Clase global y recomposición social: ¿hacia un nuevo ciclo internacional de luchas?

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¿Hacia un nuevo ciclo internacional de luchas?

De la crisis de la sociedad de propietarios a las posibilidades de articulación internacional de la clase trabajadora.

Hace casi una década, en Sindicalismo revolucionario hoy: clase global y acción integral, planteaba la necesidad de repensar la composición de la clase trabajadora y sus formas de organización ante las transformaciones del capitalismo mundial.

No se trataba de negar la importancia estratégica del proletariado industrial, sino de superar una concepción limitada al trabajador de fábrica, masculino, occidental y relativamente estable. Las migraciones, la precariedad, las desigualdades de género y la extensión del trabajo asalariado exigían una perspectiva más amplia.

Aquella reflexión contenía una contradicción que hoy considero fundamental: mientras el capital ha desarrollado una extraordinaria capacidad para organizar internacionalmente la producción, la clase trabajadora continúa fragmentada en sus formas de representación, organización y lucha.

Las movilizaciones que recorren Europa durante este octubre invitan a recuperar aquella cuestión. ¿Estamos ante una coincidencia de conflictos nacionales o comienzan a aparecer condiciones para un nuevo ciclo internacional de luchas?

Distintas luchas, contradicciones compartidas

Las recientes protestas en Bélgica, Portugal, Italia, Albania y Francia presentan realidades diferentes. Conflictos industriales, movilizaciones estudiantiles, reivindicaciones salariales, defensa de las pensiones y protestas relacionadas con el deterioro de las condiciones de vida.

No existe una dirección común ni todas estas luchas comparten los mismos objetivos. Sin embargo, muchas expresan contradicciones relacionadas: la inseguridad laboral, la pérdida de poder adquisitivo, las dificultades de acceso a la vivienda y el debilitamiento de las expectativas de estabilidad.

En un anterior artículo, De la sociedad de propietarios a la recomposición de clase: el desafío del 11N, exponía una hipótesis sobre el deterioro de los mecanismos que permitieron integrar a amplios sectores asalariados en las sociedades capitalistas occidentales.

Durante décadas, el salario, el consumo, la protección social y especialmente la vivienda en propiedad contribuyeron a sostener determinadas expectativas de movilidad social.

Hoy, la creciente distancia entre los ingresos del trabajo y el acceso al patrimonio, junto con el peso de las herencias, puede estar modificando la posición material y las identidades de sectores que tradicionalmente se reconocían como clases medias.

Pero esta experiencia no puede generalizarse al conjunto del proletariado mundial. Millones de trabajadores de Asia, África y América Latina nunca disfrutaron de aquellas condiciones de integración. La crisis de las clases medias occidentales es solamente una parte de una realidad global mucho más compleja.

La posible recomposición de clase no consistiría, por tanto, en extender al mundo la experiencia del trabajador occidental, sino en encontrar relaciones entre trayectorias históricas diferentes, reconociendo las desigualdades que las atraviesan.

Una economía mundial, una organización fragmentada

El capitalismo ha construido cadenas de producción y distribución que atraviesan continentes. Una mercancía puede diseñarse en Europa, incorporar materias primas africanas, fabricarse en Asia para después distribuirse mediante redes logísticas globales.

Las decisiones de inversión, contratación y deslocalización afectan a trabajadores de distintos países. Sin embargo, su capacidad de respuesta colectiva continúa condicionada por fronteras nacionales, legislaciones laborales y organizaciones sectoriales.

La internacionalización económica no ha producido una articulación política equivalente de quienes sostienen esa economía con su trabajo.

Las diferencias salariales, los regímenes migratorios y la desigualdad de derechos no son simples obstáculos culturales: forman parte de las relaciones materiales del capitalismo mundial y pueden alimentar la competencia entre distintos sectores de la clase trabajadora.

Al mismo tiempo, la interdependencia productiva abre posibilidades de cooperación que no existían con la misma intensidad en otras etapas históricas.

Pero compartir una cadena de producción no significa compartir automáticamente una conciencia ni una organización de clase.

La solidaridad internacional necesita relaciones reales, experiencias compartidas e instrumentos capaces de sostenerlas. Y esas experiencias no tienen por qué surgir desde Europa. Las luchas del Sur global poseen sus propias tradiciones y pueden aportar enseñanzas fundamentales al sindicalismo occidental.

Producción, reproducción social y crisis ecológica

La clase trabajadora contemporánea tampoco puede comprenderse exclusivamente desde el espacio productivo.

El salario continúa siendo fundamental, pero nuestras condiciones de vida dependen también de la vivienda, los servicios públicos, los cuidados y el entorno en el que vivimos.

Las mujeres, las personas migrantes y racializadas, quienes trabajan en los servicios, la logística o los cuidados forman parte constitutiva de ese proletariado diverso, atravesado por desigualdades y contradicciones internas.

La crisis ecológica añade otra dimensión. La DANA valenciana de 2024 mostró cómo una catástrofe puede destruir viviendas, empleos y patrimonios familiares, evidenciando los límites de la seguridad basada exclusivamente en la propiedad privada.

También aparecieron experiencias de apoyo mutuo y organización vecinal que conectan con reflexiones desarrolladas en Revolución social y lucha de clases.

Estas experiencias no producen automáticamente conciencia de clase, pero pueden transformar las relaciones entre quienes participan en ellas y abrir nuevas posibilidades de organización.

La lucha por las condiciones de vida no sustituye a la lucha en los centros de trabajo. Ambas forman parte de una realidad social que necesita comprenderse en su conjunto.

Autonomía, sindicalismo y recomposición

La coincidencia internacional de movilizaciones no demuestra por sí sola la existencia de un nuevo sujeto colectivo.

El deterioro de las condiciones materiales puede favorecer la solidaridad, pero también la competencia, el repliegue individual o respuestas políticas reaccionarias al malestar.

Es posible que ese malestar encuentre una salida preferentemente electoral. La delegación periódica de las decisiones políticas puede ofrecer una respuesta aparentemente sencilla a problemas complejos, especialmente cuando determinados discursos apelan a prejuicios o señalan culpables inmediatos. En su expresión más pasiva, esa delegación puede favorecer que el votante se desentienda de su responsabilidad política cotidiana entre convocatorias electorales. Naturalmente, votar no implica renunciar a participar, pero la representación electoral tampoco sustituye por sí sola a la organización y la acción colectiva.

La clase, como sujeto histórico capaz de intervenir conscientemente en la transformación social, se constituye mediante experiencias de lucha, relaciones compartidas y organización.

Aquí el sindicalismo continúa desempeñando un papel fundamental. Su implantación en los centros de trabajo, su experiencia histórica y su capacidad de intervención en las relaciones de producción son instrumentos imprescindibles.

Pero el proletariado contemporáneo también se organiza mediante movimientos por la vivienda, colectivos feministas, asociaciones migrantes, redes de apoyo mutuo y nuevas asambleas surgidas de conflictos concretos.

La articulación entre estas experiencias no debería consistir en subordinarlas a una dirección única.

Las formas autónomas y confederales pueden permitir la cooperación entre organizaciones diferentes alrededor de objetivos compartidos, conservando su capacidad de decisión.

La organización política y sindical puede contribuir a ese proceso proporcionando herramientas, experiencia y continuidad, sin sustituir la capacidad de quienes participan para dirigirse a sí mismos. A escala internacional, el desafío consiste en superar una solidaridad limitada a declaraciones y construir relaciones de cooperación capaces de responder a un capitalismo que ya actúa globalmente.

El 11N y una cuestión histórica abierta

La huelga del 11 de noviembre en España aparece en este contexto como una expresión particular de contradicciones más amplias.

La conexión entre el conflicto por la vivienda y las organizaciones del mundo del trabajo permite relacionar dos dimensiones fundamentales: las condiciones en las que producimos la riqueza y aquellas en las que reproducimos nuestra existencia.

Su importancia no dependerá solamente de la jornada de movilización, sino también de las relaciones colectivas que puedan desarrollarse a partir de ella.

Las protestas europeas de octubre no constituyen necesariamente un movimiento internacional unificado. Pero muestran cómo conflictos diferentes pueden surgir alrededor de problemas materiales relacionados.

Hace casi diez años planteaba la necesidad de pensar una clase trabajadora global capaz de articular sus distintas experiencias de lucha. Hoy, las transformaciones del trabajo, la crisis de determinados mecanismos de integración social y las movilizaciones internacionales aportan nuevos elementos a aquella reflexión.

El capitalismo ha construido una economía mundial profundamente interdependiente, pero esa interdependencia todavía no se ha traducido en una capacidad equivalente de organización de quienes la sostienen con su trabajo.

Ahí reside una de las contradicciones fundamentales de nuestro tiempo.

La cuestión no es únicamente si estamos entrando en un nuevo ciclo internacional de luchas, sino qué posibilidades existen de transformar experiencias fragmentadas en relaciones duraderas de solidaridad y organización.

Porque una clase global no se constituye simplemente por compartir una posición económica. Se construye históricamente cuando quienes viven y trabajan bajo condiciones diferentes encuentran formas de reconocerse y actuar colectivamente.

La recomposición, si llega a desarrollarse, será obra de quienes participen en las luchas y construyan su propia capacidad de transformación social.

Rubén Morvolution — Trabajador industrial

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