tenía una contrapartida: quien desafiaba a la empresa podía perder a la vez el empleo y su lugar en la comunidad.
En los años setenta, las plantas seguían marcadas por la segregación y por sindicatos con escasa afiliación y poca capacidad para tramitar agravios. Despidos sin causa, aumentos de carga sin compensación, problemas de seguridad y falta de reconocimiento de la antigüedad aparecían una y otra vez en las quejas de los trabajadores. En ese terreno actuó la Workers Viewpoint Organization, poco antes rebautizada como Communist Workers Party. Su objetivo político era revolucionario y sus métodos, con frecuencia sectarios, provocaban choques incluso con otros grupos de izquierda y con las direcciones sindicales. Pero su presencia en los centros de trabajo fue real.
Organizar desde la fábrica
James Waller había dejado la medicina para emplearse como obrero textil en la planta Granite Finishing de Cone Mills, en Haw River. En 1978 dirigió una huelga de doce días por mejores salarios, más vacaciones, seguro médico y pensiones. La afiliación de su sección del Amalgamated Clothing and Textile Workers Union pasó de alrededor de una docena de cotizantes a más de doscientos. Poco después fue despedido; sus compañeros creían que la verdadera causa era su actividad sindical y lo eligieron presidente del local aun cuando ya no trabajaba en la fábrica.
William Sampson trabajaba en White Oak, la mayor planta de Cone. Era delegado del área de cardado y acompañaba a quienes presentaban reclamaciones por las condiciones laborales. También encabezó un intento de sustituir la dirección existente por un sindicato controlado desde la base. Sandra “Sandi” Smith había participado en la campaña por organizar la planta Revolution y después se trasladó a Kannapolis para trabajar entre la plantilla de Cannon Mills. La policía y la seguridad de Cone conocían y vigilaban aquella actividad: hay registros de intercambio de nombres y matrículas de personas que repartían propaganda sindical ante las fábricas.
César Cauce y Michael Nathan desarrollaban trabajo político y comunitario en Durham, ligado también a hospitales y campañas laborales. La red a la que pertenecían había creado en 1978 una Liga de Educación Sindical con comités de base en cuatro plantas de Cone y en el hospital de la Universidad de Duke. Además de disputar la orientación de sindicatos existentes, sus militantes apoyaron huelgas de portuarios, mecánicos, trabajadores avícolas y empleados de saneamiento.
Antirracismo y unidad de clase
Para estos organizadores, combatir al Klan no era una campaña separada de la lucha laboral. El racismo servía para enfrentar a trabajadores blancos y negros y para debilitar cualquier organización común. Su consigna era la unidad de clase; la del Klan, preservar una jerarquía racial que también ordenaba el mercado de trabajo. Esa lectura explica por qué convocaron para el 3 de noviembre una marcha bajo el lema “Muerte al Klan” en Morningside Homes, un conjunto de viviendas públicas mayoritariamente negro.
La convocatoria se había anunciado en la prensa y mediante octavillas. Militantes del Klan y del American Nazi Party se reunieron armados y llegaron al barrio en una caravana. Hubo una confrontación al detenerse los vehículos y se efectuaron disparos desde ambos lados, pero fueron hombres de aquella caravana quienes sacaron rifles y pistolas de los maleteros y abatieron a los manifestantes. La policía, pese a conocer la convocatoria y a disponer de información sobre la concentración de los grupos racistas, no estaba allí cuando comenzó el tiroteo. Llegó después.
Murieron Sandra Smith, de 29 años; James Waller, de 36; William Sampson, de 31; César Cauce, de 25, y Michael Nathan, de 32. Al menos otras diez personas resultaron heridas. Las imágenes registraron una violencia que no podía reducirse a una disputa abstracta entre extremismos: entre los muertos estaban tres figuras directamente arraigadas en la organización sindical del textil y dos activistas vinculados a campañas laborales y comunitarias.
Absoluciones y memoria
En 1980, un jurado absolvió a los acusados de asesinato en el proceso estatal. En 1984 hubo nuevas absoluciones en el juicio federal por violación de derechos civiles. Un año más tarde, un jurado civil declaró responsables a varios participantes en el ataque y a agentes de policía por la muerte de Michael Nathan; la ciudad acabó pagando una indemnización. La sucesión de absoluciones penales dejó durante décadas una herida abierta en Greensboro.
Una comisión independiente de verdad y reconciliación reconstruyó después el contexto laboral, racial y policial de los hechos y publicó su informe en 2006. Su investigación también señaló las limitaciones del propio grupo organizador: una dirección rígida, una retórica provocadora y decisiones tácticas que expusieron a sus militantes. Ninguna de esas críticas altera la responsabilidad de quienes acudieron armados ni borra la identidad obrera de las víctimas.
Recordar Greensboro como una efeméride del movimiento obrero permite devolver el episodio a su escenario completo. El 3 de noviembre de 1979 no fueron asesinados cinco nombres aislados, sino personas que trataban de convertir agravios cotidianos —el salario, la seguridad, el ritmo de producción, la representación sindical— en fuerza colectiva. La violencia racista buscó quebrar esa posibilidad. Su memoria conserva la lección contraria: no hay solidaridad de clase duradera si acepta la división racial, y no hay combate consecuente contra el racismo que olvide quién manda y quién trabaja.



