Nos roban el sueldo, nos alquilan la vida: una generación frente al 11-N

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Nos dijeron que estudiáramos, que trabajáramos, que no protestáramos tanto. Que la recompensa llegaría. Hemos cumplido nuestra parte y ahora descubrimos que el supuesto futuro era una habitación de cuatrocientos euros, un contrato que caduca antes que el abono de transporte y una nómina que desaparece el mismo día que entra en el banco. Lo llaman madurar. Nosotras lo llamamos una estafa social.

Hay algo obsceno en pedir paciencia a quien lleva años esperando una vida propia. Una generación entera mira escaparates de inmobiliarias como quien contempla objetos de otro planeta. Quedarse en casa de la familia no siempre es una elección; compartir piso a los treinta tampoco es aquella aventura estudiantil que venden las series. A veces es la única manera de no acabar en números rojos.

El Consejo de la Juventud de España situó en 2026 la emancipación juvenil en apenas el 14,5 %. Según su Observatorio, el alquiler medio de una vivienda equivalía al 98,7 % del salario medio joven. El dato no necesita adornos: trabajar un mes entero para pagar casi exclusivamente un techo. Y todavía faltarían la compra, la luz, el transporte y el derecho elemental a disfrutar de la existencia.

El problema no es que no sepamos administrar el dinero ni que gastemos demasiado en cafés. Es que los salarios no están hechos para sostener los precios que nos imponen. Cuando un aumento salarial termina absorbido por el casero, la empresa que paga poco y quien vive de cobrar rentas participan, de formas distintas, de la misma asfixia. La precariedad laboral y la especulación inmobiliaria se alimentan mutuamente.

Nos venden la flexibilidad como libertad: horarios cambiantes, falsos autónomos, prácticas eternas, contratos parciales que exigen disponibilidad completa. La persona joven ha de estar lista para producir en cualquier momento, pero no puede planear dónde vivirá dentro de seis meses. Esa contradicción retrata un modelo de sociedad: toda la seguridad para los beneficios, toda la incertidumbre para quienes trabajan.

El 11 de noviembre se ha convocado una huelga general en torno a salarios, precios y vivienda. CGT y CNT han anunciado su participación y vinculan expresamente las condiciones de trabajo con el derecho a un hogar. La jornada coloca sobre la mesa una pregunta que demasiadas veces queda fuera de los convenios: ¿de qué sirve negociar una subida si el alquiler devora lo conquistado?

Una huelga de estas características abre también un debate incómodo en el sindicalismo. No basta con contar horas de paro ni con disputar fotografías de cabecera. Si las asambleas, las personas inquilinas, quienes encadenan empleos temporales y quienes no pueden emanciparse quedan fuera de las decisiones, el conflicto perderá una parte esencial de su fuerza social. La organización desde abajo no puede ser un eslogan reservado para los carteles.

Desde una mirada libertaria, la libertad no consiste en elegir entre dos habitaciones caras ni entre dos trabajos mal pagados. Libertad es disponer del tiempo propio, decidir colectivamente sobre las condiciones de vida y no vivir sometidos al miedo al despido o al desahucio. Una ciudad donde quienes la limpian, la cuidan, la reparan y la mantienen no pueden pagar una casa es una ciudad construida contra su propia gente.

No queremos que nos regalen un futuro cuidadosamente empaquetado por quienes llevan décadas administrando nuestros límites. El debate es mucho más profundo: vivienda fuera de la lógica puramente especulativa, salarios que permitan vivir, estabilidad real, jornadas más cortas y derechos que no dependan de la fortuna familiar. Nada de eso es una fantasía juvenil; fantasioso es seguir llamando normal a lo que ocurre.

El 11-N será una fecha en el calendario, pero la contradicción seguirá ahí el día 12. La cuestión es si la rabia social se convierte en organización duradera, apoyo mutuo y capacidad de decidir sobre nuestras propias vidas. Nos han acostumbrado a pedir permiso para existir. La juventud trabajadora tiene razones de sobra para discutir ese mundo de raíz. Porque una vida digna no debería ser un privilegio heredado.

Para seguir el debate: consulta la Agenda de movilizaciones, calcula cuánto representa tu vivienda sobre el sueldo y revisa las herramientas laborales gratuitas del periódico.

Imagen de Juventudes Libertarias
Jóvenes libertarios

Somos los mismo que cuando empezamos. Grupo asambleario y autónomo de Juventudes Libertarias, GAA-JJ.LL

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